/ Crónicas ausetanas / Xavier Tornafoch /
La reforma protestante, iniciada en 1517 cuando Lutero clava sus noventa y cinco tesis en la puerta de la iglesia de Wittenberg, se presentó inicialmente como una posición de austeridad y de pureza cristiana que confrontaba a una jerarquía católica corrupta, oscura y autoritaria. Los reformadores se enfrentaron a la Iglesia católica movilizando al pueblo y maniobrando con príncipes y gobernantes que veían su poder interferido por la recurrente intervención del Papa de Roma. Con la Reforma empezó un gran debate religioso en toda Europa al que se sumaron todos aquellos que tenían inquietudes intelectuales. Se abandonó el estudio de los clásicos y se inició una guerra teológica que no tuvo nada de metafórica. Hubo juicios sumarios, ejecuciones y violencias de todo tipo. Personas de todo el continente participaron en la disputa, animando debates o escribiendo opúsculos para defender o atacar una u otra posición teológica.
Fue así como dos hombres nacidos en el catolicismo se adhirieron a la Reforma, el uno español, Miguel Servet; el otro francés, Sébastien Castellio. El primero era originario de Villanueva de Sijena, en Aragón (1509), y ejerció como teólogo y científico. Se interesó por la medicina, la anatomía y estudió la Biblia, llegando a escribir un polémico libro, Chirstianisimi Restitutio, en el que negaba la Trinidad. El segundo nació en la localidad francesa de Saint-Martin-du-Frêne (1515) y estudió en el Colegio de La Trinidad de Lyon donde conoció las obras de los humanistas del momento y el tratado de Juan Calvino Institutio Principis Christiani, en el que se niega el libre albedrío del ser humano, a partir de cuya lectura se adhirió a la Reforma.
A mediados del siglo XVI, ambos, Servet y Castellio, huyendo de las persecuciones religiosas en Francia, coinciden en Suiza con Calvino, el teólogo reformista francés que ha instaurado una dictadura fundamentalista en el cantón de Ginebra. Tanto Castellio como Servet habían profesado admiración por las ideas religiosas del dictador ginebrino, admirando su determinación reformista y el poder político que detentaba y que había puesto a disposición del movimiento antipapista. Los dos se cartearon con Calvino antes de llegar a tierras suizas, aunque Servet ya sabía que Calvino no estaba demasiado de acuerdo con su negación de la Trinidad y que su presencia en Ginebra podría causarle problemas. Aún así, Miguel Servet acudió a Ginebra, esperando ser acogido mientras preparaba un viaje que le llevaría a Nápoles. Pero las cosas se torcieron. El cantón de Ginebra vivía en una terrible dictadura en la que el integrismo reformista lo ocupaba todo. El médico aragonés fue detenido, torturado y sometido a un juicio farsa en el que se le acusó de hereje por negar la Trinidad. Finalmente, fue inmolado en una hoguera, única y exclusivamente por sus opiniones, ante la estupefacción de una buena parte de la ciudadanía ginebrina, que contempló muerta de miedo el fanatismo de la camarilla que gobernaba su ciudad, una especie de Santa Inquisición protestante, que mantenía el poder a base de ejercer el terror entre la población.
El atroz final de Servet hizo que algunos teólogos reformistas empezaran a señalar directamente a Calvino como el responsable de los desmanes ginebrinos. De todos ellos, sobresalió la figura de Castellio, que ya se había enfrentado públicamente a él, con el que había roto hacía tiempo por discrepancias teológicas. Se había refugiado en Basilea, donde ejercía de profesor en su universidad. Las críticas que le lanzaba Castellio ofendieron a Calvino hasta el punto de movilizar todas sus influencias en la Confederación Helvética para poder juzgarlo por herejía, esperando darle el mismo final que a Servet. El dictador envió espías a Basilea, señaló a los amigos de Castellio y finalmente consiguió que se le prohibiera participar en debates y conferencias. Incluso las autoridades académicas de Basilea censuraron la obra que escribió en defensa de Servet: Contra libellum Calvini. Nada de eso apeó a Castellio de su repudio al asesinato de Servet y de su defensa de la libertad de opinión y expresión. Cuando Castellio ya estaba enfermo, el dictador ginebrino consiguió abrirle un proceso por herejía, que no se llevó a cabo porque el teólogo francés murió repentinamente. Se dice que su muerte fue celebrada en Ginebra con gran alborozo porque desaparecía el enemigo número uno del régimen fundamentalista. Mucho tiempo después, la figura del reformista disidente que se atrevió a enfrentarse a Calvino fue rehabilitada y la propia figura del dictador ginebrina reinterpretada desde un punto de vista crítico.
En cualquier caso, es curioso comprobar cómo algunos de los grandes temas que han atravesado los debates de la contemporaneidad vienen de muy atrás. El fundamentalismo religioso, la intolerancia y el miedo a la libre expresión de las opiniones individuales han estado presentes en las sociedades europeas desde hace siglos. De la misma manera, es sorprendente, o no, que lo que a menudo se presenta como liberador o reformista se acabe convirtiendo en puro y duro autoritarismo. Hoy en día, cuando se buscan los antecedentes de la lucha por la libertad de conciencia hay que acudir a Sébastien Castellio y al episodio que acabó con la vida de un teólogo y médico aragonés que no renunció a sus convicciones, ni siquiera cuando se encontraba ante la hoguera que había de acabar con su vida.
Xavier Tornafoch i Yuste (Gironella [Cataluña], 1965) es historiador y profesor de la Universidad de Vic. Se doctoró en la Universidad Autónoma de Barcelona en 2003 con una tesis dirigida por el doctor Jordi Figuerola: Política, eleccions i caciquisme a Vic (1900-1931). Es autor de diversos trabajos sobre historia política e historia de la educación y biografías, así como de diversos artículos publicados en revistas de ámbito internacional, nacional y local, como History of Education and Children’s Literature, Revista de Historia Actual, Historia Actual On Line, L’Avenç, Ausa, Dovella, L’Erol o El Vilatà. También ha publicado novelas y libros de cuentos.

