/ por Carmen González del Tejo /
La paraeta, sugerente y entrañable título para una novela igual de sugerente y entrañable. Paraeta es el nombre con que denominan los valencianos a esa especie de quiosco tan característico de los años sesenta, setenta e incluso posteriores, en el que, a modo de sorprendente fusión entre una cajita mágica y un gran bazar, con un maravilloso e indescriptible olor mezcla de golosinas, lápices y papel, niños y mayores podíamos encontrar todo un mundo de artículos variopintos con los que maquillar de vibrante purpurina las grises y soñolientas tardes del domingo. El chicle bazooka, las piruletas, tebeos con las aventuras de la familia Cebolleta, Zipi y Zape… Allí también el adulto encontraba desde tabaco, libretas de papel aterciopelado, lápices y bolígrafos de mil formas y colores hasta preciosos adornos de Navidad, la última obra del Nobel de Literatura de ese año e incluso unos momentos de palique con los que matar los deseos de lo que ahora se llama socialización. Todo cabía en la paraeta, un local minúsculo que amenazaba constantemente con estallar.
Haciendo justicia al título, La paraeta, nuestra novela, es muchas cosas a la vez. Es un libro complejo, rico en significados, que permite lecturas muy diferentes; una amena y divertida novela que, tras su estructura aparentemente simple, esconde una gran riqueza de sentidos. Desde luego es una novela, o una novela-novela; aunque, para ser estrictos, bien podríamos decir que La Paraeta son varias novelas a la vez; una novela contenida dentro de otra novela que, a su vez, está incluida en una tercera. Es además de una novela-novela, o de varias novelas encajadas unas dentro de otras, una novela histórica que retrata las costumbres, vivencias, pesares y sueños de la clase media-baja española de las últimas décadas del franquismo, una especie de Cuéntame llevado a la literatura. La Paraeta podría ser percibida también como una suerte de antinovela que de manera grotesca juega a cuestionar lo que parece incuestionable en toda narrativa, que amenaza con poner bajo sospecha aquello de lo que no cabe sospecha alguna, porque «no hace falta ser escritor para contar historias; es más, ni siquiera hace falta aprobar el bachillerato». Pero La Paraeta, es, a mi juicio, sobre todo un ensayo filosófico. Se inserta así en esa espléndida tradición de la narrativa literaria, donde encontramos profundas y penetrantes meditaciones en torno a asuntos de preocupación en la época; son obras hechas desde el convencimiento de que aquello sobre lo que se puede meditar o teorizar es susceptible asimismo de ser narrado. Remitiendo a la modernidad sin ir más allá, la cuestión del progreso es uno de los temas predilectos del filosofar iluminista y romántico, pero no cabe duda de que nuestro acercamiento a los debates y análisis de la época sería más pobre de no poder contar con las inquietantes reflexiones vertidas poco después por Thomas Mann en su maravillosa La montaña mágica. La soberanía y absoluta confianza otorgada a la razón por los primeros modernos será, poco más tarde, tema privilegiado de crítica filosófica y Los dioses tienen sed de Anatole France supone una valiosísima aportación al respecto.
Pues bien: en La Paraeta, y ahí quería llegar, se aborda uno de los temas privilegiados de reflexión de la filosofía contemporánea, esto es, el asunto de la convivencia (o como diría nuestro personaje protagonista, Severo, nuestro titán, el camino que pueda llevarnos «hacia una mayor convivencia»). Cómo reconciliar lo uno con lo múltiple, cómo encontrar un modelo de sociedad que garantice el orden y la convivencia a partir del reconocimiento de la pluralidad de culturas, valores e identidades, se torna en un problema acuciante en la época de la globalización. Y de ello dan cuenta, desde luego, las numerosas obras de filosofía que se están publicando en estos últimos años sobre el tema. El autor de La Paraeta, a lo que parece, está también plenamente convencido de que lo que se teoriza puede igualmente ser narrado, y nos ofrece un texto narrativo donde con impecable finura y sutileza medita precisamente acerca del asunto de la convivencia. Por lo demás, dicho sea de paso, en absoluto parece desconocer las teorizaciones que se vienen ofreciendo al respecto desde la filosofía. La Paraeta es otra manera, distinta de la escritura filosófica, de reflexionar sobre la convivencia, y nos muestra, una vez más, que una mirada artística, literaria, puede resultar tan potente, penetrante y aguda como una mirada filosófica.
La Paraeta es, desde luego una novela realista. La trama se ubica en Torrente entre los años sesenta y ochenta principalmente. Tejida en torno a la vida de un personaje muy peculiar, Severo, nos muestra la evolución o —como diría el personaje protagonista, «nuestro Severo»— el «progreso» de una familia humilde —su familia, los Hernández—, que a fuerza de trabajo va ascendiendo en la escala social. Los Hernández eran una familia de los «emergentes», puesto que, como a Severo le gusta recordar a menudo, hijo y nieto de peones camineros, había llegado a acomodador y camarero. Un ascenso que para Severo es indiscutible y motivo de enorme orgullo: al fin y al cabo, hasta una Magefesa había en su casa, claro signo de «distinción social». Es ese tipo de novela cuya fuerza narrativa hace que te introduzcas rápidamente en su mundo, y que cuando el texto llega a su fin, los personajes que lo habitan sigan viviendo en tu memoria no ya como simples personajes, sino como personas que alguna vez se cruzaron en tu camino. ¿Cómo olvidarse de la desvergonzada Amparín, de Cloti —o «la coitos», como era conocida en Torrente—, de Carmelo —tan negado para los estudios pero tan espabilado para la vida—, de la Juana —con ese carácter de armas tomar—, de la buenaza y bobalicona de Raquelín…?
En un primer acercamiento a la obra, la lectura nos permite disfrutar de un texto hermoso, que, con toques berlanguianos, resulta tan sarcástico y corrosivo como entrañable. Pero según profundizamos en la lectura, el texto nos va desvelando otros sentidos hasta entonces ocultos. Al hilo de la narración y entre una lluvia incesante de carcajadas provocadas por las peripecias e ingeniosas ocurrencias de unos personajes tremendamente vulgares, transformados por la pluma amorosa del autor de la novela en deliciosamente vulgares, va tomando forma en el lector cierta inquietud intelectual, centrada principalmente en la reflexión en torno a la condición humana y el asunto de la convivencia.
Con aguda ironía, incluso con sarcasmo, pero también con enormes dosis de empatía, Alfredo Hernández va construyendo un mundo que acaba siendo nuestro mundo, o, si se quiere, un espejo de la propia condición humana. Sin perjuicio de que La Paraeta puede ser catalogada como una novela histórica, también podemos contemplar el «Torrente» de la novela como una suerte de universalismo de los no-lugares, donde los personajes exhiben rasgos característicos de la condición humana; una condición humana que, como se muestra en la novela, no es ni buena ni mala; que no tiene una esencia sino muchas, a veces contradictorias, cambiantes…
Pero la ironía (tan de la filosofía) y el amor (el respeto, la empatía) nos redimen de todos los males. Cada uno a su modo y de acuerdo con su papel y su condición, Severo, el editor-narrador, e incluso el autor de la novela, ¿no acaban convirtiendo en digno y hasta bello y plácidamente deseable lo que desde otro punto de vista no puede contemplarse más que como malicia, cutrez, ignorancia…? Los Hernández, en el fondo todos los Hernández, desde el sitio que cada uno y cada una ocupa en ese universo de los no lugares que es Torrente (no se nos escapa, por cierto, que el autor de la novela, de apellido Hernández, bien podría por ello ser considerado como un miembro más de la saga), parecen mostrarnos con sus propios pasos el camino hacia una mejor convivencia.
En el fondo, La Paraeta acaba funcionando, no tanto por lo que dice como por lo que muestra (porque, como observa el editor-narrador de una de las novelas contenidas en La Paraeta, «las novelas modernas muestran, no sientan cátedra. Yo no quiero llevar a nadie de la mano, sino que saque cada cual sus conclusiones»), como una suerte de nueva utopía, como una utopía posmoderna. La convivencia no puede descansar ya sobre la imposición de un modelo de razón o de moral, sino más bien en el reconocimiento del otro y en la aceptación liberada de juicio, y hasta amorosa, de la frágil e imperfecta condición humana.
El texto, con despiadado sarcasmo, no deja títere con cabeza aparentemente; en el «microcosmos Torrente» van apareciendo personajes variopintos que provocan en nosotros sentimientos momentáneos de rechazo pero con los que de algún modo acabamos simpatizando a pesar de todos los pesares, y personajes que, sobre todo, nos resistimos a juzgar. Incluso Severo, el héroe, nuestro Titán, valiente, noble, de principios incuestionables, acaba siendo despojado de sus ropajes cuasidivinos, para, al final de la obra, mostrarnos un rostro muy humano, demasiado humano. Con todo, nuestro mundo; un mundo redimido por don de la empatía, del amor.
Alfredo Hernández García
Luna de Abajo, 2025
192 páginas
12,90 €
Carmen González del Tejo es profesora titular de filosofía de la Universidad de Oviedo. Es autora del libro La presencia del pasado (1990).

