/ Laberinto con vistas / Antonio Monterrubio /
«¿Qué dice el jefe? ¿Qué es una palabra del jefe? Es, ante todo, un acto ritualizado. […] El líder se dirige cotidianamente al grupo […] pronuncia con voz fuerte el discurso esperado […] cada cual continúa tranquilamente con sus ocupaciones […]. La palabra del jefe no está dicha para ser escuchada», escribe Pierre Clastres en La sociedad contra el Estado. La tesis principal del antropólogo francés en ese libro es que ciertas comunidades primitivas resisten mediante técnicas diversas a la estructuración de un poder fuerte. Se trataría de una negativa a asumir una alienación política que conduciría, en último término, a la emergencia del Estado y a la instauración de una sociedad de clases.
No nos detendremos a debatir esta interesante idea. Lo que nos proponemos es señalar un par de puntos. Por un lado, la perorata archiconocida y banal que el cacique salmodia no está elaborada para ser recibida por la audiencia cual si oyera llover. Lo que ese mensaje repetido día tras día enuncia es la necesidad de atenerse a las costumbres de los antepasados, ya que esa sumisión garantiza que la comunidad se mantenga en paz y sosiego. Como producto de una sociedad tradicional, es la enumeración cuasi litúrgica de unos mandamientos no escritos que deben ser obedecidos por cuantos deseen permanecer en el seno de la colectividad.
En otras palabras, esas frases aparentemente triviales y anodinas constituyen también un discurso de Poder. No de quien habla, sino de lo que es hablado; de una estructura social ya estratificada y que quiere seguir siéndolo. Aun si admitimos que esos grupos humanos carecen de autoridad política efectiva, y que en ellos no existen propiamente clases, eso no impide que apreciemos en ellos jerarquizaciones. Los varones dominan sobre las mujeres, los adultos sobre los jóvenes, los iniciados sobre los no iniciados o los familiares de lo numinoso sobre los legos en la materia.
Otro punto a considerar es lo mucho que esa alocución del jefe recuerda las de los estamentos políticos o mediáticos pro statu quo en nuestra sociedad tan civilizada e informada. Pues lo que ellos dicen no tiene la menor intención de persuadir a nadie de nada; ratifica lo que ya había llegado por otros medios al oyente, que lo tiene interiorizado. Es mera corroboración retórica de lo ya sabido, de lo aprendido desde la más tierna infancia.
Por eso son tan fácilmente sustituibles los vectores orgánicos, sean institucionales, políticos o mediáticos, de la ideología imperante. Su labor es secundaria y su personalidad intrascendente; de hecho, se los prefiere amorfos. Cuando su momento pasa son archivables, con o sin jubilación dorada. Si desaparecen del primer plano, no es porque se hayan quedado sin nada que decir. Es que nunca tuvieron palabra propia. Para mantener en la inopia al grueso de la población, se limitaron al recitado ritual de una retahíla de lemas-fuerza incorporados de serie, y de los que todos siempre han estado íntimamente convencidos. Los aparatos ideológicos moldean desde el primer minuto al sujeto, sumergido hasta el occipucio en un caldo de cultivo que apenas deja margen al pensamiento autónomo. La mayoría solo es capaz de decir «amén» a cada verso de la letanía que incansablemente escuchan. En un estadio civilizatorio desarrollado, la alienación individual y colectiva abre camino a las interacciones sociales y políticas de hegemonía y a las económicas de explotación. La relación básica es la que separa a dominantes y dominados.
El discurso de las voces pro statu quo, o sea de casi todas, se asemeja al del jefe primitivo en que jamás cita lo que realmente está defendiendo, y no hace sino dar vueltas alrededor de consignas trilladas. Se trata del recurso a una cháchara vaciada de contenido, convertida en banda sonora del Poder, en un ruido blanco relajante o más bien hipnótico. No hay método más eficaz para imponer a una sociedad un relato falso de forma incontestable. A la vez, los engranajes del mecanismo que lo mueve todo quedan ocultos entre la palabrería que nos anega de la mañana a la noche. Así, aun conservando una fachada democrática, en el fondo de esta estrategia de manipulación anida la oscura sombra de la tentación totalitaria. La libertad de expresión se torna quimera cuando el discurso disidente es atropellado, tapado o laminado sin escrúpulo alguno. El paso siguiente es prohibirlo. El proceso comienza con leyes mordaza y repudios mediáticos y jurídicos a la crítica, por justificada que sea, a instituciones como la monarquía, la Iglesia, las fuerzas de seguridad o el Poder judicial.
En carta a Oldenburg fechada en 1665, Spinoza comenta las razones que le han llevado a redactar un nuevo texto, que con toda evidencia es el Tratado teológico-político. Entre ellas, «la libertad de filosofar y expresar lo que pensamos, deseo afirmarla por todos los medios, ya que aquí se la suprime totalmente a causa de la excesiva autoridad y petulancia de los predicadores». Cuando escribe estas palabras, está en vigor en los Países Bajos el régimen liberal de Johan de Witt. Los enemigos de la libertad son los dogmáticos propagandistas calvinistas que estaban sembrando la cizaña que terminaría ahogando aquel jardín holandés.
En 1672, la revuelta de la radical Facción de Orange derribó a la Facción de Estado de los De Witt, moderada en términos religiosos, inaugurando un negro periodo de fanatismo. Johan fue asesinado de un disparo, su cadáver profanado y su corazón extraído y exhibido públicamente. Su hermano Cornelius sufrió una suerte aún peor: incluso parece que parte de su cuerpo fue devorada por aquellos salvajes. Ante esos acontecimientos trágicos, Spinoza escribió un opúsculo anónimo, Ultimi barbarorum, donde denunciaba el grado de bestialidad al que puede conducir el extremismo religioso, político o social. Su lectura sigue siendo de actualidad y debería servir de aviso a quienes juegan con fuego.
En el Tratado teológico-político, Spinoza proclama con vehemencia la autonomía del pensamiento y la libertad de expresión de cada ciudadano como individuo particular. Reivindica un estatuto jurídico para la subjetividad y postula que el Estado únicamente tendría que perseguir y sancionar actos, y que «las palabras fueran impunes». Un alegato que, tres siglos y medio más tarde, se hace necesario reiterar. Contra ese derecho no solo atentan las prohibiciones y censuras estatales, sino también las privadas, mucho más feroces, que sepultan o silencian la reflexión crítica.
Si el fanatismo religioso era el disfraz de la intolerancia social y política en aquel siglo, hoy la ciencia económica cumple una función similar. Las leyes del mercado o la de la oferta y la demanda se presentan como axiomas científicos que condenan al fracaso los intentos de acabar con el desmadre introducido en el mercado del alquiler por los fondos buitre y las rémoras que los acompañan. Todo esto sin el menor apoyo documental, sin pruebas y sin admitir el más mínimo debate. Es lo que tiene el dogma: o lo aceptas a pies juntillas o te arriesgas a ser considerado hereje.
Libertad de pensamiento y libertad de expresión forman un binomio indisociable. La una no puede existir sin la otra. Y para sustentarlas, es imprescindible el derecho de palabra. Pero también lo es el deber de palabra, la exigencia de un discurso propio que desborde el relato heredado y sea condición y práctica de la libertad, la verdadera, la que preconiza Spinoza. Que nada tiene que ver con hacer pasar el derecho de la hostelería a sus beneficios por delante del de los mayores a no morir o el de los sanitarios a conservar su salud mental. Esas son libertades menores a ojos de los talibanes de la economía, que, al parecer, es sinónimo de especulación, restauración y turismo. El concepto de libertad de Spinoza es el que resume Negri al comentar la parte IV de la Ética:
La construcción spinozista no ha dado una solución sistemática al mundo; de hecho ha realizado su disolución sistemática, para llevarlo a la verdad de la acción ética, como afirmación de la vida contra la muerte, del amor contra el odio, de la alegría contra la tristeza, de la sociabilidad contra el embrutecimiento de la soledad. Aquí comienza, pues, la vida. La certidumbre del conocimiento y el progreso residen en la libertad (La anomalía salvaje).
Ahí está lo que han perdido con el paso inexorable del tiempo quienes, un día, se quisieron implícita o explícitamente spinozistas, y acabaron abducidos por el lado oscuro o, más bien, por el lado orangista de la fuerza.
Antonio Monterrubio Prada nació en una aldea de las montañas de Sanabria y ha residido casi siempre en Zamora. Formado en la Universidad de Salamanca, ha dedicado varias décadas a la enseñanza. Es autor de la trilogía de La verdad del cuentista (La verdad del cuentista, Almacén de ambigüedades y Laberinto con vistas), Al revés te lo digo, El serano y La primavera y el titán. Publica textos en El Cuaderno desde 2020, escribe artículos en el diario Nueva Tribuna y colabora con El Viejo Topo desde 2023.

