«Para el peregrino, que es el que anda «por el agro», el que por unos días, todos los que puede, muy pocos, se escapa de la jaula de cemento y cristal para mojarse y embarrarse y subir y bajar por los caminos, resulta verdaderamente deliciosa esta sensación, esta ilusión —bien lo sabe— de rebeldía: colgar el mono de faena, coger una muda y un bastón y largarse murmurando adiós muchachos, ahí os quedáis con vuestros rodillos y manivelas, yo me piro, yo me bajo de esta trituradora productivista del demonio». Un texto de Alberto R. Torices.