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La tejedora a la intemperie

/ una reseña de Carlos Alcorta /

Más de cuarenta años de creación poética reúne este voluminoso libro recopilatorio, Quién anda aquí ―título de un poema de su libro Ficciones para una autobiografía―, en el que están integrados todos los libros de Ángeles Mora (Rute, Córdoba, 1952) («Nací una nochevieja/ del frío de diciembre», escribe en el poema «A destiempo»), desde su primera obra, Pensando que el camino iba derecho (1982) ―título que proviene del primer verso del soneto XVII de Garcilaso―, hasta Soñar con bicicletas (2022), con el añadido de unos poemas inéditos de la que será su próxima entrega.

Ángeles Mora

La temprana vinculación con Granada ―Mora es licenciada en filología hispánica por la universidad de dicha ciudad― propició una fructífera relación con los componentes iniciales de «la Otra Sentimentalidad», Álvaro Salvador, Javier Egea y Luis García Montero, y con otros poetas que compartieron ilusiones y principios, como Teresa Gómez. Sin embargo, su obra ha seguido un camino propio, más allá de las coincidencias estéticas e ideológicas que el magisterio del profesor Juan Carlos Rodríguez Gómez (1945-2016) promovió desde su cátedra en la Universidad granadina.

Probablemente el hecho de ser mujer y la toma de conciencia de su lugar en la sociedad haya sido la causa de que en su poética no escasee la reivindicación de la feminidad. Este es el principal argumento para defender desde una mirada personal que va construyendo su propia identidad lo colectivo. Francisco Díaz de Castro, en el imprescindible epílogo del libro escribe: «Cuatro décadas decisivas en la construcción de la apasionante vida poética de esta mujer que desde sus poemas juveniles hasta la fecunda madurez de sus últimos libros ha ido tejiendo la historia de una conciencia buscándose a sí misma por la intemperie de la realidad colectiva».

La poesía de Ángeles Mora parte de una reflexión íntima muy próxima a la de cualquiera de sus lectores, expresada con un lenguaje sencillo, sin arabescos retóricos, pero lleno de sutileza y cargado de sabiduría y de emoción. Mora no solo mira el devenir del tiempo («Rompe el tiempo sus cuentas/ como el amor sus hilos,/ en las horas cansadas,/ las vueltas del camino.// Y luego poco a poco/ día a día y sin ruido/ perdemos nuestros pasos/ sin saber donde fuimos»), de los sentimientos («Mas no hiere el amor sin que se vea/ ni temo a la batalla por mi vida,/ aunque la muerte al ojo estorbo sea») o de la historia personal  («Así rodó mi historia/ y sus cuchillas afiladas,/ llevando siempre a cuestas/ el peso y los afanes de mi sexo,/ abriendo grietas en el muro/ de los días»), sino que es capaz de extraer mínimos detalles de algo anecdótico y conferirles una singular trascendencia.

En una obra tan vasta y sin altibajos estéticos como la de Ángeles Mora podemos encontrar otros temas recurrentes, como el regreso a la infancia, el amor, siempre presente, o las reflexiones sobre la propia escritura, incardinada, como muestran los versos que a continuación transcribo, con esa persistencia del amor: «A veces agradezco encontrarme a mí misma/ sola frente al papel, la radio, el cigarro./ Acaso como antes, como mucho antes/ del amor, cuando tú no existías/ para mí y yo podía/ pasar junto a tu casa sin notarla».

Si al leer cada uno de los libros de Ángeles Mora tomamos conciencia de que estamos ante una muestra de la mejor poesía escrita en nuestro país, su poesía reunida nos confirma que nuestra poeta es un peso pesado, porque no hay deslices ni decaimientos. A pesar de su aparente fragilidad, su poesía posee una solidez aplastante, es una poesía muy elaborada, memorable, en la que, en palabras de Díaz de Castro, «el sujeto poético no pretende escamotear al lector, sino más bien de proponerle en un análisis compartible la expresión de los sentimientos de amor, abandono, soledad, dudas y contradicciones». No hay mejor forma de comprobarlo que acercarse a estas páginas.


Selección de poemas


A mi buen amigo que se fue a la playa dejándome en este desierto, calcinada

…que tanto gozar
no es de las cosas que pueden durar.

Boscán

Con estas palabras
y otras como éstas me consuelo
—no es cosa de empeñarse
en el empeño—.
Busco a Boscán.
Pago el exceso
aprendiendo a templar…
Tú sabrás de eso,
si supiste alcanzar
la mar a tiempo.
Pero no te reprocho.
Sigamos al poeta —qué remedio—.
Antes que tú y que yo
compuso el gesto:
Forzado es echar agua a tanto fuego.

De La guerra de los treinta años, 1989


Aquel calor

Si esta noche la sombra
cayó sobre la sombra,
y el silencio su sello puso
sobre labios ya mudos,
qué puede sorprenderte.

Si aquel calor es una historia antigua
y sus cenizas las esparce el viento.

Qué puede sorprenderte,
si ya tanto llovió sobre mojado.

De Pensando que el camino iba derecho, 1982


Buenas noches, tristeza

La vida siempre acaba mal.
Siempre promete más de lo que da
y no devuelve
nunca el furor,
el entusiasmo que pusimos
al apostar por ella.
Es como si cobrase en oro fino
la calderilla que te ofrece
y sus deudas pendientes
—hoy por hoy—
pueden llenar mi corazón de plomo.

No sé por qué agradezco todavía
el beso frío de la calle
esta noche de invierno,
mientras que me reclaman,
parpadeando,
sus ojos como luces de algún puerto.
Por qué espero el calor que se fue tantas veces,
el deseo
por encima de todas las heridas.

Pero acaso me calma una tibia tristeza
que ya no me apetece combatir.

Todo sucede lejos o se apaga
como los pasos que no doy.

La vida siempre acaba mal.
Y bien mirado:
¿puede terminar bien lo que termina?

De Pensando que el camino iba derecho, 1982


Soñar con bicicletas

Buscar la luz,
no mirar por los rotos
donde el rencor oculta
su negrura infinita.

Yo, que no tuve bicicleta,
soñé con bicicletas
y lloré al despertar.

La huella de aquel sueño,
Me ayudará a cruzar
con esperanza
caminos prohibidos.


Vivir en tercera persona

Ella se acerca
un largo paseo a sus espaldas
y la batalla de lo que aún está por venir

Joanne Kyger

La mañana perdida entre minucias,
y luego, distraída,
sale tarde a la compra.
La luz se le adelanta soñadora
y la tibieza de este invierno
va envolviendo sus pasos.
No lleva prisa,
parece que jugara
a dejarse llevar por el destino
para cruzar al fin al otro lado,
donde el cielo se ensancha.

Detrás el sol calienta
como unos brazos lentos
y sonríen sus ojos
al aire azul de la alegría.
Aunque no va de fiesta
ni a sumergirse en la corriente
fabulosa del azar:
tan sólo va a la compra.
Y tarde.

Y sin embargo se demora, deja
que le muerda ese sol
que acaricia su espalda.
Camina como si no fuera ella,
la que lleva su nombre,
la que cuenta sus años.
Porque tal vez sea otra,
porque tal vez es necesario,
en el fondo, ser todas.

¿Cómo encender la vida
sin hacerle un quiebro a la muerte?
¿Cómo ir al trabajo,
al mercado del mundo,
olvidando esa calle distinta
que nos crece en las venas?
¿Cómo llamarse libertad
mientras te arrastra
el río de la historia?

En la historia pequeña de este día
ha llegado por fin a su destino,
el santuario donde todo se vende,
donde todo se alcanza:
adiós a la alegría, al cielo limpio,
ahora toca cambiar el paso.

Sin mirar el reloj, ya sabe
que el tiempo volará
arañando segundos,
que se hará tarde y volverá,
precipitadamente, al nido
donde los suyos
abren el pico con apetito.

Al final, recogiendo,
el aire azul
se le irá entre los dedos,
como el agua traspasa el colador.


La chica de la maleta

Esta fría mañana tan cerca de diciembre
no tomé el desayuno, no he leído el periódico,
no me metí en la ducha después de la gimnasia
(esta oscura mañana no quise hacer gimnasia)
no subí la persiana para asomarme al cielo
ni he mirado en la agenda las promesas del día.
Esta dura mañana con su duro castigo
he roto algunas cosas que mucho me quisieron
y salvé algunas otras porque duele mirarlas.
Me estoy haciendo daño esta mañana fría,
quisiera destruirme sin salir de la cama
o encontrar la manera de dormir un momento.

Cuando menos lo esperas, suele decir la gente,
la sorpresa aparece con sus dientes de anís.
Cuando menos lo esperas, si te fijas un poco,
verás que el aire lleva gaviotas y mensajes…
mas ya no van conmigo esos viejos asuntos.
El aire arrastra lluvias y tristezas heridas
y yo no quiero verlo cruzar como un bandido
tan guapo y tan azules sus ojos venenosos.

Esta fría mañana tan cerca de diciembre
cuando rozan los árboles de puntillas las nubes
junto a tanta miseria, tan helada ternura,
yo dejo mi impotencia, mi personal naufragio
entre estos blancos pliegues olvidado…
Aunque mi cuerpo caiga doblemente desnudo
en ese traje roto que luego es un poema.
Aunque otro sueño baje su luz por la almohada
y ya no te despierte mi voz en el jardín.

De La guerra de los treinta años, 1989


La chica más suave

Perteneces —lo sabes— a esa raza estafada
que el dolor acaricia en los andenes.
Medio mundo de engaño conociste
y el resto fue mentira.
Has llegado hasta aquí
huyendo de mil días
que pasaron de largo.
Has llegado hasta aquí
para mostrar a todos tu inefable pirueta,
ridículo equilibrio,
ese nado a dos aguas,
piedra de escándalo,
ese triste espectáculo que ofreces,
esas gotas de miedo que salpican
tus insufribles lágrimas.
Aparta.

De La canción del olvido, 1985


Lugar común

Tengo un beso guardado en la palma de mi mano,
en mis ojos un árbol que desapareció.
Una casa, una higuera allá en el infinito
hoy son huecos desiertos que están llenos de mí.

Al final de la vida volvemos al principio:
mi madre recordaba la fruta de su tierra,
los regalos de un chico,
golosinas de amor.

Cosas lejanas que no vuelven nunca,
ni tampoco se van.


Noches de verano, o la luz del poema

The Brain is deeper than the sea
Emily Dickinson

Igual que nos envuelve el mar
en la hondura de un sueño,
cuando se alza encendido
y se vuelca en los ojos
y penetra,
y una no sabe ya qué es el mar
y qué un pecho invadido
por la luz y las olas.

Igual que nos envuelve el mar
y nos deslumbra,
en noches desveladas
se me alzaron brillantes
las líneas de aquel libro,
sus sílabas contadas,
penetrando en mis ojos de repente
la luz de un firmamento
incierto y palpitante,
pleno, como la sal amarga
picándome la sed,
enigmático,
como el continuo batir de las mareas.

Palabras igual que olas, insistentes, veladas,
abriéndome el poema, ocultándolo.
Lo perseguía en la otra cara de los versos,
mirando bajo sus costuras,
sus hilvanes,
mientras, entre destellos, por las hebras
de espuma inmaterial se deslizaba
como si no quisiera
ser visto, sólo dejando huellas
para mis ojos sorprendidos a cada instante,
por sus inquietos pasos.

Así intenté rasgar el velo
que guarda el corazón de la escritura.

¿Era otro corazón? ¿Acaso el mío?
Eran las noches claras de luna del verano,
eso sí, cuando blanca nos miraba.
O era el silencio que nos habla
gracias al murmullo de un libro,
al fluir desigual de sus imágenes
rotas y reveladas
a medias, cálidas y frías
como la luz de las estrellas,
parpadeando tan lejanas con su brillo de ayer.

Su ayer en mi hoy desconcertado, vivo,
abriéndose al secreto que revela y encubre
esa música escrita en un papel sin pautas,
blanco, como un camino sin abrir,
sin pisadas,

a la espera de nombres
que las olas arrastran.


Imágenes para una exposición

Llegan desde los siglos,
de los oscuros barros de la selva,
desde la esclavitud,
la explotación,
el exterminio.
De las rotas miradas de las mujeres rotas,
del hambre,
de las rugosas manos,
de los rostros curtidos del desierto,
misterios de la luz y las arenas.
Llegan desde los cielos infinitos
de todos los azules y todas las estrellas,
de las entrañas minerales
de la tierra, el espanto,
la muerte lenta,
las matanzas,
la guerra,
las fronteras.

Como fantasmas
los muestra el telediario
entre maderas, bultos, ropas,
dejando en nuestros ojos
jirones de fatiga,
oleadas de sal seca.

En la sala de estar todos los días
colgamos las imágenes
de la vergüenza.


Preguntas

La vida, preguntas interminables
que tantas veces
crecieron en tu boca:
¿Naturaleza o Historia? por ejemplo.
¿Es el niño el padre del hombre?
¿La mujer que olvidó Rousseau,
que ignoró Freud,
quién la detuvo ayer,
quién la detiene ahora?

Tan amante, tan lúcida,
tan diaria,
nadando río arriba.
¿Quién puede detenerla ya?

Hombre y mujer, mujer y hombre
¿traerán al fin juntos el viento fuerte,
el agua brava que abrirá los valles?
¿Crecerán las semillas de otra historia?

Vivir,
ese maravilloso río de que gozamos,
¿pesa más que su estrecho margen?

La vida,
respuestas vacilantes,
malditas unas,
memorables las otras,
todas sin terminar,
mirando hacia el mañana:

¿Otra pregunta
donde me esperas?


Cinema Paradiso

¡Ah, si el cielo nos gustase tanto
como nuestra vieja casa!

Emily Dickinson

Rostros que nos acompañaron
con la belleza de la juventud,
el fuego de la madurez,
habitan la memoria.
Su imagen siempre
nos aparece limpia,
ese instante de luz.

Vuelven sus gestos,
vuelven una vez y otra
y sonreímos.
Pasa el tiempo
y no ha pasado el tiempo,
y marcan santo y seña
sus nombres en las fiestas del recuerdo.

Pero tú, que de pronto nos dejaste,
tú, no sé cómo decírtelo,
es que nunca te has ido.

Cuántos rastros, señales
han quedado,
día a día,
noche a noche encendidas.
Tanta luz despertando,
anocheciendo en mí.
Sin ella no soy yo.

Tantos lazos
cómo pueden borrarse:
cuanto era amor,
cuanto se hizo dolor.

Son tantos fotogramas nuestros,
una larga película.
Alguien cortó la escena del adiós,
roto cliché que heló la madrugada.

Hasta que todo sea del todo
pasto ya de las llamas.
Hasta que todo sea del todo
cenizas que nos unan definitivamente.


Quién anda aquí
Ángeles Mora
Tusquets, 2024
640 páginas
21 €

Carlos Alcorta (Torrelavega [Cantabria], 1959) es poeta y crítico. Ha publicado, entre otros, los libros Condiciones de vida (1992), Cuestiones personales (1997), Compás de espera (2001), Trama (2003), Corriente subterránea (2003), Sutura (2007), Sol de resurrección (2009), Vistas y panoramas (2013) y la antología Ejes cardinales: poemas escogidos, 1997-2012 (2014). Ha sido galardonado con premios como el Ángel González o Hermanos Argensola, así como el accésit del premio Fray Luis de León o el del premio Ciudad de Salamanca. Ejerce la crítica literaria y artística en diferentes revistas, como ClarínArte y ParteTuriaParaíso o Vallejo&Co. Ha colaborado con textos para catálogos de artistas como Juan Manuel PuenteMarcelo FuentesRafael Cidoncha o Chema Madoz. Actualmente es corresponsable de las actividades del Aula Poética José Luis Hidalgo y de las Veladas Poéticas de la Universidad Internacional Menéndez Pelayo de Santander. Mantiene un blog de traducción y crítica: carlosalcorta.wordpress.com.

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