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Los pecados de la economía

/ Mirar al retrovisor / Joan Santacana /

Durante muchos siglos hubo en Europa una doctrina económica que definía la riqueza como la cantidad de metales preciosos que tenía un país. Se denominaba bullionismo (del inglés bullion, «lingote de oro»). Pero el Imperio español, dueño de la mayor producción de plata y oro del mundo en el siglo XVI, se arruinó porque la abundancia de moneda de plata y oro aumentaba tanto los precios que la producción interior no podía competir en el mercado exterior. Como decían algunos sabios, como Martín de Azpilcueta, «el dinero se comporta como una mercancía más: es más caro cuanto menos hay y es muy barato cuando hay mucho». El resultado fue que los banqueros genoveses llegaban a España con cargamentos de vellones de cobre, los cambiaban a buen precio por plata y luego los revendían a un precio mucho más elevado en Europa, en donde la plata era más escasa. Así, la plata y el oro desaparecía de España y nos dejaban la calderilla.

En el siglo XVII Jean-Baptiste Colbert, uno de los ministros de Luis XIV, defendió e impuso una política intervencionista en economía, basada en el mercantilismo, que consistía en el control del comercio exterior y el fomento de la producción interior con el objeto de tener una balanza comercial favorable. Para él, exportar mucho era bueno e importar mucho era malo. Según las ideas de este ministro del Rey Sol, la economía de un país era como la de una casa: si compra más de lo que vende, se arruina. Las ideas de Colbert hoy nos quedan muy lejanas.

Nosotros hemos vivido en una época, dominada por el capitalismo financiero, en la que los auténticos negocios y la prosperidad de los países se basaba en controlar los recursos financieros, disponer de grandes reservas de capital, ser dueños de la propiedad intelectual y controlar el mundo digital. La producción de bienes, desde vajillas de cristal hasta ventiladores, se la dejábamos a países con mano de obra barata. Externalizar la producción era bueno porque no contaminábamos nuestro jardín europeo, obteníamos bienes de consumo baratos y los negocios funcionaban muy bien.

Mientras, muchos países pobres, con mano de obra barata, explotación infantil y contaminación, fabricaban nuestros plásticos, nuestra ropa y nuestros vehículos.  Y de esta forma esos países se hicieron grandes, liderados por China. Y cuando sobre el mundo se abatió una pandemia, nos dimos cuenta de que no producíamos siquiera mascarillas para protegernos. 

China, gracias a su política económica, ha recuperado el poder que tuvo en el pasado. El viejo Imperio Celeste, que fue el más extenso y poderoso del mundo hasta que la revolución industrial europea lo apeó de la carrera del progreso, se ha recuperado. Han sido dos siglos de convulsión y miseria, pero hoy encabeza los rankings de casi todas las producciones mundiales: el gigante estaba narcotizado y ahora se ha despertado. Con un comercio exterior fuertemente controlado por el Estado, una promoción de la producción a gran escala y una política de aranceles y cuotas, ha aplicado algo parecido al mercantilismo colbertiano.

Entretanto, nosotros, que confiábamos en poder controlar el mundo porque tenemos capital financiero, nos sentimos descolocados cuando vemos que, destruidos nuestros sistemas productivos, no somos capaces de producir casi nada. Hoy nos damos cuenta de que subcontratar a países pobres para que produzcan todo cuando consumimos ha sido un error, un grave error, casi un pecado. Y con él va la penitencia.


Joan Santacana Mestre (Calafell, 1948) es arqueólogo, especialista en museografía y patrimonio y una referencia fundamental en el campo de la museografía didáctica e interactiva. Fue miembro fundador del grupo Historia 13-16 de investigación sobre didáctica de la historia, y su obra científica y divulgativa comprende más de seiscientas publicaciones. Entre sus trabajos como arqueólogo destacan los llevados a cabo en el yacimiento fenicio de Aldovesta y la ciudadela ibérica y el castillo de la Santa Cruz de Calafell. En el campo de la museología, es responsable de numerosos proyectos de intervención a museos, centros de interpretación, conjuntos patrimoniales y yacimientos arqueológicos. Entre ellos destaca el proyecto museológico del Museo de Historia de Cataluña, que fue considerado un ejemplo paradigmático de museología didáctica.

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