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Laura Horvat

/ un relato de Fernando Prado Eirin /

La habitación de Alfredo estaba atiborrada de cintas VHS, ropa por todas partes, un reguero de zapatillas debajo de la cama siempre deshecha y varios pares de gafas aquí y allá. No era el desorden lo que llamaba particularmente la atención, sino una de las paredes, la más grande, que estaba cubierta de fotos y fragmentos de entrevistas de Laura Horvat. Conocía al detalle su filmografía, las anécdotas de los rodajes, todas las nominaciones y premios que había recibido a lo largo de su corta pero meteórica carrera, las firmas de los vestidos con que había acudido a las galas y programas de televisión, incluso podía recitar de memoria algunas de sus escenas más famosas.

En aquel entonces vivíamos juntos en un barrio más que horrible plagado de ratas y cucarachas. El apartamento era pequeño: dos habitaciones separadas por una pared de yeso, un baño con las juntas de los azulejos ennegrecidas por el moho, y una estancia «polivalente» —eso decía el anuncio de la inmobiliaria— en la que había un sofá sucio, una nevera mínima y un hornillo eléctrico que difícilmente se podía utilizar para cocinar. A mí me exasperaba ver cuánto tiempo desperdiciaba viendo una y otra vez sus películas. Decía que la actriz era historia viva del cine, una genialidad de las que aparecen cada cien años, la diva más diva de todas las divas. Estaba obsesionado, era obvio. Yo, personalmente, no sabía qué veía en ella. Me parecía una buena actriz, como tantas otras, aunque nada excepcional, y no le encontraba los suficientes atributos físicos como para considerarla una mujer espectacular.

A menudo discutíamos al respecto, a veces acaloradamente. Él zanjaba el asunto argumentando que yo no tenía ni idea, que el estudiante de cine era él, que lo dejáramos estar porque no valía la pena discutir con necios e ignorantes. Pero, al fin y al cabo, era cierto, pues en efecto él era estudiante de cine —cursaba el tercer año— y a mí nunca me había interesado demasiado el séptimo arte, algo que mi amigo no acababa de comprender.

Alfredo acudía a los estrenos de las películas de Horvat, fueran del género que fuesen. Elegía el cine que tuviera la pantalla más grande, el mejor sonido y las butacas más cómodas. Llegaba horas antes de que abrieran la taquilla para hacerse con la primera entrada, que posteriormente guardaba en un pequeño cofre de madera que ocultaba en el armario de su habitación, y una vez adquirida se quedaba esperando a que abrieran las puertas de acceso a la sala para ser el primero en entrar. Eran momentos que vivía como si fueran grandes acontecimientos, y lo eran, de hecho; de no ser por Laura —así, a secas, como él la llamaba—, su vida carecería de sentido.

Durante semanas me había estado insistiendo para que fuera con él al estreno de El glaciar, la nueva película de Horvat, dirigida por un director de culto finlandés de apellido impronunciable e imposible de memorizar. Después de leer la sinopsis y alguna que otra crítica me negué. El filme prometía paisajes helados, escenas larguísimas, poco diálogo y una trama oscura. A mí no me apetecía en absoluto descender a los abismos del alma humana, pero fue tal su insistencia que finalmente acepté acompañarlo, no por una cuestión de empatía, ni por pasar un rato juntos compartiendo algo que le apasionaba, sino para que dejara de molestarme.

Trabajaba de administrativo en un despacho de abogados. Mi labor consistía básicamente en archivar montañas de papeles y, de vez en cuando, salir a hacer algún recado. Percibía un sueldo que me permitía vivir sin sobresaltos y con cierta holgura; tenía un horario que me dejaba suficiente tiempo libre, tiempo que empleaba en hacer crucigramas, estudiar jugadas de ajedrez y pasear por la ciudad. Estaba conforme con la vida que tenía, así que lo de querer más me parecía un capricho. No necesitaba dirigir mi propia empresa, ni ser neurocirujano o ingeniero aeronáutico y consumir el tiempo de mis días en jornadas extenuantes, ni el tiempo de mis noches en retorcerme nervioso e insomne sobre la cama en una habitación que se encoge y me oprime y me asfixia.

Mi amigo, en cambio, había decidido estudiar cine con el único objetivo de dirigir a Laura Horvat; calculaba que lo conseguiría para cuando ella rondara los cuarenta y hubiese adquirido la suficiente madurez interpretativa como para meterse en el papel de la protagonista de la película que tenía en mente. Se negaba rotundamente a hablarme de su proyecto cinematográfico. Yo tenía curiosidad, la verdad, aunque lo de rodar con Horvat me parecía presuntuoso en exceso. Imposible, además, pero nunca se lo dije; al contrario, lo animaba a que continuara adelante hasta hacerse con un título, obtener un premio por un corto socialmente comprometido, conseguir contactos y financiación para rodar un primer largometraje —y un segundo y un tercero— y poder sujetar otro premio más importante que el anterior y llamar la atención de la actriz por su trabajo y hacer una superproducción con ella de protagonista y de nuevo ser laureado, esta vez con los más prestigiosos galardones, y aplaudido en los festivales más importantes del planeta.

Él estaba convencido de que un día cualquiera se la encontraría. Yo le decía que era altamente improbable que eso ocurriera en una ciudad de casi tres millones de habitantes. Además, vivíamos lejos del centro y frecuentábamos lugares a los que no iría Horvat ni por equivocación. Pero él argumentaba que Laura debía de cruzarse a diario con cientos o miles de personas. Me decía que carecía de chofer y se desplazaba por la urbe conduciendo su propio coche, que la habían visto tomándose un café en terrazas concurridas, visitando museos o empujando el carrito con parsimonia por los pasillos del supermercado. «Es una mujer normal», recalcaba.

El día del estreno salí del trabajo más o menos a la hora de costumbre. Habíamos quedado de encontrarnos en el Cine Olimpia, donde él estaría esperándome desde primera hora de la tarde y se ocuparía de comprar las 2 primeras entradas del rollo tan pronto como levantaran la persiana de la taquilla y giraran el cartelito en el que se leería «abierto». El Olimpia era uno de los grandes cines que abrieron en la ciudad a principios de los años ochenta. Tenía una sala de 567 butacas y sus propietarios se encargaban de mantenerlo actualizado con la mejor tecnología disponible para disfrutar de una experiencia cinematográfica inigualable. El glaciar era una película que jamás habrían proyectado en aquel cine (solían programar filmes de corte más comercial, de esos que se ven con un cubo de palomitas y un litro de refresco) de no ser porque la protagonizaba Laura Horvat.

El tráfico estaba insoportable y los vehículos apenas se movían, atrapados en un atasco kilométrico que obstruía por completo las principales arterias viales. Decidí bajarme del autobús y continuar a pie lo que quedaba del trayecto o no llegaría a tiempo. Caminé todo lo deprisa que pude entre la marabunta de personas que salían de sus trabajos con una especie de brillo gozoso en sus miradas y movían sus cuerpos vibrantes por las aceras. Entonces recordé que era viernes. La cola rodeaba casi por completo la manzana donde estaba ubicado el cine. Me dirigí a la entrada, pues mi amigo sólo podría estar allí. Me colé entre el tumulto de gente y allí estaba, en efecto, pegado a las puertas de vidrio aún cerradas por las que se accedía a la sala. Agitó una mano al verme. «¡Date prisa! ¡Ya van a abrir!», gritó preocupado.

Ocupamos nuestros asientos y esperamos a que se completara el aforo. Alfredo se llevaba palomitas, una por una, a la boca. Nos tuvimos que levantar varias veces para dejar pasar a algunos espectadores que tenían sus asientos en el centro de la fila. Él estaba visiblemente nervioso, tenía las piernas cruzadas y movía de forma convulsiva el pie que le quedaba en el aire, haciendo temblar los cordones desatados de la zapatilla. En momentos así, lo mejor era no intentar entablar una conversación con él ni hacer comentario alguno, así que me distraje escuchando la conversación de la pareja que se había sentado a mi derecha, en la que criticaban sin piedad al entrenador del equipo de béisbol de su hijo.

Al fin se apagaron las luces y la pantalla se iluminó con imágenes de hombres con sombreros cabalgando a lomos de majestuosos caballos en paisajes idílicos, galopando en extensas y verdes llanuras, cruzando ríos que discurrían por suaves valles rodeados de montañas de cumbres nevadas. El murmullo de voces y envoltorios de plástico se apagó gradualmente cuando terminaron los anuncios. Unos segundos después sonó una nota grave de piano y el nombre de Laura Horvat apareció en letras cerúleas sobre la pantalla negra. Me pareció notar que mi amigo daba un respingo en su asiento.

Dos horas y media después los espectadores se levantaron y las butacas produjeron un estruendo incómodo al plegarse. Rápida y ruidosamente fueron desalojando la sala. Alfredo estaba absorto mirando la gran pantalla por la que corrían los créditos, cientos de caracteres blancos que se movían de manera ascendente hasta desaparecer mientras sonaba una música que consistía en la obstinante repetición de un motivo minimalista de piano sobre un fondo de cuerdas edulcorado. Yo no me atreví a levantarme hasta que la última línea de texto desapareció, la pantalla se quedó absolutamente negra y la música se fue extinguiendo despacio. Casi al instante se encendieron las luces de la sala y el personal de limpieza entró. Entonces mi amigo se puso de pie y caminó, taciturno, hacia la salida más próxima sin dirigirme la palabra. Yo lo seguí de cerca. Parecía más abatido y obnubilado que de costumbre tras ver una película de Horvat.

Una oscuridad espesa y aplastante había caído sobre la bulliciosa ciudad. Los pequeños grupos de espectadores que se habían formado en la acera desaparecieron de pronto después de fumar dejando el suelo lleno de colillas pisoteadas. Mi amigo había quedado con unas amigas para tomar algo en un bar cerca del cine, pero yo rechacé su invitación. Me sentía cansado y algo somnoliento; además, era una oportunidad para estar solo en casa, tumbarme a oscuras en el asqueroso sofá y contemplar el espectáculo de las sombras bailando en el techo del salón mientras me bebía una cerveza.

Subí por la avenida dando un paseo. En aquella zona de la ciudad las luces eran más blancas, las calles estaban más limpias, el aire que se respiraba parecía más puro. El mármol que cubría las aceras emitía un fulgor inconfundible, una iridiscencia que hacía pensar en gemas extraídas de las entrañas del mundo, en poder, en lujo, en seguridad. Los transeúntes que recorrían el bulevar hablaban pronunciando correctamente cada sílaba; incluso cuando reían, sus risas eran comedidas y sus expresiones corporales casi inexistentes, contenidas debido a una educación implacable destinada a reproducir hasta el infinito el mismo modelo de individuo.

Me detuve en un paso de cebra. Grandes y potentes coches circulaban de prisa delante de mí, haciendo que mi cabello se alborotara. Mientras esperaba a que el semáforo cambiara, me entretuve viendo a los comensales que ocupaban las mesas del restaurante de la esquina. Los amplios ventanales dejaban ver casi la totalidad del interior decorado en tonos beis, tabaco y dorado. Una corriente de seres humanos se puso en marcha inmediatamente después de que los vehículos se pararan detrás del paso de peatones. Yo, en cambio, me acerqué al restaurante atraído por una imagen inverosímil.

Una mujer apoyaba los codos en una mesa cubierta por un mantel blanquísimo sobre la que reposaba un pequeño florero de cristal del que se erguían tres tulipanes de color violeta. En las manos unidas por los dedos entrelazados descansaba un rostro anguloso de pómulos prominentes y nariz afilada, labios carnosos, frente amplia, ojos oscuros leyendo la carta o, tal vez, mirando al vacío. La cabellera azabache y completamente lisa se derramaba por el centro de su espalda y sus hombros brillantes asomaban de un vestido aguamarina con escote palabra de honor. Un grupo de curiosos se congregó a mi alrededor para observar con descaro a Laura como si fuera un pez exótico en el tanque de un acuario.


Fernando Prado Eirin, nacido en Caracas (Venezuela), siempre ha sentido la necesidad de expresarse a través de la escritura, la música o el dibujo. Ha participado en varios experimentos musicales. Observador nato. Actualmente es colaborador de la web boreal.com.es.

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