/ La verdad del cuentista / Antonio Monterrubio /
Los replicantes Nexus 6 que retornan a la Tierra en Blade runner, infringiendo la norma que se lo prohíbe taxativamente, no lo hacen por añoranza del suelo natal, ni con el objetivo de apoderarse del planeta usando sus aptitudes físicas e intelectuales. Van en busca del responsable máximo de su creación para exigirle la prolongación de su existencia, y Roy Batty, el líder del grupo, no va a contentarse con las explicaciones de Tyrell:
—Tú fuiste formado lo más perfectamente posible.
—Pero no para durar —protesta Roy.
—La luz que brilla con el doble de intensidad dura la mitad de tiempo. Y tú has brillado con muchísima intensidad.
A Batty le exasperan tales argumentos, pues si los inventores de los replicantes se cuidaron de inyectarles afectos, ellos los han desarrollado por su cuenta, lo cual es lógico. Es difícil pensar que una mente capaz de razonar no dé lugar a una inteligencia que incluya el desconcierto ante la muerte y el deseo de más vida, de más tiempo. Ellos luchan desesperadamente contra su fecha de caducidad insoslayable. La gloria conquistada no va a compensar a Batty de la brevedad de su recorrido. En el canto XI de la Odisea, el irritado fantasma de Aquiles contesta a Ulises, descendido al Hades para averiguar cómo regresar a Ítaca:
«No pretendas, preclaro Ulises, buscarme consuelo de la muerte, que yo más querría ser siervo en el campo de cualquier labrador sin caudal y de corta despensa que reinar sobre todos los muertos que allí fenecieron».
En el duelo que culmina la película, Roy aparece como más humano que el supuesto humano Deckard. Cuando tiene a su alcance acabar con el cazarreplicantes que mató a sus compañeros y quería retirarlo —curioso eufemismo— también a él, llegada la hora fatídica de su final programado, utiliza sus últimas fuerzas para salvarlo de la muerte. Mientras ve que su propio aliento se apaga, que ya no le queda tiempo, decide que la vida, aunque sea la de otro, debe seguir.
A Roy le redime su inconmensurable amor a la vida. Que sea respetada, preservada, cuidada, que crezca, florezca y prospere es para él un imperativo categórico. Por eso nos conmueve tan profundamente su famosa despedida:
«Yo he visto cosas que vosotros no creeríais. Naves de ataque en llamas más allá de Orión. Tormentas de rayos-C brillar en la oscuridad cerca de la puerta de Tannhäuser. Todos esos momentos se perderán en el tiempo, como lágrimas en la lluvia. Es hora de morir».
Su muerte es la de cada uno de nosotros. Muere una persona, y con ella se va lo almacenado en su cuerpo y su mente, años y años de sensaciones, sentimientos, conocimientos, experiencias, recuerdos, verdades y mentiras. Un mundo se extingue, y es irrecuperable.
De la importancia de la vida y su conservación existe una fuerte conciencia incluso en sociedades adormecidas. Prueba de ello es la preocupación por la sanidad pública, la popularidad de las mareas blancas, la lucha por la accesibilidad de medicamentos como los retrovirales, el Sovaldi o ciertos anticancerosos.
Evidentemente, no basta con vivir. La vida es condición necesaria, no suficiente. Hay que llenarla. ¿De qué? Precisamente, de vida. Estamos rodeados de tal oscuridad que llegar a lo natural requiere heroísmo.
Pero ahora ya no había amor ni deseo puros. Ninguna emoción era pura porque todo se mezclaba con el miedo y el odio. Su abrazo había sido una batalla, su clímax, una victoria. Era un golpe contra el Partido. Un acto político (Orwell: 1984).
Si sustituimos por Sistema, o simplemente sociedad, podríamos estar hablando de aquí y ahora. No hace falta un totalitarismo para homogeneizarla: solo un Pensamiento Único. Todo sentimiento no productivo está proscrito. Sabemos en qué cimientos de hipocresía y cinismo se asienta el orden social. Sin embargo, preferimos ignorarlo. Cuando la duda surge, se la sepulta a base de creencia. La práctica constante del doblepensar orwelliano es la gran baza de aquellos que dominan y tienen intención de seguir haciéndolo. Un pensamiento disidente, un acto de rebelión cualquiera, adquiere una relevancia crucial, ya que actualiza la añeja demanda de emancipación, la idea de libertad. Ese pensamiento, ese acto tendrán sentido por sí mismos, independientemente de su resultado.
La mayoría capitula, va de renuncia en renuncia porque, hoy más que nunca, ya no se está seguro de alcanzar una posición en el engranaje y, sobre todo, porque si la consigues no hay garantía alguna de conservarla, y menos si cuestionas el funcionamiento de la máquina. La colectividad se presenta como constituida por dos categorías, dos castas irreconciliables, ganadores y perdedores, y cada cual ha de saber qué hacer para no terminar en el lado equivocado. Una parte de la población, en particular los jóvenes, vive a diario la dificultad de encontrar trabajo, empleos precarios, sueldos exiguos y una existencia bajo la permanente amenaza de perder lo que se posee, si algo es. Esta ingeniosa forma de controlarlos, de evitar que se desmanden, es un estado de excepción socioeconómico.
No la excepción
sino el estado de excepción
confirma
la regla.
¿Qué regla?
Para impedir la respuesta
a esta pregunta
se proclama
el estado de excepción.
(Fried: Cien poemas apátridas)
Antonio Monterrubio Prada nació en una aldea de las montañas de Sanabria y ha residido casi siempre en Zamora. Formado en la Universidad de Salamanca, ha dedicado varias décadas a la enseñanza. Es autor de la trilogía de La verdad del cuentista (La verdad del cuentista, Almacén de ambigüedades y Laberinto con vistas), Al revés te lo digo, El serano y La primavera y el titán. Publica textos en El Cuaderno desde 2020, escribe artículos en el diario Nueva Tribuna y colabora con El Viejo Topo desde 2023.

