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Garras de la fortuna

/ una reseña de Lorenzo Luengo /

Es singular el caso de Marjorie Eljach. Esta especialista en el género fantástico, profunda conocedora de esas narrativas que ponen en pie sus entresijos en el lado oscuro de la conciencia humana —allí donde brilla la cara oculta de nuestras lunas secretas—, se inició en la novela con el relato encantador de una niñita cuyo mundo particular parecía moldeado con la arcilla del realismo mágico, una especie de hija no reconocida de Juan Rulfo y María Luisa Bombal, y apadrinada por todos los fantasmas de Comala. Su historia poseía una ternura a la que revestía muy bien el aspecto mágico del relato, sin que esa magia pesase como un añadido colocado en sus recovecos para compensar el desequilibrio de un mundo tristemente desencantado; al contrario, la ternura era precisamente el elemento mágico, y bastaba la mirada de la pequeña Elisa para desempolvar la realidad de sus sustancias anodinas. No era una fábula deliberada, sino un destino hacia la fábula, y no era un cuento de hadas, sino un cuento en el que las hadas se tomaban la libertad de posarse y observar. Sus intervenciones eran por persona interpuesta: esa niña que influía en el mundo como sin darse cuenta, a la manera de un espejo que desviara sobre los contornos grises una luz misteriosa pero llena de color.

Sin embargo, su siguiente novela, Diosa Fortuna, traza un camino de lo fantástico muy distinto, y ahí radica su singularidad. Naturalmente, no es la primera vez que un autor sigue las señales opuestas de su brújula personal y desconcierta a sus lectores con lo que se ha dado en llamar versatilidad, casi siempre una máscara filistea para ese tipo de literatura (en el sentido lato de «texto impreso»), pensada con la calculadora de los beneficios económicos a mano. Este no es el caso de Marjorie Eljach, que desde su primera novela ha dejado ver un mundo personal que no se ciñe —más bien al contrario— a criterios de mercado. La singularidad radica en la torsión aplicada sobre el tono, ese proceso por el que la voz ha sido sometida al potro de torturas, pero el hecho de que la ternura de aquel primer libro se convierta aquí en su opuesto no se limita a singularizar a la autora sino que permite apreciar además una muy interesante polaridad todavía en busca de su centro. Y por cierto: cuando hablo de «potro de torturas» no me refiero a ningún posible padecimiento a sufrir por el lector. Hablo más bien de una serie de desgarros en el tejido de la voz narrativa que dejan entrar por las brechas regueros de oscuridad, cosas no abiertamente enunciadas pero que nos afectan de un modo sigiloso a través de la (oscura) sugerencia.

Diosa Fortuna es un despliegue de fantasmas, algunos de ellos humanos. Es la vieja historia de la riqueza súbitamente adquirida y el vértigo que se abre ante el prodigio (también con su cara oculta) de los deseos inesperadamente cumplidos. La extraña consecuencia de ese cumplimiento que Marjorie Eljach explora en su novela es quizá la menos transitada por otros autores, lo que puede ser la prueba de una franca intuición narrativa y por tanto de una originalidad a la altura de la tonalidad versátil: dicha consecuencia es la transformación en otro, una identidad nueva de la que se esperan, cuando menos, actos a la medida de esa riqueza ganada a la mano del destino. En un pasaje de la novela, la transformación (tema constante, sin duda, en los relatos fantásticos desde más allá de las fábulas griegas) es descrita como un correlato del deseo, una continuación de las aspiraciones secretas del sujeto al que ha tocado la varita de la fortuna por otros medios. O dicho de otro modo: si el deseo de la riqueza conlleva su cumplimiento, la marca acuñada a todo acto posterior habrá de ser el del deseo que aspira a su satisfacción. Lo que nace en el deseo ya no puede dejar de lado el peligro y la amenaza de nuevos deseos por cumplir. Marjorie Eljach lo expresa fácilmente al poner ante el espejo a uno de sus dos protagonistas principales:

«Aquella situación representaba un problema, nada que no tuviera una solución, pero en tal caso no podría resolverse inmediatamente. Su cerebro habría de acostumbrarse a reaccionar ante un nuevo nombre y, al mismo tiempo, trabajar para reconocerse en su nuevo aspecto. O tal vez no era necesario esforzarse tanto, su cambio era voluntario y no motivado por un peligro inminente. Partía del deseo de ser otro, el otro que siempre había querido ser. ¿Cómo sería ese otro? Se sentó en el borde de la cama e intentó recapitular acerca de aquel viejo anhelo y se dio cuenta de que, si bien había querido ser otro desde siempre, jamás se había detenido a pensar cómo sería ese hombre. ¿Cuáles serían sus gustos, sus pasiones y sus hábitos? ¿Cómo se comportaría en circunstancias agradables y en momentos de crisis? ¿Qué tipo de gustos tenía y con qué clase de personas se relacionaría?

Una vida entera de esfuerzos por disimular sus miedos le había impedido pensar en el hombre que le habría gustado ser».

El problema que la novela aborda en sus misteriosos interlineados es el de la naturaleza del deseo que trata de satisfacerse desde la perspectiva del otro, el yo que desconocía su existencia, pero que habitaba como una serpiente larvada el inconsciente de un (des)afortunado deseante. Eso implica el surgimiento inevitable en el horizonte de sucesos de la novela de otro juego de espejos extraído del paisaje de lo fantástico: la trama del doble, y, por necesidad, de la doble vida, más a la manera del «William Wilson» de Poe que del Jekyll/Hyde de Stevenson, pues en Diosa Fortuna cualquier duplicidad es síntoma de una fantasmagoría, de una proyección del inconsciente. Y si el inconsciente es el cuarto de los trastos de nuestras obsesiones y de nuestros traumas, escondite de un retrato personal que se agrieta progresivamente en virtud de los actos que llevamos a cabo en la superficie de la realidad, podemos imaginar qué clase de pesadillas envolverán a quienes deciden proyectarse en la pantalla del mundo como ese yo/otro que ha ido creciendo sin ser visto en su interior.

Marjorie Eljach ha logrado hacer creíble esa posibilidad tantas veces tanteada (pero no siempre con éxito) por el género fantástico y todo ello, además, desde la naturalidad de una voz narrativa que no parece intimidada por la oscuridad que se cierne poco a poco sobre la novela. Hay que estar atentos, sin embargo, a sus terribles interferencias: sólo de esa manera podremos percibir cómo bajo ese tono nonchalant que parece encogerse de hombros ante el horror hay unas uñas que tiran desesperadamente de la piel.


Diosa Fortuna
Marjorie Eljach
Apache, 2023
194 páginas
17,57€

Lorenzo Luengo (1974) ha publicado las novelas La reina del mediodía (Fundación José Luis Cano, 2002), El quinto peregrino (Pre-textos, 2009), Amerika (Algaida, 2009), Abaddon (Algaida, 2013) y El dios de nuestro siglo (Seix Barral, 2017), la colección de relatos El satanismo contado a los niños (Tropo, 2014), y dos estudios críticos (traducción, edición y notas): Diarios de Lord Byron (Alamut, 2002; Galaxia Gutenberg, 2018) y Diarios en la vieja rectoría (Siruela, 2022). Es colaborador habitual en la revista literaria Zenda y el suplemento Abril de El Periódico de España, donde escribe reseñas y artículos.

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