Tras una ruptura sentimental, Carles Súria, profesor de filosofía, abre un diario personal en el que describe episodios de su vida privada, con gran protagonismo de sus peripecias amorosas. Anota también reflexiones sobre la felicidad, la ética ecológica, el veganismo, y críticas hacia determinados usos y costumbres del mundo universitario. Trascurrido un año, Carles pierde interés por el dietario y toma una decisión que generará pavor entre sus colegas y amigos y repercutirá en su futuro profesional. Otro fin del amor es posible es el primer título de una trilogía de Vicent Yusá, colaborador de EL CUADERNO, de la que ofrecemos aquí unos extractos.
Advertencia
Me llamo Carles Súria, tengo treinta y nueve años y soy profesor de filosofía. Personas allegadas a las que he consultado me han aconsejado que no publique este diario. No me beneficiará ni en lo profesional ni en lo personal, aseguran. Y, además, coloca a otros en una delicada situación o les perjudica de manera innecesaria y gratuita.
Estas advertencias y consejos, que podrían ser ciertos en el mundo práctico, no lo son en el plano conceptual, ya que derivan de una confusión entre intimidad y privacidad. Sin embargo, me han hecho dudar, lo reconozco, así que he tenido que sopesar argumentos y consideraciones antes de tomar una decisión.
También abunda en el rechazo a mi iniciativa el hecho demostrable de que mis colegas filósofos, cada uno a su modo, desprecian este tipo de «literatura de evasión». Prefieren leer o escribir textos con títulos como, por ejemplo, «El papel de la sintonía en el ejercicio del gusto estético» o «comprender las experiencias y superar la injusticia hermenéutica», así que es lógico que sientan un ligero desprecio por mi iniciativa.
Comencé el diario tras la ruptura con mi pareja. No inmediatamente después, sino transcurrido un breve tiempo, y lo hice no a modo de terapia de recuperación, ni siquiera para proporcionarme un alivio temporal, sino como una actividad con valor intrínseco, por el mero placer de recrear lo que me iba sucediendo. En ningún caso con la pretensión de abordar un farragoso y persistente autoexamen. Tampoco un análisis del pasado para evaluar las razones de mi «fracaso sentimental», término esteque detesto y que asocio a los reality shows y a la literatura más narcotizante. Diría que ambos episodios, la ruptura y el diario, mantienen una relativa vinculación temporal, pero en ningún caso se trata de una relación causal. Proximidad no es causalidad.
A pesar de la poca convicción y empuje inicial, que presagiaba que el diario acabaría por quedar reducido a unas pocas páginas pronto olvidadas, he mantenido el aliento narrativo durante un año, hasta que acabado 2024 decidí ponerle fin, no tanto por cansancio o aburrimiento, sino porque consideré que había agotado un ciclo repleto de variados y gratificantes alborotos que me habían situado bastante alejado del punto de salida, en otra esfera mental. Lo lógico hubiese sido guardar las páginas en un cajón y releerlas dentro de veinticinco años, a un paso de la jubilación, cuando uno empieza a pensar en escribir sus memorias, lo cual, dicho sea de paso, es bastante absurdo porque entonces la memoria es todo menos una fuente fiable de la realidad vivida.
Finalmente, por motivos de índole teórica entendí que el diario debía publicarse, sin considerar la calidad literaria, o el mayor o menor interés que mis peripecias vitales puedan suscitar.
De manera complementaria a los motivos abstractos, no cabe duda de que han influido factores de difícil explicación o comprensión, toda vez que probablemente se insertan en la parte incontrolada de nuestro yo. Si tuviese que nombrarlos no descarto mi propensión a los ejercicios expansivos del ego, aunque esto es indudable que enlaza con una natural tendencia humana al egocentrismo, que al parecer está anclada en nuestra evolución biológica.
Así que haciendo caso omiso a las advertencias de algunos amigos y al rechazo de muchos colegas, opté por publicar el diario, que lejos de reflejar lo que desde una mirada pérfida pudiera calificarse de banalización de la intimidad, me atrevería a asegurar que se trata justamente de lo contrario, de un elogio de la misma, de una intimidad que se preserva a pesar de ser contada, o precisamente por ello.
Por otro lado, no he podido resistir, dada mi mayor predisposición a los textos técnicos, a incluir algunos artículos no académicos redactados durante el periodo narrado en el diario. He valorado que eran parte del paisaje recorrido y que de algún modo han contribuido a definir el tiempo vivido.
Contrariamente a lo que suelen aconsejar algunos ensayistas cuando incorporan en sus libros determinados capítulos más densos, señalando que se trata de pasajes prescindibles que el lector puede saltarse tranquilamente, aquí recomiendo, o más bien exhorto, a su lectura a medida que se van citando los textos. Un diario puede ser una divertida o arriesgada excursión de fin de semana, pero no puede excluir los momentos de cargar con las maletas. Es más, si el diario propiamente dicho no le cautiva, céntrese en los textos, quizá le sugieran alguna idea digna de consideración.
Buen viaje.
[…]
25/5/2024. Sábado
Isabel se ha ido al gimnasio. Me he quedado en casa corrigiendo exámenes y tratando de afinar los contenidos de la tesis de Megan, aunque mi experiencia es que las tesis son seres proteicos, se van modificando a medida que avanzan, mudan, se transmutan. Pero siempre es bueno tener una «hoja de ruta» que oriente al doctorando en las primeras etapas.
Sí, cierto, me noto más en forma, con más ganas de incrementar mi actividad académica aparte de las clases. Por otra parte, surge la pregunta, «¿con qué objetivo?». No es una pregunta retórica, ya que interrogarse por el sentido de una actividad es esencial. Yo diría que no he contestado a esa pregunta, explícitamente, tras una reflexión racional, en estos iniciales años de mi carrera académica. Hace cuatro años que soy titular de universidad. Hasta ese momento, quizá no había muchas preguntas que hacerse si lo que querías era ser profesor. El camino está trazado y es claro. Hacer la tesis, conseguir una beca postdoc, alguna estancia en el extranjero (en mi caso en USA), tratar de publicar el máximo de artículos académicos en revistas de prestigio, cultivar las relaciones con los profesores del departamento y mantener una relación especial con el catedrático que puede apadrinarte para optar a una plaza de titular una vez has realizado el recorrido por el escalafón previo. Aquí no hay mucho misterio y, aunque son muy relevantes las relaciones, es imprescindible tener el currículum adecuado.
Pero ¿qué ocurre a partir de ahora, una vez ya conseguida la plaza de profesor titular? Se abren varias opciones. Puedes optar por la ruta convencional, digamos la vía productivista. Es una vía que obliga a una gran especialización, a publicar sin concesiones, inundar las revistas con tus papers, no perderte un congreso, establecer alianzas, ir subiendo en los rankings;lo que te permite conseguir proyectos, tener más colaboradores; publicar más, ir a más congresos, seguir subiendo y consiguiendo más proyectos… Y, al final, llegas a catedrático y tienes el prestigio suficiente para proponer a tus colaboradores para puestos de titular y seguir incrementando la producción. Es una vía neoliberal, de competitividad y productividad extrema, que obedece al lema «publish or perish» (publica o perece). Es la más exitosa y la que siguen la mayoría de mis colegas.
Hay otra vía minoritaria, que quizá va teniendo más adeptos en las facultades de humanidades, la Slow Academy o The Slow Professor. Cuestiona esa cultura neoliberal y plantea tomarse las cosas con calma, no obsesionarse por el currículum, ser más riguroso, interesarse más por la sociedad, hacer una filosofía más vinculada a los problemas sociales, viajar menos en avión de congreso en congreso para disminuir la huella de carbono, hacer que el sistema, en la medida de lo posible, vaya frenando. Centrarse más en la calidad que en la cantidad. Como es fácil imaginar, son el sector rarillo de las facultades. Consiguen menos proyectos, tienen menos dinero para becarios y tienen más dificultades para ascender en el escalafón universitario. Conozco a algún colega del sector Slow, son majos. Yo estoy por definir, lo cual significa que fluyo arrastrado por la corriente mayoritaria. Es más, estos meses de poca productividad incluso me han generado mala conciencia. De momento, soy un producto típico del sistema.
Además, hay una tercera opción que es la más aberrante, que sería un subproducto de la primera. Es la opción del profesor quemado o del profesor funcionario. Una vez obtenida la plaza de titular, ya con su nombramiento de funcionario inamovible, haga más o haga menos, se dedica a cumplir los mínimos exigibles, dar las clases que le corresponden y poco más, cero investigaciones, cero innovaciones, cero transferencia.
No hay que confundir la opción slow, que es reflexiva, consciente y con sentido, con la opción profesor vago, que solo consigue deteriorar la institución.
***
Estas reflexiones las debería compartir con Isabel. No me refiero a mostrarle mi diario, en absoluto, sino a comentarle algunos de los temas que me ocupan, que son motivo de mis cavilaciones.
Esta noche salimos a cenar. Le preguntaré qué opina sobre el planteamiento de The Slow Professor.
[…]
5/8/2024. Lunes
La facultad cierra en agosto, no podemos quedar en mi despacho.
Es inaudita esta ancestral práctica académica. Durante un mes queda prohibida toda actividad de avance del conocimiento. Al parecer progresamos tan rápido que las autoridades universitarias se ven obligadas a ralentizar el crecimiento del saber durante treinta días.
Le sugiero a Megan tomarnos una cerveza en El Candil, ya bien entrada la tarde, cuando la suave brisa marina nos reconcilia con el cálido verano.
—Ok. Envíame la ubicación.
***
Hasta la cerveza tengo unas cuantas horas por delante que aprovecho para sumergirme en alguna lectura sobre mi tema favorito, la felicidad.
He meditado en otras ocasiones sobre la importancia de prestar más atención, de tener otra mirada respecto a los bienes negativos, aquellos que valoramos cuando los perdemos, lo que se vincula con vivir más intensamente el presente. Otro aspecto importante de la melodía armónica y multiinstrumental de la felicidad es la adecuación entre lo que se es y lo que se quiere ser.
También Riechmann, al que veo muy ocupado e interesado por la vida buena, le presta atención a esta dimensión, muy relacionada, sin duda, con limitar los deseos, con aquilatar bien tus posibilidades, con ser consciente de las limitaciones de uno y del entorno. Buscar un equilibrio entre expectativas y logros.
Cumplir tus deseos razonables siendo consciente de que no se pueden ignorar los problemas, las enfermedades, las desgracias, las guerras, el deterioro ambiental. O como señala Jacques Schalanger, citado por Riechmann, ser feliz tampoco significa no ser consciente de lo que ocurre alrededor, insensible a los males del otro: «[…]. Adecuación no quiere decir sumisión […] Vivir una vida digna en un mundo digno implica precisamente no aceptar la indignidad, ni para uno ni para los demás. Es feliz en este sentido el que vive y actúa y piensa de acuerdo consigo mismo y con su mundo». Y ahí matiza bien Riechman, «su mundo» no es «el mundo»: la felicidad no implica desentenderse de cambiar un mundo repleto de injusticias y sufrimiento. La felicidad tiene una dimensión social.
He tomado algunas notas de la primera parte del libro ¿Cómo vivir? Acerca de la vida buena, de Riechmann. Alguna conclusión práctica podré aplicar a la situación que me ocupa de manera prioritaria, el problema de los tres cuerpos y el colapso del sistema CIF [Carles-Isabel-Ferran]
***
Cuando llego a El Candil, Megan está sentada en el taburete de la barra en animada conversación con Laia. No hay otros clientes en el interior y la terraza también está vacía. Agosto es un mal mes. Habitualmente tienen mucha clientela de estudiantes y profesores por su proximidad al campus de la Universidad Politécnica. La dueña, una argentina amable y diligente, está afuera, junto a la puerta, absorta en sus pensamientos, quizá añorando su feliz juventud en Buenos Aires. Le doy dos besos a Megan y al acercarme a su mejilla veo que tiene un tatuaje en el cuello, pequeño, sin estridencias, soportable: una fila de puntos de diversos colores, un arcoíris de puntos.
—¿Nueva marca?
—Si, me convencieron mis amigas el día del Orgullo. Estuve este sábado en Little Tattoo.
—¿Te refieres al estudio de tatuajes de la esquina?
—Si, es muy famoso, son muy buenos profesionales.
Lo más flipante es que al ponerme la cerveza he visto que Laia tiene el mismo tatuaje en la muñeca, también de Little Tattoo. Laia alarga su mano derecha y me muestra la misma línea de puntos de colores.
La velocidad es la tónica de los tiempos. Megan llega al bar, se tropieza con la camarera, conoce su nombre, se percata de que comparten tatuaje, y ya intercambian mensajes y señales. Claro que no todos vamos a la misma velocidad. Llevo meses apareciendo con frecuencia por el El Candil, tonteo con Laia, y sin embargo soy incapaz de darme cuenta de que es lesbiana. No quiero pensar cómo me tendrá catalogado, seguramente en la sección de impresentables.
—¿De qué os conocéis?
—Es mi director de tesis. Y compartimos despacho en la facultad
—Vaya, Carles, no sabía que eras profesor, ni por supuesto que tenías alumnas tan enrolladas y guais como Megan
—Tampoco yo conocía tu tatuaje, que compartes con la alumna guay.
—O sea, que he tenido que aparecer yo para que se desvele vuestra vida oculta
—Sí, has sido el catalizador que necesitábamos.
—¿Nos sentamos en la terraza?
—¿Qué te sirvo, profesor Carles?
—Un Negroni, y otro para Megan. Vamos a celebrar la conjunción astral.
Nos sentamos en la terraza al tiempo que entran nuevos clientes.
—¿Negronis?
—He pensado que la ocasión lo merecía
—No conozco el cóctel, pero lo probaré. ¿a qué viene lo de la conjunción astral?
—He detectado sintonía.
—Tengo que reconocer que sí. Compartir el mismo tatuaje ha servido de puerta de entrada. Ha sido ella la que ha visto el mío y enseguida me ha enseñado su muñeca. ¿Tú de que la conoces?
—Soy habitual, y te confesaré que Laia ha sido, y hablo ya en pasado, un aliciente para dejarme caer por aquí.
—Vaya, ¿en la crisis de los cuarenta intentando ligar con jovencitas? Creía que tus relaciones sexuales con tu novia eran bastante potentes.
—¿Qué sabes tú de mis relaciones sexuales y de mi novia?
—Nada, no sé nada, lo he deducido de algún comentario que has hecho en el despacho.
—No sé si proceden estas confianzas entre profesor-alumna, pero ya que lo mencionas, ese es precisamente el punto fuerte de mi relación con Isabel.
—¿Y a qué se dedica tu Isabel?
—Tiene un estudio de arquitectura-interiorismo con unos socios.
—¡Bien!, por lo menos está fuera del ecosistema académico. ¿Y por qué no está aquí hoy?
—Se ha ido de vacaciones con sus socios, a Grecia, todo el mes.
—Vaya Carles, no te hacía partidario de las parejas abiertas.
—No soy partidario ni adversario. Me adapto, se llama adecuación
—O sea que sí, que está enrollada con otro, ¿con un socio?
—Todo es lo que parece.
—Más que adaptado, diría resignado, que no es lo mismo.
—¿Cuál es la diferencia, según Megan?
—Adaptarse, o la adecuación, que yo también estoy leyendo a Riechmann por sugerencia de mi profesor, implica una actitud activa, un convencimiento de querer hacer las cosas porque te conviene, porque te parece que así debe ser. En cambio, resignarse es no hacer, una actitud pasiva, como de impotencia tranquila.
—Está bien analizado conceptualmente, pero en la práctica, en las acciones y también en los pensamientos, todo está muy mezclado, no hay adaptación pura, ni resignación pura. No vivimos entre nociones puras, sino en un cóctel conceptual. Y hablando de cócteles, veo que te está gustando el Negroni preparado por tu Laia.
—No cambies de tema. Es cierto, me gusta el Negroni y también Laia, si es lo que preguntas, y tengo buenas vibraciones para esta noche. Retomemos el asunto principal, ¿es nueva esa amalgama amorosa, quiero decir, tu relación con Isabel se inicia en esas condiciones?
—Para mí es nueva en el sentido de que me enteré hace pocos días, tanto de que se marchaba de vacaciones como de su relación con el socio.
—O sea, que todavía estás un tanto aturdido, a pesar de tus capacidades analíticas, de tus filosofías, de ser el profe progre y de que no eres ni partidario ni adversario de las parejas abiertas.
—No lo diría tan crudamente. No estoy aturdido. Y podría asegurar que tengo la respuesta frente a la situación
—¿Qué respuesta?
—La estrategia Séneca.
Naturalmente le explico los detalles teóricos, los pormenores de la estrategia, con las referencias bibliográficas incluidas. Se alarga la conversación, y Laia nos sirve dos nuevos Negronis.
Son las doce de la noche. La conversación ya ha dejado atrás a Séneca, a Isabel, a Riechmann, su tesis, la facultad, a Joan, su historia personal, la mía, a Lourdes, incluso a Horacio. Ha entrado en un terreno impreciso y nebuloso en el que, debo confesarlo, mientras hablaba, he sentido una atracción sexual intensa por Megan. Justo en el momento en que Laia se ha sentado con nosotros, y claro, no ha tardado en olvidarse de mí y comenzar a besar a Laia con pasión.
—Os dejo, estoy cansado. Me voy a casa.
Faltaba la sorpresa final.
—Te importa que nos quedemos en tu casa. Es tarde y ya no pasa el metro, y Laia vive con sus padres.
He dormido en el sofá, después de ponerles sábanas limpias.
Vicent Yusà
Autografía, 2024
278 páginas
18 €
Vicent Yusá es doctor en química, investigador en las áreas de seguridad alimentaria y ambiental, y profesor asociado en la Facultad de Química de la Universidad de Valencia. Ha dirigido los laboratorios de salud publica de la Generalitat Valenciana y ha participado en diferentes proyectos nacionales e internacionales. Tiene un gran número de publicaciones científicas en revistas de alto impacto. Ha realizado estudios de filosofía y es autor de Ascenso a la Torre. Apuntes para una filosofía de proximidad.

