/ por Vicent Yusà /
En el tratamiento filosófico de la amistad es habitual seguir a En el tratamiento filosófico de la amistad es habitual seguir a Aristóteles, que, en sus dos textos fundacionales sobre este sentimiento universal —la Ética a Nicómaco y la Ética a Eudemo— asegura que «la amistad es una virtud o algo acompañado de virtud y, además, es lo más necesario para la vida». El filósofo distingue tres tipos de amistad: por placer (pasarlo bien), por utilidad (interés) y por virtud. Los dos primeros serían modos deficientes, accidentales. Los que son amigos por interés o por placer no valoran al amigo por sí mismo, sino en la medida en que les proporciona algún beneficio o les resulta grato. En ambos casos, es el provecho que pueden sacar del otro lo que cimenta esta mediocre amistad. De ahí que cuando las circunstancias cambian, y el amigo deja de ser útil o agradable, esas amistades se disuelven con facilidad.
En cambio, la amistad basada en la virtud, en las cualidades del otro, son amistades genuinas, ya que se sustentan sobre las excelencias del carácter del amigo y por eso son amistades verdaderas. Es «la amistad de los mejores». La amistad por virtud sería un modo de ser basado en la elección y el conocimiento.
Gran lector de Aristóteles, Cicerón comparte su idea de que la amistad solo puede existir entre personas de bien (virtuosas). En su tratado Lelio, sobre la amistad, el filósofo romano sitúa la amistad en la cúspide de los valores morales, y se pregunta: «¿Qué puede ser más dulce que tener a alguien con quien atreverse a hablar de todo como a uno mismo?». Como Aristóteles, sostiene que en la amistad no debe primar el utilitarismo: «Cuando hacemos favores, no lo hacemos para exigir el agradecimiento […]; de la misma forma no nos inclinamos a la amistad por la esperanza de pago». También nos proporciona algunas reglas prácticas para cimentar la amistad: «Hay que elegir a los que sean firmes, estables y constantes»; solo a través de la lealtad es posible sostener la amistad. Y es tajante al afirmar que: «Sin amistad no hay vida, si es que se quiere llevar una vida digna de un hombre».
Otro de los filósofos de referencia del sentimiento amistoso es Montaigne. Sin embargo, su ensayo sobre la amistad no consiste en unas reflexiones generales sobre este afecto en términos absolutos, al modo de los autores de la antigüedad; se trata de una experiencia particular del yo. Nos habla de una amistad concreta, la que mantuvo con Étienne de La Boétie. Montaigne tenía veinticuatro años cuando lo conoció en 1559. Este era unos pocos años mayor y ambos trabajaban en el parlamento de Burdeos. La relación fue breve, ya que La Boétie murió cuatro años después, pero su recuerdo y su dolor perduraron en Montaigne toda la vida. Según nos refiere, su compenetración espiritual con el amigo era absoluta: «Tan unidas marcharon nuestras almas, con cariño tan ardiente se amaron y con afección tan intensa se descubrieron hasta lo más hondo de las entrañas, que no solo conocía yo su alma como la mía, sino que mejor hubiera fiado en él que en mí mismo». El filósofo francés quiso destacar su amistad única sobre lo que ordinariamente recibe este nombre, «que no son más que uniones y familiaridades trabadas merced a algún interés», e insiste en que en la suya «las almas se enlazan y confunden una con otra de un modo tan íntimo, que se borra y no hay medio de reconocer la trama que las une». Si se le pregunta por qué quería a su amigo, contesta: «Porque era él y porque era yo». Es muy probable que nuestra experiencia sobre la amistad no se ajuste a esos patrones. Montaigne lo intuía, y por eso pronosticaba que «se precisan tantas coincidencias para formarla, que es mucho si la fortuna la alcanza una vez en tres siglos».
En el siglo XVIII, Madame de Lambert (1647-1733), en su Tratado sobre la amistad, mantiene la devoción por la amistad («Cuanto más se ha vivido, más necesidad se tiene de la amistad») y sigue fiel a la tradición al considerar que el fundamento de la amistad es la virtud. Esta mujer de letras y salonnière francesa orienta sus reflexiones hacia el terreno más práctico, y contrapone el sentimiento instintivo, voluble y pasional del amor al más racional y reposado de la amistad: «Las personas razonables rechazan el amor: las mujeres, en cumplimiento de su deber; los hombres, por temor a una mala elección. La amistad os atrae, el amor os arrastra […] El amor es una pasión turbulenta, y la amistad un sentimiento dulce y ordenado». Coincide con Aristóteles en que la juventud no es nada propicia para la verdadera amistad, ya que está basada en el placer, y «los placeres no son lazos dignos de la amistad». En su catálogo de «deberes de la amistad», prescribe evitar examinar los defectos de los amigos, «y todavía menos hablar de ellos». Y a los entusiastas de la sinceridad, les aconseja que «hay que advertir a los amigos cuando se equivocan […], pero deben suavizarse los términos de acuerdo con sus temperamentos».
En la actualidad, siguen los debates, los análisis y relatos filosóficos sobre la amistad, entendida como esa relación basada en la preocupación de cada amigo por el bienestar y el bien del otro. Como ha señalado Bennett Helm, son varios los temas que centran la atención, fundamentalmente tres: el cuidado mutuo, la intimidad y la actividad compartida.
Preocuparse por alguien comporta empatía y acciones por su bien. Los amigos deben estar atentos a lo que les sucede a sus amigos, sentir alegría por sus éxitos y desconsuelo por sus fracasos. Y desde luego, siempre deben estar dispuestos a promover el bien del otro por sí mismo y no por oscuros motivos.
La intimidad es una de las características relevantes de la amistad. A diferencia de las relaciones entre colegas o entre meros conocidos, son conexiones más profundas, y la intimidad se fortalece cuanto más estrecha es la amistad. La intimidad implica un «vínculo de confianza». Pero no se trataría tanto de «compartir secretos», sino de comunicar lo que es relevante y les importa a los amigos. La confianza puede conducir a intereses y puntos de vista comunes, a una similar forma de pensar que promueve la empatía. Naturalmente, en esa coincidencia de intereses y valores, pueden existir grados de intensidad. Y, además, los amigos pueden influir en la perspectiva que el otro puede tener de las cosas y los sucesos, de modo que la dinámica de la relación puede reforzar los valores comunes.
Se ha señalado que resulta anómalo considerar amigo a alguien con el que no se comparte una cierta actividad, ya sea hacer algo juntos, hablar juntos o tener experiencias comunes. Una parte importante de la amistad es, sin duda, esa actividad conjunta que deriva de la intimidad.
Como antiguamente, se sigue considerando que la amistad juega un papel primordial en nuestras vidas: es algo valioso. ¿Por qué vale la pena invertir tiempo y energía en un amigo en lugar de en uno mismo? Se han dado distintas respuestas, algunas claramente instrumentales o terapéuticas, que señalan que la amistad mejora la vida, nos hace sentirnos más vivos, es placentera, proporciona felicidad y promueve la autoestima.
Sin embargo, en la concepción contemporánea de la amistad, esa visión terapéutica que en cierto modo supone considerarla un refugio ante la soledad no es plenamente asumida por todos los pensadores. La filósofa española Marina Garcés señala en su ensayo La pasión de los extraños: una filosofía de la amistad que la amistad auténtica exige libertad, no dependencia, exige la capacidad de salir de uno mismo, de reconocer al otro como diferente, no como una mera extensión de uno. El amigo no es alguien al que ya conocemos completamente o que sirve para nuestros fines. La amistad comporta el otro, la alteridad: «la verdadera amistad brota entre extraños». Para Garcés, «extraño» no significa desconocido o ajeno, sino un modo de pensar en el otro más allá de la identidad o la afinidad. Para Marina Garcés, la amistad es la antítesis de la dependencia: «No hay que mezclar la amistad ni con el sexo ni con el dinero […]. Todas las relaciones que implican dependencia, emocional o material, son enemigas de la amistad porque ponen en entredicho tanto la libertad en la que se basa el ejercicio de la virtud como la reciprocidad entre iguales».
Con todo, Garcés no es optimista respecto a que nos dejemos «asaltar por los extraños y nuestra propia extrañeza». Cree que la mayoría tiende a construir refugios de amigos y amigas de la misma edad, gustos y necesidades para sentirse a salvo ante la incertidumbre de los tiempos.
Otro foco actual de atención es la relación entre la amistad y la moralidad. Puede entenderse que la amistad implica deberes especiales hacia los amigos, ciertas obligaciones de ayudarles y apoyarles en mayor medida que a las personas que no son amigos. Claro que esta preocupación especial por los amigos puede suponer cierta parcialidad hacia ellos, un sesgo, lo que puede entrar en contradicción con determinados preceptos morales que exigen proporcionar un trato igual a todos los seres humanos. El favoritismo es sin duda una degeneración de la amistad. El amiguismo corrompe el juicio moral, pues debilita la justicia y erosiona la confianza común. No es un exceso de amistad, es su desnaturalización.
Vicent Yusá es doctor en química, investigador en las áreas de seguridad alimentaria y ambiental, y profesor asociado en la Facultad de Química de la Universidad de Valencia. Ha dirigido los laboratorios de salud publica de la Generalitat Valenciana y ha participado en diferentes proyectos nacionales e internacionales. Tiene un gran número de publicaciones científicas en revistas de alto impacto. Ha realizado estudios de filosofía y es autor de Ascenso a la Torre. Apuntes para una filosofía de proximidad y de las novelas Otro fin del amor es posible, Obra abierta y El común desorden del amor.

