/ Cuaderno de espiral / Pablo Luque Pinilla /
Principio estos días un nuevo texto poético en diálogo con fotos de una ciudad norteamericana. Para ser precisos, con fotos de habitantes de una ciudad norteamericana. Pretende ser una continuación del ya publicado, SFO, que se ocupaba, junto al fotógrafo José Luis R. Torrego, de San Francisco. Entre lo sustancial en el arranque de este nuevo libro, me corresponde la selección del material gráfico y lograr que transcurra en un tono parecido al del anterior volumen, por mucho que en este caso la metrópoli sea otra y el autor de las instantáneas un artista diferente. Una adecuada selección de las imágenes y una conveniente modulación literaria permitirá advertir la unidad entre ambos trabajos. Empeño que me sugiere una serie de cavilaciones subsiguientes que quisiera dejar por aquí anotadas.
Mediante el tono tendemos un cable entre nosotros y quien nos lee. Un alambre por el que caminamos en un funambulismo creativo que puede depararnos el logro o la caída. Tiene que ver con las urdimbres de la trama, o con la arquitextura de lo escrito, si se me permite, por cuanto a su través percibimos significados y significantes proyectados, diseñados y construidos como una unidad solo apreciable al tacto de la lectura. Acertar con el tono es fundamental para que las palabras se traduzcan en pasos fiables entre ambos extremos de la cuerda. Este encarna una determinada tensión emocional, un particular ritmo y proyección del pensamiento, una concreta dosificación del lenguaje y una actitud hacia el lector. Si le epata, supondrá un lugar de encuentro y la posibilidad de ganarnos su fidelidad lectora. A este respecto, solo una cosa nos es dada disponer como escritores. Como advirtiera el poeta Enrique Gracia: «Escribir por si alguien, algún día,/ tiene un dolor de corazón idéntico/ o sufre una alegría semejante». Pero la búsqueda del tono no es siempre un camino evidente y existe un corolario de lugares comunes sobre el asunto. Algunos son pertinentes, pero muchos otros precisan matizarse, cuando no resultan arbitrarios. A menudo, quienes profieren los argumentos más insostenibles tienden a repetirlos como un mantra. Confían, así, en que nuestra pereza o agotamiento acaben por suscribirlos tácitamente. Y los esgrimen con una rotundidad proporcional a su impericia para desenvolverse literariamente de otra manera distinta a la suya que, obviamente, presuponen superior.
Un buen ejemplo lo encontramos en los defensores a ultranza del estilo llano y sencillo. De alguna forma, recuerdan a esos neoáticos a los que aludía Cicerón, impulsores de las formas secas y parcas como el mejor estilo, y a las críticas que hacían de la expresividad ciceroniana. Sin embargo, si algo puede aprender de la lectura de El orador, durante mis estudios de retórica, es que el autor romano no entendía la existencia de una forma oratoria perfecta en todas las circunstancias. Ni el estilo elevado, ni el medio ni el tenue o bajo. Sino que el estilo perfecto es el correspondiente al decorum. Es decir, a lo que es conviene en cada momento y a cada persona o personas. Y que esta búsqueda dotará de unidad al tratado. De la misma manera, la reacción que deseamos suscitar en quien nos lee, condicionada por el contexto y el modo de expresarnos ─la sintaxis como facultad del alma, que dijera Valéry─, dictará un tono que no puede someterse a ningún esquematismo ni condicionamiento a priori.
Otro aspecto ilustrativo lo hallamos en relación con los motivos que alientan el poema. Es habitual encontrar poetas que aseguran escribir solo como resultado de hacer palanca con el lenguaje sobre el fulcro de una emoción imprevista. Observación tan pertinente como la constatación de que casi cualquier experiencia puede conllevar alguna forma de temblor impremeditado. En este caso, la cuestión, más bien, sería buscar de qué manera es posible persuadir a la mirada para hacerla partícipe de esa vibración particular y secreta. En el horizonte de esta perspectiva, ciertamente contemplativa, apreciamos dos asuntos íntimamente ligados. En primer lugar, que toda realidad es siempre superior a la idea con la que la contamos, o, si se prefiere, que la razón resulta insuficiente a la hora de explicarla. En segundo, y como verificación de esta naturaleza incompleta de la razón, que existe un punto de fuga en la experiencia percibido como misterio. También como impronta de una totalidad ─o de un infinito─ que no acertamos a aprehender con el lenguaje. A lo sumo seremos capaces de señalarlo o, como sucede en las buenas obras, de conculcarlo. Consideración agudizada a través del encuentro con hechos bellos o que demandan nuestra atención más afectuosa. Esto nos convierte antes en mendigos de lo cotidiano al acecho de esta excepcionalidad que en meros sujetos notarios de lo vivido, por mucho que esto nos desborde en un momento dado. No en vano, quise escribir en Greenwich, mi último poemario, «la belleza se ofrece en los despojos/ para invitarnos a extender la mano».
Se mire como se mire, el tono es una materia muy personal y con posibilidades que escarban en lo más profundo de nuestro quehacer como escritores. No puede reducirse a unos cuantos tópicos con los que ahorrarnos lo singular y asombroso de su desplegarse en el texto. Por lo que a mí respecta, estos atajos me privarían, por ejemplo, de encontrar argumentos de escritura en el recuerdo periódico de los suaves fogonazos con que las luciérnagas alumbran los crepúsculos de South Bend; de detenerme a escuchar por las noches la insólita luz de las estrellas para, al revivir las sensaciones que provoca, sentir su aliento en la génesis de los versos; de quedarme fijamente mirando el crepitar de la leña, cuando arde en la chimenea, con la esperanza de encontrar inspiración; o de confortarme con un café, mientras dibuja una nube gótica entre mis manos, cuyo abrigo se traslade de alguna manera al relato. Y qué duda cabe de que, a ti, querido lector,te estarían sustrayendo de la magia de la literatura. De su capacidad para plasmar cómo emergen las fibras de lo extraordinario de entre lo ordinario. De su poder para hablarnos de la incesante novedad que acontece en las cosas de todos los días.
Pablo Luque Pinilla (Madrid, 1971) es autor de los poemarios Greenwich (44º Premio Ciudad de Irun de Poesía, Algaida, 2021), Cero (con ilustraciones de Fromthetree, Renacimiento, 2014), SFO (con fotografías de José Luis R. Torrego, Renacimiento, 2013) y Los ojos de tu nombre (Huerga & Fierro, 2004), así como de la antología Avanti: poetas españoles de entresiglos XX-XXI (Olifante, 2009). En Estados Unidos publicó la versión bilingüe inglés-español de SFO (trad. Korbin Jones, Tolsun Books, 2019). Fue el creador y director de la revista de poesía Ibi Oculus (2008-2018, Ed. Encuentro) y junto a otros escritores fundó y dirigió la tertulia Esmirna (2007-2012). Ha publicado poemas, críticas, prólogos, estudios, artículos y entrevistas en diversos medios españoles y ediciones bilingües italianas, y participa de la poesía a través de encuentros y recitales, entre ellos el ciclo El Latido que celebrara el Instituto Cervantes de Roma.

