Seguro que en Riello hay un bosque muy hermoso que me recuerda con pistolas de hojalata, y buques escorados entre el roble, y canciones
/ Cisnes, cañones, hidras de siete cabezas / Alberto R. Torices /
La muerte de un amigo nos golpea siempre malamente, nos detiene y nos postra como una pedrada de repente, aunque nos haya alcanzado muy despacio, y después nos obligará a seguir caminando maltrechos, revirados, un poco muertos también. La muerte de Luis Miguel Rabanal nos alcanza y nos deja así, nos para y nos descabalga del mundo y sus cosas, nuestras cosas, y cuando nos alcemos de nuevo y sigamos lo haremos llevándonos la mano a donde duele, aquí y más allá también, volveremos pero mal y a partir de ahora veremos ya siempre algo más que lo que tenemos delante, y ya siempre algo menos. Al mundo le faltará algo que hasta entonces tenía, a las sombras se añadirá otra sombra. La muerte de Rabanal no podía sorprendernos, o no debería, pero un poco sí lo hace, y nos sobrecoge, se planta ante nosotros como la noche, como un hondo negror, y de un envión nos mete en el saco de la pena. Luis Miguel nos había dicho que había decidido iniciar los trámites, dejarlo todo listo, los papeles, los permisos, para cuando llegara el día, el momento de irse. Y cada vez que le oíamos, que le leíamos, pronunciarse a favor de la eutanasia, del derecho a morir dignamente, nos aplastaba una ola de estupor y de silencio, y presentíamos esta pedrada que veíamos aproximarse eternamente, o eso queríamos, pero que al final nos alcanza y nos postra, nos obliga a detenernos. Aquí parados, nos duele y nos agarra fuerte también el remordimiento, y nos decimos, como nos hemos dicho tantas veces en los últimos años, que deberíamos haber estado más cerca, más presentes; que deberíamos haber ido a Avilés más veces, haberle escrito más, haber llamado. Ser mejor amigo, un buen amigo. No lo fuimos, no lo suficiente. La vida y sus caballos, más absurdos que locos, nos llevan al galope o al trantrán pero aturdidos, distraídos y dispersos, verdaderamente perdidos. Distraídos, perdidos, verdaderamente absurdos, dejamos que pase el tiempo y no vemos al amigo, no llamamos, no escribimos. Y ya está, se ha ido. Y ahora nos llega la última noticia y nos paramos, nos caemos. Luego volveremos a montar, a la absurdísima marcha que traíamos, pero ahora queremos que todo siga sin nosotros, sentir que duele, dejar que duela.
Costaba creerlo, costaba en realidad… aceptarlo. Que llegaría cualquier día la noticia como acaba de llegar, como llega el oscuro viajero a la posada y como llegará nuestra muerte cualquier día, cualquier noche. Pero preferíamos pensar y convencernos de que no, o más bien no pensar y dar por seguro que habría otro encuentro más, otro correo cualquier mañana. Otro libro suyo en nuestro buzón, otro nuestro en el suyo. Ya no habrá. Y contaremos los recuerdos, los recontaremos con avaricia a medida que mengüen, los atesoraremos como usureros de un pasado muy escaso y muy precioso. La última vez en su casa, con Postrimerías bajo el brazo, aquel café y aquellas pastas, aquellas lágrimas. Aquellos cuadernos, aquella tos, aquella mesa camilla. La anterior, con Aurora, que pegaba la hebra con María Jesús mientras Luis Miguel y yo hacíamos lo propio con lo nuestro. Y otro verano, otra visita breve y triste y alegre, bonita y amarga, cuando volvíamos de la playa, a qué olería nuestro salitre en aquel cuarto convertido en todo el mundo de un hombre, de una mujer. Y el primero, no, el segundo, cuando le llevamos «el gordito azul», el primero fue para llevarle las pruebas, aquel tomazo. Y la presentación de Este cuento se ha acabado en Avilés, él allí, en el pasillo de la sala, como un buque o un planeta varado, un grandísimo misterio que nos miraba y nos miraba. Y así, hacer recuento y acopio, correos, lecturas, alguna llamada, la media docena de veces que nos vimos, todas la palabras cruzadas hasta las últimas ya sin respuesta, y mirar ahora sus libros en mi estantería, uno tras otro hasta veintiséis, veintisiete, veintiocho… veintinueve incluyendo el Elogio, los Casicuentos y La verdadera historia. Los que yo maqueté, los que me regaló, los que fui picando en Word lenta y gozosamente, tecla a tecla, verso a verso, con mucho cuidado y con aquella sensación, aquella seguridad de ser el privilegiado que descubre o redescubre el tesoro enterrado, el hallazgo antes de revelárselo al mundo. Así remontando, retrocediendo hasta el momento en que me topé con el oscuro brillo de aquellos textos, la escritura prieta y carnal, su prosa inverosímil: aquellos pedazos de encumbrada y muy bárbara literatura que eran las confesiones o fantasías de JLC, proxeneta, vertidos en blancos caracteres sobre el fondo del blog negro donde descubrimos al autor formidable que fue y será siempre este chaval de Riello, del mundo entero incluido el ancho y desgraciado margen que se empeña en desconocerlo. Luis Miguel Rabanal ha muerto y eso quiere decir que ha muerto uno de los más grandes autores de nuestra lengua, lo ignore quien lo ignore, nosotros sí lo sabemos. Poeta del amor, de la soledad, de la muerte «y asuntos parejos», como se presentó en su primer poemario, que no lo era porque ya el primer Rabanal dejaba tras de sí poemarios inéditos, como los ha dejado este último, que también se ha ido. El amor, la soledad y la muerte, por supuesto, atravesando cada poema y cada libro de los veintinueve, pero también la infancia y lo que viene después de la infancia; la tierra, «los lugares / sagrados para mí —el río, la casa vieja, Ceide, la huerta del abuelo—», cruces sobre el atlas de una geografía física y sentimental; más la lujuria estupenda, la memoria y sus visillos, el olvido y el perdón; el sarcasmo bien afilado, la irreverencia presta, el tierno y terrible humor. Desde Variaciones hasta Que llueva siempre. Y entre aquel y este, entre muchos más, Labios de la locura, La memoria buscando sus disfraces, Cáncer de invierno, Bocados de rosa, Fantasía del cuerpo postrado, Casicuentos para acariciar a un niño que bosteza, Matar el tiempo… Nos place desgranarlos, paladear despacio y con gozo innumerable los sabores de esos títulos, los colores y texturas: herrumbre, vodka, invierno; lluvia, casa vieja, perro al sol; y corsarios, ogros y muchachas; aguzos, desnevios, tenadas; el fusilado en la curva de la Muerte, el monte o la memoria en llamas. La clara materialidad de sus palabras, el cuerpo de los poemas.
Luis Miguel se ha ido, ha puesto fin a una vida que se puso para él a la contra, a las malas. Y para su compañera. Postrados, decíamos nosotros ahora. Él lo estuvo años. Amarrado a «una silla con ruedas prestadas al destino». Y a su lado María Jesús, amarrada también, entregada al hombre al que amó, perdida en «la ciudad sinnombre». Ella nos explicó cómo era poeta Luis Miguel. Cuánto, de qué total manera: «lo sé desde siempre, desde el momento en que leí Variaciones recién editado, cuando sus pies aún lo sostenían y paseábamos por el camino de Ceide, cuando escribía sin problemas, un poeta niño, el poeta niño que nunca ha dejado de ser y al que la enfermedad le ha ido paralizando el cuerpo». Y es verdad que en pocos o en nadie hemos visto esta pasión del lenguaje, esta intensidad y esta manera de encarnarse hasta la última molécula, esta fiebre tan alta. Llevamos mucho escrito, tanto, y nos parece que el mejor tributo, el más sentido y el único perfecto, sería enmudecer. Callar —pero no podemos callar— y que hablé él. Abrir cualquiera de sus libros —eso sí podemos— y volver a vivirlo, que esté así vivo siempre, que sus palabras lluevan siempre sobre nosotros. Y ahora cuando ya no se muera, ahora que ya no puede morirse, que siga siempre, que sigan siempre juntos camino de Ceide:
De la mano de la infancia, vistiendo los frutales
con mi intemperie y llovizna.
Dentro de las casas ya habita el invierno, su túnica
es triste como el murmullo que pasa a mi lado,
paseando la tardecina pleno de nostalgia y de nubes.
En este camino, una vez, besé los labios radiantes
de una niña llamada ternura.
Apenas recuerdo el color de sus ojos, las ramas
de su lengua. Tan solo sé que fue hace tiempo
de este atardecer de soledad y de frío.
Dentro de las casas se vacía la leña, y alguien,
acaso sea un hombre muy roto, remueve en sus manos
la furia del espejo y olvida las horas.
Camino de Ceide que conduce a la noche.
Alberto Rodríguez Torices (Guernica [Vizcaya], 1972) ha publicado los libros de cuentos Yo, el monstruo (2002), Los sueños apócrifos (2009), Trata de olvidarlas (2017) y El trabajo está hecho (2021), y las novelas Piel todavía muy blanca (Premio Tierras de León, 2004), Sacrificio (Premio Fundación MonteLeón, 2015), Como un perro en la tumba de un cruzado (2019) y Desposesión (2024). Ha recibido asimismo el Premio de Narración Breve UNED (2009) y el Premio de Relatos La Puerta de Tannhäuser (2017), entre otros. Fue miembro del equipo editor de las revistas Otras Voces y The Children’s Book of American Birds. Reside en Valdefresno (León) y se dedica a tareas de preimpresión y diseño editorial.

