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Los cuentos de José Avello

En el año 2018, en El Cuaderno, iniciábamos el proceso de recuperación para el público lector de la obra narrativa de José Avello con la publicación de cinco de sus relatos dispersos en diversas publicaciones (nº 2 de la serie «Suplementos»: La confesión y otros relatos), precedidos de un clarificador estudio de la profesora de la Universidad de Oviedo Elena de Lorenzo Álvarez. A esta primera iniciativa siguieron en la colección Narrativa de Trea sus dos memorables novelas: Jugadores de billar (2018) y La subversión de Beti García (2019), desde 2024 disponibles también para los lectores en Alianza Editorial. Ahora, al cumplirse diez años de su muerte, Trea completa aquel propósito inicial la compilación de su obra narrativa breve conocida: Relatos reunidos, que incluye tanto los ya incluidos en el citado suplemento como los que aún permanecían inéditos, veinticinco en total. Adelantamos a nuestros lectores el prólogo a la edición de nuestro colaborador (sección «Rescates»), Álvaro Acebes Arias.


Relatos reuidos
José Avello
Trea, 2025
160 páginas
15 €

Se ha dicho muchas veces que el de José Avello (Cangas del Narcea, 1943-Madrid, 2015) constituye uno de los más claros ejemplos entre esas trayectorias artísticas que florecieron sin haber sido plenamente recibidas en su originalidad. Una obra inadvertida o poco notada que, a pesar de los elogios y el aplauso entusiasta de la crítica más atenta, fue relegada a un injusto olvido. Cabe especular con las razones para ese oscurecimiento, si fue cosa del azar, la irracionalidad que gobierna el mundo de las letras o de las estrategias de promoción que demanda el mercado editorial y que permiten a unos autores partir con ventaja sobre otros. En realidad, lo de la escasa visibilidad de obras meritorias, interesantes e incluso excelentes es un fenómeno habitual en la historia literaria. Un rápido vistazo a manuales, suplementos y crónicas culturales basta para confirmar que a menudo se confunde el grano con la paja y que los escaparates, la fama y el prestigio suelen otorgarse a títulos y nombres que no merecerían ni un minuto de nuestro interés, mientras que otros languidecen sin haber gozado de la atención que les debería corresponder. Tal es el caso de José Avello y de La subversión de Beti García (Destino, 1983) y Jugadores de billar (Alfaguara, 2001), un autor y unas novelas que durante años discurrieron por los márgenes del canon, ignoradas por los lectores y sin que casi nadie se percatase de lo que verdaderamente son: dos de las más sobresalientes y extraordinarias narraciones de la literatura española reciente.

Cuesta imaginar que ese fuera a ser su destino si pensamos que ninguna de ellas apareció en una minúscula editorial independiente y que, además, llegaron a ser finalistas de varios premios como el Nadal o el Nacional de Literatura —será mejor poner un caritativo velo sobre los títulos ganadores—, despertando incluso, en el caso de La subversión de Beti García, el interés por hacer una adaptación cinematográfica. De poco sirvieron esos méritos, pues tan pronto como aparecieron, las novelas de José Avello fueron borradas del mapa. Un enigma o, como dijo con ironía José María Merino al ocuparse de Jugadores de billar, tan solo «un indicio de que debe de haber alguna avería en los procedimientos de difusión que, al margen de los dictados de las modas, avisan de los productos realmente valiosos». Quienes recibimos el chivatazo y tuvimos la inmensa fortuna de encontrar ambos títulos entre los saldos de alguna librería de viejo nos preguntábamos lo mismo mientras leíamos fascinados por la brillantez de aquellas páginas. ¿Qué pasó? ¿Por qué dos obras de semejante calibre habían quedado soslayadas en el recuento general de la mejor literatura de los últimos años? ¿Qué pudo ocurrir para que el nombre de su autor no sonase en ningún sitio? ¿Tuvo algo que ver el hecho de que José Avello, un escritor que representa como pocos la fe en las palabras y que vivió siempre ajeno a vanidades, camarillas y mercadeos, decidiera hacerse a un lado y optar por el silencio, tal vez harto del ninguneo de público y crítica? ¿O es que acaso, como quien ha alcanzado un ideal, renunció a seguir publicando tras haber conseguido dos obras excepcionales? Preguntas sin respuesta y que se repetían cada vez que un amigo lector nos hablaba entusiasmado de la impresión que le había causado Jugadores de billar, un libro que es muchas cosas pero que ha contado como ningún otro el expolio y la rapiña que fue la Guerra Civil y la larga noche de la posguerra que vino después, o se refería conmovido al portentoso final de La subversión de Beti García. Quienes hayan leído ambas novelas, conocen esos estremecimientos. Los que no, tienen mi envidia porque pueden hacerlo por primera vez. Y así, entre interrogantes y perplejidades por el insuficiente reconocimiento de su autor y comentarios apasionados sobre sus únicos libros, fue creciendo lentamente el culto a José Avello y que era el mismo que se les dispensa a los escritores secretos.

Podríamos pensar que los milagros a veces suceden, pero es que, en realidad, la gran literatura tiene una enorme fuerza de convicción. Un escritor condenado a ser minoritario a su pesar, caído en el olvido y que se murió sin saber quizás que era uno de los grandes entre los grandes, adquiere de repente una repentina popularidad gracias al empeño de un puñado de fieles y de algún obstinado editor preocupados todos ellos por salvar del fracaso una figura injustamente postergada. Fue la editorial Trea quien dio los primeros pasos para esta recuperación, publicando Jugadores de billar en 2018 y La subversión de Beti García al año siguiente. Más de uno, que todavía no se había enterado de quién era José Avello, recibió aquellos títulos como si fuesen novedades de temporada. El testigo lo ha tomado recientemente un sello como Alianza y el feliz rescate se ve coronado, ahora que se cumplen diez años de la desaparición del escritor, con la aparición de estos cuentos que completan su legado. Estamos de enhorabuena.

Abrir el archivo privado de un escritor es una operación que, sin embargo, nunca está exenta de riesgos. El horizonte de lectura que prometen textos que quedaron en el disco duro de un ordenador o guardados en carpetas y a salvo de miradas indiscretas no siempre cumple con las expectativas del lector. Dos precauciones, como es natural, podrían rodear la inesperada recepción de los cuentos de un autor que ha sido identificado, sobre todo, como novelista y de cuyas incursiones en el género breve, si exceptuamos unos pocos relatos que aparecieron en revistas, periódicos y publicaciones de escasa circulación, apenas se tenía noticia. Sin embargo, y con el fin de disipar las primeras cautelas, uno se atreve a decir que no son pocos los regalos que ofrece esta recopilación. Figura, en primer lugar, el de brindarnos la posibilidad de acceder a uno de los puntos oscuros de la trayectoria del escritor asturiano. El intervalo de casi dos décadas que hay entre La subversión de Beti García y una novela tan ambiciosa a la par que compleja como Jugadores de billar invita a imaginar un novelista que gestaba pausada y minuciosamente sus libros. Él mismo admitió que, en su búsqueda de la gran obra, el borrador de su primera novela llegó a superar el millar de páginas y que fueron necesarias varias revisiones y una paciente labor de reescritura hasta que alcanzó la forma definitiva. Pero ¿qué hubo antes de aquella primera publicación de 1983? ¿No hay nada más en esos dieciocho años que la maduración lenta de una obra tan densa y rica como Jugadores de billar? Los cuentos aquí reunidos, ordenados cronológicamente, que quedaron dispersos en publicaciones hoy inencontrables o en su mayoría inéditos, iluminan esas zonas de sombra al cubrir un arco temporal que va de 1965 a 1999, los años de la militancia clandestina en Oviedo, de la formación del autor en Madrid, de la estancia en África y la docencia en la Complutense. La época en que Avello decidió convertirse en escritor, fundó revistas literarias con amigos y se codeó con gente del cine y la cultura: Álvaro del Amo, Marisa Paredes, Javier Maqua, Mariano Antolín Rato. Veinticuatro textos que abarcan más de tres décadas de experiencias y que, sobre todo, documentan la que fue una labor sostenida en el tiempo, iniciada en la juventud, pero persistente y paralela a la creación de las grandes novelas, y a través de la cual se hace posible por fin una lectura global del mundo literario de José Avello.

El segundo de los recelos tiene que ver precisamente con el origen y la naturaleza de estos cuentos. Dada la inclusión de textos tan tempranos, de otros sobre los que el escritor albergaba dudas y que, por tanto, permanecieron sin publicar, así como de unos cuantos cuya revisión quedó pendiente, se podría pensar también que esta compilación no tiene otro objetivo que el de mostrarnos el banco de pruebas de un narrador que estaba interesado o se sentía destinado a empresas de más largo aliento y para quien la tarea de escribir cuentos fue solo un puente o enlace, acaso un estímulo puntual, para desarrollos más extensos. Le han hecho un flaco favor al género las consideraciones de algunos autores que dicen utilizar los cuentos como parada entre novela y novela. Escribir sin pretensiones, solo con el fin de descansar de la tensión que genera la caza de presas más grandes. Una visión llena de menosprecio, contrarrestada en los últimos años por editoriales y críticos, pero que ha calado también entre los lectores. Vista la pericia y naturalidad con que el autor de Jugadores de billar se movió dentro de lo breve, no sería de justicia aceptar con rotundidad esta idea. El rigor, la técnica y la sabiduría visual que hay en algunos de estos relatos sobrepasa la idea de que son meras iluminaciones del oficio de un escritor y hace pensar, más bien, que, sin haber llegado a ser un autor escindido entre ambos géneros, José Avello persiguió en sus narraciones cortas la misma calidad y emoción que exigía a sus otras composiciones. La lectura de cuentos como «La confesión», «La mujer que amaba los hoteles sin alfombras», «La carta» o «La violación», por citar ya algunas de las mejores piezas incluidas en este volumen, basta para confirmarlo. Un autor que estaba al tanto de las diferencias en cuanto a concentración e intensidad que reclaman unas formas y otras y que, como no podía ser de otro modo, hizo suyo eso que defienden los mejores especialistas de que una novela es toda ella un tiempo, mientras que el cuento es más que nada, un tempo, entendido este en un sentido musical y de ritmo, pero también como ejercicio de condensación. Tentados de encontrar ecos y trazar correspondencias entre las narraciones más extensas de José Avello y estos relatos, convendría no pasar por alto esta distinción.

Sin embargo, y pese a todo lo expuesto, el escritor siempre lo tuvo claro. En una conversación con la revista Clarín en 2014 donde hizo un repaso de su trayectoria reconocía que él, por encima de todas las cosas, era un narrador de largas distancias. Refiriéndose a sus orígenes literarios, comentaba: «escribí también algunos cuentos, pero muy pocos, porque los cuentos hay que empezarlos casi por el final, sabiendo a dónde ir, y yo tengo otro tipo de imaginación, que me lleva a historias muy largas». Las palabras del escritor tal vez no estén muy lejanas de las que contiene uno de los mandamientos del Decálogo del perfecto cuentista de Horacio Quiroga: «No empieces a escribir sin saber desde la primera palabra a dónde vas. En un cuento bien logrado las tres primeras líneas tienen la misma importancia que las tres últimas». El mandato del escritor uruguayo recorre muchos de estos relatos y demuestra que, en la concepción particular de un autor como José Avello, el cuento es una forma narrativa específica en la que, junto a la tensión o el suspense del desenlace, debe prevalecer siempre la sorpresa, el hormigueo, la emoción de lo desconocido. Esa vibración debe acompañarnos desde el principio hasta el final. Los buenos cuentos —y me imagino que nuestro escritor no tendría ningún problema en abrazar esta idea— lo son porque no entienden de límites ni de formas en su afán por sacudir e incomodar al lector, obligándolo a un ejercicio de introspección que pone a prueba todas sus certezas.

No es fácil esbozar unas líneas comunes para relatos escritos en muy distintas coordenadas vitales y con temáticas y estilos de lo más diverso. Fruto de esa mezcla de recursos y asuntos, encontramos aquí cuentos que indagan en el acto creador, de tono casi metaliterario, junto a otros de vertiente más filosófica y donde se entrelazan los interrogantes sobre el fin de la existencia, las oscuras razones de la mente y el abordaje de cuestiones universales como la soledad y la muerte. Los hay, por otro lado, que traspasan las fronteras habituales de la realidad y se dejan llevar por una mirada distorsionadora y delirante que nos trasporta a mundos oníricos. Y no faltan tampoco aquellos que se aproximan sin complejos a lo cotidiano con el fin de hacer caer sus pliegues y revelar lo extraordinario o simplemente para mostrar con ironía sus fatigas y miserias. La suma de enfoques y procedimientos tan heterogéneos permite comprender la escritura de José Avello como un continuo proceso de tanteos y averiguaciones.

Pero, puestos a apuntar unos rasgos convergentes, no estaría de más indicar la admirable capacidad de síntesis, su visión dinámica de la realidad, el peculiar uso del humor, negro y disparatado, a veces cercano a lo absurdo y a los juegos surrealistas, o la precisión del estilo de Avello, siempre equilibrado y nada estridente. Lo irracional y las imágenes desconcertantes muchas veces dan lugar a textos sin un centro claro, pero que avanzan a su ritmo y según la caligrafía atribulada y un tanto sonámbula de la fantasía. Ejemplar es, en este sentido, un relato titulado «Cómo vencer al reuma» y que podría haber firmado un autor de imaginación desbordante como Felisberto Hernández. En otros, por el contrario, se sospecha que, más que las asociaciones imprevistas y sorprendentes, lo que interesa al escritor es activar unos mecanismos introspectivos, hacer cosquillas en la mente del lector. Los cuentos de la última época, próximos a la estética y la forma del microrrelato, reflejan bien esa intención. Dentro de esa posible comunidad también habría que señalar las ráfagas de lirismo, la atención al detalle, la belleza visual o el empleo de la primera persona, aspectos tan característicos de la obra narrativa de José Avello. Tampoco cabe olvidarse del deseo, rastreable en todos los relatos, de involucrar al lector y obligarlo, durante el transcurso de la lectura, a realizar una parte activa de la misma y completar, así, los vacíos de significado que el narrador intercala en la trama. Leídos en su conjunto, estos cuentos delatan un gusto por lo inquietante y por el juego de espejos entre realidad y ficción, pero, sobre todo, algo apuntado más arriba: la noción de la escritura como una aventura constante, nutrida de una materia que se halla en permanente estado de fermentación y germinación.

Quienes no conozcan la obra de José Avello se llevarán una sorpresa con estos relatos de variada factura y tratamiento. Para los que sí hayan leído sus novelas, puede que, tras el asombro inicial, pasen a advertir luego la coherencia de su mundo literario, la intuición y la originalidad de unos temas que aparecen representados igualmente aquí que en sus textos más extensos. Rápidamente les saldrán al paso elementos ya conocidos como la habilidad que tenía el escritor asturiano para construir escenarios, los cruces de planos temporales y perspectivas o la manera en que se dibujan los contornos de los personajes. No será tampoco muy difícil atisbar muchas de sus obsesiones y el mismo talante con que observaba la realidad, siempre fluctuando entre la ternura y la ironía. A unos y a otros lectores, queda recomendarles que tomen como punto de partida la frase de uno de los relatos incluidos aquí, «Si una noche de invierno…un lector…», y donde José Avello, dedicado a explorar los múltiples sentidos de la célebre novela de Calvino, acertó a describir la literatura como un espeso bosque, «un mundo circundante rebosante de misterio que va creciendo en densidad a medida que avanzamos, que es aterradoramente más grande lo oculto que lo manifiesto». El recorrido, sea a través de sus novelas o de estos cuentos, promete siempre un encuentro con lo inesperado. Acaso, y esto no es poca cosa, el (re)descubrimiento de un escritor imprescindible.

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