Anita Sirgo se hizo, junto a Constantina Pérez, mundialmente famosa en 1963, cuando su nombre circuló en un manifiesto de intelectuales que denunciaba las torturas perpetradas en el transcurso de la huelga minera de ese año. Aquel sería, no obstante, tan solo uno de los episodios, entre muchos, que jalonan su vida militante. Niña de la guerra evacuada a Cataluña en 1937 y acogida tras el final de la contienda por unos parientes, mientras su padre permanecía en el monte y su madre en un campo de concentración, la dura supervivencia la privó de escuela y la hizo desempeñar múltiples trabajos. Involucrada desde muy joven en el apoyo a los guerrilleros, comparte luego militancia comunista con su marido, Alfonso Braña.
Muy activa en el apoyo a huelgas, la recogida de solidaridad con represaliados y todo tipo de movilizaciones, durante la dictadura formó parte de piquetes de mujeres, recogió víveres y ayudas para presos políticos, deportados y despedidos, se entrevistó con autoridades civiles y eclesiásticas, recogió firmas por la amnistía, se encerró en la catedral de Oviedo y en el Palacio Arzobispal, repartió propaganda, acogió dirigentes clandestinos en su casa. Fue torturada y rapada durante la huelga de 1963. Sufrió prisión y pasó algún tiempo exiliada, siempre para reincorporarse de inmediato a la lucha. Hasta el final de su vida siguió militando en las mismas causas y también en el impulso de la memoria democrática.
Paralelamente, el paso del tiempo la ha erigido en un referente de compromiso, lucha y dignidad para las nuevas generaciones de militantes comunistas, pero también y en buena medida, del feminismo asturiano, que en los últimos años ha integrado la tradición obrera que representa Anita en su agenda reivindicativa.
Anita, nacida en 1930, falleció el 15 de enero de 2024. Ediciones Trea y la Fundación Juan Muñiz Zapico, vinculada a Comisiones Obreras y consagrada a la memoria histórica del movimiento obrero asturiano, especialmente del antifranquista, publican ahora Anita Sirgo: instinto de clase, una biografía escrita por Rubén Vega y Héctor González, de la que ofrecemos seguidamente su primer capítulo.
Hasta hace muy poco, ser parte del proletariado era sinónimo universal de nacer, crecer, reproducirse, envejecer y fallecer en un territorio muy concreto y muy pequeño. No había leyes que lo sancionaran, pero la clase estaba ligada a la tierra. Uno siempre tenía la opción de emigrar y ver mundo, de «hacer las américas» o «las europas», pero el resultado era —y es— muy parecido: el final del viaje llevaba a un lugar en el que la vida, principalmente el trabajo, volvía a anclarte a un espacio geográfico más bien pequeño.
Si se formaba parte de una comunidad obrera firmemente constituida y cerrada, salir de ella se volvía todavía más difícil. Uno podía cambiar de barriada o de pueblo por trabajo o matrimonio, pero no se iba muy lejos. En el caso de las comunidades mineras valles, ríos, montañas y, por supuesto, carbón delimitaban perfectamente el espacio geográfico en el que iba a desarrollarse la vida. Un espacio concreto y exiguo porque tampoco hacía falta conocer toda la comarca, con moverse del trabajo a casa y de casa al trabajo era suficiente.
La vida era tan sencilla como dura. Se basaba en trabajar muchas horas al día, todos los días de la semana, sin apenas tiempo ni alternativas de ocio. Trabajar en la mina o en la metalurgia, ocuparse de la huerta y el ganado, ir a la hierba, construir o arreglar un hogar. Si además eras mujer, carecías de tiempo libre: cuidr hijos —y padres y suegros—, limpiar, cocinar, atender la huerta y el ganado, coser, bajar al mercado…
Lo normal era —aún hoy lo sigue siendo en grandes capas de la clase trabajadora— no moverse apenas del lugar de nacimiento hasta la defunción. Ir desde Mieres o Langreo a sitios tan cercanos como Gijón u Oviedo era un acontecimiento que no ocurría todas las décadas. Quizá en la luna de miel.
Pero surgieron, aún cuando era harto improbable que sucediera, en una comunidad muy cerrada de una región periférica de un país pequeño, aislado y que importaba más bien poco, personas que conocieron mundo y que, a pesar de no estar precisamente «destinadas» a ello, adquirieron fama y reconocimiento internacional. No fueron las primeras ni serían las últimas de estos valles, pero sí las más peculiares. Obreras y, además, mujeres. Lo que nadie podía esperar. Ni siquiera ellas mismas.
Lo hicieron en contra de su voluntad —y de la del régimen franquista— y de manera muy diferente a como lo suelen reflejar el cine o la literatura. Su espíritu era indómito y sus ganas de actuar, de no resignarse y de cambiar las cosas, más que evidentes, pero su acción y su determinación no eran individualistas sino que arraigaban en proyectos colectivos de profundas raíces y larga trayectoria. Nunca fueron «yo», siempre fueron «nosotros». Y es que las películas y las novelas suelen presentarnos a personajes que se rebelan contra un destino impuesto, rompen sus cadenas y toman las riendas de su vida para realizarse individualmente, triunfar y descubrir, al final del trayecto, la felicidad y la prosperidad. Sin embargo, la vida real transcurre por otros derroteros. En ralidad, quienes han adoptado este tipo de comportamientos, quienes han tenido vidas de película, han sido personas que pensaban en colectivo: hombres y mujeres de clase obrera que perseguían la utopía de un mundo mejor, sin explotadores y explotados, y que conforme a sus ideales y su militancia se veían envueltos en situaciones que les obligaban a adquirir una notoriedad y un reconocimiento que no buscaban como consecuencia de persecuciones y represión y, muchas veces, exilio.
La militancia, el compromiso y las ideas, aparte de inspirar acciones que transformaron la realidad, dotan de un significado diferente las biografías de quienes hacen de la lucha su forma de vida. Las elevan a otro nivel. Personas reconocidas como luchadoras, comprometidas, que hacen de su palabra ley. Personas íntegras en quienes uno puede confiar porque no traicionarán su causa ni la de sus compañeros y siempre estarán dispuestas a ayudar en lo mucho y en lo poco. En los grandes ideales y las pequeñas acciones cotidianas.
Algunas llevaban el compromiso tan dentro que todo el mundo sabía que las podían apalear y vejar, que podían romperles el tímpano o raparles el pelo para humillarlas, que podrían obligarlas a exiliarse —y darles por lo tanto la oportunidad de conocer un mundo que nunca esperaron ver—, pero que ni aun así sobrevendría la flaqueza y jamás delatarían a un compañero, abandonarían una lucha o renunciarían a sus ideales. Llevaban el compromiso tan dentro que toda su comunidad podía referirse a ellas solo por sus nombres de pila, por muy comunes que estos fueran.
Hay personas que han tenido que llevar una vida tal que tan solo es necesario pronunciar su nombre para que se las reconozca. En la cuenca del Nalón hace ya muchas décadas que solo hace falta decir Anita para saber de quién y de qué se está hablando. No son precisas más señas. Y eso es mucho.
Rubén Vega García es profesor de historia contemporánea de la Universidad de Oviedo y director del Archivo de Fuentes Orales para la Historia Social de Asturias. Durante los últimos treinta años ha venido trabajando sobre el periodo franquista y democrático, siguiendo líneas de investigación centradas en asociacionismo, culturas del trabajo, movimiento obrero, organizaciones sindicales, conflictividad social y procesos de desindustrialización, preferentemente en un marco local y regional. Más recientemente sus líneas de investigación se han ampliado incorporando la abogacía democrática y la violencia política en contextos dictatoriales, así como las memorias y representaciones culturales del pasado obrero e industrial. Todas estas líneas de trabajo se han sustentado primordialmente en la metodología de la historia oral. En el género biográfico ha abordado las trayectorias del sindicalista Juan Muñiz Zapico y de las abogadas Cristina Almeida, Manuela Carmena y Paca Sauquillo. A su vez, la divulgación de los resultados de estas investigaciones a través de formatos dirigidos al público no académico ha dado lugar a documentales sobre movimiento obrero, testimonios de tortura, emigrantes retornados y representaciones culturales y memoria de la industria, así como a exposiciones e instalaciones audiovisuales que combinan el material gráfico y los testimonios orales.
Héctor Augusto González Pérez es doctor en investigaciones humanísticas por la Universidad de Oviedo, profesor de enseñanza secundaria y colaborador del Archivo de Fuentes Orales para la Historia Social de Asturias. Especialista en clase trabajadora, movimiento obrero y memoria oral, investiga desde hace más de una década la evolución del sindicalismo bajo la dictadura franquista y en democracia, especialmente el anarquista. Entre sus diferentes publicaciones cabe destacar la biografía del militante comunista Vicente Gutiérrez Solís.

