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Dos o tres cosas alrededor de la escritura

Publicamos un brevísimo intercambio de correos enviados por Joan Álvarez con las respuestas de Vicente Ponce; una conversación en torno a Sin espejos de tinta

Sin espejos de tinta
Vicente Ponce
KRK, 2024
120 páginas
15 €

Has contado que tu primer poema, allá por los años ochenta, nació cuando estabas en pleno lance amoroso; que nació por amor, como tantos otros poemas de tantos otros escritores. En tus poemas —más de doscientos publicados y muchos otros descontados, cancelados, borrados— hay otros dos momentos atravesados por el amor: «Un altro viaggio in Italia», dedicado a tu compañera y escrito en La Habana, y los dedicados a la muerte de tu madre, «Aquella luz tembló», en clave de despedida que es (también) una declaración de amor y desamparo. Pero los sentimientos no son el resorte de la inmensa mayoría de tus poemas. ¿Qué resortes se han movido en tu interior para sentarte ante el ordenador y explorar la conexión de sonidos, atisbos, palabras, sentidos? ¿Cuáles son los hilos rojos de tu inspiración?

Mis primeros poemas datan de los años 1983/1984 y arrancan, sí, de una circunstancia amorosa, motivo o gesto de configuración muy común en la historia de la poesía. Pero aquellos poemas iniciales ya se cruzaron con otros de temáticas diversas durante más de diez años, hasta que intenté publicarlos. Para aquel primer poemario, Instrucciones para mirar el silencio (1999), no encontré editorial y fue, finalmente, una autoedición. Los resortes que me han movido internamente han sido varios y los he ido alejando de un tema único, aunque mi tema predominante digamos que es la melancolía. En aquellos primeros tiempos poéticos, mis intereses se movían en los terrenos de la semiótica y el psicoanálisis y muy directamente por los textos del crítico, teórico literario, y semiólogo francés Roland Barthes. Veinticinco años después, sé que lo importante era la escritura, en aquel momento la escritura poética, pero más específicamente la escritura, que es una función, la relación entre la creación y la sociedad, el lenguaje literario transformado por su destino social. Creo que el pasado cubre todas nuestras palabras y con ellas he practicado la arbitrariedad, las derivas, muchos hilos rojos, mucho pesar las palabras, mucho calcular los tonos y los tiempos…

Nacido muchas veces del vértigo amoroso o de la melancolía, es moneda común la idea de que todo escritor le escribe al público figurándo(se)lo de una u otra manera. No es extraño escuchar a un escritor decir que escribe sus novelas y aún más sus poemas pensando en una persona con cara y alma. ¿A quién, para quién, has escrito, escribes…? ¿Cómo ha evolucionado el destinatario del discurso durante esos largos años de escritura? Y lo mismo desde otro ángulo: ¿qué opinión, que reacción, has recogido de tus lectores?

Son muchas preguntas que pueden convertirse, fácilmente, en un estupor continuo. Me las he hecho en infinidad de ocasiones, pero la que ha sido más insistente, todavía lo es, es para qué. No tengo respuestas inmediatas porque he tratado de cambiar de objeto, de fiebre, de objetivo, del amor al temor, he escrito sobre mis hijos, contra los torturadores del franquismo, de las nubes, de fantasmas, de pesadillas…La teoría literaria se ha interesado también por el lector, el lector in fabula; el lector modelo de Umberto Eco. No acabo de estar de acuerdo con aquello de la cooperación interpretativa del lector o con la paradoja de que un lector modelo pueda interpretar el texto de manera análoga a la del autor que lo generó. El sentido no es de nadie. Sea como fuere, siempre he pensado que ese hipotético (mi) lector/a entra y sale del texto con expectativas y variaciones temporales de intereses, de temperatura…, y que un texto no quiere, necesariamente, que alguien lo ayude a funcionar. Por otra parte, me cuesta un gran esfuerzo considerarme, en sentido profundo, un poeta. Imagino o sé que no me han leído mucho, pero unos pocos me han manifestado que son poemas difíciles y unos pocos amables ciudadanos me han hablado bien de ellos. Como en una pequeña tribu.

Las gentes de nuestra generación seguimos perdiendo tantas cosas que nos parece natural fijar la melancolía como una actitud de fondo coherente. Leyendo tus poemas como un modo, un estilo, nacidos de esa melancolía, como lector de tus poemas me maravilla tu talento para modular la mirada con la re-creación, sin ontología ni moral, de. Las palabras del diccionario. Escritura entendida como un rastreo tenaz trayendo a la luz esa esquina del cerebro en la que el lenguaje pugna por su sentido haciéndose fuerte con la orgullosa afirmación que hay en el contenido de cada palabra.

Bueno, alguien escribió que la máscara es apariencia pero también refugio. Cierto. Algo así es para mí la melancolía, un concepto, término o sentimiento que ha generado históricamente mucho texto tan viejo y usado como el mundo, como ya viejos son quienes la han padecido sean poetas, novelistas, filósofos, pintores… La definición académica de la melancolía es cortante: tristeza vaga, profunda, sosegada y permanente, nacida de causas físicas o morales…, que hace que quien la padece no encuentre gusto o diversión en nada. Sí: antes te planteaba la melancolía como gesto de configuración de lo que escribo y esa es la máscara, lo escrito, el lado inicial, visible del poema. La apreciación de aquella bilis negra sabemos que también ha sido objeto de atención por parte del psicoanálisis como una patología que perturba el desarrollo de actividades cotidianas y algo más…como todo un dolor de existir. Algo mayúsculo, devastador, enorme. La melancolía ha generado mucho texto, mucho lugar común, mucho cliché y he utilizado también muchas horas leyéndola, diferenciando planos. Sin embargo, encuentro «gusto y diversión» en ella siendo tal cual, como es, un trastorno. Escribo poemas sin saber exactamente qué sucederá, como una máscara que además es refugio y es discurso, política. Me siento especialmente cómodo en ese círculo amplio de la melancolía con objetivos fértiles, con fines creativos. Pero me es difícil precisártelo más… y desde luego, no sólo sobre la melancolía, que no es mi única visión del mundo.

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