/ Cuadernos tragicómicos / Iván Álvarez /
En mi primer año en la carrera de historia en la Universidad de Oviedo tuve un profesor muy peculiar. Es periodista, conocido entre los activistas a favor de oficialidad de la llingua asturiana y un destacado opinólogo cuyas clases no olvidaré jamás. Todavía tengo pesadillas. Al parecer, este señor daba mucha importancia a «nuestro pasado celta»; este sustrato cultural sería la explicación que mi profesor encontraba, entre otras, a que los asturianos comamos embutido, y que los de Gijón y Oviedo nos llevemos muy mal, así como también ocurre con Candás y Luanco, por ejemplo. Ojalá alguien le convalide el título de antropología. Creo que merece la pena insistir en la primera oración de este texto: este señor daba clases de historia en la Universidad de Oviedo. Cosas de chupa y mama, que diría Jorge Ilegal.
Estas y muchas otras babayaes relacionadas con lo celta y Asturias he oído y leído en el arduo camino de la vida, generalmente a gente adscrita, cómo no, al nacionalismo y regionalismo asturiano. He leído a menudo, por ejemplo, que los asturianos actuales somos culturalmente celtas. También tengo entendido que es una vergüenza que tengamos una estatua de Augusto en Gijón, homenajeando a los invasores genocidas romanos. Siento fascinación por aquella gente que dedica buena parte de su militancia política a conseguir la oficialidad de una lengua romance como es la asturiana, y la vez dice tener un sustrato cultural celta determinante y que lo romano es ajeno, impuesto y postizo. No estoy diciendo que todos los nacionalistas o regionalistas astures pequen de indigenistas, es algo marginal, pero algo de esto hay en el imaginario popular asturiano.
Siguiendo con la cuestión romana, más de una vez nos hemos enfrentado a la idea de que los asturianos deberíamos identificarnos con los astures. Las palabras astures y asturianos tienen el mismo lexema, por lo que cae de cajón que somos el mismo grupo humano, pero con dos mil años de diferencia. Suena lógico, coherente y fundamentado, ¿verdad? Igual ocurre con los cántabros. Vemos esta idea cuando se habla sobre el pasado en primera persona del plural, práctica tan extendida como lamentable. Todo hemos oído expresiones similares a «los españoles evangelizamos y conquistamos América», lo cual nos da una pista que nos sugiere que estamos ante un fantasmón, literalmente, pues estaríamos ante el espectro de alguien que participó en una movida ocurrida hace quinientos años. Tranquilo, PaquitoDeEspaña1492, si no eres capaz de conquistar a un ligue un sábado noche, menos todavía vas a conquistar un continente. Este caso evidente lo podemos trasladar al caso astur «los asturianos fuimos los primeros en declarar la guerra a Napoleón en España» o «los romanos nos invadieron». A los asturianos no nos ha invadido nadie ni nada recientemente, excepto la terrible moda del cachopo, que está sobrevaloradísimo. La única probabilidad de que podamos decir eso con rigor es que el Sporting u el Oviedo jueguen una eliminatoria contra la Roma en competición europea, cosa que visto lo visto ocurrirá aproximadamente en el año Nunca.
Obviamente, si hiciéramos una relación de elementos culturales que hemos heredado o desarrollado a partir del legado romano, e hiciéramos lo mismo con los pueblos prerromanos, la lista más amplia sería sin lugar a dudas la latina. Y estoy teniendo en cuenta el sincretismo y la hibridación cultural hispanorromana. Pero es evidente que nuestra lengua, legislación, urbanismo, administración o marco religioso nos vino de Roma y a través de ella. Sencillamente no me tengo que identificar con los astures, ni con los romanos. O me identifico con todos mis antepasados —si es que tengo alguno que viviera por aquí hace más de un par de siglos, cosa de la que no tengo constancia— o con ninguno. Imagínese, usted que lee esto, que es asturiano o asturiana, y especule sobre su ascendencia: podría ser descendiente de un guerrero astur brutal y violento, lo cual no es bonito; también podría serlo de una campesina que recogía cereales para el conde Gonzalo Peláez, primer militante histórico del independentismo asturiano, que ya por asociación nadie querría ser; o podría ser descendiente de un mercader francés afincado en el barrio ovetense de Gascona en el siglo XVI, que… bueno, sería francés. En definitiva, las opciones son múltiples y no tiene sentido reivindicarse como asturcelta, por mucho que quiera fundamentarse en algún rasgo etnográfico o en la genética. En todo caso asturcelta sería tu tataratataratataratataratataratataratatarabuelo, al cual despreciarías por ser hiperboomer y un pollavieja.
Y esto nos lleva a la parte más deliciosa de la narrativa indigenista astur y su idea de la cultura asturiana, esa que dice que los asturianos tenemos más que ver con los bretones o los galeses (el arco atlántico, en general) que con los andaluces o, para más inri, la gente de la España mediterránea en toda su extensión. Más allá de las sospechas que me despierta el constante interés por diferenciarse del sur y parecerse al norte —muy, muy sospechoso—, reconozco cierta intolerancia por la expresión tener que ver como sinónimo de parecerse o relacionarse. Supongo que esta sentencia cuanto menos cuestionable se basa en los distintos tópicos que tengamos de esas regiones verdes, frías y donde se toca la gaita, o un viaje que hayamos hecho a Irlanda donde nos flipamos un poco.
Es sorprendente cómo gente que gusta de exagerar lo particular y diferenciarse de gente que vive a una hora de trayecto en coche consigue encontrar lo común con gente que vive a mil kilómetros de distancia. Y sin duda existen diferencias a poca distancia, y similitudes a la larga, pero a la inversa obviamente también. Es fácil encontrar a personas que de la existencia de la lengua asturiana extraen la existencia de una cultura asturiana nítidamente diferenciada, pero a la vez el hablar español no lo consideran ligazón cultural con un cualquiera de Murcia o incluso de América, continente con el que no pocos españoles en general, y asturianos en particular, tienen una ligazón incluso familiar, por historias de sobra conocidas. Pero tienes más que ver con un tío de Escocia; claro que sí, campeón, titán, crack, librepensador.
Lo cultural solo interesa si es particular y diferencial con respecto al vecino de al lado. Interesan fiestas tradicionales que, echándole un poco de imaginación, pueden parecerse a no sabemos qué rito irlandés. Interesa la iconografía y el folclore, en buena medida forzosamente manipulados y promocionados como seña de identidad cual sesgo museístico. Pero no interesan las fiestas y rituales de masas, sin duda mucho más definitorias de nuestra cultura que la mascarada tradicional de tu pueblo. No interesa encontrar el carácter universal del folclore, asociado a comunidades rurales donde las preocupaciones y las penurias son en buena medida comunes a pesar de las distancias (en todas las comunidades hay bailes y fiestas asociadas las temporadas de cosecha, cortejar con una moza o a la llegada del verano). No interesa, en definitiva, asumir que vivimos en una sociedad donde las culturas de las que participamos (porque no solo vivimos de una cultura) vienen en buena medida determinadas por el ocio de masas, una economía postindustrial, y de constante elogio del individualismo; una sociedad hegemonizada, dicho sea de paso, por el eje anglosajón, motivo por el que mientras nos peleamos por qué lengua debe ser la vehicular, curiosamente, la única incuestionable es el inglés.
Recuerdo algunas quejas cuando en Oviedo se celebró un sucedáneo de la Feria de Abril. Se consideraba un intento de aculturación españolista y se consideraba ajeno a lo nuestro. Escribes esas quejas en un móvil Huawei, como te aburres sales de casa y vas a comprar algo a la cadena danesa Flying Tiger para decorar tu piso estándar, pero no te apetece hacer cena así que paras en el McDonald’s. De vuelta a casa ves en una plaza la actuación de la banda de gaitas oficial del Ayuntamiento, y piensas que viste una similar en tu viaje a Nantes, así que lo tienes bastante claro y concluyes que «está claro que somos algo celtas y culturalmente distintos a uno de Burgos». Y a pesar de este espectáculo folclórico, en absoluto espontáneo y aséptico, te cagas en la raza de los responsables municipales de cultura por querer españolizarte con una Feria de Abril, pero te bajas el cabreo escuchando reguetón made in Miami.
Por concluir, ¿somos los asturianos celtas, o astures? Evidentemente, no. Tampoco somos romanos. Como tampoco los toledanos son visigodos, los vascos vascones, ni los onubenses tartésicos o medio árabes. Culturalmente somos muchas cosas distintas. La globalización hace que tengamos que ver con gente incluso de Japón o Australia. El uso de un teléfono móvil es, de largo, mucho más importante en nuestra forma de estar en el mundo que el hecho de que a unos kilómetros puedas visitar el castro de Coaña o la Alhambra de Granada o ver una danza de espadas en la Plaza Nueva de Bilbao. La experiencia me dice que poca gente está dispuesta a tener esta conversación, parece que provoca conflictos de personalidad severos.
[Réplica de Cristobo de Milio a este artículo aquí]
Iván Álvarez es historiador, licenciado por la Universidad de Oviedo.

