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Es la geopolítica, estúpidos

/ Mirar al retrovisor / Joan Santacana /

Hace unos años, en octubre de 2020, publiqué en esta misma sección de El Cuaderno un articulo titulado «El Turco y los fantasmas de Dolmabahçe», en donde exponía mi visión sobre el renacimiento del antiguo Imperio otomano. Hoy no solo confirmo que la reflexión era acertada, sino que creo firmemente que es necesario ahondar en ella.

El tablero de juego de la geopolítica de este siglo XXI se ha vuelto a poner en movimiento. En él hay dos jugadores importantes, rivales desde hace siglos: Rusia y Turquía. El Imperio ruso y el otomano se pelearon entre 1735 y 1739 a causa de las incursiones de los tártaros de Crimea; volvieron a las andadas en 1768-1774, en torno al control del sur de Ucrania, que hasta entonces formaba parte del dominio otomano; poco después, en 1787 y hasta 1792 se volvieron a enzarzar y en esa ocasión el Imperio otomano perdió el Kanato de Crimea; una treintena de años más tarde, entre 1828 y 1829, un nuevo conflicto ruso-turco hizo perder a Turquía la costa oriental del Mar Negro y la importante desembocadura del Danubio, ganando el zar el control de Georgia y parte de Armenia; entre 1854 y 1856 hubo la famosa guerra de Crimea, la única en que Rusia tuvo que ceder, pero en aquella ocasión las potencias europeas se involucraron para que el zar no ganara la guerra. Posteriormente, el conflicto ruso-turco de 1877-1878, llamado guerra de Oriente, que tuvo por objetivo abrir el Mediterráneo a Rusia a través de los Balcanes, dio como resultado que la Sublime Puerta perdiera el control de casi toda el área balcánica. Y así entramos ya en la primera guerra mundial, en donde turcos y rusos estuvieron de nuevo en bandos opuestos. Como colofón de esta larga, aun cuando no exhaustiv,a lista de peleas rusoturcas, hay que recordar que en 1952 la República de Turquía entró en la OTAN, que no era otra cosa que una alianza antisoviética, es decir, antirrusa para los turcos. Y allí sigue.

Si nos tomamos la molestia de consultar un mapa del mundo de mitad del siglo XVIII y observamos lo que fue el Imperio otomano, nos daremos cuenta de que iba desde el Danubio hasta la península arábiga y desde Moldavia y Crimea hasta el Marruecos y el Sáhara y el Egipto, Mesopotamia y el Sudán; un inmenso territorio controlado desde Estambul. Todo ello lo fue perdiendo poco a poco, desgarrado pieza a pieza, hasta que en vísperas de la primera Gran Guerra, en todas las cancillerías europeas se denominaba al tambaleante Imperio turco «el Enfermo de Europa». Cual buitres, todos esperaban que muriera para lanzarse encima y despedazarlo y repartirse los despojos. Rusia era uno de sus vecinos más voraces.

En este ocaso del 2024 se ha desmoronado la influencia rusa en Siria, un territorio por el cual los nuevos zares habían apostado duro, incluso construyendo una importante base naval en la costa siria y diversas otras en el interior del país. Desde Estambul saben muy bien que el nuevo zar ruso está en apuros. De hecho, le suministran armas, drones y un discreto apoyo diplomático. Pero esto no les impide mover pieza en el tablero: Siria, patria de los califas omeyas, ha de volver al redil turco. Quizá las cancillerías europeas no lo sepan, pero el Gran Turco nunca ha renunciado a recuperar lo que perdió. Y si para ello hay que dejar que Israel se consolide, que así sea. No en vano Ankara y Tel Aviv tienen relaciones diplomáticas normalizadas desde junio de 2016. Cierto que en noviembre de 2024 Erdoğan dijo que retiraba al embajador en Israel, y lo llamaron formalmente a consultas, pero en la práctica nada ha cambiado y las relaciones comerciales y financieras siguen siendo fluidas, según parece. Claro está que un país como Turquía tiene que hacer ver que presiona a Israel, pero la diplomacia trabaja de forma distinta que el periodismo. Lo más importante no es lo que se ve, sino lo que no se ve, y lo que no se ve es lo que la historia esconde.

No sé cómo terminará todo esto, pero sí creo poder afirmar que Siria será turca y los kurdos van a empezar a tener problemas graves en su minúsculo territorio. Rusia ha perdido la partida y ahora se lo juega todo en Ucrania, en donde, aquí sí, puede confiar en que Erdogan le ayudará moderadamente, a la espera de lo que ocurra en la tambaleante política internacional de lo que fue el Imperio americano.


Joan Santacana Mestre (Calafell, 1948) es arqueólogo, especialista en museografía y patrimonio y una referencia fundamental en el campo de la museografía didáctica e interactiva. Fue miembro fundador del grupo Historia 13-16 de investigación sobre didáctica de la historia, y su obra científica y divulgativa comprende más de seiscientas publicaciones. Entre sus trabajos como arqueólogo destacan los llevados a cabo en el yacimiento fenicio de Aldovesta y la ciudadela ibérica y el castillo de la Santa Cruz de Calafell. En el campo de la museología, es responsable de numerosos proyectos de intervención a museos, centros de interpretación, conjuntos patrimoniales y yacimientos arqueológicos. Entre ellos destaca el proyecto museológico del Museo de Historia de Cataluña, que fue considerado un ejemplo paradigmático de museología didáctica.

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