Narrativa

“Jugadores de billar”: nueva partida

Trea Ediciones presenta la nueva edición de "Jugadores de billar", mítico título del autor de culto José Avello (1943 - 2015).

Una novela como Jugadores de billar, escrita por José Avello (Cangas del Narcea, Asturias, 1943 – Madrid, 2015) y publicada en 2001, tiene todos los elementos necesarios para ganarse una segunda vida. Casi veinte años después de su primera edición en la editorial Alfaguara, vuelve a convertirse en una novedad editorial bajo el sello de Trea Ediciones, que la presenta esta tarde en la librería Cervantes de Oviedo mediante coloquio de los escritores José Antonio Mases, Miguel Barrero y Fernando Menéndez.

El Cuaderno propone a sus lectores un nuevo suplemento, el segundo de su colección, disponible en formato PDF desde hoy mismo en su cabecera, dedicado a la figura de José Avello y editado por Elena de Lorenzo, profesora de la Universidad de Oviedo. Tras un artículo suyo, titulado “José Avello. El relato de la complejidad”, el suplemento incluye la selección de cinco significativos relatos, publicados originalmente en diversas revistas literarias españolas e hispanoamericanas, en los que Avello puso algo más que una primera piedra de lo que luego sería esa arquitectura literaria titulada Jugadores de billar.

La ciudad de Oviedo, aquella Vetusta vigilada por el catalejo de Fermín de Pas desde la torre de la catedral en La Regenta de Leopoldo Alas “Clarín”, tiene un tirón literario que se remonta a los años finales del siglo XIX, precisamente con los pasos rápidos de Ana Ozores por la plaza de la catedral, vigilada por ese catalejo que ahora se inclina hacia abajo para seguirla. Ese enganche de la literatura con la ciudad se rehabilita a mediados del siglo XX  gracias al fresco en el que se inserta la conciencia y evolución de Lena Rivero, protagonista de la novela Nosotros, los Rivero de Dolores Medio, Premio Nadal en 1953, y se afianza con modelos reconocibles de contemporaneidad a principios del siglo XXI con Jugadores de billar, de José Avello, uno de esos autores que respira literatura por los cuatro costados de su biografía.

La novela cuenta la historia de cuatro amigos cuarentones con circunstancias vitales muy distintas dentro de la misma ciudad, pero que se reúnen diariamente en torno a una mesa de billar en el decaído café Mercurio. Estructurada en cuatro bloques, uno para cada estación del año, la historia se ramifica desde el tapete verde de la mesa de billar conformando un ramal del incesante itinerario, todavía no acelerado por las redes sociales, de esas cuatro vidas, cada una de ellas con un pasado personal que se despliega, como ocurre en las grandes novelas, en torno a un mismo pasado histórico —las consecuencias de la Guerra Civil— y que explica de manera implícita tantas cosas del presente. Jugadores de billar es también una novela de amor, una de las grandes, porque Oviedo ha servido de escenario a dos historias de un amor enfermizo que deben alcanzar la atribución de mito: el que sintieron Fermín de Pas y  Álvaro Atienza por las mismas calles con un siglo de diferencia.

Para celebrar esta nueva edición de la novela, proponemos a continuación un artículo del escritor Fernando Menéndez, amigo personal del autor y creador de una ruta literaria ovetense en torno a la novela, y el primer capítulo de la misma. Ojalá en esta segunda vida editorial Jugadores de billar encuentre tantos buenos lectores como sea posible.


El síntoma Avello

/ por Fernando Menéndez /

Más allá de su monumental escritura, la novela Jugadores de billar de José Avello es un claro síntoma de la aguda enfermedad que padece una sociedad literaria cada vez más volcada con el criterio comercial y digestible de la novela contemporánea. La escritora Marta Sanz define muy bien esta situación cuando señala que, hoy en día, al lector se le trata como a un cliente y ya se sabe que el cliente siempre tiene razón. Al reeditar Trea un libro agotado desde hace tiempo y sin visos de ser reeditado por su antigua editorial, va más allá de la que es su labor habitual: se trata de reparar una ausencia inexplicable, de modificar un canon acomodaticio y reiterativo. Pongamos un ejemplo: hace pocos días pasó por Oviedo el escritor Javier Cercas, autor de estimables y conocidas novelas y de algún título tan singular y recomendable como Anatomía de un instante. Columnista y presencia habitual en los medios, su carrera acaba de reafirmarse con la adaptación para el film El autor de uno de sus textos. Pues bien, ninguna de sus novelas tan aclamadas llega, ni de lejos, a la riqueza y maestría narrativa de Jugadores de billar.
Bastante tiempo atrás, lectores de confianza y amigos como Domingo Caballero y Ricardo Menéndez Salmón me instaron a que leyese sin falta la novela de José Avello. Por supuesto, les hice caso y comprobé, página por página, que no se habían equivocado ni un ápice en calificar su lectura de imprescindible. Con el impacto aún en mi memoria, escuché decir al escritor Isaac Rosa que había cuatro novelas fundamentales para entender lo que había sido nuestro país desde la muerte de Franco hasta nuestros días: Romanticismo, de Manuel Longares, La fea burguesía, de Miguel Espinosa, Crematorio de Rafael Chirbes y Jugadores de billar, de José Avello.

Jugadores de billar toma el hilo de cuatro amigos que viven en un Oviedo donde, como en el resto de España, la democracia es aún una fruta fresca. Esos cuatro amigos nos llevarán por los dobleces y aristas de una sociedad pequeña en la que nunca se ha dejado de mirar de reojo y cuyo paisaje urbano (la ciudad) se erige como un personaje abrumador que ampara lógicas terribles, hereditarias y esconde comportamientos contradictorios y vergonzantes: “Desde mi sillón, apenas con volver un poco la cabeza hacia la derecha, veía gran parte de la ciudad. El cielo estaba encapotado, opresivo. En realidad no había cielo ni ciudad, sino una grisura sin perfiles, un único volumen de algodón del que emergían pequeños rascacielos, grises también. La ciudad, oculta bajo la humedad, parecía tener sólo una dimensión vertical: era una ciudad enteramente formada por rascacielos enanos, edificios de no más de diez plantas que, sin embargo, poseían el tamaño moral de los grandes rascacielos y su misma condición solemne, autoritaria y opresiva”.

Este magnífico fragmento de un más que probable eco clariniano nos sitúa en la reiterada filiación que no ha dejado de establecerse entre La Regenta y Jugadores de billar. Da la impresión de que Avello, en sus páginas, busca y encuentra las constantes vitales de la vieja Vetusta. Cada ciudad es desgraciada y atractiva a su manera. Oviedo se mece en brazos de un carácter provinciano y un grandonismo que incluye también al ser y sentir asturianos, pero que en la capital se enseñorea especialmente.
Sin negar el magisterio de Clarín, yo he pensado repetidas veces en la filiación con El Gatopardo de Lampedusa, la crónica del temor al cambio de un viejo régimen, la nostalgia edulcorada y el esfuerzo exitoso para que todo cambie con tal de que todo siga igual.

Jugadores de billar se sitúa temporalmente en ese gran salto entre el franquismo y la democracia ya asentada y un tanto reumática que conocemos hoy. Un salto en el que se produjeron más ajustes forzosos que desarrollos naturales. Sobre las consecuencias de este procedimiento, y de manera muy incómoda, también trata la novela. Efectivamente, puede que nada haya cambiado, pero Oviedo, ciudad aún perseverantemente verdiniana, se cree a salvo si todavía es capaz de escuchar el subyugante Coro de los esclavos: “El Va pensiero se oía en la ciudad desde primeras horas de la mañana. La radio lo emitía una y otra vez, era hermoso. Los expertos invitados por las emisoras explicaban a Verdi con gran erudición: el compacto exilio de los judíos, la conflictiva unificación de Italia, la cruel exactitud de las metáforas bíblicas en tiempos de Nabucodonosor. El teatro Campoamor ofrecía esa noche la última función de la temporada de ópera, sobre las cinco y media de la tarde comenzó a llover. La lluvia no hubiera hecho falta para traer melancolía a las almas de clase media, pues el coro de Nabucco en la radio te podía sacar gruesos lagrimones sin que te dieras cuenta. Y eso era lo peor: al no entender de ópera tampoco te explicabas las ganas de llorar. Con esto no trato de justificar lo que hizo Manolo Arbeyo, ni sugerir que fueron la música y el clima las causas de todas sus acciones. Nada de eso. Manolo Arbeyo ya era un grandísimo hijo de puta mucho antes de escuchar por primera vez el coro de Nabucco y, por supuesto, las malas intenciones son tan antiguas como la lluvia (…) las almas de clase media son astutas, reconocen a Verdi, sienten melancolía, pero se saben construidas con garbanzos”.

Mi padre, sin ir más lejos, que empezó a trabajar a los once años en la Estación del Vasco, con la astucia de una generación como la nacida en 1934 y con evidente esfuerzo, consiguió un abono para la Ópera de Oviedo en el gallinero. Cuando yo nací, mi padre ya era un currito que iba a la ópera. Por su localidad también pasamos mi madre y yo. Lo que une Verdi que no lo separe el hombre.

Es indispensable mencionar la mano que dirige la novela, la voz cantante que al final confiesa que siempre ha sido una segunda voz. Me refiero al narrador de Jugadores de billar, uno de los mayores aciertos del libro y que lo dota de una dicción y un tono únicos. Un narrador que se presenta, aunque con discreción y misterio, como personaje de la historia, pero que se comporta como un narrador omnisciente, prolífico en digresiones y consideraciones subjetivas. La novela, en cierto modo, funciona como expiación de una voz que, según avanza la trama, se irá desvelando. Un narrador que confiesa que casi siempre llega tarde a todo. Y con un exquisito gusto para las reflexiones estéticas y literarias. Ni siquiera él es ajeno al trasiego de traiciones, deslealtades, mentiras, injusticias y medias verdades que florecen en Jugadores de billar. Todo cambia en apariencia para que todo pase a manos de personajes arribistas, snobs y nuevos ricos como Molina. Estamos en 2018 y seguimos en manos de tipos como él. Oviedo, en este caso, no es una excepción. Lo que escribiría Avello de estos tiempos tan difíciles de articular…

Qué tristeza releer una novela cuando falta su autor. Como afirma en un momento de la novela el citado narrador: “El pasado no cesa de ocurrir un sólo instante”.
Jugadores de billar nos salva de muchas cosas. A mí me salvó de los resquicios aún latentes de una engañosa ingenuidad y del exceso de confianza.


 

Jugadores de billar

—Primer capítulo—

 

Primavera

Espejos y cristales

1.

El mejor amigo de Álvaro Atienza siempre fue Floro Santerbás, pero ninguno de los dos sabía por qué. En realidad nunca se lo preguntaron. Su amistad era una costumbre adquirida en la infancia y la seguían manteniendo por las mismas razones que uno se pone unos zapatos durante mucho tiempo: por comodidad. Naturalmente, tras la comodidad se escondía el apego afectivo y el bienestar emocional propios de la amistad, pero en general uno no se pregunta esas cosas cada vez que se pone los zapatos. Además, los dos jugaban muy bien al billar. Jugaban con viejos amigos del colegio, como Rodrigo de Almar, o de la universidad, como Manolo Arbeyo, y además con otros que se fueron sumando al juego y a la amistad a lo largo de los años, pero la partida estelar del café Mercurio siempre fue entre Álvaro Atienza y Floro Santerbás. A partir de las ocho, se reunía allí mucha gente: Mari la Gorda y otros profesores y profesoras de la facultad de Matemáticas, Carmina la de Arbeyo, Aníbal Rico con alguna de sus novias, Prieto con su taco desarmable y varios habituales más. Yo solía ir todos los días, pero de mí prefiero no hablar. Ya sé que no tengo por qué dar razones ni expli-caciones de ningún tipo (porque además nadie me las pide), pero si quiero ser sincero conmigo mismo debo decir que no hablaré de mí porque no me atrevo y porque no sabría hacerlo sin mentir. Aunque, bien mirado, quizás los dos motivos sean el mismo. No estoy seguro. En todo caso, no diré quién soy, sea porque no puedo, porque no quiero o porque no lo sé, da igual.

El juego del billar consiste en darle con un taco a una bola para que ésta toque las otras dos; eso se llama hacer una carambola. Lo digo por si alguien no lo sabe, porque en los bares de moda se juega sobre todo al pool o al snooker, sobre mesas con agujeros, y eso es otra cosa. En el Mercurio se jugaba al billar de carambolas de toda la vida y se jugaba bien, incluso muy bien, y sin embargo esta historia comienza una tarde en que los tres amigos, Álvaro Atienza, Rodrigo de Almar y Floro Santerbás, por distintos motivos, lo estaban haciendo mal.

Rodrigo de Almar enlazaba habitualmente diez o doce carambolas en cada tacada, pero a juicio de Floro le faltaba fantasía para llegar a ser un jugador brillante; aunque su visión de la jugada solía ser acertada, elegía siempre la opción más fácil, asegurando la carambola presente antes que arriesgarse para preparar una serie; resultaba eficiente y seguro, pero poco elegante, al contrario que Floro, capaz de fallos estrepitosos por jugar en función de un proyecto más amplio, como si el mérito estuviese más en el futuro que en la solución de la inmediata tirada. Cada una de sus carambolas constituía una indicación, un signo hacia un camino más fecundo, una puerta que se abría a carambolas sucesivas que ya estaban contenidas en la carambola presente; y en eso, y sólo en eso, consistía para él la belleza del billar. Cuando a veces ese riesgo le llevaba a perder con sus amigos, Floro se escudaba en la gloria de hacerlo por motivos artísticos y no, como bromeaba con Rodrigo, por desarrollar un juego reservón.

El juego menos revelador del carácter, el más neutro y escondido, era el de Álvaro Atienza. A veces se mostraba brillante, pero otras muchas, como hoy, resultaba inescrutable y confuso, sin que nadie fuese capaz de entender la finalidad de sus tiradas absurdas (y fallidas), que parecían responder a la torcida intención de quien pretende el engaño o lo imposible. Si entonces las bolas quedaban en posición difícil para el contrario, Floro le decía: «Me estás jugando a la contra, Alvarito, y eso no es nobleza baturra». Pero en otras ocasiones similares la posición le resultaba ventajosa y Álvaro Atienza, como se suele decir, quedaba «vendido» o «expuesto». De aquellas jugadas estrafalarias y sin sentido apenas se podría adivinar otra cosa que una desmedida ambición (falta de todo realismo) o un oscuro descontento, el rencor impotente de quien no acepta plegar su voluntad a los estrechos límites de la física que presiden el juego del billar. Aquellas jugadas absurdas e impenetrables manifestaban en última instancia una rebelión íntima y resentida contra lo real, la rebelión de quien sabe que va a perder y, no obstante, sigue jugando. Y esta tarde de la que estoy hablando Álvaro fallaba concienzudamente, presa de una rencorosa fatalidad, como si estuviese reprochándole a la mesa una culpa profunda y general debido a la cual toda satisfacción, por mínima que fuese, resultaba imposible. No se había quitado la pesada chaqueta de cuero para jugar, pese al evidente engorro que suponía para sus brazos, pero, aparte de que en el reservado del Mercurio hacía un frío sepulcral hasta que se llenaba de amigos y de humo, Álvaro Atienza jamás se quitaba la chaqueta y si el calor lo hacía inevitable solía dejarse puesta una bufanda o un pañuelo. Porque, digámoslo ya abiertamente, esas prendas le disimulaban la joroba. Sobre su hombro izquierdo se alzaba una pequeña protuberancia que le amenguaba el cuerpo y le forzaba a llevar la cabeza levemente ladeada. Esa oblicuidad de la mirada le daba un aspecto avieso, o bien distante, co-mo si estuviese midiendo a su interlocutor, evaluándole y, cuando se percibían sus ojos grises con una pequeña e intensa pupila negra en el centro, condenándole. No era un hombre alto, pero su extrema delgadez y la extraordinaria longitud de las piernas en relación con el cuerpo encogido por la deformidad le hacían parecer más imponente de lo que era, aunque quizás esa impresión se debiese más al rostro grande y, sobre todo, al fulgor de su mirada de ave. Algunos le consideraban temible, cruel y malvado, sin otros argumentos que los que se deducían de su joroba, de su mirada y de su laconismo, pero esos prejuicios suelen tener carácter general. Lo extraño era que el propio Atienza parecía participar de esas ideas. Su frente se prolongaba en dos grandes entradas y llevaba el pelo muy largo recogido en una cola de caballo sobre la espalda. Como ya he dicho, nunca se quitaba la chaqueta. Se diría que todos estos detalles indumentarios revelaban una voluntad de ocultamiento, un deseo ferviente de esconder la joroba, quizás de esconderse a sí mismo; sin embargo, hacía ya mucho tiempo que Álvaro Atienza había olvidado (aunque nunca se sabe todo) lo que veinte años antes habría sido su pretensión inicial, cuando apenas se atrevía a mirar de soslayo a sus compañeras de facultad y fingía un desinterés que nunca fue tal, siempre prisionero entre la vergüenza y el orgullo, siempre precavido por miedo al sarcasmo, censurando su propio cuerpo de la exposición a las miradas ajenas. Pero ahora, casi con cuarenta y cuatro años, aquellos hábitos vestimentarios que comenzaron siendo estrategias de simulación y ocultamiento (abrigos grandes, cazadoras grandes, bufandas que daban varias vueltas en torno al cuello) se habían convertido en partes de su cuerpo, e incluso en verano sentía frío sin esas ropas. Sin embargo, en lo relativo a las mujeres, continuaba practicando el silencio y la desatención consciente con una sagacidad que nadie podría imitar: ya no eludía la mirada ni la posición frontal, como todos esos que se ponen de perfil delante de las bellas mientras hablan dando pataditas en el suelo; Álvaro las miraba de frente, pero las veía como si fuesen transparentes, como si sus ojos emitiesen rayos equis y les pudiese decir: «Mira, chica, tienes una manchita violácea en el pulmón derecho, cuídate». Ellas le respetaban a distancia, siendo esto lo mejor que se puede decir (naturalmente, excepto Mari la Gorda, pero ella es otra historia).

Dos años atrás, cuando Rodrigo de Almar regresó a Oviedo de forma definitiva, los tres retomaron la antigua costumbre de jugar juntos al billar varias veces por semana. Con el reencuentro descubrieron que apenas tenían nada que decirse, pero el billar construía un espacio donde el tiempo se podía recuperar sin palabras y la mera presencia en torno a la mesa rehabilitaba algo que parecía perdido y que era por sí mismo gratificante: el hecho de volver a estar juntos como entonces, en el viejo reservado del café Mercurio, decrépito ya en aquellas remotas tardes a la salida del colegio, siempre lluviosas y siempre culpables, cuando se reunían allí con otros adolescentes despeinados para jugar al billar y al futbolín (caído felizmente en desuso) mientras fumaban a escondidas. Ahora nunca mencionaban los tiempos pasados, pero el hecho de haber convertido en costumbre aquellas partidas, casi sin proponérselo, hablaba de un oscuro deseo de borrar todos aquellos años intermedios en que se veían casi como al pasar, por casualidad. Al frecuentarse de nuevo, preferían creer que el tiempo no había pasado realmente, sino que se había quemado y se había convertido en un denso humo por el que apenas podía penetrar la memoria, porque la memoria prefería caminar a saltos, dejando en medio largos paréntesis de olvido, lagunas que ninguno de ellos mencionaba y que, en otros tiempos me-nos convulsos que los nuestros, hubieran conferido por sí solas el sentido a una vida. Sin embargo, así eran las cosas: hablaban de trivialidades, bebían cerveza, fumaban algunos canutos y jugaban al billar mejor que antes.

Hoy Álvaro jugaba mal, con rencor y silencio, como si en vez de jugar estuviese tratando de ocultar algo. Si el tiempo se hubiera detenido en ese instante, nadie habría podido decir que albergaba otro interés que el de las carambolas, pero el tiempo no se detiene nunca (excepto cuando todos sabemos) y la memoria puede regresar ahora sobre la espontánea inocencia de las cosas y descubrir allí retrospectivamente que no había ni inocencia ni espontaneidad. Las noticias de mañana, lo que llegamos a saber más tarde, como se suele decir «a toro pasado», iluminan de tal forma los recuerdos que el acontecer ya conocido se nos aparece como una novedad inesperada: ¡una novedad ocurrida ya hace un año! Es verdad, decimos, estaba más pálido que de costumbre, pidió más cerveza antes de terminar las cañas que teníamos casi llenas, estaba desusadamente inquieto y nervioso: todo se descubre cuando ya ha pasado por primera vez. Álvaro Atienza guardaba silencio con premeditada obstinación porque aquel día le había ocurrido algo que trataba de ocultarse a sí mismo. Las grandes conmociones del espíritu, al igual que las enfermedades incurables, se revelan un día, de repente, en una nimiedad: un perfil entrevisto en un autobús, un verso leído en la infancia que se recuerda súbitamente, una insignificante calentura en un labio, un leve dolor en la espalda. Parecen nada, pero, de pronto, como si fuesen puertas por las que se accede a un mundo de suelos de nube y algodón por el que no podemos caminar, marcan el instante decisivo desde el que ya no podemos regresar, porque la puerta es de una sola dirección y el tiempo comienza a contarse de forma distinta, como un resto, no como lo que habrá, sino como lo que queda e inexorablemente se consume. Había sido aquella misma tarde de marzo cuando se abrió la puerta y Álvaro Atienza traspasó el umbral hacia el país sin suelo, hacia el territorio del tiempo de descuento, el tiempo en el que el partido ya ha terminado y sólo la conmiseración o el despiste del árbitro permiten un hálito de esperanza y, a la vez, de desesperación.

Ese miércoles de marzo Álvaro Atienza se había levantado casi a las tres de la tarde, justo con el arranque del molino que trituraba las piedras de feldespato, cuyo motor oía perfectamente desde la cama. Aun antes de abrir los ojos, pasaban por su mente las imágenes de los obreros moviéndose con premeditada lentitud: primero removían las lonas de la tolva, de donde se desprendía un polvillo gris que brillaba en el aire e impregnaba con uniformidad las vigas y el suelo del tendejón, después golpeaban pausadamente la vieja cinta de la mezcladora de caolín para que no se atascase y luego, cuando se atascaba, lo que ocurría cada poco, paraban un rato el motor y fumaban un cigarrillo. Trató de dormirse otra vez durante esa pausa, pero no lo logró, pese a que se había acostado cuando ya despuntaba el día, ocupado en el montaje de un vídeo. Aunque no tenía una mesa de mezclas propiamente dicha, su equipo era lo suficientemente sofisticado para permitirle montar fotografías, banda de sonido e imágenes de ordenador sobre un mismo soporte videográfico, si bien el material de que se nutría procedía en su mayor parte de grabaciones de la televisión, con las que componía relatos de unos pocos minutos que estudiaba y modificaba con reiteración. Floro Santerbás tuvo la ocasión de contemplar alguno de aquellos vídeos y quedó impresionado. «¡Qué bárbaro! —le había comentado—, no pude apartar la vista de la pantalla ni un solo minuto; lástima que la película sea tan corta y yo no haya entendido nada, pero dime, ¿por qué ninguno de esos tíos y tías llegan nunca hasta el final? Comienzan a matarlas y, ¡zas!, aparece otro que comienza a matar a otra y luego un tigre que comienza a matar a un ciervo y luego un drácula que va a morder, pero nunca nadie termina la tarea». «Ya, eso digo yo», había respondido lacónicamente Atienza. Su archivo de vídeos era una organización de fragmentos («besos», «despedidas», «miradas», «mon-tañas»), cuya finalidad y criterio de selección ninguno de sus amigos llegaba a comprender muy bien. Pero ésa, como otras, era una de las rarezas que se le suponían a Álvaro Atienza.

No necesitó mirar el reloj para saber que ya eran las tres. Aquellas imágenes laborales que circulaban por su cabeza se habían repetido miles de veces desde que tenía memoria para recordar y le arrastraban a una cadena de asociaciones inevitables: el dolor en el pecho o en la espalda, el amargo sabor de boca producido por el alcohol de la noche anterior, la amargura del alma reanimada una vez más por los ruidos fabriles que, cada mañana de su vida, le empujaban hacia la conciencia de ser quien era, raptándole del sueño donde a veces podía ser otro, no importaba quién. Su casa, como su infancia, era la exacta prolongación de la fábrica Lozas y Porcelanas Atienza, S. L., una fábrica que estaba en la decrepitud y que cada día se reproducía a sí misma con los mismos exactos movimientos, cada vez más lentos, cada vez más inútiles. Había logrado ignorarlo casi todo acerca del negocio, pero era imposible, incluso para él, no ver aquel desmoronamiento que amenazaba con arrastrar la vida de su padre, la de su hermana y, aunque él no quisiera reconocerlo, la suya propia. Permaneció durante un rato más con los ojos cerrados repitiéndose lo mismo que se decía cada mañana, como una cantinela: «No me importaría morir en este mismo instante». Se había acostumbrado a combatir el sentimiento de culpabilidad con el autodesprecio y luego combatía el autodesprecio con aquel eslogan de la conciencia que era, al fin, el que le daba fuerzas para salir de la atroz duermevela y levantarse de la cama. Morir. Así resultaba más fácil afrontar el hecho de que, tarde o temprano, dejarían de renovarle el contrato en la universidad, que un día u otro, la fábrica dejaría de funcionar, los acreedores se echarían encima y se verían abocados a la ruina. Pero no hacía nada por impedir ninguna de las dos cosas, ni se imaginaba remotamente lo que podría hacer, porque jamás pensaba en ello. Simplemente, la idea de morir le resultaba más gratificante: todo lo aliviaba, trivializaba y disminuía. Y siempre estaba allí, al alcance de la mano.

Por fin abrió los ojos y contempló las oscuras vigas de castaño que sobresalían del cielo raso. Les hacía falta una mano de pintura. En el aire estancado de la habitación bailaban pequeñas motas de polvo iluminadas por los pocos rayos de sol que se filtraban a través de las contraventanas de madera, hundidas en el muro como pantallas de televisión. Miró hacia el techo e imaginó a su padre en la habitación superior, justamente encima de la suya, metido en la cama, como él, leyendo el periódico con las gruesas gafas de miope levantadas sobre la frente y acercando los papeles a la cara como si los estuviese olfateando. Ya habría terminado de comer y el carrito que le servía de mesa y de atril estaría aún lleno de restos de comida, esperando a que Agustina o su hermana Teresa subiesen a retirarle la bandeja, para que pudiera volver a trabajar en sus libros de contabilidad. Llevaba más de dos años así, autodeclarado enfermo terminal, sin salir de su habitación excepto para ir al cuarto de baño y casi sin levantarse de la cama, manteniendo un permanente rictus de dolor que se cambiaba por una expresión sombría, pero relajada, cuando creía que nadie le miraba. Ya no le regañaban, ¿de qué serviría?, incluso ahora causaba menos molestias que cuando andaba por la fábrica y por la casa tropezando con todo y rompiendo floreros al pasar. Toda su vida había sido un cero a la izquierda en casa de los Atienza y hasta sus hijos, con el paso de los años y sin premeditación, simplemente porque la gente los conocía así, fueron sustituyendo el Fernández de su primer apellido por una «efe punto» y luego hasta perdieron esa «efe punto». Ahora, desde hacía más de dos años, el pobre Melquiades había renunciado a vivir, pero sin atreverse a morir, y Álvaro se sentía unas veces indignado y otras apenado por lo que percibía como una profunda y radical mediocridad. Tras una simple gripe, en la que sufrió una fiebre más alta de lo normal, don Melquiades había reaccionado con un terror inmotivado e infantil que le impedía salir de la cama. Resultaron inútiles todas las argumentaciones, las prescripciones médicas y las amenazas familiares, el anciano se apoltronó entre las sábanas y, por una vez en su vida, fue inflexible en su decisión. Desde allí llevaba las cuentas del negocio garrapateando cifras sobre sórdidos libros de cartoné, tan remotos como la época en que se inventó la contabilidad de partida doble. Varias veces al día, su hija Teresa entraba en aquella habitación con albaranes, con facturas o con comida, pero siempre dando órdenes con una exasperada energía que se manifestaba en el elevado tono de la voz y en la prisa. Teresa adoraba las misas de doce, los gritos y la prisa. Ella llevaba la casa, dirigía la fábrica, despachaba con los viajantes y con los proveedores, pagaba las facturas, peleaba con los bancos y además tenía tiempo para ir al Club de Tenis y mantener una aceptable vida social. Los obreros, tan antiguos y desmoronados como la propia fábrica, solían decir de ella que era «mujer de mucho genio». Sin embargo jamás se había atrevido a despertar a su hermano, aunque se quedase en la cama hasta las cinco de la tarde. Por el contrario, había impartido severas órdenes a Agustina para que, si Alvarito no se levantaba antes de las dos, tuviese dispuesta la mesa labrada del comedor, primorosamente acicalada con la mantelería de hilo, la vajilla de filo dorado y los cubiertos de plata; la comida propiamente dicha se la dejaban en pequeños recipientes de cerámica listos para ser calentados en un horno microondas instalado sobre el vetusto aparador. Sólo en muy contadas ocasiones coincidían los dos hermanos a la hora de comer. Se veían poco y hablaban poco, siempre con ajustada cordialidad. Álvaro Atienza no era persona que se dejase mimar y su hermana, sólo tres años mayor que él, debía reprimir y controlar los pocos arrebatos de ternura que a veces afloraban a su rostro, muy desentrenado ya para la expresión de sentimientos.

Nada más ponerse en pie Álvaro notó que el dolor de la espalda se generaba en el hombro derecho, a la altura del cuello, y descendía desde allí hasta el final del omoplato, donde le aguijoneaba un pinchazo cada vez que realizaba cierto movimiento. Identificó inmediatamente su naturaleza y sus causas en el mapa del dolor que tenía impreso en la mente desde su infancia y recordó que llevaba varios días sin hacer los ejercicios que le ayudaban a sostener su espalda. En uno de los rincones de la enorme habitación estaban las espalderas y los perversos aparatos de gimnasia sobre los que debía desplegar y torturar su cuerpo. El intento de mantenerse erguido ya era ilusorio hacía más de treinta años, cuando su tío Álvaro los instaló allí con ciego optimismo y una jovialidad que ahora a él se le antojaba cruel. «¡Haré de ti un atleta, Alvarito!», había dicho. Y durante años hicieron gimnasia juntos, porque el tío Álvaro era un hombre indesmayable y no soportaba que le quitaran la razón, aun a costa del sufrimiento de un niño. Por supuesto, no consiguieron enderezar lo que estaba torcido pero, al menos, desarrolló una musculatura mental y una disciplina de la voluntad que le permitieron sobrevivir a la desesperación. Ahora, sólo cuando los dolores se hacían muy persistentes volvía ocasionalmente a los aparatos de gimnasia durante unos días, para dejarlos otra vez. Prefería las aspirinas.

A las seis de la tarde había quedado en recoger a Rodrigo de Almar en la Escuela de Artes, donde éste impartía clases de dibujo desde que había regresado a la ciudad. Tenían el propósito de acercarse después a Cimadevilla, en Gijón, donde alguien iba a proporcionarles un par de gramos de coca, así que, antes de subir al comedor, Álvaro salió por la puerta trasera de la casa y se acercó al zaguán del garaje, donde tenía la moto. Hacía un día espléndido, frío y azul. Un joven marroquí, muy espigado, se acercó corriendo hacia él. Venía del chamizo que antes había sido la caseta del guarda y que, con los años, quedó unido mediante diferentes techumbres a la nave del empaquetado. Ahora el conjunto servía como almacén de todo tipo de cachivaches y también como precaria vivienda del marroquí, quien tenía un incierto empleo de guarda nocturno y hombre para todo.

—Oye, Tahar —le dijo Álvaro—, límpiame la Norton y engrásale la cadena, pero pásale luego un paño, que si no me pongo como un Cristo.

—Ahora mismo —contestó el joven muy sonriente.

Parecía contento de ser útil y, aunque Álvaro no diese jamás muestras de ello, el joven marroquí le caía muy bien. Sabía que era mucho más inteligente y cultivado de lo que su condición laboral hacía suponer y le admiraba que, aun así, Tahar siempre estuviese alegre. Pero Álvaro Atienza había construido una imagen de sí mismo que le impedía mostrar afectividad. Desde que era un niño había aprendido a discernir las miradas que recibía de los demás, y en ese espejo, tan deformado como su espalda, se generaba su propia mirada, una mirada fría y penetrante que inspiraba temor. Había conocido tan bien la falsa piedad (todo el mundo se había apiadado de él en uno u otro momento de su vida) que el más leve reflejo de ternura en unos ojos le producía vómitos. Con el tiempo, su experiencia de niño y de joven monstruo de buena familia fue registrando todas las miradas humanas en un minucioso catálogo, un monumento elevado a la hipocresía. La conmiseración, la piedad, la compasión y la espontánea caridad que aparecían en la superficie de los ojos que le miraban nunca pudieron tapar el asco, el rechazo y el distante horror que producían su joroba y sus labios azulados por la mala respiración. Había miradas, en general de perfil o a hurtadillas, que sólo circulaban cuando los párpados estaban entornados y desatentos; entonces mostraban la desnuda aversión o el temor a un contagio, como si su deformidad fuera transmisible a través de la luz. Otras más frontales, que se escudaban tras los velos de la cortesía o tras la impune prepotencia de estar mirando a un niño, emitían tan densa opacidad que parecían provenir de estatuas. Atienza adquirió una especial habilidad para percibir esas miradas y una excelente memoria para reconocerlas de inmediato, especialmente cuando sus interlocutores evitaban obsesivamente mirarle la espalda deforme o sus ojos de malvado. Unos ojos que se construyeron y legitimaron en aquel infame comercio de la piedad. La mayoría de la gente se sentía incómoda a su lado sin saber por qué y Álvaro notaba esa incomodidad como una espada con la que le herían, pero también con la que él podía herir. Algunos rebuscaban con ahínco palabras importantes para anular aquella extraña sensación de deuda que les provocaba su presencia y otros proferían de inmediato cualquier necedad, porque Álvaro Atienza jamás consideró necesario iniciar una conversación. Simplemente, si no tenía nada que decir, callaba; y eso, en algunas circunstancias, causaba verdadero terror. El sinfín de menudencias que se pronuncian por el hecho inevitable de que los seres humanos tenemos lengua quedaba clausurado cuando llegaba él; «¡cómo llueve!, ¡qué calor hace!» resultaban expresiones concluyentemente superfluas en su presencia. ¿Cómo dirigirse a aquel hombre sin mencionar al menos la inmortalidad del alma?; uno podía arriesgarse a una réplica sarcástica o a ese tipo de respuestas razonables y antipáticas como «¿tú crees, en realidad, que llueve?». Álvaro era consciente de la distancia que instauraba a su alrededor y sólo muy pocos amigos, Floro Santerbás, Mari la Gorda y algunos más, la franqueaban con liberalidad. Pero no podía evitarla y ni siquiera estaba seguro de desearlo. Pensaba que era mejor la indiferencia moral, la supresión de todo deseo y la fría lucidez que emanaba de esa distancia. Porque la distancia era real, no un producto de la imaginación: él era diferente. Y su conciencia era conciencia de esa diferencia, donde se fundaba su radical individualidad, allí, en su espalda, levemente in-cli-nada sobre el hombro izquierdo, una colina roma y dolorida donde se albergaba su identidad, el lu-gar donde reposaban su razón y su voluntad, el habitáculo de toda su memoria, el ho-gar de un yo con el que había aprendido a convivir tras mu-chos años de enemistad.

Llegó a la Escuela de Artes unos minutos antes de las seis y aparcó la moto frente a la puerta. Era un edificio reciente, de planta irregular, construido sobre los muros de un viejo convento, cuyos sillares aún poseían cierta majestuosidad bajo las nuevas paredes. Todavía lucía el sol cuando entró en la escuela. Las aulas de la primera planta rodeaban los cuatro lados de un viejo claustro de columnas por el que circulaban algunos estudiantes. Álvaro se entretuvo un rato contemplando el agua que borbotaba mansamente en la fuente central, en medio de un pequeño jardín, luego comenzó a asomarse a las cristaleras de las aulas en busca de la clase de Rodrigo de Almar, subiéndose, de vez en cuando, sobre el poyo de piedra que recorría todo el perímetro. Los pocos estudiantes que pasaban apenas le prestaban atención. El cuello de la chaqueta subido y el pelo recogido en una cola sobre la espalda contribuían a esconderle la joroba, pero ya había observado en otras ocasiones que, cuando llevaba el casco de motorista en la mano, casi nadie se fijaba en él, como si el casco, ejerciendo la misma función que una sotana o un uniforme militar, le hiciese perder individualidad en favor de una categoría humana más general y más aceptable, donde quedaba asumido e irremisiblemente identificado: era uno de esos tipos duros que andan en moto y llevan casco, una especie antigua, estrictamente asociada con el rock and roll. No le prestaron atención.

Tras una de las cristaleras encontró la clase que buscaba. Rodrigo se paseaba sobre la tarima con un papel en la mano diciendo algo que no consiguió oír. Los estudiantes, no más de una docena, dibujaban o conversaban junto a grandes tableros blancos sin prestarle una atención explícita. En el centro del aula, una muchacha dibujaba con mucha concentración. Tenía el cabello castaño, ondulado, no estaría a más de tres metros de distancia de donde él se encontraba, tras el cristal, y la veía de medio perfil, levemente apoyada sobre los antebrazos, muy atenta al trabajo que estaba realizando. La chica hizo unos trazos sobre el papel, se detuvo de golpe y miró hacia el frente pensativa, sosteniendo el lápiz en el aire. Se quedó inmóvil, sin mirar a nadie en particular. Álvaro tuvo la sensación de que el conjunto de los movimientos de la clase adquiría una extraña coordinación en torno a su figura, como si los demás estuviesen participando en una danza inconsciente alrededor de ella, o su cuerpo emitiera música, o marcara el ritmo. La blusa de la muchacha, distraídamente abierta, permitía intuir una línea que no estaba apresada por el sujetador. Álvaro la observó con extremada atención, como tratando de memorizar su rostro. Tenía los pómulos altos y delicados, los labios entreabiertos, la mirada desatenta. Su rostro no expresaba la concentración de quien reflexiona; tampoco el aire, un poco alelado, de quien está sumergido en la memoria tratando de rescatar las esquinas de un recuerdo; no parecía ser ignorante de su entorno; al contrario, percibía en ella un concentrado abandono que transmitía bienestar, armonía, inocencia. Álvaro pensó, con cierta pedantería, que la belleza concebida por los clásicos seguramente se definía por esos mismos rasgos abstractos —armonía, tranquilidad, inocencia— y, de forma aviesa, deseó que la muchacha se inclinara hacia delante, estaba seguro de que la blusa se abriría un poco más y le vería el perfil de un pecho, quizás el pezón. Pero no se inclinó hacia delante. Inopinadamente volvió la cabeza y le miró a él. La mirada lo cogió por sorpresa. Con sobresalto, con efusión, con alegría. Pero la alegría era un sentimiento extraño a su corazón. Por un momento sintió que una mano le acariciaba el alma, como si él tuviese alma. Notó que la luz de marzo destellaba plácidamente sobre los tableros blancos de la clase y que la muchacha tenía los ojos del color de la miel y que en la miel refulgían unas chispitas verdes. Estuvo a punto de ver y sentir algo más, pero no pudo. Sin saber quién estaba dando la orden de partir, Álvaro se fue retirando del cristal lentamente y bajó la cabeza poco a poco, tal y como desaparecen las marionetas de su escenario de tela y cartón. Justo en ese mismo instante, cuando sus ojos aún no habían rebasado el borde del cristal, ella sonrió y, a la vez, sonó un timbre anunciando el final de las clases.

Los estudiantes iban a salir del aula. Es decir, ella iba a salir y le vería allí, al lado de la puerta. Caminó precipitadamente por el lateral del claustro en busca de la salida, pero se encontraba justo en el lado contrario. Iba a retroceder cuando, en efecto, los estudiantes salían del aula y le cortaban el paso. Siguió adelante y encontró la puerta de los urinarios. Entró. Contra todo estereotipo prejuicioso acerca de los centros de enseñanza pública, los urinarios estaban inmaculadamente limpios. Se escondió en un retrete y se sentó sobre la taza con el casco de motorista en las rodillas. Apoyó la frente sobre el casco y se echó a llorar.

Sé que hay cosas que deberían quedar secretas; la dignidad exige que la miseria humana no sea como un trofeo del espíritu, aunque la moda premie hoy ese espíritu canalla. Por dignidad, no debemos exponer a la mirada pública esos momentos confusos y humillantes en los que un hombre, sin saber por qué, llora escondido en un retrete. Sin necesidad de reflexión comprende que toda la belleza y el amor dispersos por el mundo le son irremediablemente ajenos e inalcanzables, que la piedad de los dioses no le ha evitado conocer una mirada que jamás le será dirigida. Sé que la dignidad exige silencio y que debería prevalecer el inmutable rostro, la mirada dura y altiva que todos conocen de Álvaro Atienza. Pero la dignidad es sólo un atributo de las buenas conciencias y mi conciencia no es buena ni pretende una lápida laudatoria. Sé bien que esto no es una justificación, que, como el mismo Álvaro Atienza ha sostenido durante toda su vida, nunca hay justificación para quienes exhiben sin pudor sus llagas o sus malas intenciones, para atribuirlas luego a un desamor sufrido en la oscura infancia de la afectividad. Había proclamado que nadie tiene derecho a manifestar dolor o sufrimiento, porque el dolor y el sufrimiento son contagiosos y sólo estaría permitido exhibirlos en defensa propia, frente a los verdugos que los causan. Pero ¿quiénes son los verdugos de un hombre que llora solo en un retrete tras haber contemplado fugazmente a una estudiante de dibujo?

Aquel llanto era un fin en sí mismo, como si toda su vida no hubiera sido más que una excusa para llegar a ese instante de suprema tristeza. Y en este punto, alguien debería hablar en nombre del dolor, en nombre de la fealdad e incluso en nombre de la maldad, porque son atributos siempre pagados con desprecio y siempre surgidos del desprecio. El infierno del alma no se enciende con los ardientes carbones del odio, sino con las cenizas del desdén y de la indiferencia, las verdaderas sustancias de nuestro viejo origen, el pecado del ángel: sublevarse al ser ignorado por quien uno estima.

Cuando por fin salió de la Escuela de Artes, Rodrigo le esperaba apoyado sobre la moto. Álvaro llevaba el casco puesto.

—Menos mal que vi la Norton —dijo—, estaba a punto de marcharme. ¿Dónde te has metido?

—Estuve cagando —mintió brutalmente—, los retretes están muy limpios.

Ya sobre la moto, sin que Rodrigo alcanzara a oírle, concluyó:

—Demasiado resplandecientes para mi gusto.


 

Jugadores de billar
José Avello
Trea Ediciones, 2018
548 páginas; 25.00 €


José Avello (Cangas del Narcea, Asturias, 1943 – Madrid, 2015)

José Avello
Nacido en Cangas del Narcea en 1943, cursó estudios en la Facultad de Derecho de la Universidad de Oviedo y asistió por su cuenta a las clases que impartía Gustavo Bueno en la facultad de Filosofía, cuyo materialismo filosófico ha dejado impronta en su literatura. Fue durante diez años profesor de Teoría de la Comunicación y posteriormente de Sociología de la Cultura en la Facultad de Bellas Artes de Madrid. Retirado de la docencia en 2010, siguió dirigiendo tesis doctorales en la Complutense de Madrid como profesor emérito. En 1983 fue finalista del Premio «Nadal» con la novela La subversión de Beti García. En 2002 obtuvo el Premio Villa de Madrid de Narrativa, además del Premio de la Crítica de Asturias, con la novela Jugadores de billar. Falleció en Madrid el 16 de febrero de 2015.

 

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