/ Mirar al retrovisor / Joan Santacana /
Hace ya un cierto tiempo que soy espectador de la deriva de nuestros sistemas educativos. Digo que soy espectador porque me veo inevitablemente abocado a contemplar cómo, disparate tras disparate, el sistema se hunde en la ineficacia. Después de muchos años dedicado a enseñar y a educar tanto a adolescentes como a jóvenes universitarios, he llegado a algunas conclusiones de las cuales quisiera hacerles partícipes.
La primera es que nadie, absolutamente nadie, puede enseñar lo que no sabe. Este es un principio didáctico que me parece evidente.
La segunda conclusión a la que llegué es que, para enseñar, se requiere pasión por lo que se enseña y esfuerzo. Si falta alguna de las dos condiciones, no hay aprendizaje.
La tercera conclusión es que hay que proceder ordenadamente, de lo simple a lo complejo, so pena de perderse en un mar de dudas que causarán desánimo en docentes y discentes.
La cuarta de mis conclusiones es algo evidente: todos los humanos aprendemos según ritmos distintos; unos van más rápidos y otros más lentos; por ello es necesario establecer grados, clasificar, medir los aprendizajes y actuar en consecuencia.
La quinta conclusión es que todo proceso de aprendizaje requiere que los docentes sepan mucho más que lo que están obligados a enseñar; si el profesorado no está preparado para ir más allá de los currículos, no podrá ejercer su trabajo de forma satisfactoria.
La sexta conclusión se refiere a las emociones: es muy importante saber y poder emocionar al alumnado sobre lo que se está trabajando. Pero para emocionar a los demás, el docente ha de estar también emocionado. Las emociones son un motor potentísimo, pero si no es posible alcanzarlo, el único remedio es el esfuerzo.
La octava conclusión es que hay que inculcar en el alumnado el orgullo del trabajo bien hecho. Sin este ingrediente, faltan los incentivos imprescindibles. Las calificaciones y las notas pueden ser una herramienta para mejorar; son un termómetro que nos alerta si hay fiebre, pero hay que concebirlas como un diagnóstico, no como una sentencia.
La novena conclusión a la que he llegado en estos años es que resulta muy importante saber las cosas, pero es mucho más importante aprender los porqués.
La décima y última conclusión es que en el proceso de enseñanza los métodos didácticos o las teorías pedagógicas son muy importantes, pero no nos podemos detener en ello. Una metodología burocratizada es estéril, es como una máquina eléctrica a la que le falta la corriente: solo un montón de cables y chatarra. No hay métodos buenos y métodos malos; lo que sí hay son métodos adecuados en un determinado contexto y métodos inadecuados.
Esto es lo que yo aprendí despues de más de medio siglo dedicado a esta tarea, y cuando hoy veo lo que ocurre en las aulas, me duele que haya docentes que se vean forzados a enseñar lo que no saben; que nuestro sistema educativo vaya matado la pasión de los docentes y estigmatizado el esfuerzo de los discentes; veo cómo los currículos pretenden enseñar las materias de forma fragmentada, sin orden alguno; observo cómo en los centros escolares se pretende que los alumnos y alumnas aprendan todos al mismo ritmo, ofreciendo simulacros de recuperación a quienes no lo alcanzan; me doy cuenta de que lo que se exige para ser docente es, a veces, menos de lo que se exige para ser discente; contemplo cómo el afán de conocer ya no emociona; analizo cómo los sistemas de evaluación se degradan, hasta casi desaparecer en muchos tramos del sistema educativo; he visto como la didáctica ha sido substituida por una burocratización que esteriliza el aprendizaje, pretendiendo consagrar por ley aquello que a veces es tan solo una mala hipótesis pedagógica…
¿Saben? Quisiera estar equivocado y que ustedes, docentes o estudiantes, me demostraran que todo cuanto he escrito son alucinaciones de una mente deprimida, pero les advierto de que les resultará difícil convencerme de lo contrario. Por todo ello, ¡seguiré hurgando en la llaga de la educación!
Joan Santacana Mestre (Calafell, 1948) es arqueólogo, especialista en museografía y patrimonio y una referencia fundamental en el campo de la museografía didáctica e interactiva. Fue miembro fundador del grupo Historia 13-16 de investigación sobre didáctica de la historia, y su obra científica y divulgativa comprende más de seiscientas publicaciones. Entre sus trabajos como arqueólogo destacan los llevados a cabo en el yacimiento fenicio de Aldovesta y la ciudadela ibérica y el castillo de la Santa Cruz de Calafell. En el campo de la museología, es responsable de numerosos proyectos de intervención a museos, centros de interpretación, conjuntos patrimoniales y yacimientos arqueológicos. Entre ellos destaca el proyecto museológico del Museo de Historia de Cataluña, que fue considerado un ejemplo paradigmático de museología didáctica.

