/ Mirar al retrovisor / Joan Santacana /
Todo empieza siempre por el este de Europa: un territorio con fronteras poco definidas, sin grandes barreras naturales. De las Ardenas a los Urales, casi no hay obstáculos naturales que fraccionen esta inmensa llanura, salvo los ríos. La habita, desde la prehistoria, un Babel de pueblos y lenguas. En este territorio se enfrentaron antaño, a lo largo de la historia moderna, el imperio de los Habsburgo y el otomano, separados durante un tiempo por el Danubio; y a principios del siglo XX,, de nuevo los otomanos con los países de la Liga de los Balcanes formada por Bulgaria, Montenegro y Serbia. Fue la llamada primera guerra balcánica, en la que ganaron los segundos, pero luego se enfrentaron entre sí para repartirse el botín y esto fue la segunda guerra balcánica. En este conflicto, las grandes potencias, singularmente Rusia y el Imperio austrohúngaro, con apoyo del Imperio alemán, trataron de influir en su propio beneficio. Y surgió un equilibrio inestable en el tablero de juego; esto fue entre 1912 y 1913. Lo que siguió ya lo conocen ustedes.
Hoy, aquellas tierras, cuyas fronteras son suturas mal cosidas, vuelven a estar tensionadas. Rusia se siente engañada por Estados Unidos, que capitanea una alianza militar, la OTAN, diseñada para su servicio. Los Estados bálticos, que creyeron estar seguros en el seno de esta alianza, hoy descubren que no era para ellos y empiezan a fortificarse de Finlandia a Estonia, Letonia y Lituania.
Por su parte, la otrora neutral Suecia ha percibido el mismo peligro y, rompiendo una neutralidad legendaria, se ha unido al mismo club atlántico, descubriendo rápidamente que al perder la neutralidad no ganó precisamente en seguridad. Polonia, la eterna victima del Imperio de los zares, ya sabe lo que es tener al Oso por vecino y hoy se plantea desarrollar armas nucleares, única amenaza que el Oso entiende. Hungría, con un líder prorruso, al igual que Eslovaquia, intentan aproximarse a Rusia esperando salvar los muebles en un hipotético y previsible conflicto. En Chequia los europeístas están asustados y los que creen estar más seguros con Rusia empiezan a crecer. En Rumanía, el ganador de las elecciones, un prorruso, ha sido apartado del sistema electoral. Mientras, Kosovo y Bosnia-Herzegovina solo necesitan una cerilla. Este es, en resumen, el estado del Este.
¿Qué hacer? ¿Armarse? La llamada al rearme ya está lanzada. Obviamente la apoyan los que se creen más amenazados dado que han perdido el «paraguas norteamericano» que creían seguro. Otros, los del sur, entre los que se hallan Italia y España con Portugal, parecen creerse fuera de peligro, porque ven lejana esta tensión de suturas orientales. Pero una cosa está clara: el amigo americano se ha quitado la máscara democrática que le cubría el rostro. Trump no es un loco; tiene el apoyo de muchos millones de conciudadanos que creen que ya se han endeudado demasiado por culpa nuestra. Estos millones de votantes, partidarios del movimiento MAGA, no van a desfallecer. Cuando Trump desaparezca de los telediarios, le sucederá otro igual o peor que él.
Esta etapa de la historia ha concluido y Europa se enfrenta a sus viejos fantasmas. Hay quienes piensan que los demócratas volverán a gobernar en Estados Unidos y todo volverá a ser como antes. No será así, porque lo que empuja a estos millones de ciudadanos a votar por él y por su club de millonarios es la deuda pública, que en el año 2023 fue de 32.911.523 millones de dólares y que había crecido 1.157.518 millones desde 2022, mientras que su déficit comercial en este mismo periodo fue de 918.400 millones de dólares. O sea, el Imperio está moribundo, endeudado, rabioso y sin rumbo y los imperios, a veces, mueren matando. Esta es la razón del movimiento de rearme europeo, al igual que hizo la Gran Bretaña desde 1934 hasta 1939 como respuesta del rearme alemán de Hitler. ¡Y casi llegaron tarde! En realidad, despues de la guerra anterior de 1914-1918, que debería ser «the war to end all wars», o sea, «la guerra que terminaría con todas las guerras», Gran Bretaña confiaba en el llamado «principio de seguridad colectiva» e inició un profundo desarme. Incluso la liga estudiantil que agrupa a las principales universidades del país firmó un manifiesto en el que se comprometían «a no tomar las armas ni en el caso que hubiera que defender la patria». También en este caso, ustedes saben como terminó. Pero hoy muchos británicos y europeos se preguntan: ¿Cómo hubiera terminado todo esto si no se hubieran armado? Es difícil discutir esta realidad.
Joan Santacana Mestre (Calafell, 1948) es arqueólogo, especialista en museografía y patrimonio y una referencia fundamental en el campo de la museografía didáctica e interactiva. Fue miembro fundador del grupo Historia 13-16 de investigación sobre didáctica de la historia, y su obra científica y divulgativa comprende más de seiscientas publicaciones. Entre sus trabajos como arqueólogo destacan los llevados a cabo en el yacimiento fenicio de Aldovesta y la ciudadela ibérica y el castillo de la Santa Cruz de Calafell. En el campo de la museología, es responsable de numerosos proyectos de intervención a museos, centros de interpretación, conjuntos patrimoniales y yacimientos arqueológicos. Entre ellos destaca el proyecto museológico del Museo de Historia de Cataluña, que fue considerado un ejemplo paradigmático de museología didáctica.

