/ Escuchar y no callar / Miguel de la Guardia /
Nunca he entendido la mala reputación que rodea a Nicolás Maquiavelo, pues estoy convencido de que se trató de un excelente educador y un gran teórico del buen gobierno. Es más: desde joven he leído El príncipe en clave galante, siguiendo en esto los pasos de mi buen amigo y mentor en los lances de seducción Vicente Segarra Orero; puesto que no en otro modo pueden entenderse aforismos como el de que «el príncipe debe dormir en la ciudad» o que «el daño hay que hacerlo de golpe pero el bien poco a poco». No me negará el lector que las frases anteriores destilan amor y despecho como los sentimientos que se dan en las relaciones de pareja; y es que, en mi opinión, la visión que el autor tiene del buen gobierno del príncipe sobre la ciudad es el de la seducción más que el de la dominación.
Por todo lo anterior no comparto que al mal gobernante que pone su interés particular por encima del de sus ciudadanos se le denomine maquiavélico, como ocurre en la actualidad con el mercadeo de votos para mantener el poder por parte del señor Sánchez a cambio de renunciar al principio de igualdad de todos los ciudadanos, una buena cantidad de dinero público detraído de nuestros impuestos en favor de unos pocos que malversaron caudales públicos y la impunidad para los delincuentes juzgados o pendientes de juicio. No creo en absoluto que el uso de la mentira, la difamación, el juego partidista en favor de los correligionarios y otras tretas a las que nos tienen acostumbrados los políticos puedan decirse inspiradas en ese gran autor y esa obra y, en todo caso, lo estarían en la peor de sus versiones. Además, coincido plenamente con la opinión de Arturo Pérez-Reverte cuando dice del actual presidente del gobierno que duda que sea propenso a la lectura. Incluso hay quien afirma que Sánchez ni siquiera leyó su propia tesis, según algunos, evaluada por una mediocre comisión de afines.
En mi opinión, el ejercicio de la política debería ser un acto de amor y un servicio a los ciudadanos, pues ¿hay algo mejor que procurar el bienestar de quienes de una u otra forma dependen de nosotros? El político honesto debería llegar al ejercicio de la representación pública con afán de mejorar el estado de las cosas en su ciudad, en su región o en su país y afanarse en comprender el origen de los males que aquejan a sus conciudadanos y en la búsqueda de soluciones a sus problemas. Lo otro, los sueldos y los privilegios abusivos, los vehículos oficiales a costa de los impuestos, los asesores sin límite ni funciones claras, las subvenciones a los amigos y compadres, en la actualidad despenalizadas como delito de corrupción, las purgas de quienes discuten la figura omnipotente del jefe de filas o los intentos de eternizarse en los cargos públicos, no es política: simplemente el esfuerzo de los mediocres por salir del anonimato por cuenta ajena y mangoneo, mucho mangoneo, pocas ideas y menos trabajo por el bien común.
Al contrario de los politiquillos que se multiplican ad nauseam en los abultadísimos consejos de ministros, las consejerías o los vicerrectorados, el gobernante preconizado por Maquiavelo es alguien que busca afianzarse en sus políticas a través del bienestar público sin anteponer el suyo propio. Pero me temo que mi indignación ante la política actual en nuestro país me está desviando de una lectura de El príncipe en términos de seducción personal y es esa la que me ha inspirado a lo largo de mi vida como guía para seducir ofreciendo mi dedicación a cambio, lejos de todo intento de manipulación.
Miguel de la Guardia es catedrático de química analítica en la Universitat de València desde 1991. Ha publicado más de 700 trabajos en revistas y tiene un índice H de 77 según Google Scholar y libros sobre green analytical chemistry, calidad del aire, análisis de alimentos y smart materials. Ha dirigido 35 tesis doctorales y es editor jefe de Microchemical Journal, miembro del consejo editorial de varias revistas y fue condecorado como Chevallier dans l’Ordre des Palmes Académiques por el Consejo de Ministros de Francia y es Premio de la RSC (España). Entre 2008 y 2018 publicó más de 300 columnas de opinión en el diario Levante EMV.

