/ un relato de Fernando Prado Eirin /
Me despierta el zumbido de las moscas. Percibo el olor apestoso del mal aliento producido por el tabaco y el café que me tomé hace rato en una gasolinera. Me incorporo con dificultad y apoyo los codos sobre la hierba húmeda, suave, crecida en la tierra negra. Escupo. La luz se clava en mis pupilas, hiriente. Estoy rodeado de cuerpos vencidos, tirados de cualquier manera a la sombra que proyecta la iglesia barroca, piedras centenarias en proceso de colonización secular por el musgo pertinaz. Jacinto se desata la corbata que había anudado alrededor de su cabeza, cubriéndole los ojos; hurga en los bolsillos del pantalón, saca la cajetilla, se lleva un cigarro a la boca y lo enciende. Lo primero que hace cada mañana es echar humo, lo segundo es ir al bar a tomarse un café con gotas; y, en efecto, se levanta enseguida y se va, el cigarro colgando de los labios, metiéndose la camisa arrugada por dentro del pantalón, peinándose con los dedos callosos y acomodándose la barba gris de mago. Yo me pongo de pie impulsado por la urgencia impostergable de defecar; los cafés de las gasolineras surten, invariablemente, efectos laxantes. Ahí dejo a Pío, con una bufanda rodeándole el cuello, y a Suso, en posición fetal, casi chupándose el dedo. Sigo los pasos de Jacinto en dirección al bar caminando sobre la hierba aplastada previamente por sus pisadas, apartando la horda de moscas que se pegan a mi cara, como queriéndose meter por mis fosas nasales, acceder al interior de mis oídos o absorber toda la humedad de mis ojos. Es salir de la sombra y notar de inmediato el picor del sol en la piel. Debe ser ya media mañana. Un inquietante movimiento de tripas me obliga a apurar el paso. Alcanzo a Jacinto y entramos juntos en el bar; él se queda en la barra, yo voy corriendo a buscar el lavabo. Lo echo todo en dos segundos. Este trabajo es lo peor para un cuerpo acostumbrado a las rutinas. Me limpio lo mejor que puedo intentando ser delicado, el papel higiénico parece estar hecho a propósito para que uno se lo piense dos veces antes de cagar. Abro el grifo y me lavo la cara con agua helada; es chocante que salga tan fría a pesar del calor que hace, pero este lugar es una contradicción en sí mismo, o un engaño. Aquí nada es lo que parece. Salgo con expresión triunfante, o eso imagino, y algo más ligero, sin duda. El hombre detrás de la barra inclina una botella sobre la taza de café de Jacinto y deja caer un buen chorro de alcohol. Tiene un cansancio milenario en los ojos minúsculos tras las enormes bolsas que se le forman en los párpados inferiores, peinado de obispo con la coronilla brillante, la camisa desabotonada hasta el lugar exacto en el que nace su abultada barriga y su piel, de un inquietante tono grisáceo, asusta. Le pido un café con leche, muy caliente, y una magdalena. Jacinto fuma con los codos clavados en la barra de acero inoxidable y de vez en cuando golpea el cigarro con el dedo índice, haciendo que las cenizas acaben en el suelo pegajoso. Le acerco el cenicero vacío que tiene a un palmo. «Flaco, no me jodas», refunfuña sin mirarme. A mí se me escapa la risa. Siento un ligero escozor en el ano. El tipo del bar me trae una taza con el café parcialmente derramado mojando los sobres de azúcar del platillo, y una magdalena industrial envuelta en plástico. En la televisión, las noticas muestran imágenes de montes ardiendo, columnas de humo que engullen por momentos a los hidroaviones, gente acarreando cubos, estirando mangueras. En eso aparece Suso con la habitual madeja impenetrable de pelos castaños enredados como un estropajo de acero, las manos en los bolsillos de los bluyines caídos y las viejas zapatillas Lotto de fútbol sala. Le pide un cigarro a Jacinto y éste le señala un envoltorio arrugado al lado del cenicero. Levanta las cejas, arruga los labios y se dirige inmediatamente a la máquina de tabaco. Allí, de pie, se demora un siglo contando monedas y luego las introduce con torpeza por la ranura. Jacinto tira al suelo su último cigarro y lo pisa mientras me mira de reojo. Me pregunta si dormí algo. Dormir, pienso. Quién coño es capaz de dormir sobre la hierba húmeda, con el estruendo de los pájaros al alba, los mosquitos chupándote la sangre y la maldita campana de la iglesia tañendo cada quince minutos. «Qué va», le respondo. Hago un escándalo para romper el plástico de la magdalena. Él dice que tampoco ha dormido, pero es mentira. Tiene la extraña habilidad de dormir en cualquier parte y bajo cualquier circunstancia; te dice que no, pero sus ronquidos de jabalí lo delatan. Suso regresa a la barra y se deja caer en un taburete de escay marrón con una grieta en el centro por la que asoma la espuma del relleno. Se pone a fumar mientras espera a que le traigan unas tostadas, un vaso de leche templada y un sobre de café descafeinado soluble. «Estoy reventado», se queja, con una voz gutural. «Pues claro que estás reventado», le digo. «Como todos». Suso es un tipo en quien no se puede confiar. Va de enrollado, pero cuando te das cuenta ya te la ha metido hasta el fondo. En el tercer ensayo le rodeé el pescuezo con un cable porque no paraba de llamarme sudaca. Nos separaron, obvio, aunque sin prisa. De vez en cuando se lo tengo que recordar para que me deje tranquilo. «¿Viste la pickup?», me pregunta. No habla, gruñe. Lo miro sin darle respuesta. «Es imposible que no la hayas visto, joder», insiste.
En el cruce de la gasolinera hay un concesionario de coches de segunda mano, así como muy gringo, pero más cutre, si cabe; una explanada repleta de vehículos expuestos al aire libre, adornada con banderitas de colores, rótulos enormes e iluminada con miles de voltios de luz que cae desde altos postes metálicos. Un cartel en el que se lee OCASIÓN está colocado en el techo de cada uno de los coches. Hay un muñeco inflable enchufado a un compresor de aire que se mueve de manera compulsiva. A su lado, subida a una rampa, una reluciente pickup F150 de los años ochenta de color azul celeste, con una ancha franja blanca en el lateral, un imponente monstruo que hace sombra a cualquier vehículo europeo, tan pequeños a su lado, tan poca cosa. Desmesura contra practicidad. Sobre el capó que cubre el absurdo motor V8 de 200 CV, un cartel enorme de letras rojas advierte: RESERVADO. Al verla ahí exhibida como un trofeo de caza mayor, me pregunté quién en su sano juicio habría decidido hacerse con ese coche tan grande e incómodo, de casi 3 toneladas, quién podría permitirse llenar el depósito de gasolina, qué uso le daría. Y también, para qué negarlo, sentí un pinchazo de nostalgia que me removió las entrañas.
Pío entra con la bufanda aun dando vueltas alrededor del cuello. Saluda con un movimiento de cabeza y le hace gestos al tipo del bar, que parece no entenderle. «Quiere un cortado», dice Suso finalmente con los ojos en blanco. «Qué puta manía de no hablar», le recrimina. Pío, poco más de metro y medio de estatura (la barra le llega a la altura del pecho), lo manda a la mierda en silencio. Tiene un aire de divo decadente, a veces se lo cree y se pone insoportable. Dicen que hace años nadie cantaba los pasodobles como él. A mí me cuesta creerlo. Carmela no aparecerá hasta que empecemos con la prueba de sonido, la maletita del micro colgando de una mano, las ojeras disimuladas bajo capas de maquillaje barato, peinada hacia atrás con el cepillo mojado con el agua del grifo para resaltar aún más, parece que apropósito, los ojos de pez telescopio. Ella es la cantante, la estrella que brilla cada noche bailando sobre un escenario rodeada de fantasmas. No es que cante mal o bien, sencillamente no canta. Pero lo que importa es que se suba a los tacones galácticos, enseñe las piernas y mueva el culo. Es el negocio. Una vez descubrí a un viejo haciéndose una paja a un lado del escenario, meneando un miembro flácido y diminuto con ahínco mientras babeaba, literalmente, por la rubia teñida de ojos azules. No es guapa, no, pero hay que reconocer que tiene un cuerpazo. Diecinueve años de piel rosada y músculos tonificados. Quién la pillara, piensan todos. Yo también, no lo voy a negar. La vida en la carretera deshumaniza y los apetitos acaban manifestándose como lo que son: necesidades animales. Tiene una voz ronca, como de radio sin sintonizar. Y es tan sincera que a veces molesta. Dice las cosas sin matices, será por eso por lo que discute constantemente con el idiota de Suso. Ahora mismo debe estar hundida en la cama apolillada de la lúgubre pensión, envuelta en el perenne olor a humedad y tabaco. Un colchón lleno de ácaros y manchas de esperma, y un baño mohoso, parecen privilegios. Suso engulle las tostadas y luego se chupa los dedos pringados de mermelada. Pío se bebe el cortado soplando antes de cada pequeño sorbo. Yo mojo la magdalena en el café con leche y me la como en dos bocados. Jacinto dormita con la barbilla hundida en el pecho. De pronto da un respingo, se levanta como si nada, deja unas monedas en la barra y se va. Los demás le seguimos, resignados.
Hacemos el montaje casi sin hablar. No hay mucho que decir, la verdad, cuando llevas semanas conviviendo con mercenarios del espectáculo, recorriendo la geografía improbable de este país atlántico en el que las distancias entre un lugar y otro pueden parecer insignificantes y, sin embargo, recorrerlas resulta, en ocasiones, exasperante. A mí me tiene harto lo de los viajecitos, lo de ir de un lado a otro sin llegar nunca a ninguna parte, lo de cocerme durante horas en un coche –una lata con ruedas, literalmente- sin aire acondicionado, las babas del otro en el hombro, todos transpirando como animales malolientes que se perfuman para intentar disimular. Eso en el mejor de los casos. A veces me toca ir en el camión -un viejo Ebro que es un milagro de la mecánica- apestado con el humo de las farias que fuma Brais a cualquier hora para no quedarse dormido. El tipo es un personaje. Según dice, trabajó para los contrabandistas de tabaco antes de que la coca y la heroína convirtieran las rías en un lugar salvaje y lo arrasaran todo. Me cuenta sus batallitas, a veces con demasiados detalles, pero no revela ningún nombre; sigue siendo un perro fiel, no vaya a ser. Cada día me repito que en cuanto acabe la temporada lo dejo. Se acabó, diré, ahí se quedan. Al fin llega Pepe con la lengua enrollada entre los dientes y la boca entreabierta dibujando una o, el pantalón de pinzas a la altura del ombligo, el pelo engominado y la chaqueta negra de cuero que no se quita ni a cuarenta grados. Parece un gánster de los años ochenta. Es un jefe peculiar, un nostálgico al que le gusta hacer trucos de magia y jugar a las cartas. Tiene una risa escandalosa y unos huevos que le cuelgan hasta las rodillas. Al verlo venir nos subimos al escenario: una tarima a un metro del suelo con unas dimensiones minúsculas en la que será prácticamente imposible que Carmela y Pío se muevan sin tropezarse y darse pisotones. «Bombo», se escucha por los monitores. Comenzamos la prueba de sonido. Suso dispara la pista de un popurrí de boleros soporífero. De vez en cuando toca alguna que otra melodía, pero siempre se equivoca, no da una nota a tiempo. Es denigrante hacer playback y deshonesto, pero a nadie le importa. Además, es aburridísimo. Mique, el hijo de Pepe, llega recién duchado y se detiene a saludar a su padre. Se sube al escenario, se cuelga la Stratocaster mexicana de color crema y se enchufa. Arrancamos con una de las canciones de la ganadora de un concurso televisivo y al final Mique improvisa un solo interminable. Pepe corta el sonido. A cambiarse, ordena. Lo hacemos en el camión, que está aparcado a la sombra de unos robles. Saco de la mochila el traje negro y la camisa blanca, todo arrugadísimo, y los cuelgo en una percha de alambre de una de las varillas que sujetan el techo de lona del Ebro. Dejo los zapatos en el suelo, dentro de una bolsa de plástico con el logo de un supermercado, y empiezo a desvestirme. El interior del camión es como una sauna. Huele a sudor, a pies, a culo sucio, a sexo mal lavado. Nos cambiamos sin chistar, qué otra cosa podemos hacer. A las 13:30, tras finalizar la misa, comenzamos a tocar el dichoso popurrí de boleros. Los hombres están en la barra tomándose un aperitivo, las mujeres se van desfilando a sus casas a esperar a los hombres y a los hijos para comer. Pío se arranca con un pasodoble y lo canta sin muchas florituras; Carmela, con un pantalón ajustado de papel de aluminio, un minúsculo top blanco que apenas cubre su exiguo pecho y unos tacones negros que dan vértigo hace algunas voces que, afortunadamente, apenas se escuchan. La sesión vermut se acaba enseguida. Recogemos, nos quitamos los trajes y nos vamos al bar a comer. Una mujer cuadrada con un delantal atado a la circunferencia de lo que una vez fue su cintura nos trae dos jarras de agua y otras dos de vino de la casa. Minutos después tira en la mesa dos bandejas de ensalada y una cesta de pan; en cuanto se retira nos abalanzamos como hienas sobre la comida. Nadie habla. Nos dedicamos a engullir como si se tratara de la última comida. Bueno, siempre es la última en quién sabe cuántas horas. No había contemplado la posibilidad de pasar hambre aquí, en el primer mundo -en realidad esto es más como su periferia-, pero así es la vida del músico itinerante precario: sueño, hambre, vicio y accidentes. Devoramos las ensaladas y del pan no dejamos más que las migajas. Pío enciende un cigarro. Se cuida la garganta de forma obsesiva cubriéndola con bufandas y pañuelos, evita las corrientes y las bebidas frías, habla lo justo y necesario. Y, sin embargo, fuma. «Ya está fumando el tío este», se enfada Suso, que no soporta que nadie fume durante la comida. Pio le enseña un dedo y expulsa el humo hacia el techo. «El puto pajarito se quedará mudo un día de estos», dice Suso con su voz de lata. Carmela enciende un cigarro por joder y le echa el humo en la cara a Suso. « ¡Me cago en dios!», grita este, los ojos desorbitados. «¡Apaga el pito o te los comes!», amenaza. Ella lo ignora y me toca una pierna por debajo de la mesa. Yo la miro y me detengo en su cuello estirado, en la yugular ligeramente azulada, hinchada y palpitante, que se ve a través de su blanca piel, en su nuca cubierta por un delicadísimo vello dorado. La mordería.
La misma mujer cuadrada nos trae los segundos. Bistecs de ternera y patatas fritas para todos, y más pan. Se hace el silencio y nos dedicamos a comer. Al terminar, Pepe comienza con la habitual tanda de chistes. Son malísimos, por supuesto, pero reconozco que el hombre tiene un talento innato para el espectáculo, una personalidad rotunda y magnética y, sea lo que sea que te cuente, no puedes dejar de prestarle atención, o de reírte, aunque los chistes sean pésimos. Los fumadores fuman, Suso se cabrea. La mujer recoge la mesa y toma nota de los postres y los cafés. Tarta helada o flan casero, no hay mucho donde escoger. Jacinto se levanta y se va a la barra. Yo lo acompaño. Carmela viene detrás. Un adolescente, probablemente menor de edad, cuatro pelos mal afeitados en el bigote, nos sirve dos chupitos de orujo. Jacinto enciende un cigarro y me acerca la cajetilla y el mechero, sabe que a veces, después de comer, me apetece fumar. Carmela pide un cortado con la leche del tiempo. Se queja de Suso. «Es un gilipollas», exclama. Jacinto y yo asentimos con la cabeza. Tiene la costumbre, Carmela, de cogerme del brazo mientras habla, y de darme golpecitos en el pecho. A veces le capturo la mano al vuelo, pero se zafa habilidosamente. Me exaspera. Sin embargo, hay algo embriagador en su cálida voz de aparato de transistores. Su cuerpo tiene un lenguaje propio. Jacinto desaparece. El chaval de los cuatro pelos mal afeitados me acerca una bandejita con el tique. Pago los dos chupitos y el café de Carmela. Se escuchan gritos y risas. Suso y Pío discuten acaloradamente de fútbol; Pepe y Brais se ríen escandalosamente con una faria cada uno entre los dedos. Mique, apartado en una esquina de la mesa, hojea una revista de cotilleos. Carmela se va al baño y Jacinto regresa, se cruzan a medio camino, ni se miran. Se sienta de nuevo en el taburete y le hace una seña al camarero. Se toma el segundo chupito de un trago y golpea la barra con el culo del vaso. Brama. Me dice por enésima vez que está harto. Lleva más de treinta años trabajando en el mundillo y está quemadísimo. Tuvo sus años dorados con una orquesta de las de antes, como suele decir, con músicos de verdad tocando en directo. Pero todo se fue al carajo cuando la furgoneta en la que viajaban se salió de la carretera y se empotró contra una casa en ruinas. Murieron dos. La orquesta perdió la temporada y acabó desapareciendo. Jacinto se fracturó la clavícula en el accidente y se enganchó a la bebida y a las tragaperras. Lo perdió todo, hasta la cordura, y acabó durmiendo en un establo. El boca a boca lo convirtió en un personaje casi mitológico. «En septiembre me voy, flaco», dice acomodándose la barba gris, la mirada perdida y acuosa. Lo observo mientras sacudo las cenizas del cigarro en el aire. «Y yo me compraré la F150», le replicó con sorna. «Si fuera verdad», balbucea.
Fernando Prado Eirin, nacido en Caracas (Venezuela), siempre ha sentido la necesidad de expresarse a través de la escritura, la música o el dibujo. Ha participado en varios experimentos musicales. Observador nato. Actualmente es colaborador de la web boreal.com.es.

