Entrevistas

Entrevista a Anita Sirgo

Larga conversación con la histórica militante comunista asturiana, protagonista de las huelgas mineras de 1962, recién galardonada con el Premio Juan Ángel Rubio Ballesteros de la Cultural Gijonesa.

Anita Sirgo: «Nosotras creíamos en la lucha y en por qué luchábamos. Hoy no se cree»

/una entrevista de Pablo Batalla Cueto/

Bertolt Brecht escribió su famoso poema sobre los hombres buenos, muy buenos e imprescindibles pensando en personas como Anita Sirgo, que forma parte, sin que pueda caber ninguna duda de ello, del último de esos tres niveles de imprescindibilidad: el total. La historia de la cuenca minera asturiana, la de Asturias y quién sabe si aun la española serían ciertamente diferentes si esta mujer valerosa y volcánica no hubiera existido, porque la güelgona que empezó a tumbar la estaca franquista en 1962 no hubiera podido durar tanto, ni en consecuencia adquirir la repercusión nacional e internacional que tuvo, si ella, y otras amas de casa como ella, no hubieran entrado en acción para complementar la lucha de sus maridos organizando piquetes, llamando esquiroles a los esquiroles, recaudando la solidaridad de los pequeños comerciantes, bloqueando con barricadas caminos y carreteras y llevando a cabo encierros. El precio que pagaron Sirgo y sus compañeras por salir de sus cocinas para cambiar el mundo de base no fue pequeño: Anita sigue estando sorda del oído cuyo tímpano le reventó el capitán Antonio Caro Leiva, que también la apalizó y la rapó a tirones sin que nada de ello le sirviera para obtener delación alguna. Nadie dobló jamás a esta mujer que recuerda bien las mofas que recibió del ministro Manuel Fraga, loado hoy por el amnésico oficialismo como padre de la democracia. Para darla a conocer, pero también para reivindicar la memoria histórica del antifranquismo, por la que Anita no ha dejado de luchar —es una de las firmantes del escrito que posibilitó la causa de la juez argentina María Servini contra los crímenes del franquismo—, se llevó a cabo en 2015 esta entrevista que duró tres horas y tuvo lugar en su casa de siempre en el barrio San José de Lada (Langreo): un piso de protección oficial decorado con fotografías de Dolores Ibárruri y de su admirado Horacio Fernández Inguanzo. «Éstos son los mis santos», ríe. Ahora que a Sirgo se le acaba de conceder el Premio Juan Ángel Rubio Ballesteros, otorgado por la Cultural Gijonesa, nos ha parecido pertinente recuperarla.

La forja de una rebelde

Nace en Lada (Langreo), en un ya lejano 1930.

Nací en 1930, sí. El 20 de enero de 1930. Y nací en un pueblo que se llama El Campurru de Lada, donde viví hasta que a mi marido, como minero que era, le dieron esta casa. La casa no es mía, es de VIPASA: pago una renta. Debe de hacer sesenta y cinco o sesenta y seis años que vivo aquí. Esto es lo único un poco curioso que nos dejó el régimen.

¿Cómo era el Langreo en el que nació? ¿Cómo era la vida entonces?

Muy diferente… Esto cambió mucho de entonces a ahora. Recuerdo, por ejemplo, que para bajar de El Campurru a Sama no había carretera: era todo una llamarga con ranas cantando y se bajaba por un caminín. Cuando nos llevaban el carbón que se les daba a los mineros, el camión lo dejaba en El Pontón de Lada, que era donde terminaba la carretera, y desde allí hasta El Campurru teníamos que subir el carbón a cuestas. Si el que murió de aquella se levantara ahora no conocería nada. La vida era muy dura… No tenías qué comer, no tenías nada. No tenías ni agua en casa, ni por supuesto servicio para hacer tus necesidades. La gente trabajaba de lo que fuera: mi madre toda su vida estuvo trabajando, y yo toda la vida estuve trabajando, y trabajando en trabajos duros. Mi madre trabajó, por ejemplo, cargando camiones a paladas en la fábrica del Tirriu, en La Felguera: cestaos y cestaos de mineral y de grijo. Y nunca cotizó nada. Se murió a los ochenta años sin pensión de ningún tipo. Era una explotación terrible, como la que está empezando a volver a haber ahora.

[Nota del entrevistador: he optado por transcribir las respuestas de Anita Sirgo en un límpido castellano sólo aderezado con algún vocablo asturiano especialmente expresivo o de difícil traducción con el fin de que esta conversación pueda ser leída con comodidad por personas de cualquier lugar del orbe hispanohablante, pero el lector debe saber que ese registro lingüístico no es el de la entrevistada, que habla un asturiano deliciosamente puro. Lo hago así porque considero que mi deber deontológico de reflejar literalmente la oralidad del entrevistado queda relegado en un caso como éste por el de facilitar en lo posible que una lección magistral de valentía, dignidad y lucha como la que aquí se recoge trascienda las fronteras del pequeño rincón del mundo en el que se impartió.]

De pequeña la llamaban, si no me equivoco, Anita la Perruca.

De pequeña y ahora. A mí padre le llamaban El Perrucu, qué se yo por qué, un mote como otro cualquiera, y a mí me llaman Anita la Perruca. Tú vienes aquí a Lada, preguntas por Anita la Perruca y todo el mundo me conoce.

Sus padres fueron un hombre y una mujer políticamente comprometidos y que sufrieron las consecuencias habituales de estarlo. ¿De dónde les venía ese compromiso? ¿Ya sus abuelos lo tenían?

Sí, sí. Toda mi familia eran mineros y todos eran comunistas.

Tras la caída de la República, su padre se fuga al monte y su madre es detenida. Si no me equivoco, su hermano y usted pasan algún tiempo con ella en la cárcel de Sama de Langreo al no tener ella con quién dejarles.

Sí. Mi hermano tenía ocho años y yo siete, y mi madre nos llevó con ella a lo que antes se llamaba Casa España, que es donde está el ambulatorio ahora, enfrente del parque de Sama. La tuvieron encarcelada allí, en un sótano, y a nosotros con ella. Lo que más recuerdo de aquello es a una señora que era enlace de la guerrilla y a la que habían cogido en su casa y llevado allí también con sus hijos. Un día se la llevaron para matarla. La metieron los moros en una camioneta y se la llevaron a matarla, pero antes le dejaron que pasara por el calabozo para despedirse de sus hijos. No se me olvidará jamás: los hijos llorando y la madre diciéndoles que no llorasen y dándoles ánimos. Una mujer con una valentía terrible, y la mataron como mataron más tarde a mi tío, que también era enlace y se veía con mi padre. A mi tío Fidel [Suárez, Campurru] fueron a buscarle por la noche, se lo llevaron a Laviana, lo fartucaron a palos y después lo remataron a tiros y lo trajeron al cementerio de Lada.

Cuando su madre es enviada al penal de Arnao, en Figueras (Castropol), ustedes son enviados a Barcelona para que tomen allí un barco hacia la Unión Soviética. ¿Cómo llegan a Barcelona? ¿Quién los envía, con quién van?

Aquello fue después de que se llevaran a mi madre presa, sí. Claro, al estar mi padre en el monte y mi madre presa, y estar también presa toda mi familia, nos quedamos prácticamente huérfanos. Se hizo cargo de nosotros una prima lejana nuestra y cuando se montó aquello de que a los niños huérfanos se los llevaran a la Unión Soviética lo arregló para que fuéramos nosotros también. Nos montamos en un barco en Gijón y nos llevaron a Barcelona. Allí nos llevaron a un edificio muy grande del que tengo recuerdos vagos, porque era muy pequeña: me acuerdo de que tenía un patio grande con un corredor. Allí la guerra todavía no se había terminado y todavía caían bombas: recuerdo que hacían un ruido terrible y que rompían todos los cristales. El caso fue que estando nosotros allí salió un anuncio oficial de que se daba un plazo para que todo aquél que tuviera allí niños pudiera ir, si quería, a recogerlos antes de que los que no fuera a recoger nadie fueran enviados a la Unión Soviética.

Cuando están a punto de tomar el barco, van a buscarlos a la capital catalana unos tíos suyos de Llanes. ¿Es así?

Sí, un tío mío de Llanes fue a buscarnos allá y nos llevó con él a Andrín, donde vivía.

Vive cinco años con sus tíos.

Cinco años, sí. Yo nunca pude ir a la escuela, porque tenía que trabajar en el campo con mis tíos. Mis tíos tenían dos vacas y yo las llindiaba mientras ellos trabajaban la tierra. Era duro: ahora hay mucha maquinaria, pero antes era todo a palote, a fesoria y a guadaña. Lo bueno fue que en aquellos años no pasé hambre, porque allí nunca faltaron fabes, harina, patatas, leche y demás.

Cuando su madre es liberada, usted y su hermano vuelven a Lada con ella.

Sí. Sale mi madre y nos va a buscar, y entonces venimos a nuestra casa de El Campurru de Lada. Cuando entramos en ella nos la encontramos vacía: nos habían llevado todos los muebles. Años después, cuando desapareció la Falange de Lada, descubrimos que los muebles estaban allí, haciendo de vitrinas para sus cosas. Hasta una triste muñeca de trapo que yo tenía nos habían llevado, así que nos fuimos a casa de mi abuela. Mi madre empezó a trabajar con El Tirriu y yo fregando. En esa etapa sí que pasé hambre. Recuerdo que en Lada estaba el Auxilio Social y que para poder comer allí un plato de cocido caliente tenía que pasar por casa de una beata que era la que me daba el vale correspondiente. Para que me lo diera me tenía que persignar y rezar el padrenuestro. Yo no sabía, ni siquiera sé ahora, así que ella me cogía la mano y me persignaba: «Por la señal» y no sé qué más. Entonces me daba el vale y yo podía ir a comer. Si no pasaba por allí antes a coger el vale, no me daban el plato.

La Guardia Civil visita su casa con frecuencia para preguntar por su padre.

Sí. Estábamos muy perseguidos. Tener a alguien en la guerrilla era terrible: te masacraban. Nos iban a buscar por la noche: no les daba más que fueran las tres o que fueran las cuatro, y nos llevaban a mi madre, a mi tío, a mi hermano y a mí, que éramos unos críos, a presentarnos en un cuartelillo de la Guardia Civil que había en El Carmen de Lada. Había que cruzar montes y montes para llegar, y a lo mejor llovía, pero les daba igual: te cogían como a un perro y, sin dejarte vestirte ni nada, te arrastraban tal y como estuvieras por montes y montes para llegar a El Carmen andando. Luego, en el cuartelillo, nos interrogaban a todos, y a mi hermano y a mí nos llegaban a poner la escopeta en el pecho para que dijéramos dónde estaba mi padre. Nosotros no teníamos ni idea…

Si no me equivoco, usted misma llega a hacer de enlace de la guerrilla siendo niña.

Sí. Yo, como era pequeña, pasaba más desapercibida que otros como mi tío, que ya estaba más fichado, así que me utilizaban para despistar a la Guardia Civil. Por ejemplo, a veces se reunían en mi casa. En la partida de mi tío eran seis o siete, y mi casa era un buen sitio para reunirse porque sólo había un camino posible para llegar y por lo tanto era más fácil de vigilar. A mí me mandaban controlar quién pasaba por un ventanuco que había en el tejado. Si veía que venían, tenía que avisarles para que escaparan y después abrir todas las ventanas y recoger los ceniceros para que no se notara nada si entraban a revisar. Otras veces me mandaban llevarles la comida al monte. Hacíamos la comida, cogíamos una banastra de aquéllas que se usaban para llevar la grana y repartirla por el prau, metíamos las potas en ella y después las tapábamos bien con una sábana y poníamos la grana encima. Yo me ponía la banastra en la cabeza y subía monte arriba. Me cruzaba con la Guardia Civil muchas veces, porque de aquella había patrulla a todas horas y hasta dormían en el monte, pero como era una cría y lo único que se veía en la banastra era la grana no sospechaban nada. Yo les decía: «Buenas tardes» y seguía mi camino. Cuando llegaba al sitio convenido, que era un prau nuestro que llamábamos Traslacerra, me sentaba como si fuera a descansar, bajaba la cesta de la cabeza, miraba en derredor para comprobar que no me veía nadie, ni policías ni vecinos, y cuando me parecía que era seguro dejaba la banastra allí y me escapaba. Después, otro día, subía a buscar la cesta vacía, que ellos dejaban allí también. Yo nunca los veía en persona. Eso lo estuve haciendo hasta que hubo una emboscada y los mataron a todos, incluido mi tío. A mi madre la detuvieron también, y a mí con ella. Fue la primera vez que me detuvieron: tenía yo como doce años.

Alguna vez ha contado que sólo volvió a ver a su padre una vez desde su fuga. ¿Cómo fue posible esa visita? ¿Qué recuerda de ella?

Tenía doce años: fue poco antes de que mataran a mi tío, y fue él el que me llevó a conocer a mi padre. A conocerlo, porque él se había tirado al monte siendo yo muy pequeña, cuando se terminó la República, así que realmente no lo conocía. Él estaba por la zona de Llanes y Cabrales, pero yo no lo conocí en el monte, sino en Posada de Llanes, en el chamizu de unas mujeres que eran modistas. Él andaba de casa en casa cuando no estaba en el monte y aquél era uno de los sitios en los que se quedaba. Le vi allí y luego no le vi más, porque mi tío murió, otro matrimonio que conocíamos que era de esa parte de Posada también murió y ya no hubo manera de contactar.

¿Cuándo y dónde fue asesinado su padre?

Hacia 1947, pero no lo sé con certeza. Ni siquiera sé en qué cuneta está. Gerardo Iglesias sacó hace poco un libro en el que aparezco yo como enlace, aparece mi tío y aparece mi padre, que se llamaba Avelino Sirgo Fernández, y Gerardo cuenta lo que le dijeron: que lo mataron en un chamizu en un pueblo de Llanes que se llama Vibañu y que posiblemente esté enterrado en una fosa común debajo de una capilla que hay en el cementerio de Llanes. Pero también hay versiones que dicen que lo mataron en Potes, y además mi hija, que vive en Llanes, y yo fuimos al archivo de allá a preguntar y la responsable nos dijo que allí había varios Avelinos Sirgo, pero que el Fernández no aparecía por ningún lado. Así que tengo mis dudas. No sé si está allí o en una cuneta por cualquier lado. Yo voy a todos los monolitos de memoria histórica que hay, porque mi padre puede estar debajo de cualquiera de ellos. Tengo ido hasta a Santander y a Bilbao. ¿Quién sabe?

¿Cómo se enteraron de la muerte de su padre?

No nos enteramos. Lo supusimos, pero nadie nos lo vino a decir. De hecho mi padre, según cuenta también Gerardo, llegó a enamorarse de una chavala joven que les llevaba la comida y la leche allí en la cabaña, y esa chavala tuvo una hija que se supone que es mi hermanastra. Vive en Francia y nos hemos mandado alguna carta: ella me mandó una preciosa con un búho de ésos de la suerte. Todavía no nos hemos visto en persona, pero tengo ganas de conocerla. Estuve en casa de su prima allí en Vibañu porque mi hija, cuando leyó lo que ponía Gerardo, rápidamente llamó a gente de Izquierda Unida con la que se trataba en ese pueblo. Al pueblo, por lo visto, después de la guerra lo llamaban la Pequeña Rusia de tantos comunistas como había. Esa gente conocía la historia y nos puso en contacto con la prima de esa hermanastra mía. Fue ella quien le escribió, y nos cuenta que se puso muy contenta.

Se casa con Alfonso Braña Castaño en 1950.

Sí, con veinte años. Lo conocí en un bar de Sama que se llamaba Dionisio, en el que parábamos los dos. ¿Y sabes qué? Yo me puse mis primeros zapatos a los diecisiete años, estando ya con él. Antes sólo andaba con alpargatas y con madreñes. Tenía un par de madreñes para bajar por aquellos caminos y abajo tenía otras limpias que limpiaba con ceniza de la cocina y a las que sacaba brillo con servos. ¡Brillaban como qué! Y las alpargatas también: eran de aquéllas de esparto que se ataban con unas cintas hasta la rodilla, y yo las lavaba cuidadosamente con un cepillo porque si las echaba a lavar enteras se les deshacía la suela. El caso es que de tanto lavarlas y repasarlas —antes se usaba mucho el hilo de repasar; ahora no se debe ni de vender— las tenía ya blancas, así que les echaba servos también para que estuvieran bien negras, pero en verano, cuando bajaba de El Campurru a Lada para ir al cine o a bailar, siempre llegaba a Lada con ellas blancas otra vez, porque el polvo de verano se pegaba al servos (risas). Estaban blancas como esta servilleta. Así era la vida entonces, fíu.

Su boda fue ciertamente tumultuosa. Cuéntenos qué pasó.

Aquella boda mía fue para hacer una película, sí (risas). Te cuento desde el principio. Mi marido paraba mucho en un bar de Lada que se llamaba Celsín y en el que también paraba el cura, don Román, que era amigo suyo y que por lo tanto sabía todo lo que había: quiénes éramos, qué pensabamos y todo. Cuando decidimos casarnos, mi marido fue a hablar con él para que nos casara, porque de aquella había que casarse por la Iglesia a la fuerza. Él nos dio un día para casarnos en la capilla en la que se hacía la fiesta que llamábamos de Los Piescos y nos mandó que bajásemos tal día a confesar y a comulgar. Mi marido le dijo: «Hombre, don Román, ¿cómo nos va a mandar usted a eso? Usted sabe bien quién es la que va a ser mi mujer… ¿No nos lo puede hacer todo el mismo día?». Él le respondió: «Ay, Braña, Braña… Bueno, anda, vamos a hacerlo todo el mismo día». El caso es que al final ni nos confesamos ni comulgamos, verás… El banquete de la boda lo hicimos en casa, porque teníamos una xatina que había parido una vaca de mi abuela y de la que mi tío Fidel siempre decía que nos la guardaba para mi marido y para mí por si llegábamos a casarnos, para que hiciéramos con ella la boda. Lo cumplimos, se mató la xata y el banquete lo hizo una vecina nuestra que no era cocinera, pero era muy curiosa en la cocina, y hacía buena repostería también. Hizo varias tartas y para que no estorbaran en la cocina las fue colocando en los escalones de una escalera que teníamos para subir al desván. Para el banquete fuimos a un bar con bolera que tenía una tía mía delante de casa nuestra y decoramos la bolera con bombillas y eso. Invitamos a la familia y a los amigos y el traje lo hice yo misma con un retal que había comprado y con la ayuda de una modista. Contaba ir sin mantilla, a pelo, pero entonces se llevaba mucho la mantilla y una que fue de madrina me llevó una y un rosario. Yo, por no hacerle un desprecio, le cogí aquello, pero llevar aquel rosario en la mano me sentaba como un tiro, porque yo no creía en nada de eso…

La parte peliculera de su boda empieza ahora.

Sí (risas). Nosotros de esto no nos enteramos hasta después: salía mi madre a buscar agua y de pronto empezaron a salir de la tená y de la cuadra un montón de guardias civiles que estaban allí escondidos. No dejaron a mi madre salir, cerraron la puerta y se pusieron a registrar toda la casa porque creían que mi padre iba a venir a la boda. Fíjate si eran tontos: ¿cómo iba a venir mi padre a mi boda? Subieron al desván pisándonos todas las tartas, bajaron a un cuarto que había abajo, levantaron unas tablas porque les sonaba hueco… Dejaron aquello hecho un cristo. Nosotros, ya te digo, no nos enteramos hasta que regresamos: estábamos ya en la capilla casándonos. El caso es que en esto empezamos a oír a la gente cuchichear fuera y de repente aparece la Guardia Civil allí. Yo no sé de dónde salieron tantos, fíu. Salieron como mosquitos. Había más guardias civiles allí que gente había cuando se hacía la fiesta de Los Piesgos. Estábamos copados, y al final no estuvimos ni cinco minutos en la capilla. Ni me confesé, ni comulgué, ni nada. Don Román fue a hablar con el mandamás pero el mandamás dijo lo que dice esta gente en esos casos: que ellos son unos mandaos.

¿Qué pasó después?

Bajamos a donde el banquete y allí lo que iba a ser comida fue comida, fue cena y fue desayuno. Sabíamos que estaban los guardias civiles escondidos por les tenaes y por todas partes, y en aquella época la gente tenía que tener miedo a la fuerza, pero no home no. Allí no marchó nadie. Hubo una juerga terrible: allí se cantaron cantares y se bailaron la conga, la raspa y de todo. Y todos diciendo: «Hala, hijos de puta, seguid ahí guardados, seguid, aguantad ahí».

Ellos no podían irse hasta que no se fueran ustedes por si de pronto aparecía su padre, claro.

Claro, claro. Pues así fue mi boda. Es una pena que no tuviéramos máquina para sacar foto. La verdad es que era para hacer una película.

Después de casarse se afilian los dos al partido comunista.

Bueno, afiliarnos no, porque el partido, antes de estar legalizado, no era como ahora. Yo no tuve mi primer carné hasta después de la legalización, cuando se hizo una entrega en la pista de Barros. Nos los fueron dando Vicente [Gutiérrez] Solís, Fausto [Sánchez] y todos ésos. Pero sí, después de la boda empezamos a militar más intensamente.

¿A qué mecanismos de funcionamiento obligaba a la clandestinidad?

Hombre, para empezar había cosas que sabías y cosas que no sabías, y cosas que sabías pero no se las podías contar a nadie. Cada uno hacía su trabajo y un camarada podía ser muy amigo tuyo pero no saber qué era lo que tú hacías, ni tú saber qué era lo que hacía él.

Para evitar delaciones en las caídas, imagino.

Claro, claro. Por las caídas. Uno no sabe lo que puede soltar cuando le torturan por mucho que se proponga no cantar. Tampoco se tomaban nunca apuntes en las reuniones: lo que te mandaban hacer tenías que memorizarlo. Las mujeres, cuando nos reuníamos, nos juntábamos cuando en casa de una, cuando en casa de otra, y poníamos una cafetera en la mesa aunque estuviera vacía, porque de aquella había mucha policía secreta y si ellos notaban algo te podían tirar la puerta abajo. No es como hoy, que vienen, pican a la puerta, les abres, te enseñan un justificante judicial y tú les dejas pasar. De aquella no se andaban con chiquitas. Así que cuando nos juntábamos poníamos la cafetera para que cuando entraran pudiéramos decir que aquello no era ninguna reunión subversiva, sino que nos habíamos juntado unas amigas a tomar café.

Niños mineros en L’Entregu (1945).

Todas a una, o todas o ninguna

En 1962 estalla la güelgona que la hará famosa. Comienza en el Pozo Nicolasa, en Mieres, pero no tarda en extenderse a la cuenca del Nalón. ¿En qué pozo trabajaba entonces su marido? ¿Qué necesidades concretas tenían allí?

Mi marido empezó a trabajar a los doce años en El Molinucu y después pasó para el Fondón. Allí fue primero picador y después vigilante primera, y después lo despidieron y lo metieron preso por luchar pos sus derechos y ya no volvió más a la mina. En cuanto a las necesidades, pues un poco las de todos los pozos. En aquella época la silicosis era una plaga: había chavales jóvenes como tú que ya estaban silicosos perdidos, porque trabajaban en unas condiciones pésimas. Mi marido se ponía la ropa de trabajo seca el lunes y después de lunes a sábado se la ponía pingando, porque no tenían ni calefacción, ni ropa de repuesto, ni nada. No tenían ni agua caliente. Ni cristales en la ducha tenían: en invierno se tenían que duchar con el agua fría y prácticamente al aire. Eran unas condiciones pésimas, ya te digo. Y trabajaban por cuatro perras, como está empezando a volver a trabajar la gente ahora.

¿Cuánto tardan las mujeres, desde que estalla la huelga, en entrar en acción?

Tardamos cosa de un mes, hasta que empezó a haber rumores de que había gente que ya no aguantaba más y pretendía volver a trabajar. No era de extrañar, ¿eh? Se pasaba muy mal. Se pasaba mal trabajando, así que imagínate no trabajando. Había familias con cuatro, cinco, seis hijos, y un mes sin cobrar era terrible. Era comprensible, pero nosotras entendíamos que aquel sacrificio no podía haber sido en vano; que no se podía volver a trabajar sin haber ganado nada y con las orejas gachas. No podíamos consentir que unos esquiroles arruinaran la lucha de todos, así que decidimos organizarnos.

¿Estaban todas las mujeres ya politizadas antes de comenzar la huelga, o hubo alguna que adquiriese conciencia de clase durante la propia huelga?

No, no, había muchas que eran mujeres, hijas o hermanas de mineros como nosotras pero no tenían ideología. La iniciativa la tomamos las mujeres del partido, que ya estábamos organizadas desde las huelgas de los cincuenta. Rápidamente nos pusimos a trabajar. Hoy es muy fácil organizarse: tiras de móvil y de Internet y lo haces, pero nosotras no teníamos nada de eso, así que lo que hacíamos era salir muy pronto por la mañana, echar el día yendo casa por casa y puerta por puerta y no volver hasta de noche. En el partido las mujeres ya habíamos decidido todo lo que íbamos a hacer: llevar maíz para echarlo delante de los esquiroles y llamarles gallinas, llevar también unos tochos por si alguno se nos enfrentaba y no permitir que nadie trabajara por la de buenas o por la de malas. Estábamos desesperadas y dispuestas a ir a por todas, pero teníamos que convencer a esas mujeres que no eran del partido. Lo hicimos como te dije: yendo puerta por puerta para decirles que los problemas eran de todos y que cuantas más mejor y pedirles que nos acompañaran a tornar esquiroles, pero explicándoles lo que había. Nosotras sabíamos que a alguna nos iban a detener, porque lo que íbamos a hacer era ilegal, pero teníamos la consigna de, si venía la policía a detenernos a alguna, juntarnos todas, abrazarnos, no soltarnos y gritar: «¡Todas a una, o todas o ninguna!».

¿Se mostraron reticentes aquellas mujeres cuando supieron el peligro que se corría por impedir a los esquiroles entrar a trabajar?

No, la verdad es que no. Todas estuvieron de acuerdo, y al día siguiente las que estábamos más metidas en el ajo nos levantamos muy pronto antes del primer relevo, a las cinco de la mañana, para ir otra vez puerta a puerta y comprobar si las mujeres estaban ya levantadas, porque teníamos miedo de que nos hubieran dicho que sí el día anterior porque no se atrevieran a decirnos que no pero luego no aparecieran con la disculpa de que se habían dormido. Pero no hubo problema: todas estaban en pie y preparadas.

Entonces se dirigieron hacia los pozos para tornar a los esquiroles.

Sí. Nos dividimos en grupos: unas, por ejemplo, nos apostamos en el cruce que hay antes de llegar al Fondón, del que sale una carretera que va al pozo y después a Les Teyeres y otra que va a Mieres; otro grupo se fue al Pozo María Luisa, otro se quedó en el paso a nivel de La Joécara, otro fue a El Molinucu… Después hicimos lo que habíamos acordado: en cuanto aparecieron los primeros esquiroles, empezamos a echarles maíz delante sin hablar nada. En donde yo estaba aparecieron cuatro. Uno de ellos era Saavedra, que era vigilante primera y amigo de mi marido y mío; salíamos juntos y todo. El pobre era muy buena gente, pero nos dijo que tenía que ir porque le habían obligado a hacer labores de mantenimiento en el pozo para que no se derrumbase. Nosotras le dijimos que ni pozu, ni hosties; que fuera de allí todos y que allí no pasaba nadie. Y no, la verdad es que no hizo falta darles mucha más explicación: rápidamente dieron la vuelta.

¿Conseguían espantar a todos los esquiroles? ¿Se les enfrentaba alguno?

Sí, sí, todos. Todos daban la vuelta, y ellos mismos daban la vuelta a los que encontraban más abajo. Les decían: «¡Nun dir, porque hai ellí un grupu de muyeres colos tochos!», y tal, y esos otros esquiroles daban la vuelta también. Y no se nos enfrentaba nadie, no. Ellos no iban a trabajar por gusto, sino porque se veían acorralados y no podían más, y a poco que los pincharan daban la vuelta. Eso era un alivio, porque nosotras tampoco teníamos ganas de liarnos a palos. Siempre dijimos que la lucha tenía que ser pacífica, porque no podíamos darle motivos al régimen para detenernos. Había que hacer manifestaciones, concentraciones, encierros y lo que fuera, pero pacíficamente. Si venía a por ti la policía como venía, con aquellos capotes y aquellos toletes, lo último que podías hacer era enfrentarte a ellos, porque entonces, aparte de llevar palos, acababas en una celda. Lo que había que hacer era echar a correr. Yo tengo subido escaleras corriendo con los guardias detrás, llegado al último piso, picado a la puerta y entrado. Ellos nos provocaban para que hubiera violencia y tener así excusa, pero nosotras teníamos claro que no podíamos entrar al trapo. Si entrabas al trapo, te metían presa y ya no hacías nada. Fuera de la cárcel haces más que dentro. La huelga duró tanto, y se consiguió lo que se consiguió, porque nos mantuvimos firmes.

¿Fueron a por ustedes las fuerzas del orden después de tornar a los esquiroles?

Sí. Allí en el Fondón había, donde ahora está el economato, una escombrera, las cuadras de las mulas —antes se trabajaba con mulas— y los barracones en los que vivían trabajadores presos a los que traían de otros lugares de España a trabajar en las minas. La policía nos escorrió hasta allí y entonces intentó detenernos a dos, pero hicimos lo que habíamos hablado: nos abrazamos, gritamos lo de «¡O todas o ninguna!» y conseguimos que no detuvieran a ninguna. Claro, lo que sí hicieron fue ficharnos, y los problemas vinieron después.

Alguna vez ha recordado a una mujer a la que llamaban La Caravana. ¿Quién era?

La Caravana, sí. La Caravana era una señora de ochenta años que tenía a dos hijos en huelga y que arrancó una pata de una banqueta por si tenía que defenderse y se vino con nosotros. Estaba dispuesta a todo, como nosotras.

El papel de las mujeres en la güelgona no fue sólo tornar esquiroles. También transmitir información y recabar la solidaridad de los pequeños comerciantes de la cuenca, imprescindible para sostener la huelga en el tiempo. ¿Cómo recuerda esa parte de su lucha?

Íbamos a los bares y a las tiendas a pedir comida, sí. Las mujeres del partido, que ya estábamos organizadas porque éramos conscientes de que teníamos que estarlo para lo que viniera, ya lo hacíamos antes de 1962, cuando las huelgas de los cincuenta, en las que ya hubo trabajadores detenidos y encarcelados y entre ellos mi marido, que estuvo en Burgos. Sólo pedíamos comida. No queríamos ni dinero, ni bebida: solamente queríamos comida. Nos organizábamos en parejas e íbamos chigre a chigre explicándole a la gente lo que estábamos haciendo y que nuestras reivindicaciones les beneficiaban a ellos también, porque si los trabajadores no tenían buenos sueldos o directamente eran detenidos no gastaban en el chigre y el chigre no ganaba. La verdad es que no había nadie que no te diera. Después, juntábamos la comida en mi casa y en la de otra mujer llamada Eufrasia [Albes] y la dividíamos de tal manera que una parte se repartiera por las casas para las mujeres de los detenidos y otra se metiera en paquetes para mandar a los presos a Oviedo, a Madrid, a Burgos… Las que iban a ver a los maridos se llevaban cada una un paquete y las que no podían ir porque no tenían con quién dejar a los hijos los enviaban por mensajería o dándole el recado a otra mujer que sí fuera a ir. Luego, en la huelga del 62 y después, lo seguimos haciendo así, ahora ya no sólo las mujeres del partido sino todas. También repartíamos propaganda que hacíamos nosotras mismas e informábamos a la gente. Aunque parezca mentira, había gente que no tenía ni idea de lo que estaba pasando, porque todo estaba censurado.

Los hombres se veían y se encontraban en los puestos de trabajo y en los bares, pero las mujeres estaban, en aquellos años de desigualdad oficializada, cada una en su casa. ¿Cuáles eran sus lugares de encuentro? ¿Cómo concertaban las citas? ¿Cómo se repartían el trabajo a realizar?

Pues como te contaba antes: con la boca y los pies, yendo de un sitio a otro a informar a todo el mundo. Llegamos a tener una organización bastante amplia: había una responsable en cada pueblo (en Mieres, en Sama, en La Nueva…) y tú ibas a tu responsable y esa responsable a otro lado y así. Hacíamos una asamblea grande cada mes. Era una cosa constante, constante, constante: no podías parar. Yo no entiendo cómo hace cuatro años, cuando hubo esas huelgas y esas manifestaciones (yo misma fui a Madrid en la marcha que se hizo), todo se pudo quedar en nada de esa manera. ¿Por qué no se siguió? ¿Por qué se tarda años en volver a hacer una huelga? [Anita da un puñetazo en la mesa] Nosotras éramos constantes, constantes, constantes. Todos los meses asamblea, todas las semanas movilización, pum, pum, y así durante años. No se podía parar.

¿Les daba directrices el Partido, o las mujeres hacían lo que consideraban de manera autónoma?

Nosotras no hacíamos nada sin consultar a la dirección, pero a ellos nunca les parecían mal las iniciativas que llevábamos. Siempre nos daban permiso y nos decían que todo lo que nosotras hiciéramos estaba bien.

¿Cómo compaginaban las mujeres llevar a cabo su parte de la lucha y ocuparse de las tareas domésticas y de crianza que entonces eran exclusivamente femeninas? ¿Las ayudaban sus maridos o sus hijos? ¿Cómo era llevar una casa en huelga y, por lo tanto, sin recursos para su sostenimiento?

Yo siempre digo que la lucha de la mujer era doble o incluso triple, porque había que ir a ver a los maridos presos, había que luchar en la calle y además había que mantener la casa y a los hijos. Yo trabajaba limpiando tres casas, y antes no era como ahora, que tienes una maquinaria y cosas modernas: se fregaba con estropajo y arena y de rodillas, dale que te dale. Al principio las rodillas te dolían, pero luego ya no, porque se te formaban callos. Yo, más tarde, entré a trabajar al bar Dionisio, en Sama, el mismo en el que había conocido a mi marido, enfrente de donde estaba el mercado de ganado y del teatro. Ya no existe. Existe la casa, pero el bar no. Bueno, pues trabajaba allí y después de salir echaba a andar por la carretera de Les Teyeres hasta el cuartelillo de la Guardia Civil, porque también limpiaba allí. Lo que es la necesidad, ¿eh, fíu? Había un salón que era mayor que esta casa, todo de madera, y yo iba allí a fregárselo, y después de eso marchaba con una bolsa de ropa de ellos a lavársela. Y no se la lavaba en casa, porque en casa no teníamos ni agua: la lavaba en un reguerín que llamábamos La Reguerona y que en invierno se congelaba. Se formaban unos calambros de miedo. Hasta eso cambió: ¡hoy ya no se ven! Tenías que llevar una piedra para romper los calambros y un caldero de agua caliente para ir derritiéndolos. Había veces que no sentías las manos de lo frías que las tenías por meterlas allí, pero tenías que hacerlo. Sin embargo, mira, hablan de la igualdad, y yo ya estoy fartuca de oír hablar de igualdad y de la unidad de los hombres y los mujeres y todo eso. En aquella época yo salía por un lado y mi marido por otro, cada uno a una reunión o a una movida, y el primero que llegaba a casa primero encendía la cocina y primero hacía la cena para los dos. ¿Cuántas veces venía primero él y cuando yo llegaba ya tenía la cocina encesa y la comida preparada? Y no es como ahora que tiras de un botonín, ¿eh? Antes las cocinas eran de carbón y tenías que encenderlas con leña, echar carbón y furruscar ahí, tira que te tira, hasta que se encendían. Lo fácil hubiera sido que mi marido dijera: «No, no, esto que lo haga Anita». Pero no: él llegaba y encendía la cocina y preparaba la cena. La igualdad es eso: entenderse.

Otra de las formas de movilización de las mujeres del 62 son encierros que casi siempre se llevan a cabo en iglesias. ¿Cómo recuerda el apoyo de una parte de la Iglesia a la huelga? ¿Era labor suya concitarlo?

Sí, igual que íbamos a los chigres y a las tiendas íbamos a ver a los curas a todas las parroquias para pedirles que, cuando dieran misa, hablaran algo de los mineros. También pedíamos perres: ahí sí pedíamos perres con las que pagábamos el transporte a las que iban a ver a sus maridos a Burgos o a donde fuera. Los curas respondían bien en general. Había de todo, unos más abiertos y otros menos, pero muchos sí colaboraron. Hablaban de los mineros en misa, que era muy importante para difundir lo que estábamos haciendo, y sí: nos dejaban las iglesias. De hecho, las asambleas la hacíamos en la casa del cura de L’Entregu. Nos juntábamos doscientas mujeres allí.

Llegan a hacer un encierro en la catedral de Oviedo.

Efectivamente. Eso lo planteamos las mujeres del partido en una asamblea. En las asambleas, cada mujer planteaba una iniciativa y luego se debatía qué iniciativa era mejor para ese momento. Un día alguien propuso ir a encerrarnos a la catedral, y todo el mundo estuvo de acuerdo. Queríamos que se enterara más gente de nuestra lucha; que no se enterase solamente la gente de este rincón sino que las noticias salieran fuera de Asturias y de España, y lo de la catedral nos parecía una buena manera de conseguirlo. Se dijo que con treinta o cuarenta que tuvieran con quien dejar a los hijos y fueran ya era bastante, que no hacía falta que fueran más para eso, y así se hizo, aunque si hubiera sido por ellas hubieran ido todas. Luego se fijó el día y la hora y se acordó cómo hacerlo: ir entrando de dos en dos a lo largo del día para no llamar la atención, porque si se daban cuenta te cerraban la puerta y ya no podías entrar; sentarse en los bancos y cuando diera la hora de cerrar decir que de allí no nos íbamos y por qué. También se habló de que iba a venir gente a provocarnos pero que teníamos que no hacer ningún caso ni chillar, porque eso era lo que ellos querían. La consigna era entrar, sentarse, quedarse sentadas sin hablar y aguantar allí el tiempo que hiciera falta.

¿Lo hicieron así?

Sí. Lo hicimos así y cuando dio la hora de cerrar la catedral, las ocho, vino el conserje a decirnos que teníamos que salir. Nosotros le explicamos que no íbamos a salir y que estábamos allí por esto, por esto y por esto, y entonces él nos dijo que claro, que él no era nadie, y llamó al obispo. Entonces vino el obispo, nos escuchó atentamente y luego trató de decirnos con palabrines d’estes buenes que aquel no era el sitio adecuado para eso, pero nosotras le replicamos que creíamos que sí lo era porque estábamos luchando por esto y por aquello y la policía no se atrevería a entrar a darnos palos allí. Se conoce que al obispo aquello le conmovió y entonces mandó al conserje que cerrara la puerta. Cerró la puerta y hay que decirlo todo: al día siguiente, la primera lata de leche caliente que tomamos nos la dio el obispo.

¿Qué tal durmieron en la catedral?

Pues como pudimos. Allí había un cuarto donde el obispo tenía la caldera y una pila de coque y unas dormimos allí, encima de la pila y al calor de la caldera, y otras en los bancos o sentadas donde pudieron.

¿Cómo fueron transcurriendo los días?

Todos los días discutíamos qué hacer al día siguiente. Se trataba de llamar toda la atención posible. Un día decidimos hacer unos carteles para que la gente que entraba —y cada día entraba más— se enterara de por qué estábamos allí. Hicimos unos carteles grandes de cartón en los que pusimos: «Libertad para todos los presos políticos y los deportados», y después todos los días salíamos por la mañana a sentarnos en los bancos con ellos para que la gente los leyera. Otro día, como teníamos previsto, vinieron efectivamente a provocarnos: recuerdo que entró una señora mayor y se puso a pincharme con un paraguas. Coincidió conmigo como podía haber coincidido con otra. Claro, la habían mandado a provocar. ¿Qué hice yo? No abrí la boca para nada, miré para ella abriendo mucho los ojos y me fui a sentar a otra parte de la catedral sin decir nada. En otra ocasión entró [Claudio] Ramos [Tejedor], el jefe de la policía, con otros tres y se pusieron a recorrer los pasillos desde la puerta hasta el altar llamándonos de todo menos guapes. Pero nosotras callamos la boca: no dimos ninguna contestación, y eso que con lo cabreadas que estábamos nos los hubiéramos comido entre todas si hubiéramos querido. Sabíamos que con eso no sacábamos nada; que si lo hacíamos llevábamos las de perder. Nosotras eso lo teníamos bien claro.

¿Cuándo concluyen el encierro?

Cuando consideramos que ya habíamos cumplido el objetivo que nos habíamos marcado, que era que la noticia de lo que estábamos haciendo saliera fuera de la cuenca minera. Cuando nos dijeron que se estaban haciendo huelgas de solidaridad en Bélgica, en Francia, etcétera, consideramos que el objetivo ya estaba cumplido y que ya no pintábamos nada allí.

Sin embargo, después de aquel encierro en la catedral hacen otro en el obispado.

Sí. Hicimos la misma operación, aunque allí nos costó mucho más trabajo entrar, porque la puerta estaba cerrada. Nos costó entrar, pero al final lo conseguimos. Nos poníamos en la plazoleta ésa que hay delante y cuando llegaba alguien a subirles la comida o lo que fuera entrábamos y subíamos por las escaleras para arriba. Aquello fue como pasar a un hotel de cuatro estrellas: había unas moquetas gordísimas y unos sillones comodísimos, y dormías donde te apetecía. Si querías estirar las piernas, dormías en el suelo la mar de a gusto, y si no dormías en los sillones. Allí estuvimos unos cuantos días también, y después salimos y volvimos otra vez a las asambleas. En una decidimos salir de la casa del cura de El Entrego, donde estábamos, e ir en manifestación hasta la Sindical de Sama. Lo hicimos así pero cuando llegamos a Ciañu, donde el paso a nivel, nos encontramos con aquello repleto de jeeps de la policía, aquellos verdes, y a los policías armados hasta los dientes, con aquellas metralletas que usaban. Llegamos a estar cara a cara con ellos, pero hicimos lo de siempre: dar la vuelta, porque ya no podíamos hacer más. Nuestro propósito era darle publicidad a la huelga, pero eso ya estaba conseguido. El trabajo ya estaba hecho y no valía de nada empezar a insultar a los policías para que nos detuvieran. Además, cuando te cogían, te cogían unos cuantos años, y donde hacíamos falta era en la calle al lado de nuestros maridos.

Alguna vez ha contado que tuvieron que donar a Cáritas un excedente de la comida y pertrechos que la gente les había donado para que resistieran el encierro. La solidaridad no sólo obrera, sino comarcal en general, fue copiosa y fundamental.

Sí, sí. De aquella había mucha solidaridad de las tiendas. Las tiendas te lo daban fiado. Yo nunca llevé una perra encima. Según mi marido cobraba el sobre, iba a la tienda con una libreta en la que había ido apuntado lo que debía, la de la tienda tenía otra, cotejábamos las dos y le pagaba lo que le debía. Luego iba al economato y lo mismo. Nunca veía les perres, yo. Y sí, cuando lo del encierro la gente empezó a llevarnos comida y más comida. Qué sé yo lo que nos trajeron: barras de chorizón, de salchichón, jamones… Cosas que no teníamos ni en casa. Hasta vinieron gaiteros y tamboriteros a tocar fuera para darnos ánimos. Después, cuando terminamos el encierro, decidimos darle lo que había sobrado a Cáritas. ¿Por qué se lo dimos a Cáritas haciéndonos falta a nosotros? Pues porque barajamos que no lo íbamos a repartir entre las cuarenta que estábamos dejando sin ello a las que estaban fuera y estaban por lo mismo que nosotros estábamos dentro. Para que no hubiera líos, se lo dimos todo a Cáritas.

Usted también formó parte de la comisión que se desplazó a Toledo para reunirse con el cardenal Tarancón. ¿Cómo y cuándo se concerta esa cita? ¿Qué le dicen a Tarancón? ¿Qué les dice Tarancón?

Eso fue antes de encerrarnos en las iglesias. Nos llevaron en coches: yo fui con otras tres en un coche con [José Manuel] Nebot, el fotógrafo de Oviedo, del que por cierto no sé qué será. No sé si me dijeron que tenía alzhéimer… ¿Murió?

No, no, vive aún. Está mayor y en silla de ruedas, pero vive aún, y está lúcido [falleció en octubre de 2017].

¡Ah! Me alegra oírlo, la verdad. Bueno, pues fuimos y pedimos audiencia con Tarancón. Y sí, nos recibió, pero esta gente ya sabes cómo funciona: te recibe y suelta unes palabrines mui buenes, pero hechos, pocos. Pero bueno, por lo menos se enteró de los problemas que había aquí en Asturias, que era a lo que íbamos: a que viera cómo estábamos y cómo encarcelaban y desterraban a nuestros maridos no por robar ni por matar sino por ser gente trabajadora normal y luchar por sus derechos. Pusimos todos nuestros problemas encima de la mesa y él nos escuchó, pero que yo sepa no hizo nada.

Orgullosas pelonas

Un buen día, a su marido y a usted les llega la notificación de que deben presentarse en la comisaría de Sama. ¿Cuáles fueron sus sensaciones al recibir aquella carta?

Sí. Un día por la mañana, ya pasadas las huelgas, vinieron y picaron a la puerta. Fue después de llegar el capitán de la Legión Antonio Caro Leiva, a quien mandaron de Melilla a instalarse aquí. Aquí, a casa, vinieron Pérez, Sevilla y otro al que llamaban Franco. Al parecer, Caro Leiva quería saber quiénes éramos los que ellos llamaban revoltosos. Cuando nos picaron, mi marido estaba justo saliendo a trabajar. Ya no trabajaba en la mina, porque lo habían despedido, sino en la Previsora Bilbaína. La policía nos dijo que nos teníamos que presentar en la comisaría de Sama, en la calle Dorado, donde la iglesia. Mi marido les dijo que estaba yendo a trabajar y ellos dijeron que no importaba que fuese a una hora o a otra, y a mí lo mismo. «Es sólo para haceros unas preguntas», nos dijeron, y mi marido fue a trabajar y cuando salió de trabajar fue para allá. Yo fui cuando me pareció: serían las doce de la mañana o así. Íbamos tranquilos, porque no nos habían cogido con nada, pensando que aquel hijo de puta sólo quería conocernos. El caso es que en cuanto llego allí, veo salir a una compañera que se llamaba Morita, y luego me meten en un calabozo y me encuentro con mi amiga Tina [Constantina Pérez].

¿Qué pasa después?

Espero, espero, espero, y nada. Por allí no aparece nadie. De repente, tengo el presentimiento de que mi marido está en la celda de al lado, y para comprobarlo doy unos golpes con el zapato en la pared. Él me responde dando golpes desde el otro lado, no sé si con el puño o qué, y yo me quedo más o menos tranquila, pero siguen pasando las horas y nadie va a vernos. Nosotras sólo vemos que cada poco viene alguien a mirar por el ventanuco con rejas que tiene la puerta de la celda; una puerta de ésas de chapa.

¿Cómo era la celda por dentro?

Había un banco de hormigón, un plato para hacer las necesidades y otro ventanuco también pequeño que daba a la calle. Eso era todo.

¿Cuándo entran finalmente a buscarlas para el interrogatorio?

A eso de las dos de la mañana, verás. Nosotras, en un momento dado, empezamos a oír ruido de abrir y cerrar cerrojos y gritos y golpes. Eso ya nos olió mal, y entonces yo volví a picar en la pared para ver si mi marido contestaba. Ya no contestó, y al no contestar nosotras dedujimos que aquellos golpes que oíamos eran golpes que les estaban dando a ellos. ¿Qué hicimos entonces? Yo, con toda la sangre fría de aquel momento, me puse en postura de pica la mula, Tina se puso encima de mí, abrió el ventanuco que daba a la calle y entonces empezamos las dos a dar gritos: «¡Criminales! ¡Asesinos!» y tal, y a dar golpes con el zapato en la puerta de chapa, para que lo oyera toda Sama. Entonces es cuando ya aparecen Caro Leiva, Pérez y otros dos. Entraron como lobos a por nosotras, y ya en la propia celda nos dieron los primeros puñetazos y las primeras patadas. Pero luego se llevaron sólo a Tina. Yo me quedé allí. Me vinieron a buscar luego, pero yo no me encontré con Tina porque la tenían guardada: la habían dejado hecha un cristo, con el pelo rapado y ensangrentada, y para que yo no la viera la guardaron.

¿Qué recuerda del interrogatorio subsiguiente?

Cuando llegué a la sala de interrogatorios me encontré con una serie de fotos puestas en una mesa. Me sentaron delante de ellas y me empezaron a preguntar si sabía quiénes eran las personas de las fotos. Me iban señalando cada foto, me preguntaban, yo decía que no sabía quién era el retratado y entonces me decían: «¿Cómo no le vas a conocer, hija de puta?», y me daban una hostia. Pasaban a la siguiente, me preguntaban, yo volvía a decir que no sabía quién era el de la foto, y pum, otra hostia y patadas y decirme que me iban a cortar el pelo. Yo ya estaba caliente por los puñetazos y en una de éstas, cuando me volvieron a decir que me iban a rapar, les dije: «Hacer lo que vos dé la gana, ya no me da más que hagáis uno o que hagáis otro». Y entonces me empezaron a cortar el pelo. Está mal que yo lo diga, pero yo, aunque tenía cara de fame, era alta y coqueta. Tenía una melena castaña muy larga y muy guapa. Y el cabo Pérez me la empezó a arrancar a tirones de navaja. Me cogían un mechón, tiraban de él y cada vez que hacían eso me levantaba de la silla, porque era como si me arrancaran la carne.

Según ha contado alguna vez, fingió estar embarazada para que Caro Leiva se apiadase de usted, pero la treta no surtió efecto.

Sí, me dio por decir que estaba embarazada cuando me estaban pegando. Era mentira, claro, pero se me ocurrió que a lo mejor eso los ablandaba. ¿Sabes qué me dijeron? «Un comunista menos».

También intentó ablandar a Caro Leiva preguntándole si no tenía madre. ¿Qué hizo Caro Leiva entonces?

Sí, también me dio por decirle que si tenía madre. Seguramente la tenía muerta o qué se yo, porque fue recordarle a la madre y ponerse furiosísimo. Agarró una piña de bronce que tenía de pisapapeles encima de la mesa, de esas gordas, y ¡ras!, me la lanzó a la cara. Menos mal que tuve reflejos y no me dio, que si me llega a dar tengo las marcas todavía.

Fotografía de Horacio Fernández Inguanzo en casa de Anita Sirgo.

¿Realmente no conocía a las personas que salían en las fotos que le mostraban?

¿Cómo no los iba a conocer? Mismamente Horacio [Fernández Inguanzo] había salido pocas horas antes de mi casa. Y por lo demás eran todo camaradas, gente que llevaba lo del Fondón, dirigentes… ¿Cómo no iba a conocer a Horacio, o a Víctor Bayón? ¿Cuántas veces durmió Horacio en mi casa? ¿Cuántas veces durmieron Mario Huerta, Ángel León…? Los conocía a todos, pero yo decía que no sabía nada, y que no, y que no, y que no.

¿Cómo se consigue no claudicar? ¿Las preparaban de alguna manera en el partido?

No, no. No hacía falta. Nosotros ya sabíamos perfectamente a lo que nos ateníamos. Unos aguantaban y otros no aguantaban, y no hay que criticarlo, porque la verdad es que te zurraban de una manera… Pero no nos preparaban. Ya nos preparábamos nosotros mismos.

De vuelta al calabozo tras ser torturada ve brevemente a su marido en la celda. ¿En qué estado lo encuentra?

Sí. Me dio por mirar y no le conocía. Tenía la cabeza hinchada y estaban todos los que estaban con él en la celda tirados por el suelo echando sangre. Había uno, Tonín Zapico, que estaba silicoso perdido, de primer grado, y echaba los pulmones por la boca. Mi marido estuvo siete meses echando sangre. ¡Siete meses! Echaba los hígados por la boca él también. De hecho, poco después de verle yo, lo echaron para casa con asistencia médica. Eso fue cosa del jefe de los municipales, un hombre que se llamaba Jesús y que era de derechas, pero fue muy buena persona con nosotros, hay que decirlo todo. Llegó por la mañana, se encontró con el pasillo de la comisaría llena de sangre de los camaradas interrogados y lo primero que hizo fue preguntarles a ellos y a nosotras que si necesitábamos algo. Nosotras le pedimos que se llevara la ropa que traíamos y que nos trajera otra y zapatillas. Queríamos que las camaradas que estaban luchando fuera por un lado y por otro, denunciando lo que estaban haciendo aquí con nosotros, vieran las chaquetas nuestras llenas de pelos y de sangre. El caso es que este Jesús hizo lo que le pedimos: se llevó la ropa, nos trajo otra y después, sin haber llegado a ponerse siquiera el uniforme, se fue directamente a Oviedo a denunciar ante Ramos lo que nos habían hecho, pero como iba vestido de paisano no le quisieron recibir. Entonces volvió a Sama, se puso la ropa de faena y volvió a Oviedo. Está muerto ya, y es una pena, porque fue muy bueno con nosotros.

¿Cuándo vuelve a ver a Tina?

Después del interrogatorio, en el calabozo. Ella también estaba hecha un cristo, más o menos como yo.

¿Eran las torturas que recibían las mujeres diferentes en alguna forma de las que recibían los hombres? ¿Había un ensañamiento especial? ¿Les aplicaban técnicas diferentes? ¿Había algún tipo de violencia sexual?

No, no. Sexual, nada. Por lo menos conmigo y con el resto de mujeres de nuestro grupo, cosas sexuales no hubo. Y tampoco había un ensañamiento especial. A los hombres les dieron a maza. Había más ensañamiento con ellos. A nosotras nos dieron patadas, nos dieron hostias y nos dieron de todo, pero a los hombres mucho más. Ya te digo que mi marido estuvo siete meses echando sangre por la boca. Les dieron a maza, pero ellos tampoco cantaron. Un día cogieron a tres o cuatro, los sacaron y se los llevaron como si los fueran a matar. Les hicieron pasar por la iglesia, que estaba allí al lado, y les dijeron que se arrodillaran. Se negaron y entonces se los llevaron a La Foyaca a un prau. Allí les tiraron tiros a los pies, sin llegar a darles, para amedrentarlos. Pero tampoco allí dijeron nada, así que volvieron a llevarlos a la celda. Imagínate los palos que les dieron después. Les dieron palos como para qué. Fíjate cómo era la cosa que cuando vimos a Caro Leiva al entrar en comisaría iba con un pantalón corto de deporte y una camisa blanca remangada, y cuando fue a buscarnos a nosotros tenía la camisa toda chiscá de sangre. Según me contaron después, el paraba mucho en una cafetería allí cerca, donde el teatro, y se había hecho con unos amigos con los que salía. Un día les contó todo orgulloso todo lo que había hecho y le dejaron de lado. Le dieron la espalda.

Se cuenta que Manuel Fraga se mofó de las torturas que sufrieron las mujeres del 62. ¿Fue así?

Fue así, fue así. Fue después de aquel escrito que ciento dos intelectuales le mandaron a Fraga cuando era ministro de Información y Turismo. Lo que hizo Fraga fue responderles en un periódico llamándoles qué se yo qué y haciendo el chiste de que lo que contaban era una «tomadura de pelo». Otros escribían: «Pelona sin pelo, ¿quién te lo peló?». Por supuesto ni Fraga ni nadie hizo nada, sólo negarlo todo, igual que niegan las cosas ahora.  ¡Si es que estamos otra vez en las mismas!

Cuando les permitieron salir de la comisaría, les dijeron que se taparan la cabeza con un pañuelo y ustedes se negaron.

Sí, sí. Nos dijeron que podíamos salir si nos poníamos una pañoleta para andar por la calle. Nosotras, tanto Tina como yo, nos negamos: dijimos que no teníamos por qué poner esa pañoleta, porque no nos avergonzábamos de nada. Entonces nos dijeron: «Bueno, pues no vais para casa, vais a Oviedo», y nosotras dijimos: «Bueno, pues vamos a Oviedo». Nos llevaron a donde estaba la policía armada, allí en Oviedo, y allí hicieron la misma operación que en Sama: nos metieron en una celda a las dos solas y después, de noche, que era cuando ellos tenían costumbre de sacar a la gente, a las dos de la mañana o así, nos hacían un interrogatorio. Nunca nos llevaban a las dos juntas: iba la una y luego iba la otra. Por allí andaba Ramos, que hacía de vaquero, porque tenía una mesa de poca altura y ponía los pies encima todo chulo, fumando. Él se hacía el bueno: nos decía que si queríamos tomar agua, que si necesitábamos algo. Nosotras decíamos que no teníamos gana de nada. Se hacía el bueno, pero después los que estaban mandados por él nos hacían el interrogatorio de la misma manera que en Sama: nos preguntaban quién era éste o aquel, nosotras decíamos que no lo sabíamos y entonces nos pegaban. Luego a mí me mandaron a la cárcel de Oviedo y a Tina a Gijón, y cuando nos creció un poco el pelo nos dejaron salir. Fue cosa de un mes lo que tardamos.

Después de salir de la cárcel de Oviedo y volver a Langreo cuentan a todo el mundo lo que les han hecho.

¡Buf! Fue un rosario de intelectuales lo que vino por casa a informarse. Fíjate si fue gorda la protesta que la noticia salió al extranjero. El capitán Caro llamó a los que le pareció para meterles miedo diciéndoles que si hablaban iba a ser peor. A mi marido y a mí no nos llamaron, pero sí que vinieron aquí dos que picaron a la puerta diciendo que venían en nombre del obispado de Oviedo. Yo dije: «¿Ah, sí? Pues van a enterarse ustedes», y les conté todo con pelos y señales, pim, pam, pim, pam, como te lo estoy contando a ti. Luego resultó que habían sido enviados por el capitán Caro. Lo supe porque mi marido, como estaba en la Previsora Bilbaína de inspector (está mal que yo lo diga, pero después de que salió de preso levantó la empresa él), viajaba de aquí para alla, y un día fue a Tuilla y al pasar por donde el cuartelillo que había allí le reconocieron, le llamaron y le amenazaron diciéndole que me iban a arrancar la lengua. Claro, Caro estaba enterado de que venía mucha gente aquí y quería saber qué les estaba yo contando. Yo nunca tuve problema en contarlo todo. También había veces que venían aquí a buscarnos por la noche, y a veces venían a por los dos pero a veces venían sólo a por mí, o sólo a por mi marido. Cuando venían solo a por mi marido, yo me agarraba a él y no me soltaba. Cuando lo montaban en la furgoneta o en el jeep, me agarraba a la puerta y o me cortaban las manos o me tenían que dejar pasar, e iba a rastro hasta un quiosco que hay, donde ya la furgoneta cogía velocidad y yo me soltaba. Después daba gritos para que se enterara todo el pueblo, y eso a ellos los volvía locos, porque ya venían a esas horas para que no se enterara nadie.

Su amiga Tina Pérez muere poco después, si no me equivoco, debido a las torturas sufridas.

Sí. La última vez que yo la vi fue en una concentración que hicimos en la Casa Sindical de Sama. Estuvo así de gente, y en un momento dado llegó la policía. Qué se yo la cantidad de policías que había: era exagerado. Habían traído batallones de no sé dónde, porque era exagerado. El caso es que ese día a mí me había dado por llevar un zapato viejo que tenía; uno que tenía el tacón gordo (yo tardé en llevar zapatos, pero cuando empecé a llevarlos andaba con zapatos de tacón gordo pero bastante altos). Al salir de casa, me dije: «Me cago en Cristo verde, ya estoy harta de llevar toletazos. Hoy yo voy a llevarlos pero ellos van a llevar alguno también», y me llevé ese zapato en una bolsa. En un momento dado, cuando estábamos en la parte de arriba de la Casa Sindical, entraron a por nosotras. Unos subieron arriba a darnos y otros se quedaron en cada descansillo con el tolete en la mano para darnos según bajábamos. En una de ésas yo caí escaleras abajo: bajé unos cuantos escalones dando vueltas y se me cayó la bolsa con el zapato. Yo me levanté como un rayo, agarré la bolsa con el zapato, se la lancé al policía que corría detrás de mí y eché a correr. Eché a correr para que no me cogieran, porque yo aquel día tenía que salir hacia París para hacer un trabajo para el partido. Tenía ya el billete y el pasaporte y tenía que salir aquella noche a las once en el tren, así que no podía quedarme. A Tina la acorralaron y la cogieron allí también, y yo, si no hubiera tenido que irme a París, me hubiese metido allí para que nos llevaran a las dos, pero lo que hice fue escapar y correr a esconderme en casa de una amiga que vivía en Sama y a la que iban a pasar a buscarme para llevarme al tren. Me fueron a buscar y me llevaron no a Oviedo, sino a Puente los Fierros, y allí monté en el tren. Cuando fueron a buscarme, yo ya no estaba en casa, y al día siguiente, cuando fueron por la mañana otra vez, ya había pasado la frontera.

Y no volvió a ver a Tina.

No. Cuando murió estaba en París. Estuve dos años allí, porque estaba la cosa fea y el partido no me dejó. Había anuncios con mi foto y mis características —la altura y todo eso— reclamándome por rebelde y si me pescaban podían caerme unos cuantos años, así que el partido me dijo que era mejor que no viniera. Al final estuve dos años sin venir. Luego me enteré de que mujer que detenían, mujer a la que le probaban mi zapato para ver si le encajaba. Lo llamaban el zapato de Cenicienta. Yo calzaba un 42, así que no le valía a nadie. Cuando, hace unos años, hicieron un cortometraje sobre mí, le pusieron de título A golpe de tacón por esa historia y por la del calabozo, cuando piqué en la pared con el zapato para comprobar si estaba mi marido.

¿Cómo recuerda aquellos dos años en París? ¿Qué hizo allí?

Estuve quedándome en varias casas: estuve hasta en la de Santiago Carrillo con él y con Carmen, su mujer. También estuve en la de [Marcelino] Camacho. Otras veces me quedaba en casa de camaradas franceses y para mí era como estar presa, porque ellos se iban a trabajar y no venía hasta de noche y cuando volvían no les entendía el habla, así que me pasaba los días sola sin hacer nada. Tampoco podía salir mucho, por si me pillaban con el pasaporte falso y me deportaban: sólo alguna vez que venía Horacio me llevaban a algún sitio. Lo que sí saqué bueno de esos dos años fue que otra camarada me enseñó a leer y a escribir. Yo no había ido a la escuela, así que no sabía, y ella me enseñaba y me ponía dictados. En otra ocasión fui a un congreso del partido a las afueras de París y hablé ante la gente que estaba allí de lo que habíamos hecho las mujeres de los mineros. Después de eso me nombraron para el Comité Central. Yo no iba en ninguna lista —ya sabes que para que te nombren a una cosa de ésas vas en una lista y luego la gente vota—, pero después de oírme la gente me nombró por unanimidad. Otra vez fui a Berlín a otro congreso y allí conocí a [Enrique] Líster, a [Juan] Modesto y a todos ésos, y di otra charla para las mujeres del partido. De todas formas, yo lo pasé muy mal aquellos dos años, porque había dejado a mis hijos y a mi marido aquí. Mi marido iba a verme dos veces al año, cuando podía, porque tampoco por dinero podía ir mucho, pero el resto del año era estar allí sin hacer nada, yendo de un lado a otro con el nombre falso y temiendo que en cualquier momento la policía me pidiera el carné y me pillara. Antes, cuando ibas en el tren, a cada poco tenías a la policía pidiéndote el carné, y siempre que venían yo pensaba: «Ya está, aquí caigo». Tuve suerte de que no.

¿Cuándo y por qué volvió a España?

A los dos años, cuando le planteé al partido que quería venir bajo mi responsabilidad. Ya no aguantaba más y les pedí que lo estudiaran. De aquélla estaba en el partido [José Ramón] Herrero Merediz, el abogado, y él estudió aquello y al final me dijo que sí, que viniera. Vine y cuando llegué a Oviedo estaba ya él esperándome. Me llevó al Colegio de Abogados y me explicó lo que iba a pasar. Después me fui a casa. Yo no estaba reclamada por lo civil, sino por lo militar, así que unos días después tuve que madrugar e ir a Oviedo a presentarme ante los militares. Yo llevé ropa y zapatillas porque ya sabía que de allí iba a la cárcel y que estaría más o menos tiempo, pero que en la cárcel iba a caer. De allí, efectivamente, fui a la cárcel de Oviedo, pero yo estaba loca de contenta, porque aunque me cayeron tres meses por rebelión y cien mil pesetas de multa que no quise pagar y que hizo que me añadieran un mes, yo sabía que era aguantar allí cuatro meses y después ser libre para irme a mi casa. En París era un no saber cuánto iba a durar aquello. Además, en Oviedo ya no me pegaron ni nada. Me cacheó una funcionaria de arriba abajo al entrar, pero nada más.

De los nombres de las mujeres de las huelgas de los sesenta la historia recuerda, sobre todo, el suyo y el de Constantina Pérez. ¿A qué otras mujeres de aquella década y de aquellas luchas deberíamos recordar también?

Éramos muchas… Ya murieron casi todas: es una pena. Yo no suelo nombrar a ninguna de las que viven, porque a lo mejor no les gusta. Hay muchas que no se atreven a contar la historia. Se conoce que, como se pasó tan mal, tienen miedo de que vuelva otra vez la cosa y vayan a por ellas. Yo creo que son prejuicios tontos, porque la historia hay que contarla, no hay que olvidarla. Pero ye así, fíu. Yo sólo tengo permiso para nombrar a Tina porque me lo dio su hija, que para mí es como una hija mía más, a Eufrasia, que vive en Gijón y no tiene problema en hablar, y a las que murieron: Virtudes, Amelia, Encarna, Líber, que no murió pero ya tiene casi noventa y según me cuentan está la pobre un poco chiflaína ya… Hay muchas. Estábamos muy unidas y dimos la cara. Y la dimos todas. A mí me da mucha rabia cuando se hacen estos documentales sobre la lucha y los compañeros sólo hablan de ellos y de los que hicieron ellos. Nunca nombran a las mujeres, y yo siempre digo que la lucha fue de hombres y de mujeres, de mujeres y de hombres. Ellos no lo podían hacer solos y nosotras no lo podíamos hacer solas.

Banderas desplegadas

¿Dónde la encuentra la muerte de Franco? ¿La celebró? ¿Qué sintió con la de Fraga?

Me pillo aquí, y vaya si lo celebramos. Teníamos una radio pequeña aquí colgada, con La Pirenaica puesta, y la escuchábamos con el volumen muy bajo y la oreja pegada para que no te pillaran. Cuando lo anunciaron empezamos todos a saltar de alegría. Yo tengo que decir una cosa: tuve mucha suerte con mis vecinos. Mucha suerte. Eran y son unos vecinos buenísimos, que me aprecian mucho y que me ayudaron mucho. Aquí entraba gente de todo tipo, aquí entró la máquina de hacer la propaganda, aquí entraba y salía Horacio y nunca me pusieron ningún problema. Y de Fraga, pues, ¿qué te voy a decir? ¿Cómo no lo iba a celebrar? Es triste decirlo, porque no se puede alegrar uno de la muerte de nadie, pero fíu, me alegré, claro que me alegré, igual que me alegré de la de Franco. Con todo lo que pasamos, ¿cómo no nos ibamos a alegrar de que a ellos les tocara algo malo también? No iba a ser todo lo malo para nosotros.

Mencionaba hace un momento a Horacio Fernández Inguanzo. Yo no sé cuántos jóvenes, y no tan jóvenes, saben hoy quién era El Paisano y cuánto le deben.

¡Uf! A Horacio, el pobre, tendrían que hacerle un monumento, pero las cosas se olvidan. Hace poco le puso la agrupación de Izquierda Unida de allá una placa en Llanes, y yo fui a colocarla. Lo de aquellos hombres, verlos luchar, verlos creerse la lucha, era una cosa increíble. Horacio se ponía una gabardina de papel, porque era casi de papel de fina que era, se metía un chorizo en un bolso y echaba a andar desde Oviedo hasta aquí, y cuando llegaba aquí en invierno llegaba con aquella gabardina chorreando y sin paraguas. Yo lo metía en la habitación, le ponía ropa de mi marido y le secaba la suya con la cocina de carbón para que se la pusiera otra vez. Pero no era sólo Horacio. Huerta iba de aquí para allá con un saco que era su maleta y en el que llevaba su ropa y dormía poles tenaes. Lo de aquellos hombres era increíble. Increíble. Creían en la lucha y en lo que hacían y la democracia la trajeron ellos, no la trajo Suárez, ni el Rey, ni no sé quién en un despacho. ¡Fue porque los obligamos! [Anita alza la voz y da golpes fuertes en la mesa con los nudillos] ¡La trajimos nosotros! ¡La democracia se trajo en la calle! Yo me pongo mala cuando oigo decir que la democracia la trajo Suárez. ¡Es mentira! ¡La democracia la trajo Horacio, y la trajimos las mujeres, y la trajo la gente luchando en la calle, y lo pagamos muy duro, porque lo pagamos muy duro, y estaban las cárceles llenas de maridos nuestros por luchar, y nos dieron palos, y nos cortaron el pelo, pero lo conseguimos! ¡La democracia no nos la regaló nadie, la trajimos nosotros con nuestro sacrificio!

¿Cómo recuerda la legalización del PCE en 1977?

¡Buf, una fiesta…! Nosotros, de aquella, teníamos asociaciones de vecinos que utilizábamos para hacer reuniones y el trabajo del partido. En la de Lada habíamos puesto un bar para recaudar dinero. Yo llevaba tortillas y callos de mi casa, sin cobrar nada, para poner unos pinchinos por la mañana y sacar para pagar la renta. Y cuando se legalizó el partido estábamos en la de Sama, en la calle La Nalona, haciendo una espicha. Estando allí nos dijeron que se había legalizado el partido, y entonces cerramos el local y todos los camaradas salieron con las banderas y los coches a anunciarlo por todo Langreo. Y luego, cuando las elecciones, Dolores [Ibárruri] comió aquí, en esta casa.

¿Ah, sí?

Sí, sí. Dolores primero fue a Avilés, que estaba aquello, ¡buf!, a reventar, y luego fue cuando vino aquí, al Ganzábal. Entonces yo puse aquí la comida para todo el Comité Central. Cuando salieron del Ganzábal, vinieron a comer aquí y les puse yo la comida en un tablero con unos caballetes, porque ya ves como es esta casa. Cuando las huelgas, la policía decía por ahí que nos mandaban dinero de Moscú y que teníamos chalés en no sé dónde, era la táctica de ellos, pero ya ves dónde vivo yo. Tanto como meten a los bolsos hoy, yo nunca metí nada: todo lo contrario, siempre saqué (risas). Y no me importa, porque yo no soy nada materialista. Yo no tengo nada, pero soy feliz en esta casa. Bueno, pues vino Dolores y vino Vicente [Álvarez] Areces, que entonces era del partido comunista, y vino el hermano, que es catedrático o no sé qué, y vino Herrero Merediz, el abogado, que luego también se pasó al PSOE… En fin, ¿qué te voy a contar? Estuvieron todos aquí comiendo, y estaba esta barriada de bote en bote. Teníamos a uno en la puerta del portal para que no pasara la gente, pero como la gente sabía que venía Dolores y querían verla en persona estaban las calles llenas de coches y todas las ventanas con mujeres asomadas.

¿Cómo han sido para usted estos años de militancia ya democrática?

Pues mira, yo estuve veintitrés años yendo a Madrid a poner la fabada en el stand de Asturias en la fiesta de la Casa de Campo. Veintitrés años seguidos sin ver la fiesta. Solamente salí un día y casi me pierdo. En los primeros años, sobre todo, aquello era una exageración. Y era una exageración lo que se vendía: llevábamos siete sacos de fabes, dos camiones de sidra, un camión de embutido y no quedaba nada. La cola para comer fabada era descomunal. La gente comía fabada a las cuatro de la mañana, y comía bocadillos de morcilla y de torreznos de panceta. Yo en la vida vi cosa igual. Hubo veces de tener que pedir que trajeran más sidra porque ya no teníamos. Y eso que lo aprovechábamos todo: llevábamos lacones y yo echaba los tucos a les fabes, pero lo otro lo cocía y hacía bocadillos con ello. Se vendía todo, todo, todo. Una vez sólo me quedaba una panceta y me dio por preguntar a la gente que había allí si les gustaba el tocino. Hice bocadillos de tocino y se acabaron en un minuto. Venían de Francia y de todas las nacionalidades a poner un stand en la Casa de Campo y antes de empezar la fiesta, cuando lo estábamos montando todo, en cuanto se enteraban de que ya estábamos los asturianos por allí venían a ver si les dábamos comida. Yo daba veinticinco comidas todos los días antes de empezar la fiesta. Ponía, en aquella cocina industrial, una pota de fabes y otra de patatas guisadas con bacalao y venga a dar comidas. Había veces que cuando empezaba la fiesta ya teníamos todos los gastos cubiertos, y eso que había que pagar mucho al Ayuntamiento de Madrid, ¿eh? No creas que el pabellón nos lo regalaban. Hasta tres millones de pesetas llegábamos a pagar. Los camaradas, esos días antes de empezar la fiesta, salían con la furgoneta a buscar madera por el campo para hacer bancos y tableros, porque cuanto más hacías tú menos alquilabas y menos gastabas. Y hacíamos todo eso sin cobrar una perrina, ¿eh? Todo lo que ganábamos era para el partido. Estamos como para que vengan otros a darnos lecciones, los comunistas. Nosotros íbamos a trabajar a las espichas que montábamos, como la que hacíamos todos los años en la fiesta de Santiago de Sama, y pagábamos cada botella de sidra y cada pincho que tomábamos. Todo lo que vendíamos, que mala cuenta tiene, era para el partido, porque ésa era la única fábrica que teníamos para mantener el partido, y había que aprovechar cada peseta. Eso hoy no lo hacen, hombre.

¿Cuándo murió su marido?

En el 80, de un accidente de coche. Tenía 58 años.

¿Qué piensa de la Transición y de la democracia que vino después? ¿Qué sintió cuando vio que el PSOE se hacía con la hegemonía indiscutible de la izquierda y el PCE quedaba relegado?

Me dolió mucho. Me dolió mucho, porque los que habíamos estado luchando en la calle y en las cárceles habíamos sido los comunistas. Sólo los comunistas. Habría otros con otras ideologías, pero no se declaraban tal ni cual y yo no los vi por ningún sitio cuando luchábamos. No los veía por ningún lado, fíu. Luego sí, sacamos nosotros 23 escaños, sacó el PSOE ciento y pico y empezaron a salir socialistas como mosquitos. ¿Dónde estaban antes? Yo, socialistas, sólo conocía a uno: Avelino Pérez, que era de Sama y que sí que fue un luchador que llevó más palos que qué y que cruzó el Nalón nadando para escapar de los policías una vez que lo fueron a buscar. Estaba él y estaba otro del que ya no recuerdo el nombre. Por lo demás yo no vi a ningún socialista por allí, fíu. Y que luego a ti que estuviste en la lucha y que te dejaste la piel y que llevaste palos la gente no te lo valore y vote a los otros… Me dolió mucho, pero bueno, la vida es así, qué le vas a hacer. Y luego dices de la democracia. Yo no la llamo democracia: la llamo minidemocracia. La democracia plena nunca la tuvimos. Sí, con la democracia pudimos hablar. Antes no podías hablar, y los mismos periodistas no contaban lo que pasaba porque los pobres trabajadores no se atrevían, porque había una censura tremenda. Si tú pescabas una noticia en la calle e ibas al periódico a publicarla, no te la publicaban. ¿Era culpa del trabajador? No, era culpa de la censura que había. Ahora se puede hablar. Pero como no andemos un poco listos volvemos otra vez a la misma. Nos lo quieren quitar todo, nos lo quieren censurar todo y no vamos a tener libertad ninguna como no luchemos por mantenerla.

Es una de las firmantes de la causa contra los crímenes del franquismo que investiga la juez argentina María Servini. ¿Tiene alguna esperanza con respecto a que esos crímenes sean por fin juzgados?

Yo fui una de las que fue a presentar la querella a Madrid a la embajada de Argentina, sí. Yo denuncié lo de cuando me cortaron el pelo y los palos que nos dieron pero también lo de mi tío y todo eso. ¿Esperanza? Bueno, tengo esperanza porque de hecho ya llamaron a alguno a declarar, y alguna fosa ya levantaron, pero claro, eso lleva un tiempo. Va muy lento, y yo ya tengo muchos años, y por muchos más que dure yo no sé si esto lo voy a llegar a ver. Y es triste, porque tuvimos un Gobierno de izquierdas muchos años y no hizo nada por esto. Tuvimos un Gobierno socialista y no hizo nada, y ahora tenemos que ir a pedir justicia a Argentina. Y somos muchísimos, ¿eh? Yo fui en una tanda de siete y después fueron otros siete y así. Somos muchos, y es muy triste que tengamos que ir a Argentina a que nos escuchen. Ahora me parece que están moviéndolo y tal: ayer oía a este Pedro Sánchez reivindicar algo de la memoria histórica. Pero claro, gobernaron veinte años y no hicieron nada.

¿Por qué hay que luchar hoy? ¿A quién hay que llamar gallina hoy?

Por todo. Tenemos que empezar otra vez de cero. Es triste decirlo, y a mí la verdad es que me da pena, porque el esfuerzo que hicimos los hombres y las mujeres para conseguir todo lo que conseguimos fue enorme, pero es así. Estamos perdiendo todo lo que conseguimos, y lo estamos perdiendo por dejar de luchar. Como no nos pongamos de uñas volvemos otra vez a lo de antes. Ya nos están empezando a quitar el derecho a manifestación, y eso no se puede consentir, porque la fuerza está en la calle y las cosas que se consiguieron se consiguieron en la calle, no en los despachos. Lo de los despachos es importante, y hay que estar ahí también, pero donde hay que estar sobre todo es fuera. Pacíficamente, insisto, porque que seamos violentos es lo que quieren ellos y si no provocamos nos provocan ellos, pero hay que estar en la calle y en la lucha. Para mí hay tres cosas que son fundamentales y que son válidas para hoy: la primera, creerte aquello por lo que estás luchando; la segunda, tener organización; y la tercera, unidad. Si tienes esas tres cosas, tardarás en conseguir aquello que te propongas, pero lo conseguirás. Nosotras siempre las tuvimos, y por eso conseguimos lo que conseguimos. Yo sabía cuándo salía de casa, pero no sabía cuándo volvería a entrar, y me daba igual, porque creía en lo que estaba haciendo. No me obligaba nadie, pero lo hacía.Hoy yo veo que no hay ni organización, ni unidad, ni se cree en la lucha, y que se lucha más por el poder que por los derechos de los trabajadores. Así no se va a ninguna parte. Esto se ve bien en esas huelgas y esas manifestaciones que hubo hace cuatro años. Yo fui a todas las manifestaciones que hubo y hasta a Madrid. Se hizo de todo, se luchó y de repente se paró. ¿Por qué se paró? ¿Y por qué se tarda años en volver a hacer otra movida? [Puñetazo en la mesa] Nosotros éramos constantes, constantes, constantes. ¿Por qué hoy hay ese pasotismo? ¿Por qué nos quedamos en casa? Cuando hay un problema hay que luchar, y hay que seguir luchando, y si no es dos veces al mes que sea una vez al mes, y si no una cada dos meses, pero hay que tener constancia y regularidad. La gente está muy acomodada. Yo me acuerdo de que antes las asambleas de trabajadores se hacían delante de los pozos. Me acuerdo de [Manuel] Nevado [Madrid] y otros como Nevado subiéndose a un tablón, allí en María Luisa, en la boca de la mina y hablando a los que estábamos allí. Las asambleas se hacían así. Hoy se hacen en unas salas muy guapas y muy cómodas, pero a mí eso no me gusta. Es mejor hacerlo fuera.

Tiene una calle en Gijón. ¿Qué se siente cuando le ponen el nombre de uno a una calle?

Tengo una calle en Gijón, sí. En La Camocha. Bueno, yo no: la calle está dedicada a mí y a Tina. Fue cuando estaba Areces de alcalde, pero a propuesta de Izquierda Unida. ¿Que qué sentí? Hombre, yo pienso que sí que lo merecía, y me hizo mucha ilusión que se acordaran de mí, pero otras mujeres también lo merecen, porque no fui yo sola. Yo siempre digo que esa calle no es ni de Tina ni mía, sino de todas las mujeres que estuvimos en la lucha. Pero bueno, te hace ilusión, claro. También me hicieron un homenaje en Langreo ahí arriba, en el Hotel Las Nieves, y está mal que lo diga yo, no entraba la gente de tanta que había. Éramos quinientas personas, y eso que cada una pagaba su cubierto. Hasta el último día estuvo llamando gente que quería ir. Tuvieron que abrir dos salones de tanta gente como había. Esas cosas hacen ilusión.


Pablo Batalla Cueto (Gijón, Asturias, 1987) es licenciado en historia y máster en gestión del patrimonio histórico-artístico por la Universidad de Salamanca, pero ha venido desempeñándose como periodista y corrector de estilo. Ha sido o es colaborador de los periódicos y revistas Asturias24, La Voz de Asturias, Atlántica XXII, NevilleCrítica.cl y La Soga; dirige desde 2013 A Quemarropa, periódico oficial de la Semana Negra de Gijón, y desde 2018 es coordinador de EL CUADERNO. En 2017 publicó su primer libro: Si cantara el gallo rojo: biografía social de Jesús Montes Estrada, ‘Churruca’.

2 comments on “Entrevista a Anita Sirgo

  1. Bravo, te felicito, Pablo. Pedazo de entrevista. Ana, increíble. Te he leído todo el rato con lágrimas de rabia y orgullo. Totalmente de acuerdo, nadie mueve nada ahora. He participado en protestas de más joven y estado en la formacion de grupos apolíticos para protestar y al final todo se desvanece y las reuniones desaparecen. Me has devuelto las fuerzas y la esperanza. Gracias. Por todo.

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  2. Karina Sanchez

    Pablo, felicitaciones por tan maravillosa entrevista, llena de convicción, de coherencia. Muestra el ejemplo de una MUJER (si, con mayúsculas) luchadora, llena de fuerza, que llevo sus ideales a la realidad y la lucha, logrando sus objetivos. Esta entrevista debería servir de ejemplo para muchas mujeres y hombres que hoy se rinden ante los abusos laborales.
    Es gente así que hace falta en la vida política.

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