Mirar al retrovisor
Elogio de la arqueología prehistórica, una ciencia inútil
/por Joan Santacana Mestre/
La arqueología prehistórica es una disciplina científica que requiere muchos esfuerzos y dinero para arrojar alguna conclusión, casi siempre muy pobre. No es fácil que los cacharros y restos que la arqueología exhuma nos hablen, y ante esta pobreza relativa de resultados, algunas personas se interrogan —y es lógico que lo hagan— sobre si hay que gastar recursos en una disciplina en el fondo inútil o, al menos, de muy escasa utilidad. Aparentemente, hay disciplinas más útiles, tales como la psicología, la sociología, la economía o la pedagogía, que tienen como objetivo intervenir sobre el hombre; y la verdad es que yo tampoco sé decir para qué sirve conocer la vida del ser humano del Paleolítico Inferior o las ideas estéticas de las mujeres y hombres del Solutrense, que vivieron hace miles de años. Sin embargo, coincido con André Leroi-Gourhan en que, a la vista del resultado de un siglo y medio de enseñanza y aplicación de las ciencias sociales antes citadas, que persiguen la reforma, la guía o el cambio de la conducta humana, y del panorama actual, cabe que a uno lo asalten ciertas dudas. Nuestro panorama como especie es cada vez más sombrío, y al constatarlo, yo me planteo si lo mejor que podríamos hacer no será aplicarnos a estudiar justamente una ciencia que no pretende ser útil, ni cambiar al ser humano, ni modificar su conducta, sino simplemente conocerle mejor.
Otro valor de la arqueología prehistórica es que, en su afán por conocer a la humanidad más remota, nos acerca a un pasado común compartido con todos los pueblos del planeta; nos remonta a una época lejana en que todos competíamos aún en la misma liga; y mientras que la historia de los pueblos se suele utilizar como arma arrojadiza de unos contra otros, la prehistoria nos muestra nuestra desnuda nuestra más profunda realidad. Por otro lado, el intento de conocer al ser humano a partir de los restos de sus actividades cotidianas, como unas lascas de sílex o un fragmento de cuenco, nos acerca a los límites del conocimiento científico. Nunca conoceremos con precisión qué pensaban los que vivieron en aquella remota época, pero en ese baño de humildad estriba quizás la grandeza de la ciencia.
También creo que, si ahora desapareciera todo el conocimiento generado por la arqueología a lo largo de tan sólo dos siglos, seríamos mucho más pobres intelectualmente. Subsistirían mitos absurdos, desconoceríamos nuestros humildes orígenes animales, creeríamos en la existencia de un Paraíso perdido, buscaríamos el arca de Noé en las profundidades de Armenia y, sin duda alguna, estaríamos seguros de ser uno de los pueblos más fantásticos de la Tierra, un pueblo elegido, auténticos herederos del mismo Dios.
La arqueología, disciplina pobre en resultados pero rica en metodología, que rebusca entre los basureros del pasado, nos sitúa en el lugar que nos corresponde. Y por esa razón, yo sigo practicando esta ciencia inútil.

