/ una reseña de Mariano Martín Isabel /
Curar las heridas del espíritu no es cosa fácil, y si se trata de heridas heredadas la cosa puede complicarse. Llego con tres heridas es una novela de autoficción; Violeta Gil es a un tiempo autora, narradora y protagonista de un relato que gira en torno a la búsqueda del padre, fallecido el mismo año de su nacimiento; lo que sucedió antes (el enamoramiento de sus padres) es un misterio que ella tiene que desentrañar durante casi treinta años de su vida: desde que descubre, a los quince, el suicidio de su padre (con apenas veintisiete años) hasta los treinta y ocho que ella tiene en la actualidad; al silencio de la madre le sigue una búsqueda desesperada del padre idealizado a través de sus cartas de amor, su diario íntimo y cuantas personas y objetos ella pudiera encontrar.
El marco de esta historia lo constituye su abuelo paterno, desde su lejana juventud en Guinea hasta los noventa y ocho años que ahora tiene en Cheles (un pueblecito de la provincia de Badajoz) cultivando su huerto. La acción transcurre en Cheles, Guinea, Madrid, Segovia, Iowa y Hoyuelos; la protagonista disfruta de varias becas de escritura creativa a lo largo de unos años y la historia de la autora es, en el pasado, la historia de sus padres, mientras que en el futuro es este libro que se va escribiendo a medida que se desarrolla la trama. Tiene dos desencadenantes: uno es la crisis que sufre, a los quince años, cuando descubre el suicidio del padre; el otro es la crisis que está sufriendo a los treinta y ocho, cuando se separa de la que ha sido su pareja durante largos años. Tres partes van marcando, sucesivamente, las tres heridas que sufre la protagonista: la de la muerte (con la búsqueda del padre), la de la vida (con el silencio de la madre) y la del amor (con la ausencia de B, el gran amor de su vida, que la ha querido mucho pero que ha tenido que marcharse por una falta de compromiso que había por parte de ella). Resuena, en filigrana, el conocido poema de Miguel Hernández (que, con la sola modificación de una tilde, da título al libro).
La muerte queda enmarcada entre la alegría y la tragedia. En San Francisco tiene ocasión de contemplar un video de ritos de muerte en Vietnam, realizado por Ocean Vuong, donde aparecen los entierros como lugares de reunión para cantar y bailar. Pero en semana santa, dice la autora, «la madre de Estrella», que no por ser del partido comunista siente menos esa catarsis, «canta y es un momento increíble. La madre se encuentra el ataúd son su hijo dentro y llora […] Ahí está su hijo, y en ese rito […] quizá entendemos la muerte de otra manera» (p. 52). El canto alegre o la saeta, dos formas de sentir el canto. El duelo es una expresión de dolor y aquí se aleja del luto, porque la protagonista no tiene ningún interés por las manifestaciones externas del duelo.
Al silencio de la madre le sucede una tremenda crisis vital. Cuando, a los 15 años, se decide a contarle el suicidio de su padre, ella ya se ha enterado por boca de una amiga; entonces (página 72) se abre un abismo entre ella y la madre y deja de darle el nombre mismo de madre. «De pronto», dice, «todas las cosas de mi vida se recolocaban y significaban algo un poco diferente. Mi madre y yo nos quedamos en dos terrenos separados por una sima. Mi cuerpo también experimentó una falla interna» (p. 72): obsérvese que dice «cuerpo» y no «alma»; es una suerte de visión materialista en la que el alma quedaría reducida a una parte, sutil y delicada, del cuerpo. En ella late la presencia de la muerte.
Empieza entonces la búsqueda del padre. A los treinta y tres años necesita someterse a una terapia psicológica, y si la poesía de Yannis Ritsos le acerca a su padre, ahora también se da cuenta de que poco a poco empieza a querer a su madre (pp. 82, 84): tiene entonces 37 años. Una frase lapidaria resume su sentir en este momento: «cuando el mañana es hoy, deseamos un nuevo mañana (p. 97). Las palabras se vuelven importantes y el ser desde otro se desliza paulatinamente a la búsqueda del ser desde uno mismo (p. 103). De pronto cobra cuerpo la metáfora del dibujo: «tengo la sensación de estar haciendo un dibujo a tamaño real, algunas partes van muy avanzadas, bien coloreadas, con sus sombras, su contraste. Otras son apenas un trazo» (p. 113): el problema es que queremos conversar con lo que no está; «¿cómo podemos describir lo que no está, lo que no comprendemos del todo? ¿Cómo es poseer al otro? ¿Cómo es devolver la vida?» (p. 119); se trata de entrar «con mi propio cuerpo en la vida que no es mía, la de este lugar, mi bisabuela, de mi abuela, de mi padre, del río, la huerta, un caballo, el mar» (p. 121); inmediatamente se da cuenta de que no se trata de buscar fantasmas, sino de salir «en busca de los vivos». La protagonista ahora no lee sólo las cartas y diarios de su padre sino que también lee los propios cuadernos que ha escrito ella.
El amor. A la ruptura con B le sigue la búsqueda de su madre, cuya figura se ha agrandado a lo largo de esta búsqueda. Del padre, que al principio magnificaba a través de una suerte de idealismo que mostraban sus cartas, descubre poco a poco que es un idealismo pretencioso carente de carácter, de fuerza, de voluntad; su madre en cambio, a través del silencio de todos estos años, se va agigantando con su lucha, tierna y callada, por cuidar de su hija; narcisismo sin entrega frente a entrega sin condiciones, esa es la diferencia entre el padre y la madre: entonces ella empieza otra vez a llamarla «madre». Cobran sentido aquí unas palabras de R. L. Stevenson citadas por Luis Rosales: «lo que has amado, esa será tu herencia y nada más» (p. 130). La casa-vientre, la casa-madre: «¿Cómo es una casa que acoge, cómo es una madre que acoge? La casa, cerrada, abarrotada, la casa armada, la casa vientre, la que ofrece toda protección y seguridad y calor y guisos» (p. 134); una casa que se encuentra, valga la paradoja, en medio de la España deshabitada. Hoyuelos: un pueblo de la provincia de Segovia.
Y es una casa encogida que no deja de recordarnos un episodio de Lewis Carroll. «Me siento como un gigante en una casa de enanos. Es como si todo se hubiera encogido desde que viví aquí» (p. 136); pero ahora no es agobio: es que cuando era niña (ésta era la casa de sus padres) ella era más pequeña, o, lo que es lo mismo, la casa era más grande para ella. En su búsqueda incesante de los orígenes tiene la ayuda su amiga Marta, con la que establece una especie de diálogo socrático: «gracias, amiga. De nada, amiga, te lo has contado tú sola. Pero ha sido con tu ayuda» (p. 137); en la mayéutica el interlocutor no da respuestas, pero ayuda a formular las preguntas.
Y, sobre fondo de ecos platónicos, el cuerpo aparece como la cárcel del alma: «Ahora el pensamiento se queda apretado en el cerebro, acumulado al fondo, no sé hacerlo salir» (p. 170); pero tal vez sea precisamente lo contrario: es el pensamiento el que se empeña en esconderse en el cerebro porque no quiere salir; como ella se refugia en su casa en busca de protección; y la señal de que está viva se la da precisamente su cuerpo, no su alma: «tengo un cuerpo. Cuando el calor me aplasta lo reconozco de nuevo» (p. 171); y, como ya dijera Berkeley, cuando percibo sé que existo (al revés que Descartes, para quien la prueba de la existencia era el pensamiento; calificaríamos a la autora más bien como empirista). Por eso le importan tanto los diarios de la huerta que escribiera su padre: a través del tiempo meteorológico y de su repercusión en el campo ella descubre la situación de su propio estado de ánimo. Tiempo. «Viento solano moderado; calor más bien bochornoso. Ha habido nubarrones, pero se han disipado sin producir tormentas». Campo. «El girasol está en plena floración; sólo quedan unos pocos campos de trigo aislados por segar». Alma. «Las semanas se suceden sin que me dé cuenta y pienso que es una muestra de que me estoy recuperando» (p. 169).
La forma de expresarse no puede ser sino aquella que realza más el cuerpo que el espíritu; y del espíritu, sólo aquella que lo concibe como una extensión del cuerpo. El cuerpo afluye a través de la onomatopeya, la anáfora, el ostinato, la sinestesia y la variación de perspectivas; el espíritu, a través del símil, la metáfora, la prosopopeya, el epíteto, la antítesis o el oxímoron. Veámoslo rápidamente.
El cuerpo. La onomatopeya muestra las voces en lugar de describirlas («muuuuuy despacio», p. 28; «Ssssssshhhhh», p. 50; «el claclaclacla de la cigüeña», p. 151; el «uuu uuu u» del búho, p. 185). También la anáfora materializa la persistencia del sentimiento («pienso: escribir un libro para poder escribir la muerte de alguien, la desaparición. Escribir para entender, escribir para dolerse. Escribir un libro para que alguien pueda morir y también quedarse. Pienso»: p. 52. También «el dinero que tenía mi abuela es lo que me protege cuando voy al pueblo. Mis tíos universitarios son lo que me protege cuando voy al pueblo. Mi padre muerto es lo que me protege cuando voy al pueblo»: p. 53. O bien: cuando «mi padre decidió suicidarse […] mi madre queda completamente destrozada, la otra mujer queda completamente destrozada, mi familia y los amigos de mis padres quedan completamente destrozados»: p.p. 69-70).
Cuando la anáfora se vuelve obsesiva se convierte en ostinato, al modo como la misma melodía vuelve y vuelve obstinadamente en la séptima sinfonía de Beethoven. Por ejemplo: «yo lo que quiero es ver la carta. Quiero ver la maldita carta. Quiero ver la carta» (p. 76). «No fui capaz de abrir ese bolso negro durante años. No fui capaz. Me daba miedo. Me daba miedo. Me daba miedo» (p. 81). A veces, como un ostinato, la anáfora llega a convertirse en enumeración obsesiva: «pienso en B a todas horas.
Cuando me levanto, mientras desayuno, mientras leo, mientras veo una película, cuando veo las calles de Madrid en las noticias, mientras pienso en el futuro de nuestras profesiones, mientras paso sola por los caminos y hablo sola y miro a mi lado y no está. Mientras bajo al huerto y veo cómo los tomates y los pimientos y las acelgas y las lechugas van creciendo y pienso, joder, por qué no está aquí» (pp. 164-165). Ocasionalmente hay también alguna sinestesia («se huele el frío»: p. 53).
El espíritu. Aunque el símil contribuye a hacer corpóreo lo que se describe, no lo hace mostrándolo, sino diciéndolo. «Mi prima traga gin-tonics como si fueran agua» (p. 32). El médico «tenía laringitis «y su voz era «profunda y áspera, Leonard Cohen style» (p. 63). La vacilación en el juicio atormentado por el sentimiento se muestra en las antítesis («le tiene miedo a las expresiones de amor, pero las busca constantemente»: p. 95; o «fue cuando comencé a alejarme de mi lugar cuando empecé a hablar de volver a casa»: p. 142); las antítesis llegan incluso a la contradicción, al oxímoron, a la paradoja («tengo la intranquilidad de estar intranquilo», p. 92; o cuando «escribe el 17 de mayo de 1977, lejanísimo y muy cerca de mí»: p. 98). También progresa la mirada en la variación de perspectivas (donde el médico dice «activa sexualmente» ella traduce: «si alguien me follaba»: p. 64; o en la página 93 donde dice: «en mi primer año en Iowa […] no solo veía todo con mis ojos, lo veía con los suyos, compartía con él ese paisaje, le amaba desde ese paisaje. Aquí hace eso mi padre»; y llega incluso al desdoblamiento: «necesito irme de allí, encontrarme con quien era antes de antes y dejar de existir en Madrid»: p. 129).
En esta materialización de la existencia vuelve a adquirir sentido el diario de la huerta: el tiempo y el paisaje llegan a convertirse en espejo en el que ella se mira; véase, si no, este ejemplo: «ayer y hoy chubascos tormentosos aislados […] En algunas cunetas sombrías brotan las gramíneas de otoño […] estoy borracha» (p. 184). La identificación algunas veces llega a ser completa («la tristeza que me entra cada día cuando llega el final del sol»: p. 159) y otras prefigura sus problemas de conciencia («brisa vespertina refrescante, noches muy agradables […] Casi se está terminando de cosechar la cebada y ya se empieza con algún trigo […] La noticia acerca de la huerta me ha dejado nerviosa […] Sí, parece que se están abriendo posibilidades»: p. 162).
Reaparece, en tono conclusivo, la metáfora del dibujo. «El dibujo no estará nunca completo, ya lo sé, pero sí lo suficiente como para poder comprender qué forma tiene, qué colores» (p. 183). En el momento en que se vislumbra la salida se produce una revelación, seguida de agotamiento (p. 180): ahora lo comprende todo. «Dicen que cuando uno tiene una revelación el cuerpo se queda en estado de suspensión durante días, hasta que la idea se hace física y siente un profundo agotamiento, es entonces que puede volver a la normalidad» (p. 180). Sólo falta, para terminar la novela, una figura que lo materialice todo: y será el búho, que, como la lechuza de Minerva, trabaja mientras los demás duermen, puesto que levanta el vuelo al anochecer. «Un búho está ululando […] Necesito algo, una señal […] Nos miramos, el búho y yo. ¿Qué quieres?, me pregunta […] estás mejor de lo que crees, solo necesitas algo de tiempo […] y que te pongas ya a organizarte para trabajar aquí» (pp. 184-186). Es lo que ha hecho Violeta Gil. El resultado es esta magnífica novela. Que ha recibido en 2023 el premio de la crítica de Castilla y León.
Violeta Gil
Caballo de Troya, 2022
208 páginas
15,10 €
Mariano Martín Isabel es doctor en filosofía y profesor del instituto Andrés Laguna de Segovia. Vivió catorce años en Francia. Ha escrito artículos de filosofía en Francia, España, Italia, Finlandia, Ecuador y Méjico, y ha hecho algunas incursiones en la novela, como Las caras del mar. Su teoría de la razón viva concibe la novela como expresión viva de la razón. Es coautor del libro Andrés Laguna, humanista y médico, y ha escrito sobre Ortega y Gasset, Miró Quesada, Miguel Hernández y María Zambrano, entre otros. Desde hace algo más de un año anima un blog en el que intenta ahondar en el concepto de filosofía literaria; de periodicidad semanal, publica textos agrupados en cuatro secciones: filosofía, literatura, educación y el rincón de «el mirador» (atalaya desde la que desmenuza la realidad con objetividad apasionada).

