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Los cuadernos pálidos (55)

texto de Tomás Sánchez Santiago · fotografías de Luis Marigómez (serie Flujos)

El fósforo reluciente de una caspa fría ha caído hoy sobre el campo. Una luz cruda decide acompañar el mundo amaneciente de crujidos y pequeños estertores vegetales. Primera helada.


En los quehaceres de la cocina, se alzan los sentidos hasta hacer hervir el aire de irremediable intensidad. Es el vaivén de los olores y sobre todos ellos el del azafrán: unas pocas hebras ya visten de fiesta esta cazuela con las patatas a la importancia.


Los hay que necesitan recordarse a sí mismos en cuanto pueden hacerlo. Se autocitan, se embadurnan de titulaciones, se asperjan con incienso disimuladamente (pero dicen después que era ceniza y ponen cara de penitentes), exhiben avisos de sus logros. A toda costa quieren entrar en la tribu a codazos, agitándose para ser reconocidos y figurar en esa película de la que desean formar parte cuanto antes: El planeta de los eximios.



Paseamos el monasterio desierto y veo el confesonario, ese reducto administrativo de culpa y perdón. Entonces se me ocurre: con un irresistible impulso de osadía a destiempo —ya no tengo edad de gamberradas— me meto en esa penumbra por primera vez en mi vida. Me sorprende que haya dentro nada más una sencilla silla de anea baja junto a la rejilla lateral, tal vez para que el juez esté por debajo de quien llega a volcarle sus miserias. Por las rendijas de esa celosía habrán salido a lo largo de tantos años palabras indecisas y palabras terribles. Noto allí el aire espeso, casi harinoso —eso me parece—, como si hubiera quedado flotando para siempre la densidad de tanta culpa («por mi culpa, por mi culpa, por mi grandísima culpa…», decía la oración). Juego a esperar a algún feligrés, tal como podría haber hecho Buñuel. Yo le habría escuchado y perdonado de plano todos los pecados, sobre todos los de amor. Al fin salgo de allí un poco mareado, como si llegara de un viaje traqueteante e inverso en el que he cruzado todas las estaciones de aquella infancia asustada y rota por tantas advertencias en contra de la vida.


Tras la luz difícil de la tarde, ahora llega la lluvia cuchicheando entre letras minúsculas con todos los ventanales que se va encontrando. Su picoteo es el de un xilófono opaco. Los poetas de El Signo del Gorrión lo decían mejor: «Se oyeron los dedos de la lluvia y sílabas carnales».


Bajamos los dos por la mañana aquel puerto nublado. Puerto de Orduña. La niebla lo iba emplomando todo. También a mi alma, que se quería quedar atrás para siempre. Héctor y yo.


Las cosas no son como fueron sino como las olvidamos. Una vuelta de tuerca a aquella otra sentencia de Valle-Inclán. La desmemoria como acto creador. Más difícil todavía.



La vida secreta de los codos

Nadie se los ha visto de frente. ¿Y quién sabe acariciarlos sin parecer que acaricia el revés de sí mismo? La lluvia no les llega. La edad no los alcanza; he visto codos niños en la piel sarmentosa de algunos ancianos. Suponemos que sacan brillo al hueso en que se sujetan, como cuando de pequeños nos hacían restregarnos con bayetas en los pies por los suelos de los pasillos recién encerados. Su virtud es esa: tener un nombre hecho de brevedad y monotonía que parece replicar su propia inadvertencia corporal. No son invitados a ninguna fiesta de la vida. Nunca les da la luz pero a veces originan súbitos calambres; entonces, brazo abajo, corren eléctricas mariposas improbables y turbias.


Figuras difuminadas entre la niebla de la tarde de diciembre. Como espectros, brotan de cuando en cuando con sus perros transeúntes por los descampados de La Candamia. Surgen así de esa manteca soñolienta que parece devolverlos de nuevo a la realidad y sus desolaciones diarias.


Es una taberna del norte. «Belatz Gorri», eso pone el rótulo. Hemos llegado a media mañana, bajo pequeños golpes de lluvia repentina. El local recuerda la intimidad y la melancolía de algunas tabernas irlandesas. Y huele dulcemente a humedad. Asientos de madera junto a amplias cristaleras, a pesar de las cuales todo lo preside cierta oscuridad claustral. «Si quieren probar la tortilla tendrán que esperar diez minutos», nos dicen en el mostrador. La muchacha me hace saber que el nombre de la taberna podría traducirse como «El petirrojo». No está muy segura pero yo acepto de inmediato ese nombre. ¿Cómo no hacerlo? Ella misma, con sus gafas traviesas y su risa alegre, es un vivaracho petirrojo. Le pregunto desde cuándo es todo así. «Desde marzo de 1990», me responde sin titubeos. Y ya sale humeando el circo esponjoso de una tortilla recién hecha. «A ver qué os parece». De miedo, petirrojo.



Últimos días de diciembre. ¿Qué nos traerá entre las manos el año próximo? Se estira en el aire un bando de pequeños pájaros migrantes. Puntos suspensivos sobre el cielo.


ALDO Z. SANZ SE RÍE EN UN BAR

Lo peor de la edad —dice el poeta— es que se van acabando las ocasiones de hacer algo con calma. Y se inventa un ejemplo jocoso: «A mí me gustaría ser amigo suyo, puede decir un hombre de nuestra edad a otro, pero es que ya no me da tiempo». Y nos ponemos a reír ruidosamente. En las manos crepita la cristalería helada de las cervezas.


La misión de los niños es la desobediencia, poner bajo sospecha el orden que los adultos elegimos para todo a fin de justificar nuestras limitaciones y nuestro carácter.


Una vez descarnada la entraña de la tierra, violentados los acuíferos, trastornado el pulso vital de algunos pueblos, revuelta la pequeña biología de animales y plantas, queda inaugurada la nueva vía ferroviaria.


La gran incongruencia: estoy contemplando la belleza sin dueño de un crepúsculo invernal. Como una yema helada, la luz tirita y se va terminando lentamente. Todo va ocurriendo con una lentitud majestuosa que me gana y me estremece de emoción. Entonces no puedo reprimir un sollozo mental y me dirijo a Dios: «¿Por qué no existes?», le pregunto.


Entre otras preguntas finales del año:



LISTA DE PROPÓSITOS DE UN PAZGUATO PARA EL NUEVO AÑO

No esperar ya nada.

No aspirar ya a nada.

No inspirar ya a nadie.

No rechistar.

No ocupar sitio.

No robar aire a ninguno.

No estirar mi sombra más allá de mí mismo.

No traficar demasiado con nombres.

No hablar mucho: cuidar de la saliva como de un bien escaso.

Ir nada más allá donde no me llamen.

No respirar, casi ni respirar.

Buscar de vez en cuando la luz del norte. Para no olvidarla.


Tomás Sánchez Santiago nació en Zamora en 1957. Sus últimos libros de poesía son El que desordena (2006) y Pérdida del ahí (2016). En prosa es autor de las novelas Calle Feria (2006) y Años de mayor cuantía (2018). En 2019 ha aparecido su escritura de diarios y anotaciones reunida en El murmullo del mundo. Es coautor, junto a la fotógrafa Encarna Mozas, de Interior Acuario (2016), y miembro del Seminario Permanente Claudio Rodríguez, con sede en Zamora.

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