/ por José Luis Zerón Huguet /
Escribe el profesor Giovanni Miraglia en el excelente ensayo De lo hondo, otra luz, al cual me referiré más adelante, que la poesía de Miguel Ángel Cuevas (Alicante, 1958) «se sitúa en la confluencia de dos lenguas románicas —el español y el italiano, y sus literaturas respectivas— y bajo una constelación de escritores». Es en el cruce entre estos dos espacios lingüísticos donde Cuevas traza su itinerario poético, y queda constancia de ello en la nómina de autores que ha traducido (además de su producción crítica), tanto desde el italiano al castellano (Piranello, Tozzi, Lampedusa, Pasolini, Buzzati, Consolo, Attanasio, Scandurra) como del castellano al italiano (Valente, Oteiza, Trino García Rodríguez), además del carácter bilingüe de su obra poética a través de las autotraducciones. De manera que podemos afirmar que su actividad como traductor, ensayista y crítico de arte es una extensión de su obra poética, que consta de los siguientes libros: Celebración de la memoria (1987; segunda forma, Celebración, 2013), Manto (1990), Incendio y término (2000), Silbo (2001). Desde 2005 publica casi exclusivamente en Italia, siempre en edición bilingüe autotraducida: la antología 47 frammenti (2005), Escribir el hueco / Scrivere l’incàvo: studio per Jorge Oteiza (2011), Modus deridendi (2014), Sibilo (2015), Piedra ‒y cruda / Pietra ‒ e cruda (2015), la antología Ultima fragmenta, (2017, edición al cuidado de Giovanni Miraglia) y Postuma (2021).
Miguel Ángel Cuevas ha participado, además, en diversas iniciativas expositivas de artistas contemporáneos en Italia y en España. Por eso en una buena parte de su obra poética, al menos hasta donde alcanza mi conocimiento, hay un diálogo evidente entre pintura y poesía que va más allá de la écfrasis convencional. Eso mismo lo encontramos también en poetas contemporáneos como Cirlot, Valente y Ullán. Todo su quehacer cultural conforma un mismo corpus literario que todavía no ha sido valorado en toda su dimensión. Y creo que el desconocimiento de su obra en el panorama literario actual se debe, en gran medida, a su búsqueda de sentido más allá de las poéticas figurativas o realistas mediáticas y oficiales y su marcado alejamiento de la emotividad y el confesionalismo. El ritmo, la entonación, la fonética, la quiebra del lenguaje (a veces hasta llegar al balbuceo) requiere de un lector cómplice y nada acomodaticio, implicado en la tarea de desencriptar una poética que resuena a contratiempo o intemporal al margen de lo obvio, lo banal, lo reproducible y contra las formas gastadas del decir emocional. De manera que, en su intento por huir de una poesía de frases hechas y lugares comunes, de sentimentalismos hueros y anecdotarios triviales, en su afán por transgredir instalándose en la exigencia desde la palabra desnuda, despojada, al borde de la inexpresividad y lo indecible, la poesía de Miguel Ángel Cuevas resulta áspera fría, inemotiva, disonante, desesperanzada, instalada en las abisales oquedades donde la luz es ciega. Es decir, lo que transmite mayormente es un sentido de oscuridad y hermetismo. Pero aquí habría que recordar la frase célebre de Saint-John Perse: «Me llamaban el oscuro y yo habitaba el resplandor».
Esta escritura autorreferencial se basa en el empleo de palabras arcaicas o recreadas, en la convivencia de voces fragmentarias, en la deconstrucción de la gramática y en las rupturas secuenciales sintácticas, más el uso de expresiones perforadas, inacabadas, elípticas. También sobresale la elocuencia de lo lacónico, el despojamiento, lo violentamente condensado y la dislocación lógica discursiva. Destacan igualmente el oxímoron y la paradoja, además de las imágenes sonoras (aliteraciones bruscas y onomatopéyicas en las que ruedan las erres, se arrastran las jotas y suenan como chirridos, graznidos, crujidos crocitares) y muy plásticas que nos llevan a evocaciones y a relaciones en el límite expresivo y al margen de los códigos argumentales, como una visión caleidoscópica. El poema evita la estabilidad de lo representativo y los ritmos prefijados según un compás determinado; no se rige por clausulas métricas, ni está sujeto a los dulzores de la forma
La poesía de Cuevas necesita, por tanto, una lectura atenta, sin estrecheces ni prejuicios: solo así es posible admitir (e incluso valorar) la prosodia crepitante, la acusada dificultad léxica, la sintaxis disminuida o en ocasiones hecha añicos, la forma minimalista, la voz sincopada (a veces exaltada aunque aparente frialdad), las cacofonías, los encabalgamientos y las imágenes desligadas de ataduras inteligibles que transmiten el alborozo de la vida y la muerte, el pasmo ante lo inefable, las realidades visibles y las invisibles, la soledad que yace en el exilio del hombre ante la complejidad de la naturaleza, la inmensidad del cosmos y el silencio de un dios, que si existe habita oculto e inaccesible en las tinieblas de un sol que no se manifiesta porque nos cegaría. Hablo de una poesía llena de correspondencias, de asociaciones que, resistiéndose a los asedios lógicos, emite perplejidad, incertidumbre y asombro desde su intemperie, de ahí el tono elegíaco a veces implícito que la recorre.
De toda la obra poética de Miguel Ángel cuevas, Postuma, su último poemario (Le Farfalle, 2021) es sin duda el más radical, entendiendo por radical la renuncia a los significados convencionales del decir. Es el que más se acerca a la expresión esencial desde la realidad abstracta e inalcanzable del lenguaje. En este libro destaca la importancia caudal de las palabras y sus significados; las cualidades sonoras nos llegan con toda su pureza y opacidad. Los versos se hunden, pues, en las raíces primeras del lenguaje. Un lector atento a las tasaciones literarias encasillaría a su autor en la escritura del silencio, en el existencialismo logofágico o hermético, es decir, en todas las poéticas de la modernidad que conectan con el lenguaje extremo, representadas por poetas como Stéphane Mallarmé, Paul Celan, César Vallejo, Francisco Pino, y los mencionados José Ángel Valente, Juan Eduardo Cirlot y José Miguel-Ullán, por poner varios ejemplos.
Y en este libro también se visibiliza la paradoja que acompaña a toda la producción literaria del autor en la búsqueda de una realidad inaccesible desde la cortedad del decir, que diría Eduardo Milan, pero dotando a cada palabra de una cualidad sonora y háptica. Nuestro autor considera que nos hemos extraviado en el lenguaje y solo buscando el silencio o un no lenguaje que se acerque a la infancia expresiva podemos mirar a los ojos de una nueva claridad, de ahí la importancia de la mirada en toda su obra.
Postuma no es una edición bilingüe al uso, es decir, no es un trasvase al italiano de unos versos en castellano, como cabría esperar. Se establecen dos caminos autónomos e independientes: los originales castellanos son el borrador de los poemas italianos, que a su vez se convierten en borradores de las versiones españolas. Se intercalan los roles de original y versión.
El poemario está encabezado con esta dedicatoria: «A Giuseppe Fratello, cenere e memoria-cenere». Podemos entender el libro —y de ahí el título del mismo— como una elegía. El propio autor me aseguró que el libro es un planto, un epicedio. Pero Giuseppe no es el destinatario de la elegía: murió cuando el libro estaba en prensa.
Maria Attanasio dice en el prólogo de Postuma («La parola perduta e ritrovata») que «hay una anulación de lo humano a la que, sin embargo, el poema no se resigna buscando en su propia memoria enterrada un núcleo subterráneo de resistencia para nombrar las huellas supervivientes de lo que ya ha sido». Es por eso, creo yo, que el poemario produce una sensación de mundo primigenio que trata de renacer tras un desastre colectivo. El ser humano está prácticamente ausente, si exceptuamos la mención a los ojos o a la mirada. En este libro, y en toda la obra de Cuevas, como bien señala Miraglia en el mencionado ensayo, la piedra ocupa un protagonismo fundamental. No olvidemos que uno de los poemarios de nuestro poeta se titula Piedra cruda: la naturaleza toda es piedra corporeizada, animista, incluso antropomórfica. La piedra fertiliza la creación poética de Cuevas desde su dureza arquetípica y contradictoria. Como escribió César Vallejo en los Heraldos negros: «las piedras no ofenden:/ nada codician. Tan solo piden/amor a todos, y piden/amor aun a la nada». La piedra significa mudez, pero también conocimiento del pasado, lenguaje del tiempo; resulta sólida, inamovible y a la vez maleable y mutante, inhabitable y acogedora, magma creador y escoria, derrubio y ruina. Para expresar ese encuentro de los contrarios vida-muerte que el reino mineral acoge, leemos en Manto, uno de los primeros poemarios de Cuevas: «Al asedio, Celaje/ del trasmonte, su vértigo/ rinde la palabra ungida». En Escribir el hueco: «Desde la forma de la piedra,/ la materia de la oquedad, la/ tierra, el aire» o «la piedra/ abatida, intersticio/ de la larva acontece/ en la tierra». Y en Postuma: «Sima adentro/ en horados anfractos/ los nidales:// coágulos de osambre,/ floraciones de herrumbre.// La carroñera fulva/ punza los vacíos/ al umbral de la gruta/ en la marina».
Giovanni Miraglia afirma que Miguel Ángel Cuevas es un místico en ausencia de Dios. También habla del lenguaje adánico. En efecto, leyendo a nuestro autor escucho ecos de la mística negativa, desde Eckhart y Böehme hasta Mallarmé y Jabés, Celan y Valente. Cuevas se identifica con la conciencia de otros autores místicos en el límite del lenguaje, como su muy admirado Juan de la Cruz, pero también admite en su escritura palimpséstica la huella del orfebre de la palabra que es Góngora y, por muy extraño que suene, la de dos de sus autores más admirados: Gabriel Miró y Miguel Hernández. De hecho, en numerosos poemas de Cuevas hay guiños y homenajes implícitos a los dos autores levantinos. Por ejemplo, Incendio y término toma prestado el título del último capítulo de Años y leguas de Gabriel Miró.
Volviendo a la estrecha convivencia de la poesía de Miguel Ángel Cuevas con el arte, quiero destacar un libro como Escribir el hueco, pues recoge los fragmentos escritos por el autor en «coloquio» con Jorge Oteiza. Partiendo de una frase del propio escultor, el poeta nos advierte desde el epígrafe que es preciso «Introducir una pala en el aire y sacar el aire». El concepto de ausencia de materia en Oteiza aparece en estos versos: «la/ que de nada vale/ que a patadas/ huera ya/ destruirías// la sola/ necesaria: la// insistencia// –ahora// (muda)». Como el escultor trabaja la piedra ahonda en ella, eliminando lo inservible y modificándola, así el poeta malea el lenguaje excavando en él (el acto de excavar es capital en la obra que nos ocupa), vaciando el poema de confesionalismo lírico, de anécdotas, de episodios adventicios para alcanzar, en fin, un espacio habitable a través de «la palabra no inscrita no/ pronunciada». Como apunta Miraglia: «Entre escultor y poeta pueden rastrearse ciertas concordancias en el modo de aproximarse a la materia expresiva, y en el de plasmarla. “hacia la inmovilidad abstracta de la huella: trazo, palabra”, hacia un “vacío, hueco que solo puede ser cercado, recintado”; hacia una nada, en último término». Y Maria Attanasio habla «de la nada constitutiva, sin transcendencia posible a la que arriba esta palabra poética».
Otro ejemplo de la vinculación de la obra poética de Cuevas con la creación artística es una de las partes de Postuma que lleva por título «La zancuda», en clara alusión al cuadro La muerte sembrando cizaña de Félicien Rops y que obsesionó a Juan Goytisolo, tanto que fue el germen de su novela Las virtudes del pájaro solitario, y precisamente unas palabras de esta novela encabezan esa sección de Postuma.
La cita de Leopardi que sigue a la dedicatoria anuncia la presencia abundante en este poemario de lo seco, lo yermo, lo agostado, lo sucio, lo amargo: barro, aguas muertas, cenizas, escorias, herrumbre, matojos, raigones, miera, horrura, esputos, albañales… Una naturaleza inhóspita, deshabitada. No encuentro en Postuma una evocación nostálgica frente a la pérdida irremediable, sino un apego a la contingencia de una elementalidad secreta y sagrada, una inmanencia de lo sensible, un interés por las cosas insignificantes y pasajeras, así como una necesidad de buscar moradas allí donde habita la muerte, porque en esa voluntad esteparia también asoma la vida. Digamos que hay una fusión de lo estéril y lo fecundo, una continua anfibología muerte-vida, que se refleja en la tensión y acoplamiento de las palabras.
Pero es necesario aclarar que el paisaje que aparece en todo el corpus poético de Miguel Ángel Cuevas no siempre está dominado por una materia consumida o en descomposición. Ni en todos sus poemas se imponen los atavíos de la muerte, como sucede en Postuma. Es en Incendio y término donde más se produce el juego de contrario entre Eros y Tanatos, donde hay un espacio para ansiar la epifanía, aunque no se llegue a alcanzar, o la posibilidad de acceder a ella sea limitada. Hay en la mística sin Dios una manifiesta dualidad entre luz y oscuridad, fuego y ceniza, expresada, a veces, a través de la presencia de imágenes tomadas del arte románico y bizantino, como la mandorla, que también emplea José Ángel Valente. En Incendio y término hay igualmente una necesidad de vuelo hacia regiones ignotas mediante la palabra, aunque el alzamiento quede frustrado o se confunda con la zozobra de la imposibilidad: «Cuerpo yacente, sorbe,/ muerde// El/ fulgor se abisma yema/ palpitada, tremor,/ huida, linde,/ fuente descendida/ hondo penetrado», o en este otro poema : «Palabra, trazo/ oculto,/ la tierra mancha/ niebla. En/ el rastro róseo/ se alza o hunde/ el ansia de altura».
Siendo esta en apariencia tan adánica y elusiva, resuena en ella, sin embargo, una carga mistérica y una fuerza indagatoria; percuten los versos como aforismos lapidarios. Los poemas exigen ser escuchados, aunque sea calladamente mediante la lectura. «Hablo/ para tocar la palabra que nombra:/ para tocar lo que la palabra/ nombra», leemos en Escribir el hueco.
Yo creo que el lector debe dejar que las palabras, los ritmos percutivos y la resignificación de esta poética despierten en su conciencia ocultas resonancias de parajes insospechados. Pero hoy es difícil encontrar tal grado de implicación lectora. Cuando en nuestro encuentro en Orihuela, el pasado mes de diciembre, le pregunté al autor si se había topado con demasiados rechazos e incomprensiones, e incluso si había sido tomado por un impostor, me respondió: «más que con rechazos e incomprensiones (que no han faltado, en cualquier caso) me he encontrado con silencios; y no los he interpretado como silencios de turbación expectante, sino de desprecio: pero, me digo (orgullosamente, no me duelen prendas), ese desprecio es fruto de ignorancia. También me he encontrado con acogidas apasionadas y entusiastas por parte de algunos (pocos) poetas y estudiosos, en Italia sobre todo, y también en Francia, donde debería aparecer dentro de no mucho una edición trilingüe (español-italiano-francés) de mis tres últimos libros».
Oí decir una vez al crítico literario Ángel Luis Prieto de Paula (y estoy de acuerdo con él), que hay poetas que evolucionan borrando las señales de sus inicios, evitando por completo las sendas que ya han transitado; otros, dueños de una voz homogénea, mantienen siempre una fidelidad a sus raíces y a la congruencia interior en detrimento de la variedad y el desarrollo, y también encontramos a un tercer tipo de poetas que evolucionan en espiral abriéndose hacia territorios cada vez más amplios y cerrándose hacia el centro. Quizá resulte difícil responder a qué categoría pertenece Miguel Ángel Cuevas, pues él siempre ha desconfiado de categorizaciones críticas, no tanto por el simplismo que presentan a veces, sino por el hecho de que siempre hay resquicios que no cubren. En este caso, además, estamos ante una obra que en parte ha sido reescrita en busca de un núcleo o un centro fiel a un ímpetu auroral. Yo me atrevería a decir que nuestro autor pertenece a la segunda categoría; a las de los poetas coherentes, homogéneos, fieles a una poética heterodoxa, arriesgada e insobornable.
En el ensayo El arco y la lira, Octavio Paz escribe: «el poeta habla de las cosas que son suyas y de su mundo aun cuando nos hable de otros mundos», y añade que «el poeta no escapa a la historia, incluso cuando la niega o la ignora. Sus experiencias más secretas o personales se transforman en palabras sociales, históricas». Esta afirmación de Paz es aplicable a la poesía intemporal de Cuevas solo tangencialmente y en contadas ocasiones. Quizá valga para la sección «La zancuda» de Postuma, que según el autor sí es un lamento histórico, «un lamento de piedad y un grito de odio, un sudario que enjuga el dolor del herido por las astas de las infames banderas de los mendaces y sus acólitos».
Por último, dejo en el aire una duda: siendo Postuma el libro más radical de todo el itinerario poético de Miguel Ángel Cuevas, el que persigue con más ahínco el mensaje innombrable, lo imposible por decir, no sé qué vendrá después, qué habrá después, qué nuevas vías poéticas transitará el autor tras la publicación de este libro extremo.
Miguel Ángel Cuevas
Le Farfalle, 2021
80 páginas
José Luis Zerón Huguet, nacido en Orihuela el 28 de octubre de 1965, fue cofundador y codirector de la revista de creación Empireuma y desarrolla una actividad cultural diversa. Su producción poética editada consta de dos plaquetas (Anúteba, conjunto de poemas suyos y de Ada Soriano [Empireuma, 1987], y Alimentando lluvias [Pliegos de Poesía del Instituto de Cultura Juan Gil-Albert, 1997]) y los libros Solumbre (Empireuma, Orihuela 1993) , Frondas (Ayuntamiento de Piedrabuena y Junta de Comunidades de Castilla La Mancha, Ciudad Real, 1999), El vuelo en la jaula (Cátedra Arzobispo Loazes, Universidad de Alicante, 2004), Ante el umbral (Instituto Alicantino de Cultura Juan Gil-Albert, Alicante 2009), Las llamas de los suburbios (Fundación Cultural Miguel Hernández, Orihuela 2010), Sin lugar seguro (Germanía, Alzira, 2013), De exilio y moradas (Polibea, Madrid, 2016), Perplejidades y certezas (Ars poética, Oviedo, 2017) y Espacio transitorio (Huerga & Fierro, Madrid, 2018). Ha sido incluido en varias antologías y colabora con ensayos, artículos, cuentos y poemas en numerosas revistas nacionales e internacionales. Ha obtenido varios galardones literarios. El vuelo en la jaula fue seleccionado para el Premio Nacional de la Crítica del año 2004 por los miembros de la Asociación Española de Críticos Literarios y los componentes del jurado. En mayo de 2006 viajó a Rumanía invitado por el Ministerio de Cultura español y el instituto Cervantes de Bucarest, donde participó, como director de la revista Empireuma, en un encuentro de revistas literarias españolas y rumanas en el Centro Cultural de Bucarest y en la Universidad Esteban el Grande de Suceava.

