/ Almacén de ambigüedades / Antonio Monterrubio /
A primera vista, el Rodión Raskólnikov de Crimen y castigo podría parecer fundido en el mismo molde que los criminales contentos de sí mismos del marqués de Sade. Así lo avalaría el que, tras separar de un solo tajo a los hombres comunes de los que no lo son, afirme que estos «tienen el derecho personal de autorizar a la propia conciencia a franquear los obstáculos de la ley y a cometer delitos». Solo que Dostoyevski es un genio de rara profundidad, y sus protagonistas son seres complejos y problemáticos que nos invitan a la reflexión y al dinamismo intelectual. Estamos lejos de la verborrea delirante y amoral de personajes huecos y clonados.
Es habitual calificar esta historia de obra maestra de la novela psicológica. Pero si es tan grande, se debe a que desborda con creces las limitadas fronteras de la psicología, dentro de las cuales no caben temas como el mal, la culpa y la expiación. En Dostoyevski el mal funciona a escala humana, y eso le permite elaborar un discurso ontológico y metafísico sobre él. Sus semillas se desarrollan y florecen boyantes en una conciencia fertilizada por el odio. La misantropía de Raskolnikov armoniza con el desaseo de su cuchitril. Mientras pasea al azar por San Petersburgo, le asalta una imparable inquina hacia cuantos se cruzan con él. «Le producen asco todos los transeúntes, le dan asco sus caras, sus andares, sus movimientos».
Raskólnikov sufre interiormente. En él la maldad es sobrevenida, y no está exenta de un sentimiento de piedad. Si mata a la usurera lo hace, desde luego, por turbios motivos económicos, pero también inflamado por un deseo de revancha en nombre de todos los humillados y ofendidos. Rodión no es un asesino vocacional, nacido para matar, sino un espíritu torturado por la miseria material y espiritual; la suya y la de quienes le rodean. Sus dudas y tribulaciones lo hacen susceptible de ser contaminado por el Mal, vulnerable a una infección que lo calará hasta el tuétano de los huesos. Si este homicidio fue fruto de un plan premeditado y con un objetivo último muy claro, en cambio el de su inocente hermana es gratuito, despiadado, atroz. Supone la pérdida total de sentido moral, la caída en el infierno ético del mal por el mal.
Dostoyevski era profundamente cristiano, si bien en el mundo de Crimen y castigo Dios está clamorosamente ausente; es el deus absconditus de los filósofos. Se diría que, avergonzado del sendero que han tomado, ya no quiere saber nada de su creación ni de sus criaturas. La iniquidad campa a sus anchas, pues no solo Raskólnikov comete actos inmundos. El viejo borrachín Marmeládov es el paradigma de la infamia cotidiana que se revuelca en su propia vileza. Lo vemos presumir de haber afanado a su hija Sonia las treinta copecas que le quedaban tras prostituirse para paliar la indigencia de su familia. Katerina Marmeládova vive en medio del delirio y la neurosis, con el comportamiento ruin de quien ya no soporta una vida que, todo hay que decirlo, la ha tratado estrepitosamente mal. Ahí podemos vislumbrar, escondido en la penumbra, a otro personaje, causa de una enfermedad temible y general: la Sociedad injusta y cruel que aplasta, implacable, a los de abajo.
Si la pareja Marmeládov es un doble ejemplo de la banalidad rutinaria del mal, encontramos en la novela un arquetipo de su versión radical. El cínico, jugador y libertino Svidrigáilov aparenta arrastrar una larga cadena de delitos, incluyendo la violación y muerte de una niña. Sin embargo, será él quien salve a los huérfanos Marmeládov, aunque no por un súbito impulso hacia el bien, un sobresalto religioso o ético. Lo hace de manera neutra, indiferente, con la misma falta de emoción y sentimientos con la que llevaba a cabo sus viles acciones. El único momento en que pierde el control y sale de su apatía vital y su ataraxia moral es al prendarse de Dunia, la hermana del protagonista, y ser rechazado. Arregladas las cosas para Sonia y los niños, se levanta la tapa de los sesos. Hasta en ese mundo sin Dios y sin Providencia parece que no todo está permitido, desmintiendo la famosa frase de Ivan Karamázov.
Raskólnikov, atormentado por los remordimientos, acaba por entregarse a instancias de Sonia y es sentenciado a años en Siberia. Las palabras e intervenciones del ángel de este universo desolado disuelven el mal acantonado. Su piedad tiene efectos balsámicos y reparadores. Lo que va a redimir a Rodión no es la penitencia, el arrepentimiento o la conciencia del pecado, sino el amor, y más aún que el de Sonia por él, el que siente por ella. Querer verdaderamente a una persona puede ser germen de empatía hacia las demás y de reconciliación con la humanidad, al menos parcialmente. Si Crimen y castigo es una magna epopeya de la culpa y la redención, está bañada por la compasión del autor por los olvidados, los dejados de la mano de Dios y los condenados a no pisar jamás la Tierra Prometida.
Antonio Monterrubio Prada nació en una aldea de las montañas de Sanabria y ha residido casi siempre en Zamora. Formado en la Universidad de Salamanca, ha dedicado varias décadas a la enseñanza. Es autor de la trilogía de La verdad del cuentista (La verdad del cuentista, Almacén de ambigüedades y Laberinto con vistas), Al revés te lo digo, El serano y La primavera y el titán. Publica textos en El Cuaderno desde 2020, escribe artículos en el diario Nueva Tribuna y colabora con El Viejo Topo desde 2023.

