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La consulta

TRATAMIENTO ANTIENVEJECIMIENTO

/ un relato de Fernando Prado Eirin /

Golpeo la puerta con los nudillos. No hay respuesta, así que la empujo y entro en la consulta. Buenos días, digo; carraspeo y me aclaro la voz. El doctor está sentado dándome la espalda, una cabeza canosa y con signos de alopecia incipiente asoma por encima del respaldo de la silla. Tomo asiento. Buenos días, vuelvo a decir, ahora con la voz más vigorosa. Un momento, me contesta el doctor, mientras agita una mano en el aire como si estuviera espantando moscas. Me cruzo de brazos y espero.

El tipo sujeta un móvil enorme, parece estar leyendo. Me pongo un límite, 20 segundos, no más; últimamente debo hacerlo, ponerme límites para no explotar, aunque no siempre funciona. Finalmente, el médico se gira, deja el teléfono con sumo cuidado en la mesa y me mira a través de las gafas sin montura con los ojos enrojecidos, diminutos y negrísimos. Dígame, ¿qué le pasa?, me pregunta; a continuación, levanta la barbilla hasta enfocar la pantalla del ordenador y comienza a teclear. No sé qué escribe, pues yo aún no abro la boca, pero lo hace rápido, utilizando todos los dedos con destreza, como si hubiera asistido a clases de mecanografía. ¿Y bien?, se impacienta. Después de humedecerme los labios secos y agrietados y de tomar aire le resumo el motivo de mi visita.

—Creo que me estoy muriendo.

—En eso estamos todos desde que nacemos.

—¿Cómo dice?

—Sí. Muriéndonos.

Su respuesta me deja estupefacto. No sé qué decir. Tal vez debería irme de inmediato, poner una queja, incluso pedir un cambio de médico. Me invita a continuar con un gesto confuso y una sonrisa teatral. En una esquina del techo hay una mancha de humedad con forma de pulmón.

Para empezar, no duermo bien, digo, con la voz ronca y un matiz de inseguridad. El doctor continúa escribiendo; el rápido traqueteo de las teclas me está poniendo nervioso, pero intento ignorarlo. Lo observo. La luz que entra por la ventana abierta ilumina las motas de polvo que flotan alrededor de su cabeza; tiene unas ojeras profundas de color verdoso, un punto de sangre seca en la barbilla, seguramente de un corte producido durante el afeitado matutino, y una nariz aguileña de cuyas fosas nasales asoman tímidamente vellos oscuros. Al fin deja de escribir y se baja las gafas hasta colocarlas en la punta de la nariz.  ¿Por qué cree usted que no duerme bien?, inquiere. Me quedo en silencio rascándome la barba que crece debajo del maxilar inferior.

Creo que estoy muy enfermo, contesto. Llevo meses con un insomnio pertinaz. Me acuesto cansado y somnoliento, pero me resulta prácticamente imposible dormir. Me desquicia pasar las horas en la cama intentando encontrar la postura adecuada para que mi cuerpo se relaje, es una búsqueda inútil, de hecho, porque solo consigo que mi cuerpo duela. Me duele la espalda, me duelen los hombros, las rodillas, los tobillos, el cuello y todas las partes del cuerpo que entran en contacto, se rozan y friccionan entre sí, que son aplastadas contra el colchón en el que parezco hundirme más y más noche tras noche.

El doctor escribe con la mirada fija en el monitor. La percusión neurótica de las teclas me irrita, definitivamente. Aprovecha mi pausa para preguntarme si hay algo que me preocupe sobremanera, si estoy más estresado, más nervioso, más apático o deprimido que de costumbre. Y la verdad es que no sé qué contestar. Siempre me han preocupado cosas probablemente absurdas, siempre he estado estresado, o nervioso, o apático, o deprimido o todo al mismo tiempo.  Pero nunca, le afirmo tajantemente, había pasado por un periodo tan largo de insomnio. 

Quiere saber si tomo infusiones relajantes, si aplico pautas o hago ejercicios —estiramientos, yoga, por ejemplo— o si me automedico. Insiste de manera especial en esto último porque, dice, puede ser peligroso y contraproducente. Es importante, según él, definir en primer lugar la causa, o causas, y posteriormente elaborar un plan adecuado a cada paciente, llegando a la prescripción de medicamentos si fuera necesario. Mi respuesta es tajante: no, no, no y no. Él escribe. Luego apoya la espalda en la silla, se cruza de brazos y me escruta. ¿Por qué cree usted que no duerme bien?, pregunta de nuevo.

Empiezo a pensar que el tipo me está tomando el pelo, que se aburre y lleva a cabo un estúpido jueguito conmigo. Me muerdo los labios y reprimo el impulso de levantarme e irme. Doctor, yo vengo a verlo única y exclusivamente para que usted me ayude con un problema de salud que comienza a ser, al menos desde mi punto de vista, grave, le suelto, la voz firme por primera vez en mucho tiempo.

—¿Fuma?

—Fui fumador hace más de veinte años.

Él se acerca a la mesa y escribe.

¿Bebe?

—Soy abstemio —contesto orgulloso.

—¿Consume algún tipo de droga?

—No.

—¿En qué trabaja?

—En una oficina.

—¿Y está a gusto?

—Nadie está a gusto en su trabajo.

—Yo sí.

Me arranco trocitos de piel seca de los labios y tras uno de los tirones percibo un leve sabor a sangre en mi lengua. Le pegaría, no me costaría mucho hacerlo. Puto médico, ahí sentado con sus gafas de diseño, la bata amarillenta, el bolígrafo barato en el bolsillo de la camisa de cuadros, el enorme teléfono de última generación sobre la mesa que no ha parado de recibir notificaciones ni un solo minuto, su dentadura perfecta, sus manos impolutas, bonitas, tersas y con una manicura impecable, su voz aflautada y sin embargo viril; la fachada de superioridad, la altivez, la soberbia de sus gestos, todo eso se lo quitaría de un bofetón con la mano abierta. ¡Plas!

Su última analítica, me dice interrumpiendo mi ensoñación, es de hace menos de un año y los resultados, como suele ser habitual en usted, no arrojan nada fuera de la más absoluta normalidad. Aparentemente, está usted sano. Yo le recomiendo que intente llevar una vida tranquila. Establezca unos horarios racionales, es decir, desayune, almuerce y cene a las mismas horas. Reduzca las grasas saturadas, la ingesta de alimentos procesados y azúcares. Coma mucha fruta y alimentos ricos en fibra para favorecer el tránsito intestinal. Si no está habituado a hacer deporte, le aconsejo que comience con una caminata diaria de al menos una hora a buen paso; debe usted cansarse. Obviamente, evite el consumo de bebidas alcohólicas y estimulantes, como pueden ser el café o el té.

Permanezco en silencio, asintiendo con la cabeza. El corazón palpita en las sienes. La impresora escupe un folio grisáceo de papel reciclado. El doctor se gira, lo coge y dibuja un garabato en la esquina inferior derecha. Aquí tiene el comprobante de la visita, por si lo necesita. Después escribe algo en un pósit. Pruebe con esto, dice, extendiéndome el papelito azul. Son unas gominolas de melatonina con valeriana que venden en cualquier farmacia sin receta. Tómese una cada noche media hora antes de acostarse. Nos vemos en quince días y me cuenta.

Así da por finalizada la consulta. Pero doctor, le digo, antes de que me despache con una frase hecha o con otra de sus impertinencias, hay más cosas. Me mira, consulta el reloj y se acomoda las gafas. Sufro de picores en el cuero cabelludo y en el antebrazo derecho; esto me ocurre varias veces al día y una vez que empieza la sensación urticante es difícil de detener. Creo haber descubierto que aplicar frío en las zonas afectadas, por ejemplo, un envase de yogur recién sacado del refrigerador, funciona. Escucho un pitido agudo y constante, es decir, que no cesa jamás y que, en ocasiones, se intensifica sin motivo aparente, diría que es un si bemol. Cada semana me tomo la presión arterial y la chica de la farmacia, siempre muy atenta, indica que está bien. A media mañana suelo tener mareos acompañados de suaves nauseas, que en la mayoría de los casos desaparecen tras eructar sonoramente varias veces. Sensación de vértigo por las tardes cuando desciendo las escaleras para salir de casa, que a veces me obliga a detenerme en el rellano o asirme al pasamanos para no caerme. He notado que mi apetito se ha incrementado, aunque como menos de lo habitual. El kiwi me sabe a tamarindo, el agua me sabe a cloro. Tengo espasmos en las piernas mientras conduzco, lo cual, entenderá, supone un riesgo para mí y para la seguridad vial, y calambres en la planta de los pies. Me dan sofocos en el trabajo y debo mojarme la nuca y las muñecas hasta que mi cuerpo recupera la temperatura normal. El olor de la gasolina me da sed. Soy incapaz de masturbarme, sin embargo, tengo erecciones potentes cada vez que entro en un supermercado. Me da miedo caminar debajo de los árboles.

El doctor permanece hundido en la silla, los ojos somnolientos, los brazos apoyados sobre el vientre ligeramente abultado, los finos labios dibujando una u invertida. ¿Por qué no escribe ahora? ¿Por qué no ha escrito nada de lo que acabo de decirle? No parece preocupado, ni sorprendido, simplemente está ahí, como un bulto colocado encima de la silla. Llaman a la puerta. Verá, tengo más pacientes, se excusa, no puedo dedicarle más tiempo. Empujo la silla hacia atrás y me levanto airado. Me pica la cabeza, me tiembla el párpado izquierdo. Me sugiere que tenga en consideración sus consejos y vuelva dentro de quince días. La mancha de humedad en forma de pulmón parece haber crecido. Me cuesta respirar. Lo miro con rabia, el corazón a mil, las mandíbulas apretadas, los músculos del cuello agarrotados. Respiro por la boca. Que tenga usted un buen día, jadeo, y me doy media vuelta.

En la puerta hay un paciente esperando, las manos apoyadas en las caderas, parece un botijo. Me mira claramente molesto antes de hacerse a un lado para dejarme salir. ¡Oiga!, me detiene, el doctor. ¿No será que quiere usted morirse?, pregunta. En ese caso, concluye, yo no puedo ayudarle.

Me siento en uno de los bancos de la acera, el más próximo a la salida del hospital. El sol brilla, los pájaros trinan, el tráfico ruge como de costumbre. Tiemblo, el pecho comprimido, el estómago revuelto, las manos frías. Hago respiraciones. Inhalar, exhalar. Nariz, boca. Un sudor frío empapa mi frente. Sujeto en una mano la hoja de papel reciclado doblada a la mitad y en la otra el pósit azul. Las gominolas. Tal vez debería ir a la farmacia. Inhalar, exhalar.


Fernando Prado Eirin, nacido en Caracas (Venezuela), siempre ha sentido la necesidad de expresarse a través de la escritura, la música o el dibujo. Ha participado en varios experimentos musicales. Observador nato. Actualmente es colaborador de la web boreal.com.es.

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