/ Escuchar y no callar / Miguel de la Guardia /
Es conveniente prestar atención a todo lo que ocurre a nuestro alrededor, incluyendo lo que hacen las personas que nos provocan aversión. No tanto por denostarlos como por aprender lo que ocultan o explicitan sus acciones. Es conveniente, en fin, analizar los comportamientos de los autócratas.
Entre los políticos que en la actualidad están al frente de algunos países, la soberbia con la que actúan algunas personas autoritarias es una fuente de conocimiento, y es por eso que esta columna está dedicada a Netanyahu, Trump, Erdogan, Orbán, Bukele o Milei, aunque sea una lista muy incompleta y en ella no haya incluido, a propósito, a los autócratas que se autodefinen como «progresistas», y de los que hablaré en otra ocasión.
Lo primero que sorprende de los nombres antes indicada es que todos llegaron, o se mantienen en el poder, gracias al voto de sus conciudadanos y/o su habilidad para pactar con gentes que en lo absoluto tienen que ver con las ideas de sus propios electores, por lo que se me antoja una tarea urgente analizar su ascensión para entender su presencia al frente de los países.
El caso de Bukele es particularmente llamativo, puesto que con una participación de tan solo el 52,6% en 2024, se alzó con la victoria por el 83% de los votos emitidos. En este caso queda claro que el ascenso de las mafias y del crimen organizado en una sociedad favorecen claramente a los autócratas que, con una mezcla de populismo y deshumanización, ganan el favor de las gentes honradas que se sienten amenazadas y caen en su trampa. En consecuencia, de nada sirve el buenismo frente a la delincuencia y la tolerancia de ciertos polvos lleva, irremisiblemente, al lodo del autoritarismo.
Otro tanto habría que decir del éxito de Milei, en este caso con un 52,18% de los votos de 2023, pero con una participación del 84,15%. En este caso, no les quepa duda que la corrupción de los Kirchner fue el gran aliado del populismo de Milei.
Trump, con un 49% de los votos y una participación del 64,1% de los votantes en 2024, es un ejemplo de clara victoria cuya causa habría que buscar en la incompetencia de sus adversarios y el complejo sistema norteamericano, que exige la preinscripción de los electores y no tiene una clara proporcionalidad de la representación frente a los votos recibidos.
Orbán, con un 52,73% de los votos para su partido y un 64% de participación en las elecciones de 2010, es el único ganador claro, y a sus posibles méritos habría que añadir la incapacidad de los contrincantes y la deriva burocrática de las instituciones europeas y los enormes privilegios que acumulan parlamentarios, comisarios y demás burócratas, lo que es un campo de cultivo excelente para los populistas antieuropeos.
Erdogan obtuvo en la segunda vuelta de las elecciones de 2023 el 52,18% con una participación del 84,15%, pero con la sombra de la corrupción, sus incontables negocios privados y el juego sucio, persiguiendo a la oposición y encarcelándola. Es un islamista autoritario empeñado en destruir los avances de la república que creara Mustafá Kemal Atatürk
De los datos anteriores se deduce que un autócrata llega al poder por la acción de sus seguidores pero también por la inacción o los errores de una buena parte de sus conciudadanos.
Otra cosa que aprendí de los autócratas es la conveniencia para sus intenciones de polarizar al país, radicalizando a las fracciones de sus partidarios y detractores, así como de autoidentificarse como la representación genuina de la opinión pública y colonizar o retorcer las instituciones para contaminarlas con sus sicarios más fervientes y ponerlas a su servicio. Cambios constitucionales que tratan de eternizarlos en el poder, nombramientos arbitrarios en los medios de comunicación, en las instituciones de gobierno de la economía o de la justicia son sus herramientas favoritas. Frente a esto es imprescindible establecer mayorías altamente cualificadas para realizar cambios en las constituciones, y exigencias claras de excelencia profesional para acceder a los puestos de control de los órganos de gobierno profesionales que no deriven directamente del poder legislativo. Ante todo, se debe reivindicar el derecho a la crítica sin caer en descalificaciones de los conciudadanos que apoyan a los gobernantes y evitar la polarización de la sociedad.
El odio de Trump a la prensa libre y las universidades es una prueba de la importancia de estas instituciones para defendernos de los autócratas y la necesidad de evitar que los autoritarios colonicen los medios públicos de información. En cualquier caso, son los partidos, como herramientas básicas de las democracias, los primeros que deben establecer mecanismos internos de control para evitar la acumulación de poder, evitando su polarización y el uso de sus siglas en beneficio propio y de los familiares y próximos de los autoritarios.
Miguel de la Guardia es catedrático de Química Analítica de la Universitat de València desde 1991. Tiene un índice H de 88 según Google Scholar y ha publicado más de 900 trabajos en revistas del Science Citation Index con más de 34.600 citas,5 patentes españolas, 4 libros sobre Green Analytical Chemistry (Elsevier, RSC y Wiley), un libro sobre Calidad del Aire (Elsevier), 2 libros sobre Análisis de Alimentos (Elsevier and Wiley) y un libro en dos volúmenes sobre Smart materials en Química Analítica (Wiley). En la actualidad está preparando un libro sobre Nuevas sustancias sicoactivas con un contrato con Elsevier. Además ha publicado 12 capítulos de libros. Ha dirigido 35 tesis doctorales y es Editor jefe de Microchemical Journal (Elsevier), miembro del consejo editorial de varias revistas y fue condecorado como Chevallier dans l’Ordre des Palmes Académiques por el Consejo de Ministros de Francia y Premio de la RSEQ (España). Entre 2008 y 2018 publicó más de 300 columnas de opinión en el diario Levante EMV y colabora con El Cuaderno desde mayo de 2021.

