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Historia del buen soldado

/ un relato de Jónatham F. Moriche /

Cuando el centurión vio lo que había acontecido, dio gloria a Dios, diciendo: verdaderamente este hombre era justo

―Lucas 23:47

Mi nombre es Casio Tutor. Nací en el atardecer del reinado de Augusto, en el centro mismo del Imperio, de la Ciudad y del poder. Hasta mi primera adolescencia, en el seno de una familia muchas veces ilustre en el curso de la larga historia de Roma, fui educado por igual para la toga y la espada, para encabezar la batalla o liderar la discusión. Maestros griegos me enseñaron la música, la matemática, la retórica y la lógica; un numidio brutal y noble me preparó para las artes de la equitación y la guerra. El derecho, la geografía, las lenguas, las aprendí agazapado, como un pequeño y silencioso escriba, escuchando las largas tertulias que en mi casa celebraba mi padre, un día con hombres del Senado, otro con comerciantes acaudalados o con viajeros llegados desde las más distantes provincias.

Los últimos años de Augusto no fueron buenos para nuestra casa. Los ciegos lazos de la sangre, que tanto valen en los imperios, nos interponían en el camino trazado por las familias que se disputaban el poder de Roma. Murieron los hijos de Augusto, también otros muchachos e incluso algunos niños ―así es como, tras los hombres que forjan un Imperio, aparecen los carroñeros y se adueñan del gobierno de la patria. El reinado oscuro de Tiberio fue nuestra ruina. Mi padre, opuesto a los manejos de Sejano, invocaba sin cesar, en la más alta de las tribunas de la Urbe, los valores que durante toda su vida había defendido fielmente al servicio de Augusto, y con ello, sin él quererlo, ciegamente confiado a la solidez de nuestras instituciones y costumbres, convocaba abiertamente nuestra desgracia.

Todo lo que vino después puede resumirse en un sólo día. El numidio, dispuesto a morir cien veces por mi vida, fue mi única escolta hasta el puerto. Allí buscamos, entre hombres rudos que apestaban a sal y sudor y vociferaban en cien lenguas diferentes, un barco secretamente convenido, gobernado por griegos. Mi único equipaje eran un navegante unido desde antiguo a mi padre por lazos de amistad inextinguibles, que me llevaría oculto entre sus mercancías hasta el otro lado del mar, y una carta en la que se confiaba mi protección a un prefecto de las regiones orientales, secretamente afín a la causa de mi padre ―tal era el peligro, que mi vida valdría más en el más inhóspito de los desiertos que en los mejor engalanados asientos del circo de Roma. Allí mismo recibió de mis manos el numidio su libertad y la ciudadanía romana: la libertad de huir, como su amo, y de ser, como aquel, un ciudadano perseguido por los nuevos señores del Imperio. Le he buscado, sin éxito, cuantas veces he estado entre hombres de su nación; antes que tantos senadores, potentados y cortesanos, él representa en mi memoria el respeto debido a la ley y la costumbre. 

Lo que vino después me hizo otro, me destinó a una vida completamente diferente a la que antes había imaginado. Tras semanas de huida agotadora a través del mar y las arenas, me puse a las órdenes de Cayo Licinio Tutor, un hombre que había sobrevivido junto a mi padre a las peores matanzas de las guerras contra los germanos, y que ahora representaba al Imperio en su remota frontera oriental con el reino de los partos. Allí compartí con los legionarios más humildes el agua turbia, el alimento escaso, los caminos polvorientos y el miedo a las callejuelas y los filos brillantes que son convocados al anochecer, durante las rebeliones. De Cayo recibí mi nuevo apellido, mi destreza en la estrategia y el mando, la poca o mucha dignidad que pueda hacerse brotar de esta áspera vida de milicia que a cada paso ha de protegerse poniendo fin a las vidas de otros. En aquellos tiempos era raro un soldado capaz de escribir con destreza el latín, el griego y muy pronto el arameo, o incluso de auxiliar a un cuestor en sus difíciles tareas contables. A las órdenes de mi prefecto y protector viajé a Partia, a Nabatea, a Armenia e incluso en una ocasión a las costas del Mar Eritreo, en cuya otra orilla, dicen quienes han navegado hasta allí, hay otro imperio al menos tan vasto y tan antiguo como el nuestro. Y una década y media de aprendizaje y servicio después, ante la mirada orgullosa de mi nuevo padre, el Imperio me destinó, ya como centurión, a la tierra de los judíos.

Mil veces escapé aquellos días a la daga furtiva de los zelotes. Mil veces zafé de la emboscada, las más contraatacando y también unas pocas huyendo. De los judíos, nada bueno ni malo tengo que decir, salvo una cosa: aún con toda su pobreza, con sus casuchas de adobe y sus leyes de pastores, el desdén y el desafío inquebrantables de ese pueblo a nuestro poder anunciaba ya que allí habrían de producirse acontecimientos terribles y extraordinarios.


De lo sucedido desde entonces, no hay mucho realmente importante que contar. He conocido, ya de adulto, el poder al que fui destinado por nacimiento. Al final las estrellas se han impuesto al resultado provisional de las querellas de los hombres. Así, he gastado mi vida al servicio del Imperio, como había sido decretado. De Judea volví a Roma, recorrí palmo a palmo las fronteras del norte, pacté con los más notables príncipes germanos, que en su trato con nuestras leyes parecen desasirse día a día de las cadenas de la barbarie, goberné allí con firmeza los asuntos de Roma, y Roma, complacida, me otorgó sus honores más preciados ―todo ello, con un nombre distinto del mío; ya ancianos y rebosantes de riquezas y de gloria, estuve muchas veces cara a cara con algunos de los acusadores de mi padre: tales son las deshonras íntimas a las que en ocasiones obliga el servicio recto de la patria.

Y hace quince años, al fin, dejé las armas. Mis afines y amigos aguardaban mi retiro para arrastrarme entre vítores a la tribuna en que se resuelven las más elevadas cuestiones del Imperio. Pero, en un desaire inesperado para todos menos para mí mismo, rechacé todas las ofertas, espanté a los mensajeros, para, sin dar demasiadas explicaciones, compartir la suerte de mis mejores soldados: poseer, civilizar y extraer los frutos de las tierras vírgenes de Hispania ―de mi interior emergían las exigencias de aquella fidelidad que ya no pertenece a la patria, ni a las armas, ni a los conciudadanos más afectos, sino al íntimo cuidado del espíritu durante la estación última de la vida. Mis esclavos fueron todos liberados, mis oficiales, justamente reconocidos en su servicio, mis aliados, generosamente recompensados por su confianza. Abandoné todas las preocupaciones del mundo y viajé, honrado, rico, libre y casi anciano, hasta las tierras de Lusitania. 

Al mismo pie de la Vía de la Plata, a una prudente distancia de la ciudad, he hecho levantar mi villa. Tiene cómodas estancias, galerías amplias y fuentes, y algunos mosaicos humildes pero hermosos que han hecho para mí los mejores artesanos locales. Poco a poco, una pequeña aldea de pajares, establos, hornos, forjas, aposentos de labradores y otras edificaciones ha surgido a su alrededor. En estos años he recuperado algo del sosiego y la dulzura que en otros tiempos hube de entregar en sacrificio a las batallas de Roma. Como a un niño nuevo, me han fascinado los cantos de las mujeres de esta tierra, tan sinuosos y enigmáticos como los que hace ya tanto escuchase en la remotísima Armenia, y su idioma primitivo pero hermoso, que también he aprendido con dificultad y placer a un mismo tiempo. Con la bellísima luz de las tardes de esta tierra, he retomado la lectura de los poetas y oradores que me acompañaron de niño. Las voces de mi padre y mis mentores griegos retornan a mi memoria por entre sus líneas, acallando al fin tantos lamentos y tanto entrechocar de hierros como he tenido que escuchar en esta vida.

La tierra, como los hombres, se cultiva aquí con esfuerzo. A cada paso, hay que apartar alguna vieja creencia bárbara, espantar unas fieras, desecar una laguna o abrir un camino en el bosque. En mis posesiones habitan esclavos, libertos, colonos y ciudadanos: os aseguro que en poco podréis distinguirlos. Ninguno trabaja de sol a sol, y siempre hay algunos ociosos, y hay de sobra para colmar mi fortuna, su necesidad y los tributos ―nada hay en ello que yo atribuya a mi persona, más que el severo respeto a la ley: por tal principio murió mi padre y he soportado yo esta vida de riesgos y sacrificios. De los niños, no hay ni uno sólo que no haya aprendido la lengua latina, como también de sus ancianos he aprendido yo, algunas noches, sus más antiguas narraciones, rituales y misterios, sobre las que por supuesto guardaré aquí el celoso secreto que les he prometido.

De Setinus quiero también decir algo. Me acompaña desde que llegué a esta tierra, puede decirse que estas posesiones son ya tan suyas como mías. Cada día las recorre mil veces, las mide, las cuenta y las pesa, traza los senderos y el curso de los riegos, juzga en los litigios: con tal oficio, este antiguo esclavo se ha hecho respetar en la ciudad, llevando mis asuntos con eficacia y con decencia, y con ello me ha permitido consagrar mis últimos años por entero a la lectura, la memoria y la reflexión. Hay algunas viejas heridas que duelen ahora como no dolieron al ser infligidas por el hierro. Hace poco, la última primavera, con la serenidad cansada que precede al final de todas las cosas, cerré los libros para siempre y, en el madurar de los frutos más dulces del verano, comencé a medir cuanto resta, ya muy poco, de mi tiempo.

Pero en estos días, un extraño suceso ha turbado mi preparación para la muerte. Una extraña visita me ha obligado a reflexionar sobre mi presencia en este mundo, sobre los sucesos lejanísimos de mi juventud y el largo camino que desde aquel entonces me trajo hasta aquí.


Los viajes de Setinus a las ciudades me han liberado también del pesaroso trato con las cosas del Imperio. A su regreso último de la Bética, en la cena que siempre compartimos a su vuelta para despachar los asuntos más urgentes, apenas quiso hablarme de Roma. ¿Tan malas son las noticias del nuevo emperador? ¿Tales son su vesania y su desprecio a las tradiciones? Setinus es el comandante de esta guarnición, pero también es mi hijo, apenado por mis padecimientos, que nació en un bosque y de mi mano conoce hoy el derecho, la oratoria o la poesía ―aquellas cosas que dan valor a la vida de un hombre.

―Casio ―me dice ya al terminar―, hay un último asunto. Hace unas noches trabé conversación con unos griegos, marineros que han perdido su navío ante las columnas de Hércules y regresan a pie hacia Tarraco en busca de su patrón. Les he ofrecido nuestra hospitalidad, y si caminan a buen ritmo mañana o pasado llegarán aquí. Espero no contrariarte con ello.

―En nada puede contrariarme tu compasión por esos hombres desafortunados, Setinus ―pues como él sabe bien, a menudo me complazco en ofrecer un lugar para descansar y un poco de alimento a gentes desfallecidas por la dureza del camino.

En efecto, los dos marinos griegos llegaron dos días más tarde, cansados por la caminata y asolados por el calor y la pobreza. Nereys, robusto, de espesa barba y miembros enormes, y Niceros, su hijo, más esbelto y agraciado, apenas mayor que Setinus cuando fue comprado en Emérita Augusta. Ambos han entrado temerosos en mis tierras y humildemente se han presentado ante nosotros, como temiendo que Setinus ni siquiera se acordase de ellos. He dispuesto que se les ofreciera lo necesario para lavarse y ropas nuevas, y que se les sirviera una comida digna. Sorprendidos, sin duda esperando un poco de paja para dormir en los establos y unos mendrugos de pan por todo banquete, han caminado tras los sirvientes como sonámbulos, aturdidos a la vez por el cansancio y la sorpresa. Después, Setinus y yo nos hemos sentado a comer con ellos. Su naufragio, en el que murió el resto de su tripulación, los sinsabores de su viaje desde entonces, su añoranza de su tierra, su familia y sus amigos: de todo eso hemos hablado. También de la riqueza de los puertos de oriente, de la decadencia de algunos pueblos y el esplendor de otros, de las cosas del Imperio. Las escasas viandas que portaban ―un poco de carne seca conservada en grasa, aceitunas y una pizca de miel― las ha hecho servir Setinus en bandejas labradas junto a las nuestras.

Después de comer hemos caminado por las tierras, sorteando las labranzas y las obras de riegos. Otros asuntos me han reclamado, y he tenido que volver a casa. Setinus se ha quedado con ellos, para luego volver solo.

―¿Y nuestros visitantes, hijo? ―le he preguntado.

―Se han quedado haciendo sus oraciones junto al molino. Enseguida volverán.

―¿Qué culto profesan estos hombres?

Setinus calló, pesaroso de pronto, como si hubiera cometido una grave imprudencia. Me volví, mirándole sorprendido: qué religión podrían tener estos hombres que no haya yo conocido en mis andanzas, pensé.

―Me hablaron de sus creencias cuando nos encontramos. Ellos no tenían para pagar un poco de comida y un jergón, y sobraban unas monedas en mi bolsa. En esa confianza, me contaron algunas cosas de su religión. Pero me pidieron que me lo guardase para mí, porque ya en Roma y en otras partes se dicen cosas terribles de ellos y temen por su libertad o por su vida.

―¿Y tú que piensas?

―Que estos hombres no son asesinos de niños ni partícipes de ritos maliciosos. No sé qué harán otros que compartan su misma religión en Roma o en alguna otra parte, pero ellos no.

―Confío plenamente en tu criterio. Que ellos mismos nos hablen del asunto, si quieren, esta noche.

Los viajeros llegaron al punto, tanto que temí que pudieran haber oído parte de nuestra charla. Venían sosegados y sonrientes. Dijeron mil cosas hermosas de mis campos, y de las gentes que habían ido conociendo en su largo paseo. Tampoco ellos esperaban ver aquí, donde hace no tanto sólo había bosques frondosos y alimañas salvajes, donde tanto temían los jóvenes de Roma ser destinados al servicio de las armas, a muchachos de las tribus del lugar hablando en el más correcto latín, cuidando con esmero los cultivos o haciendo finas mediciones para las obras.

―Tales cosas ―respondí―, bien pueden ocurrir en cualquier parte, porque en cualquier parte son del agrado de los dioses.

Pude observar un levísimo brillo de inquietud en sus semblantes. Si estos hombres temían algo del Imperio, poca tranquilidad debían inspirarles, a pesar de todo, los dos impávidos emblemas legionarios que presidían, en recuerdo de mi vida anterior, la estancia en la que departíamos.

―Setinus me ha dicho que teméis por la religión que profesáis. No creo que gentes como vosotros tengan parte en ningún rito escandaloso. En esta casa podéis hablar sobre ello sin miedo alguno ―les dije en griego, incitándoles así a la confidencia.

Se miraron sorprendidos, y luego a Setinus, que encogió los hombros y abrió las manos en un gesto tranquilizador.

―Somos cristianos, señor ―me contestó el padre―. Aunque yo fui criado en la religión griega, unos marineros judíos con los que navegué siendo muy joven me hablaron de su culto, me mostraron sus enseñanzas. Y yo se las he mostrado a mi hijo, como a cualquiera que desee saber de ellas.

Asentí con un gesto, y mirando primero a su hijo, comenzó a hablar.

―A diferencia de los cultos de Grecia y de Roma, los cristianos creemos en un único dios, que habló primero sólo a los judíos, en virtud de un pacto antiguo, pero que ahora habla para todos los hombres. Es un dios justo, aunque también terrible a veces si se compara con esos dioses que beben vino y seducen muchachas. Pero trae una promesa mayor y verdadera que habrá de rehacer el mundo.

―¿Y que promesa es esa que ofrece?

―Un mundo más justo después de esta vida para quienes en este mundo no tienen nada, una esperanza para todos los que sufren y, a pesar de ello, no desean venganza sino concordia. El dios en que creemos tuvo un hijo en esta tierra: un hombre que nació en Judea, que compartió su mensaje y por ello padeció el tormento más atroz.

―¿Y cuál era su nombre?

―Le llamaban Jesús el de Galilea, y fue un hombre pobre que no tuvo poder alguno, ni reino ni ejército propios, pero hizo milagros y fue mensajero de la alegría y la esperanza de su padre.

Mi nombre es Casio Tutor. Ahora poseo una villa extensa y rica en frutos, el respeto del emperador y cada uno de sus funcionarios. Pero hubo un tiempo en que dormía encima de una manta raída sobre el suelo pedregoso del desierto, con solo la capa sobre el cuerpo y la malla adherida a la piel por el sudor, y cabalgaba tras las partidas de zelotes por los desfiladeros, y protegía mi garganta de sus cuchillos en las callejas alrededor del Templo, en Jerusalén. Todo eso lo había olvidado, todo eso no me pertenecía ya, era como la vida de otro que alguien me hubiese contado alguna vez, pero aquellos hombres me obligaron de golpe a recordarlo, a recordarlo como nunca lo había recordado antes. Mi silencio y mi gesto debieron ser severos, porque callaron los tres conmigo y quedaron expectantes.

―Yo conocí a ese hombre ―dije, y sus rostros, también el de Setinus, se conmovieron de asombro―, yo estaba al lado de ese hombre cuando murió.


Nereys y Niceros han caído de rodillas al suelo con los ojos encharcados de lágrimas, como si la más inimaginable de las bendiciones les hubiera sido concedida de improviso. Cogidos de la mano, padre e hijo me han suplicado que les hable de su profeta, de cuanto yo hubiera podido ver y escuchar de él.

―Soy un hombre anciano y he olvidado mucho en este tiempo ―y así comencé mi relato, yo mismo conmovido ante la trascendencia extraordinaria que para aquellos hombres tenían mis palabras―. Pero sé que en ninguna de mis campañas he visto crueldades mayores que en la tierra de los judíos. Cuando llegué allí, el Imperio trataba en vano de pacificar a esas gentes frenéticas, de imponerles algún respeto al derecho y los tributos. Pero resultaba difícil: qué puede impresionar un joven imperio de mil años a hombres que se creen elegidos por su dios antes incluso de que el tiempo mismo fuese fundado, propietarios de sus profetas y herederos de la tierra. A quienes lo proclamaban en el Templo les oí hablar con una majestad y misterio de la que muchos de nuestros sacerdotes carecen. A los que se habían retirado a la contemplación los veíamos a veces en el desierto, como fantasmas entre la arenisca, orando a los pies de sus cuevas. En las manos de los que tomaron las armas halló alguna de la mejor sangre del Imperio su destino. Pero a ninguno entre todos ellos parecía contentar la prédica de aquel galileo. Los sacerdotes denunciaban con insistencia sus excesos a Pilatos. Si a duras penas lograba Roma mantener sujeto a aquel pueblo orgulloso y tenaz con el concurso de sus poderosos… ¿qué hubiera podido hacer con estos en su contra? Así que se decidió contentarlos reprimiéndole.

Yo mandaba la tropa que le apresó, en los olivares donde estaba acampado con su gente: íbamos preparados para una matanza, pero el mismo les apaciguó, y recriminó con severidad a uno de ellos que se enfrentó a nosotros con violencia. Como si las tierras que atravesábamos fueran todas suyas y nosotros su escolta, caminamos rodeándole hasta las mazmorras, y ni nosotros ni los judíos nos atrevimos a importunarle. Guardaba silencio y nos miraba distante, extrañamente sereno, como apenado y aliviado al mismo tiempo, sin una gota de miedo en el cuerpo. Ya me había advertido Pilatos que aquel no era un revoltoso corriente y que no se amedrentaría fácilmente. Poncio no era un asesino, aunque bajo su mando hubiera de matarse mucho y cruelmente para preservar el orden del Imperio. Los sacerdotes del Templo, que administraban la justicia común entre los suyos, no podían dictar una pena de muerte: sabía pues que lo llevarían hasta él con su disputa, y que harían recaer sobre él la carga de matarlo. Y justo así fue. Tras interrogarlo, los sacerdotes lo llevaron al palacio de Pilatos, aherrojado y magullado. Quedamos a solas los tres en una estancia, él y Pilatos frente a frente, yo en una esquina observándolos. Fue la primera vez que le oí hablar, en esa mezcla rudimentaria de arameo y latín con que los nativos se dirigían a nosotros. Iba vestido como un mendigo y sus manos estaban encadenadas, pero se dirigió al gobernador de igual a igual y no se plegó a ni una sola de sus exigencias. En uno de sus silencios, aquel hombrecillo harapiento que hasta entonces me había ignorado por completo clavó de pronto sus ojos en los míos. Estremecido, aparté de golpe la vista: había dos hogueras encendidas en las pupilas de aquel rostro enjuto y aceituno, sucio de sudor y de polvo. Pilatos me ordenó esperar fuera de la sala, y sólo cuando salió el judío, entré yo de nuevo. «Casio», me dijo, «según las leyes de Roma, este hombre no es culpable de crimen alguno, pero tendremos que matarlo por la paz de estas tierras». Estaba como abatido, presa de un tormento secreto. ¿Había posado aquel judío su mirada sobre sus ojos como sobre los míos? ¿Había sentido el mismo temor inexplicable que yo? «Una cosa más», me dijo el gobernador antes de irse. «Que este hombre no sea humillado en exceso. Y que en su cruz se le reconozca ese reino que dice que es suyo. Bien puede Roma conformarse con gobernar este».

Cuando reuní valor para volver a enfrentarme a él, bajé a los calabozos donde aguardaba su suerte. Unos legionarios borrachos se divertían a su costa, haciéndole sangrar el rostro con unas ramas trenzadas a modo de corona burlesca. Les eché con malas maneras y quedé allí solo con él. Me observó de nuevo, ya sin fiereza, y luego me sonrió. Me preguntó mi nombre. Le quité con agua la sangre del rostro y le di de beber. Aflojé sus ataduras y le permití sentarse. Me dio las gracias en su lengua, y luego se encerró en sus oraciones. Después se quedó dormido. Al alba, con otros muchos, con los zelotes hechos prisioneros, los ladrones, los perjuros, fue llevado al monte donde se crucificaba en Jerusalén. Le acompañaron hasta el final algunos de los suyos. Al caer la tarde, volví allí. A cierta distancia, observé su silueta sin rasgos contra el crepúsculo, en el horizonte moteado de cruces. Mandé acercarse al soldado que lo custodiaba y mantenía alejado a aquel puñado triste de seguidores que le velaba en la agonía. «Señor», me dijo, titubeante, «ese hombre no tenía huestes que nos acosaran, ni bandidos que asaltaran viajeros en los caminos. ¿Por qué ha sido castigado como los otros?» Volví la mirada hacia aquella cruz. Puse mi mano sobre la del soldado, que aferraba con firmeza su lanza. «Si se ha equivocado la justicia de Roma», le dije en voz baja, «repara tú en su nombre lo que aún pueda ser reparado». El soldado asintió en silencio, caminó hasta quedar al pie mismo de la cruz y, de una sola lanzada, desgarró el costado del hombre. La sangre manó con fuerza, salpicándole las ropas y el rostro. Poco después expiró. Sus seguidores descendieron trabajosamente su cuerpo de la cruz y con él a cuestas echaron a caminar colina abajo, hasta perderse de nuestra vista por entre los campos. Y así terminó todo.

Cuando concluí mi relato, los insectos nocturnos habían callado, y les sucedían, aún en silencio, las primeras luces del alba. Nereys y Niceros me rogaron respetuosamente que compartiera con ellos una de sus oraciones, y así lo hice. Me pidieron permiso para contar mi historia ante sus amigos, y lo obtuvieron. Prometieron volver con la primavera, y les dije que serían siempre bienvenidos a mi casa. Nos retiramos a dormir. Al mediodía, emprendieron su camino. Sobre la mesa de mi estancia habían dejado una pequeña cruz, toscamente tallada en ébano, que coloqué entre mis dioses familiares y los dioses locales de mis tierras, donde permanece, compartiendo con ellos el fuego siemprevivo de las lámparas de aceite.

Mi tiempo se extingue. Con estas palabras, con las que no pretendo encontrar lugar entre los poetas o historiadores de prestigio, se han ido mis últimas fuerzas. Veo el empeño que la siega despierta entre mis siervos, las idas y venidas de los recaudadores y los correos, el paso apresurado de las cohortes hacia el norte, camino del combate en las montañas. Todo eso ya no me pertenece. Queda para ti este testimonio, Setinus, en el que he querido revelarte algunos hechos de mi vida, en especial aquellos que esta extraña visita me ha obligado a rememorar. Qué sé yo si podrá serte de alguna utilidad. Los tiempos de Augusto ya están lejos, el orden antiguo de las cosas se ha perdido para siempre. Desde la cercanía de la muerte, sé que pronto cederé a los vivos todas estas querellas. Ahora me preocupan otras cosas: evocar las voces y los rostros de los hombres que conocí, agradecer una última vez la lealtad de quienes se mantuvieron a mi lado, compadecerme una última vez de aquellos que sufrieron por mi mano. La justicia inexorable del mundo se hará pronto cargo de mí. De ella participan por igual todos los dioses, todos los hombres. En mi ausencia, recibe con amabilidad a estos cristianos, o a otros que vinieran. Me han conmovido con su visita, y de un modo u otro, el curso de mi vida parece haber quedado vinculado a su profecía. Sea cual sea el dios que encuentre tras la muerte, me alegro del bien que pueda haberles procurado a estos hombres con mis actos.

De este largo viaje sólo me resta ya el desembarcar. Todo el pasado es ya una materia común, cenizas que pronto habrán de esparcirse con las mías. De ellas, hijo mío, te lego esta memoria sincera. Úsalas para tu recreo, para tenerme presente allá donde te flaquee el ánimo, olvídalas si solo son desvaríos de viejo y te entristecen. Vivir ya no será más mi tarea, sino la vuestra. Quedad en paz, por parte de Casio Tutor, antiguo soldado de Roma, padre tuyo y señor de esta casa.


Jónatham F. Moriche (Plasencia, 1976), activista y escritor extremeño, ha publicado textos de análisis político y crítica cultural en medios como El Salto, La Marea, Eldiario, Rebelión o Diario Hoy.

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