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Del blanco al negro

/ una reseña de Laurence Breysse-Chanet /

Después de publicar once libros, Tundra (Igitur, 2002), Reses (Trea, 2008, Premio Ojo Crítico), Grisú (Trea, 2009), Sales (Amargord, 2011), Caza con hurones (Icaria, 2013), Desfrío (Varasek, 2014) Morada (Calambur, 2015), en flecha (Ediciones La Palma, 2017), Sellada (Bala perdida, 2019), Los naipes de Delphine (Fórcola, 2022) y Semilla (Bala perdida, 2023), Esther Ramón nos sorprende una vez más con un libro tan suyo como imprevisible. En El cuerpo de los colores se reconoce una voz: el poder de una voz. ¿En qué? Cuánto enigma. Quizá por descubrirnos imágenes que se reúnen con otras ya vislumbradas, que vinieron a anidar sigilosamente en nuestra memoria: «Sin alterar la deserción, dejo pistas: migas de sol y piedras que a ciertas horas se elevan como bengalas», murmura el primer poema. Porque la poesía de Esther Ramón es una fuerza benéfica que se atreve, nos traspasa, nos arrastra cuidadosamente y sin que nos demos cuenta hacia un mundo extraño y pronto entrañable: «Es pegajosa esta región, solitaria. Jungla, jangala, terreno sin manos, lenguaje de signos, gran desorden, maraña, bola de pelos y raíces, de colmillos sin centro, melodía que olvida la temperatura del aire».

En su búsqueda de un lenguaje salvaje, intocado, la voz es una vigilia: «Los mismos pliegues, controles y equilibrios». Desde puntos de arraigo secreto, se oirán, en el enigma de la nueva travesía, bajo el signo de los colores, fragmentos de melodía de repente hundida, renacida, con estridencias o acordes: «Ensayo con la voz distintas taras». Bajo su poder inmediato, aturdidos, nos embarcamos hacia el desconcertante territorio de lo blanco, y vamos a navegar por 69 poemas de los que no salimos ilesos, un territorio en el que se clavan a veces afirmaciones que lindan con lo críptico, que nos desazonan y conjuntamente nos animan, apuntando hacia algo, cuando «lo que amamos se revela, incluso en este lugar de la carencia». Pero ¿qué lugar es este?

Después de su penúltimo libro en prosa, Los naipes de Delphine, y de los poemas en prosa de Semilla, Esther Ramón reúne en El cuerpo de los colores una serie fluida de tres secciones de poemas en prosa, que se presentan al ojo como bloques tipográficos. Pero bloques irregulares, no justificados por la derecha, como si fuesen líquidos. Entendemos que la poeta fue a buscarlos en lo profundo de las aguas de los sueños: se deslizan y trenzan una extraña meditación, medio cifrada y medio luminosa, desde su opacidad interna. Opacidad memorial, como decía, donde se reconocen retazos: el brazo, la mano, la sal, un árbol… De paso, todo es «[c]omo un destello de voz que toma forma».

El título conlleva un pacto: se apodera del cuerpo mismo del lector desde su poder de exposición, pues la poesía de Esther Ramón no vacila; se expone a todos los peligros. Sus imágenes, como el puente que se inventa en «Blanco tránsito», «duele[n] justo en el centro y hacia atrás». Y lo atravesamos porque sí, imantados por «el orden estricto de las páginas de humo». Nos sacude la pujanza de las imágenes que se derraman por ese fondo acuático, un cuerpo misterioso ante el cual cabeceamos dejándonos llevar por la libertad contagiosa que abre cada poema. Ya sabían César Vallejo o Blanca Varela de la fuerza expansiva de esos falsos cuadrados que son los poemas en prosa, con un ritmo interno que ofrece amplitud y expansión y en el que se plasma una libertad y una rebeldía. Tal es la identidad secreta y fuerte de este decimotercer poemario, que se despliega como una onda poderosa, declinando —por ejemplo— el motivo del sedal, quizá un recuerdo del imaginario violento de Caza con hurones, con figuras del mal que se trata de conjurar. O la obstinación desde Tundra, su primer poemario, por dar sitio a la semilla hundida en una tierra dura y fría pero con posibilidad de vida, cuando un yo desdoblado lucha por emerger, si no unificado, sí redivivo, haciéndose consciente de sus desgarros: «Esa es la escena, tienes que mirarla».

Dentro del cuerpo único, después del compás estructural binario de en flecha o de Sellada, dividido entre «lo que duele» y «lo que sana» —un libro que al final «se quema» y promete otro—, tres movimientos articulan ahora El cuerpo de los colores, que crea «algo no pintado en lo pintado». Todo empieza con una lenta deriva inicial, tan hipnótica como medida, por «30 tonos de blanco», un perderse feliz no desprovisto de desesperación por el mundo de la blancura, declinado en treinta matices, adjetivos o sustantivos, «mapa», «levadura», «lana», «fractal», «hilado…»: otras tantas claves que abren un mundo que semeja el del origen, punto de fascinación para toda la poesía. Desde dentro, en vilo, nadamos por variaciones que crean mundo sin otro apoyo que el del color, cuando el sueño es vida: «Con la urgencia de atravesar la nieve, los brazos se hunden una y otra vez en la garganta. Entrego los panes, a medio hacer, pero no los peces».

La indagación en el cuerpo activo del color blanco se hace desde un trato extrañamente cómplice con una sustancia inasible materializada por la energeia de la poeta, que da escenas que explorar. Con cada íncipit arranca un relato que seguimos gracias a su pujanza rítmica, en busca de un sentido que permanece dulce y obstinadamente oculto: «Todo se vuelca y se desliza y el agua viaja hacia tus dedos, llevándote mensajes muy sencillos». Se inicia un viaje hacia la exploración del origen, cifrado desde el color, hacia un arcoíris que brota de la fertilidad de esta palabra, ya sea adjetivo o sustantivo. Pues los treinta eslabones liminares, atados al recuerdo imposible del origen cuya memoria inventan, y donde es posible des-maldecir la vida, trabajan de modo activo desde su blancura soterrada generando la emergencia de 26 variaciones donde «Silbar colores».

Se impone entonces el deseo de ir saliendo fuera de los límites del yo, hacia la realidad externa. Va surgiendo una nueva masa poética aérea, sutil, que ofrece ahora destellos multicolores. Los centra quizá la «certeza» manifestada en el octavo poema, que por leve y volátil enrojece de vida el segundo estado de ese mismo cuerpo por donde ahora pasan el amarillo, verde, azul, rojo, gris… la huella de una cereza subliminar tal vez, infantil y perdida desde la memoria más lejana, reencontrada desde el poder de vida del poema: «Lo raro es que el tejido se escucha cada vez más rojo, y aunque no lo escriba se agolpa la sangre […]».

El mismo movimiento de exploración se expande (recuerdo aquí lo que escribe Jérôme Thélot, que el trabajo del poeta consiste en trabajar en la verbalización de la vida, en el paso de la vida en la palabra) y al llegar al final de la emergencia de los colores, «Rojo etrusco, gris mineral», consta que se reveló también la conciencia de lo finito, de los duelos más hondos. De modo algo asombroso, en la tercera parte, «A negro», desde la fisicidad del poemario, organismo vivo, se va a materializar, con ya solo trece poemas —la mitad de la sección segunda—, una contracción del tiempo que queda por vivir después de tanto recorrido. Un espasmo angustioso después de la lenta fluidez de una vida exenta en la blancura, donde se concretó la misma sustancia del sueño, sin salir hacia la realidad externa, luego cifrada en las muchas alusiones intertextuales de la segunda oleada multicolor.

Solo quedan trece oportunidades, como cuando se alcanza el final del viaje de la vida. Se trata ahora de enfrentar lo negro; el recorrido vital desemboca —por expresar la cifra de la vida, el color— en la necesidad del duelo y la muerte. Ya no son dos partes —como cuando en la segunda parte de Sellada venían 28 canciones que recordaban la suave tranquilidad de los cantos de ordeño venezolanos— para musicalizar las congojas y garantizar un instante de serenidad frente al abismo. Ya no son los poemas finas columnas verticales como entonces, sino que se mantienen los mismos rectángulos irregulares, que permiten la expansión de la voz y por eso le recuerdan los límites de lo humano. Pero la voz ya tiene energía bastante como para permanecer en lo que duele. Por la experiencia poética, de tanta eficacia en Esther Ramón, se puede recoger la «vibración interna» del cuerpo muerto. Las semillas que atravesaron tantos años de escritura «[p]renderán allí, como dientes de leche, hasta que se pudran las cubiertas y las crías broten manchadas de barro, hambrientas, vegetales».

La imagen del poema final, «dos niñas con flores en la boca», dice de modo entrañablemente conmovedor el poder de esta poesía. Muchachas, o pupilas del sujeto, las niñas aceptan la finitud. Su resistencia nos recuerda la firmeza traspasada por el dolor de Blanca Varela en Concierto animal y El falso teclado. No se cede; se sigue cantando más allá de la misma vida: «Ya no beben, ya no hablan, solo muestran el camino, como esporas que se expanden, como tallos nuestros, inviolables, que se inclinan hacia el mar».


El cuerpo de los colores
Esther Ramón
Pre-Textos, 2023
102 páginas
19 €

Laurence Breysse-Chanet es catedrática de literatura española en la Universidad de la Sorbona. Investigadora y traductora, su trabajo se ha centrado en la poesía contemporánea en español, coordinando en París el seminario interuniversitario PIAL (Poesía ibérica y de América Latina). Ha publicado En la memoria del aire: poesía y poética de Manuel Altolaguirre (2005) y Redes azules bajo los párpados: hacia el pensamiento rítmico de Antonio Gamoneda (2019), y en 2010 recibe el Premio de traducción Nelly Sachs por su versión de Don de la ebriedad, de Claudio Rodríguez. También ha traducido el poemario Sellada de Esther Ramón (Scellée, 2022). Como poeta, ha publicado Limons (Variations), en 2014.

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