/ una reseña de Luciano Hevia Noriega /
A la, afortunadamente, cada vez más amplia bibliografía en español sobre el género cinematográfico por antonomasia se han sumado recientemente títulos tan interesantes como Western USA 1962-1992 (Donostia Kultura, 2024) en la benemérita Colección Nosferatu o El western renacido del siglo XXI (Nipho Publicaciones & Comunicación, 2023). Y también, a cargo de la editorial Sílex y con autoría compartida entre Javier Sanabria y Andrés Rus, uno tan clarificador como ¡Ese era mi bistec, Valance!, de indisimuladas resonancias fordianas y cuyo subtítulo explicita lo que nos vamos a encontrar: El western de la contracultura en 20 películas (1960-1980).
La obra, encabezada por un magnífico prólogo de Miguel López, es un gozoso recorrido por dos décadas de cine del Oeste marcadas por el alumbramiento de unas nuevas costumbres y una crisis de taquilla derivada del éxito de la televisión y las nuevas corrientes estéticas llegadas desde Europa, que provocan que al considerado género conservador por excelencia nuevos y viejos directores le den la vuelta como a un calcetín, desmitificando buena parte de sus estilemas fundacionales y convirtiendo el controvertido epíteto de crepuscular en una seña de identidad del periodo.
La América de los años sesenta, con su contracultura, sus hippies, su guerra de Vietnam o sus conflictos raciales, irrumpe estruendosamente en la gran pantalla para mostrar un reverso tenebroso del American way of life, repleto de antihéroes y perdedores. Tal y como anunciaba Dylan, los tiempos estaban cambiando y el western no iba a ser ajeno a unas transformaciones que incluían nuevas miradas hacia los hasta entonces pérfidos nativos, el papel de la mujer, el ecologismo o la libertad en su más amplio espectro, con la contradicción entre lo salvaje y lo moderno, la querencia por un humor grotesco y burlón y los tonos tragicómicos y realistas como señas de identidad más características. A estos aires renovadores se suman también algunos directores procedentes de épocas anteriores, como Walsh, Ford, Mann o Huston, aunque predominará el relevo generacional.
Se ponía fin así a una larga etapa en la que el western había servido como vehículo propagandístico, eminentemente evasivo y con propensión al maniqueísmo, sin menoscabo de lo injusto que sería reducirlo únicamente a estos aspectos y no reconocer giros y evoluciones hacia una mayor complejidad temática y formal, muy marcados a partir del aldabonazo que supone el estreno de La diligencia (John Ford, 1939) o la proliferación del western psicológico ya en los años cincuenta, con títulos tan relevantes como Solo ante el peligro (Fred Zinnemann, 1952), Raíces profundas (George Stevens, 1953) o Johnny Guitar (Nicholas Ray, 1954).
Y justo cuando parecía que el western estaba herido de muerte, sobreexplotado por la televisión, con una muy mermada popularidad y relegado a un papel secundario dentro de la industria, el año 1962 ejercerá de parteaguas con la coincidencia de tres estrenos que cambiarán la historia del género: El hombre que mató a Liberty Valance (John Ford), Los valientes andan solos (David Miller) y Duelo en la alta sierra (Sam Peckinpah), a cargo de directores pertenecientes a tres generaciones distintas.
Si alguien albergaba recelos ideológicos (que no artísticos) hacia la figura de John Ford, su última etapa los disipa sobradamente, convirtiéndose en el último cineasta de los clásicos y el primero de los modernos, ejemplificando de manera magistral con su cine el choque entre el viejo y el nuevo mundo, lo que se convertirá en una constante temática en los años sesenta y setenta.
El caso de David Miller es muy distinto, ya que su carrera no fue especialmente brillante (aunque sí reivindicada posteriormente por la crítica francesa), y Los valientes andan solos, convertida en película de culto, debe mucho a la insistencia de su estrella, Kirk Douglas, que consideraba su papel de anacrónico cowboy en fuga una de las mejores interpretaciones de su larga trayectoria.
Sam Peckinpah es, con mucho, el director más representado en el libro y el máximo exponente de lo que se conoce como western crepuscular. Hasta cuatro de sus películas son analizadas: Duelo en la alta sierra y su retrato de fin de época, con la llegada de un progreso que atropella a sus protagonistas (soberbios los ya otoñales Randolph Scott y Joel McCrea), y su historia de amistad traicionada; la tremenda Grupo salvaje (1969), que le valió el apelativo de Bloody Sam, nostálgica, violenta y poética, una carnicería suicida testosterónica hasta la médula que hace que el espectador sienta simpatía por una pandilla de mercenarios y ladrones para los que la lealtad vale más que el posible botín y la propia vida; La balada de Cable Hogue (1970), un cambio de registro que supuso un sonoro fracaso comercial y una furibunda crítica del poder económico y religioso a través de una alegórica historia de amor y venganza; y la maravillosa Pat Garrett y Billy el Niño (1973), toda una metáfora de la desilusión setentera desencantadamente romántica, en la que nuevamente se invierten los antagonismos y el supuesto villano resulta más admirable que el traidor que se pone de parte de la ley y a la que la banda sonora de Dylan le sienta como un guante.
El libro se remata en 1980, con el desastre comercial que supuso La puerta del cielo de Michael Cimino, que hundió a la United Artist tras recaudar apenas el 5% de lo que había costado. Cimino, aún crecido por el éxito de El cazador, no supo leer que los gustos estaban mutando hacia un cine más evasivo que tenía en Star Wars su máximo exponente, pergeñando un western megalómano cuyo primer montaje alcazaba las cinco horas y media de metraje (luego reducidas a 165 minutos), casi en clave de lucha de clases entre los ganaderos especuladores y los modestos agricultores y con un estilo narrativo muy moroso. El batacazo fue de órdago, poniendo fin al New Hollywood y dando paso a una década que se deslizaría por unos derroteros muy distintos.
Entre medias, los autores diseccionan un puñado de títulos míticos (o no tanto en algunos casos) que conformaron el paradigma estético de esas dos décadas en que todo cambió: un western intelectual con cuidados diálogos ambientado en la Revolución mexicana como Los profesionales (Richard Brooks, 1966); una cult movie lisérgica y underground de gran cripticismo a cargo de un director formado en la Factoría Corman como El tiroteo (Monte Hellman, 1966); un spaghetti manierista en el que lo visual pesa mucho más que lo verbal, que reinventa a una estrella como Henry Fonda y pone una pica europea en el corazón de Hollywood como Hasta que llegó su hora (Sergio Leone, 1968); un producto liviano y humorístico, de un gran tirón comercial sustentado en sus dos protagonistas y que entendió perfectamente la onda contracultural en boga como Dos hombres y un destino (George Roy Hill, 1969); la quintaesencia de los sesenta, tan adorada como odiada, en la que los caballos se intercambian por motos que cabalgan a la búsqueda de las raíces de América y que conectó con un público joven a ritmo de R’N’R como Easy Rider (Dennis Hopper, 1969); un alegato proindio crítico con la visión paternalista hegemónica realizado por un blacklisted que había estado condenado al ostracismo durante un cuarto de siglo como El valle del fugitivo (Abraham Polonsky, 1969); una furibunda crítica del progresismo que supuso el particular ajuste de cuentas de su director con la política, la justicia y la religión cargado de cinismo y malicia como El día de los tramposos (Joseph Leo Mankiewicz, 1970); una rareza inclasificable y difícilmente comprensible empapada en ácido, sin apenas diálogos (pero con gran fuerza visual) y en la que tienen cabida a partes casi iguales la contracultura y la Biblia, la psicodelia y el chamanismo o lo megalómano y lo simbólico a cargo del gurú de la psicomagia y del Teatro Pánico como El topo (Alejandro Jodorowsky, 1970); otro western proindio desmitificador y cargado de ironía pesimista en el que conviven brutalidad y comedia y laten estilemas tan propios de la época como el antibelicismo, el amor libre o los derechos de las minorías en Pequeño gran hombre (Arthur Penn, 1970); una nueva vuelta de tuerca, repleta de mordacidad y cinismo, al difícil desarrollo social en entornos hostiles en la que palpita el empoderamiento femenino gracias al espectacular desempeño de Julie Christie en Los vividores (Robert Altman, 1971); una balada en defensa de la naturaleza con insoslayables ecos de Thoreau en la que aprendizaje vital y deseo de venganza caminan de la mano y una condena en toda regla de aquello que conocemos como civilización en forma de alegoría ecologista y antisistema en Las aventuras de Jeremiah Johnson (Sydney Pollack, 1972); una bufonada muy influida por Leone que se apoya en un Newman histriónico y en un personaje que existió realmente para burlarse de la ley como El juez de la horca (John Huston, 1972); y una iracunda metáfora de la violenta América de los años setenta con un negro sentido del humor y un inusual happy end que apuesta por la tolerancia y el entendimiento como El fuera de la ley (Clint Eastwood, 1976).
En resumen, un acercamiento magistral al género cinematográfico americano por excelencia a través de una veintena de películas repartidas con gran equidad cronológica (hay diez de los sesenta, nueve de los setenta y el epígono ochentero que supone La puerta del cielo) que voltean las convenciones imperantes subvirtiendo temas y protagonismos hasta entonces dominantes y derribando o difuminando unas bastante claras fronteras morales entre el bien y el mal que pasan a ser mucho más ambiguas. Los años ochenta traerían consigo otra manera de entender el arte de hacer películas y también otra manera de verlas, pero la foto de cubierta del libro que nos ocupa no engaña acerca de lo que vamos a hallar en él: un melenudo Dennis Hopper, un John Ford en pijama con su habitual parche en el ojo y un burlón John Huston con un vaso de bourbon en la mano posan sentados sobre la cama del mayor genio que jamás ha dado el Séptimo Arte.
Andrés Rus y Javier Sanabria
Sílex, 2023
254 páginas
23 €
Luciano Hevia Noriega (Les Arriondes [Asturias], 1975) es licenciado en historia y especialista en gestión cultural por la Universidad de Oviedo y trabaja como librero. Ha colaborado ocasional o habitualmente en periódicos y revistas como El Cien, El Impulso, El Fielato o La Ratonera.

