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Palabras que estremecen

/ una reseña de Álvaro Valverde /

No es la primera vez que da uno noticia del poeta, narrador, guionista y letrista de canciones Juan Gil Bengoa (Bilbao, 1958). De alguno de sus libros de poesía, quiero decir. El vasco ha tenido la buena idea de reunir en Postales del norte poemas éditos (de Los desiertos verdes, La noche cerca y Rwenzori) e inéditos sobre el tema del terrorismo. Del de ETA, conviene matizar, por más que Bengoa haya escrito también sobre los GAL, cara y cruz de la misma moneda, más allá de que el terrorismo sea un fenómeno universal, facciones y siglas al margen. Hay, sí, mucho olvidadizo.

Leído de principio a fin, adelanto que no parece una muestra sino un libro unitario, tal vez porque todos los poemas abordan un mismo asunto. Poco importa que estén escritos en fechas muy distintas (algunos hace veinte años) y solo el último sea reciente.

Lo prologa otro poeta de allí, que conoce bien la obra de Gil Bengoa y aquellos «tiempos convulsos»: Aitor Francos. Alude este a la «muerte por decreto», a la costosa disidencia de «cualquiera que no comulgue con una doctrina impuesta por una ideología política», a los protagonistas de esos poemas (anónimos o no), de una escritura «descarnadamente pesimista (que no triste)», «al dolor producido por la sinrazón de la lucha armada, a las víctimas que fueron cayendo por un camino de silencio y olvido. Y al temor». Por eso es tan oportuna esta lectura. O relectura, siquiera y en parte para algunos.

Uno lee estos versos y se sorprende de la sorpresa que le produce revivir unos hechos que no pocos vivimos. Y sufrimos, claro. Día sí y día también, durante décadas. Dolor y miedo, recuerda Francos. El blanqueamiento de los asesinos y de sus orgullosos herederos (propiciado por quienes detentan actualmente el poder y sus socios preferentes, dos partidos nacionalistas vascos entre ellos), el ominoso silencio (ya se dijo) que ha caído sobre aquella indignidad colectiva donde escasean los inocentes (esto es, los que ni actuaron, ni consintieron, ni, en fin, miraron hacia otro lado), nada que ver con la sana política (aquello fue pura barbarie), ha conseguido que, en efecto, quien lea asista perplejo al escalofriante espectáculo ocasionado por esta repentina e intempestiva recuperación de la memoria. También histórica, por cierto, que no todo va a ser la maldita guerra civil.

A pesar de eso, que nadie se llame a engaño: este es un libro de poesía, no un documental (aunque algo de eso tenga), ni un reportaje periodístico (que también). Un testigo da fe de lo que pasa. De lo que pasó. Habla a veces en primera persona y otras recurre al monólogo dramático para ponerse en la piel de las víctimas, y aquí la palabra víctimas incluye no solo a quien fue vil, cobardemente ejecutado (civiles o de las fuerzas de seguridad del Estado, mayores o menores, mujeres y hombres), sino también a su familia, a sus amigos o, ahora sí, a sus correligionarios políticos, tanto de izquierdas como de derechas, por utilizar la vieja terminología. A estos y, por extensión, al resto de ciudadanos dignos de tal nombre que poblábamos (cuando asesinaban) y poblamos este país. 

El volumen se abre con esta suerte de aforismo: «Una patria por encima de todas: la vida». Está todo dicho. Lo que viene después se ocupa de defender esa idea. Se repasan situaciones reales que empiezan con el poema «Notificación». En el primer verso la palabra temblor; en el último, horror. Luego, las rutinas de quien es un amenazado, los supervivientes (qué emocionante «En la ciudad al borde del mar»), el exilio (el de verdad: «A las puertas del norte»), la fragilidad, el gesto de quien, en el malecón, respira hondo siquiera un momento, los mapas («evocar rincones de la memoria/ e imaginar los lugares […] / que tanto anhelo»; el Midi, por ejemplo), el box del hospital donde alguien se debate entre la vida y la muerte (conviene anotar que Gil Bengoa es un profesional sanitario), los funerales y los camposantos, la melancolía (y una pregunta clave: «Si no participé en ninguna guerra,/ ¿por qué fui declarado enemigo?»), los escoltas (léase «En mitad del invierno», tipográficamente acertado), la «dulce inercia» y la autocensura, la reflexión personal sobre el asunto («Al margen», «Declinación», «Patio», «Pesadumbre»), el miedo («Vecino»)…

Poemas tan certeros como un tiro a quemarropa, si se me permite la cruel comparación. Tal el titulado «Intramuros»: «Hay lugares/ donde sien y nuca/ son palabras/ que estremecen// de veras». O «La frontera»: «¿Qué es lo que hizo mi padre/ para que lo mataran como a un perro?»). Tan lúcidos como «Demolición». 

En «Desalojos», una afirmación inquietante: «Por fin la libertad qué libertad». «Os envilecen las palabras patria y bandera» y «He visto hombres asentados en el odio riéndose de sus víctimas», leemos en otro. En la misma línea, «Dialéctica», que termina: «escuches testimonio o semblanzas// recuerda/ que no hubo campos de batalla». Ah, los relatos. Urdidos con mentiras. Y una advertencia: «si callaste entonces/ cuando pudiste/ hablar// no hables ahora/ cuando ellos/ callan». 

En la coda final, estos últimos versos: «Ya ves/ viajero/ los tiempos van cambiando/ aunque el dolor (lo ignoras) persista». Maldito olvido. El que pretende evitar este puñado de poemas que vuelven a demostrar la capital importancia de la poesía. Gil Bengoa, un valiente, ha logrado salir con buen pie de tan complicado malabarismo. Que ladren.


Siete poemas de Postales del norte

Rutina

Cerrar la puerta de casa.
Observar a esa persona que se acerca al ascensor.
Ese sobre que asoma en el buzón.
El portal.
Las aceras.
Los bordillos de las aceras.
La gente que cambia de acera.
También están los coches aparcados.
Mi coche aparcado.
Las imprevistas motos veloces.
Los apacibles muelles de la ría.
Los brillos del titanio.
Las risas que suenan a mi lado.
Felices en los bares.
Morir delante de mis hijos.
Mi sangre recorriendo las arterias de las baldosas.
Mi cuerpo muerto tapado con una manta.
Ser noticia del telediario.
El minuto de silencio.
Y por siempre la oscuridad.
En este lugar que amaba.
En este lugar que amé.

Más que mil palabras

En pie
al borde del malecón

en fila
que ni afrenta ni desafío

solo un hábito adquirido
tras cada hundimiento.

Breve lapso a la intemperie
anónimos
incrédulos
ante los que comparecen
y se ufanan enfrente
mientras la conciencia se limpia
con la húmeda brisa que el mar vierte
y te conmueve

sereno
con un gesto.

Midi

En los pueblos franceses
paseando por cada plaza
bajo el trino de los pájaros
y el rumor apacible de un río
solíamos leer los nombres
de los caídos por Francia
sin sospechar que años más tarde
cerca de nuestra casa
sería casi un milagro
que un enmudecido monolito
acaso recordara la ausencia de los que
emboscados
ni supieron que dejaban el nombre
en la piedra inmóvil de un discurso

lejano.

A salto de mata: temporada en Durham

¿Este frío lo causa la persistente humedad,
el fundirse prematuro de la nieve
en la suave pendiente que solitario huello?

Repentinos copos cubren mis pasos
hundidos en la invernal campiña.

¿Cuántas veces he presentido la seca detonación,
alzar el vuelo las sombrías aves,
mi sangre tiñendo gota a gota la inmaculada blancura
que ya acecha el inminente crepúsculo?

Los frágiles cimientos de mi existencia tiemblan
ante la antigua superstición —So British— del mudo escalofrío
cuando alguien camina —o baila, brinda, escupe—
sobre mi tumba.

¿Cuántas cruces pueblan ya mi descanso?
¿Cuántos días me ocultará la niebla?

La piedad

Piedad
es nombre de Virgen en retablo flamenco

yacente Cristo en mármol acogido en sus brazos

Piedad es nombre de milagro

también símbolo abstracto

atónito desfile de curiosos
en una calle cortada al tráfico
por la vida rota
sobre gris mortaja de cemento

y en la pared el hueco desconchado
por fragmentada esquirla
tras el impacto

unas paladas de serrín en el asfalto
para borrar la sangre
y que siga el tráfico

Piedad es dejarlo todo en la palabra milagro.

En la ciudad al borde del mar

Un libro como amigo
No tiene las arrugas
que teje el simún.
Otras desolaciones
conforman su equipaje.
Como Burton, viaja
por un país lejano
que bien pudiera ser
el suyo.
Lo delata la cicatriz
en la mejilla, un artero
beso de saña y metal.

Érase una vez

He aquí el escenario:
un camposanto olvidado por el tiempo.

No fui feo, ni creo que malo.
Carezco de la certeza de si expiré bueno.

Bueno, feo, malo.

Mi herencia las cinco etapas del duelo:
negación
ira
negociación (algo me suena sobre esto)
depresión
aceptación.

Pudo existir otra clase de duelo:
frente a frente
el rictus hierático de Clint
la astucia gestual de Eli
el postrer asombro de Lee.

Nada de eso aconteció. No hubo posibilidad de duelo.
(Mi nuca ofrece testimonio).

Las zarzas resecas ocultan el círculo de piedra
las cruces de madera se pudren al sol.

Arrancadme del mármol de Derio
de los ángeles dolientes de Polloe
de las húmedas criptas de Santa Isabel.

Un cementerio mágico
donde aflore un paisaje de infancia.

Si no puedo ser enterrado
si mi cuerpo alimenta el fuego
que mis cenizas reposen en ese universo eterno.

Esparcidme en Sad Hill.


Postales del norte: antología
Juan Gil Bengoa
Vitruvio, 2024
74 páginas
17 €

Álvaro Valverde (Plasencia, 1959) es autor de libros de poesía como Las aguas detenidas, Una oculta razón (Premio Loewe), A debida distancia, Ensayando círculos, Mecánica terrestre, Desde fuera, Más allá, Tánger y El cuarto del siroco (los cinco últimos en la colección Nuevos Textos Sagrados, de Tusquets) o Plasencias (De la Luna Libros). Sus poemas están incluidos en numerosas antologías y han sido traducidos a distintos idiomas. También es autor de dos novelas: Las murallas del mundo y Alguien que no existe; un libro de artículos, El lector invisible, y otro de viajes, Lejos de aquí. La editorial La Isla de Siltolá publicó, en edición de Jordi Doce, la antología Un centro fugitivo; y la Editora Regional de Extremadura, Álvaro Valverde. Poemas (1985-2015), con dibujos de Esteban Navarro.

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