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El poder maltrata a sus miembros

/ por José Manuel Ferrández Verdú /

Que el poder maltrata a los súbditos o ciudadanos es cosa sabida desde siempre. Pero que el poder también maltrate a aquellos que lo detentan es una importante novedad que debemos a la perspicacia de Errejón. Que el poder corrompe es lo normal. Que el poder no corrompa es casi una aberración. La corrupción es un concepto en que el sujeto se convierte en un criminal. Pero Errejón añade la idea de víctima, cómo no, ya que en la izquierda se ha rendido culto desde hace tiempo al victimismo del hombre ante la sociedad.

Para el cristiano, el hombre era pecador por nacimiento, y por tanto, culpable de todas sus desgracias, que nunca han sido pocas. El mundo era un valle de lágrimas, pero nadie se consideraba una víctima. Esto que nos parece una situación injusta fue la base de la moral que nos condujo hasta el año 1917. Para el socialismo, todo hombre es víctima por derecho de nacimiento, de la misma manera que antes era pecador por lo mismo.

La culpa de las desgracias, y no solo de las desgracias, sino incluso de las acciones perversas que pueda acometer alguien, con mayor o menor justificación, se ha desplazado mayoritariamente hasta el ámbito social. Pero seguimos estando en el terreno de la culpa. Solo ha sido un traslado. Sin embargo, llegar a ser una víctima oficialmente no es tan fácil como parece. Igual que todos tenemos derecho a una vivienda, pero no todos tienen la vivienda, y muchos deben conformarse tan solo con el derecho, con la situación de víctima ocurre otro tanto. Por más machacado que esté alguien, como no sea por causas homologadas como dignas de la compasión oficial del Estado de derecho, no hay nada que hacer.

Si alguien nos viene con el cuento de haber sido atropellado por un camión y desea que se celebre alguna protesta multitudinaria por eso, lo tiene crudo. Ser víctima de la sociedad casi se ha convertido en uno de los derechos humanos. Todo hombre tiene derecho a ser considerado víctima de algo. Es decir, todo el mundo tiene derecho a ser maltratado. A exigir que lo maltrate alguien. Y si la iniciativa privada no quiere o no puede, que se encargue el propio Estado, como le ha ocurrido a Errejón. Su estatus de poder en una sociedad liberal lo ha conducido a mentirse a sí mismo y por ende a los demás, en una feroz batalla por la libertad y los ideales del ¿liberalismo?, ¿socialismo?, ¿socialdemocracia?

Lo normal es ser víctima del poder, y por eso mismo Errejón dice que ha sido ese estatus el que lo ha llevado a comportarse incorrectamente. Que él mismo formara parte de ese poder, y aquí reside la novedad, no quita hierro al asunto. Quien no ostenta cargos no puede, casi nunca, evitar el maltrato de la sociedad, sino que tiene que aguantarse y seguir vivo, si puede, tanto si es víctima como si no. Pero quien ostenta un cargo de la importancia de diputado o semejante, y  encima se siente víctima de su situación, debería, en rigor, poder dejarlo y librarse de ese maltrato. ¿Qué pasa cuando no puede dejar el cargo a pesar de sentirse perjudicado? ¿Qué pasa cuando sus compañeros lo obligan incluso con amenazas o tal vez con quitarle la vida, en el caso de mostrar la menor intención de renunciar a sus privilegios y prebendas?

Es terrible el acoso que puede llegar a sufrir un miembro de un partido cuando alcanza a ocupar una silla del parlamento o del Gobierno. Y lo peor no es que se encuentre atado de pies y manos en el ejercicio de sus prerrogativas, sino que ya desde mucho tiempo antes lo han metido en una carrera de la que es imposible salir. Cada día son más los gobernantes y legisladores que desean abandonar su butaca a pesar de las constantes intimidaciones en sentido contrario. Quien entra en política lo sabe desde un principio, y ¡ay, si no llega a saberlo! Es como entrar en la mafia. Puede parecer interesante en su inicio, pero, una vez dentro, resulta imposible dejarlo, por más que el estómago empiece a dar señales de alarma y el alma o la sensibilidad o la conciencia del sujeto le aconseje tomar el camino de su casa.

Un miembro de un partido que ostenta un cargo importante está atrapado para el resto de su vida. Solo se sale con los pies por delante, como se suele decir. Por eso a veces se cometen locuras que de alguna manera acaban con el buen nombre de algunos miembros. En el caso de Errejón, se trata de un miembro de un partido político con cargos en el Gobierno. Que un día o una noche le enseñe a una mujer algún trozo de su cuerpo que, además, es miembro de él mismo, parece un asunto un tanto redundante.

Yo me hago la siguiente pregunta: ¿un miembro de un miembro de un partido político es también miembro del partido? Porque si la respuesta es que sí, estamos ante el hecho de que lo que le está mostrando a la mujer no es más que un compañero de partido, y de ello no se desprende conducta delictiva alguna. Pero si el miembro del miembro no es miembro del partido, entonces habrá que empezar por definir con claridad qué es un miembro y qué no lo es. Si Errejón es miembro de Sumar, pero su miembro no lo es, ¿qué parte de Errejón es miembro? ¿Son sus manos y pies miembros de Sumar? ¿Es su nariz miembro de Sumar? ¿Y sus orejas? ¿Y su bigote, si se lo deja? ¿Sus intestinos lo son?

Sabemos que su corazón lo es, pero no podemos llevar hasta el congreso solamente los corazones de los congresistas sin ocasionar graves inconvenientes, que serían también consideradas como maltrato del poder hacia sus miembros detentadores. Si a Errejón hay que restarle algunos de los miembros o trozos de su persona para que lo que quede pueda considerarse miembro del partido, estamos entrando en terreno pantanoso o resbaladizo, como se prefiera. ¿Cuándo habrá que acabar de restar miembros a Errejón para obtener con ello un miembro genuino de Sumar? Es como si preguntáramos cuánto mármol tiene que quitar un escultor de un bloque para que aparezca la escultura. Como dice el dicho, la obra escultórica está ahí. Solo falta quitar lo que sobra.

¿No hay en todo este asunto algo raro? Tanta resta y tanta suma al final, ¿No resultará cero? Habrá que andarse con pies de plomo. Todo esto me recuerda al chiste de la oreja, que era lo único que quedaba de un recién nacido, y cuando el padre fue a hablarle con todo el cariño del mundo, el médico le dijo que no se molestara, porque era sordo.


José Manuel Ferrández Verdú (Orihuela, 1953) es escritor y dibujante. Ha trabajado como escribiente durante treinta años y ha ganado un premio de cuentos  cortísimos acerca de las costumbres secretas de los irlandeses, titulado O’Connor y publicado en esta misma revista. Así mismo, ha publicado relatos en las revistas La Lucerna y Empireuma, es colaborador habitual de la revista El Murmullo, que dirige Manuel Susarte, y ha escrito la novela La Torre de los Músicos, publicada en formato digital en Scribd, así como el libro Doce novelas imposibles, inédito, siguiendo el modelo de las novelas ejemplares de Cervantes,  admirable poeta español de los siglos XVI-XVII.

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