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Respuesta correcta

/ Cisnes, cañones, hidras de siete cabezas / Alberto R. Torices /

Imagen destacada: campaña «Pon una bandera en tu balcón» del PP de Madrid

La película es fácil de ver, hasta agradable, pero mala en realidad, o «malilla», eso pensamos, lastrada por déficits interpretativos irritantes de tan obvios y por un marco argumental que parece desconocer los mecanismos elementales que regulan las vidas de las personas. La celebramos, sin embargo, porque tiene un buen comienzo y una línea de diálogo excepcional, memorable, en sus primeros minutos. No es poca cosa, si pensamos en la cantidad de literatura que cae por el sumidero del olvido y en las innumerables obras que no serán salvadas, ay, ni por una línea… Con su bolso de viaje al lado, una mujer se inclina sobre una mesa y garabatea en un papel. La envuelve un espacio cálido, el salón de un apartamento en el que se ven libros en las estanterías y un gran mapa de Europa. Parece indecisa, agitada, va y viene y toma el papel que ha escrito, lo rompe y guarda los trozos en el bolsillo de su pantalón. Coge por último el bolso de viaje, las llaves que hemos tenido todo el tiempo a la vista y se va. En la siguiente escena la vemos en una estación, frente a la taquilla en la que le despachan el billete y corriendo después hacia los andenes. Nuevo corte y aparece ya montada en el autobús en marcha, mirando por la ventana el paisaje que va quedando atrás. Su expresión es seria, grave. No triste, apenas, o quizá sí esté a punto de ser triste, pero también está a punto de ser otra cosa: rendida, desencantada, indiferente. Una buena actriz, cuya voz todavía desconocemos. A espaldas de la cámara, otra pasajera a la que no llegaremos a ver entabla una conversación que ella acepta sin ganas. Comentarios amables, banales, preguntas que se hacen solo por no estar callado, por matar el tiempo, el espacio y más cosas: la incertidumbre, la frustración, la pena. La mujer acepta el diálogo trasluciendo su malestar: Sí, ha estado en Alemania, brevemente… Pero sobre todo escucha, calla, sigue mirando por la ventana. Y entonces la pasajera que no vemos, que ya ha descubierto, por su acento, el origen extranjero de la mujer, le hace la pregunta: «¿Te gusta España?». Y aquí llega la línea memorable, la respuesta correcta, perfecta; la mujer baja la mirada y dice: «Es un lugar como cualquier otro». Quisiera uno aplaudir, ponerle un sobresaliente. La película podría terminar aquí, fundido en negro y créditos, y sería redonda, todo lo demás nos lo podríamos imaginar, tanto en sus líneas generales como en los detalles. Pero es un largometraje, por desgracia. Pronto sabremos que es una mujer serbia y que hace tres años se casó con un hombre, profesor de Historia, español, al que en ese momento está abandonando, junto con todo el resto de su vida aquí, en España. ¿Por qué se va? ¿Adónde? ¿Se va porque quiere, porque algo o alguien la obliga a irse, a volver a su país? Acabaremos sabiéndolo, claro, pero en este momento no lo necesitamos: su mirada y sus silencios son elocuentes, su expresión vencida y dura, en la que hay algo devastado; un rostro como un solar en ruinas, esa clase de belleza. El resto que podemos completar sin más explicaciones ni películas son las atrocidades inenarrables, el horror que han contemplado esos ojos, las pérdidas, la huida, el exilio; el penoso peregrinar de un país a otro (Sí, Alemania, brevemente…), la vida rota hasta llegar a un lugar como cualquiera y por fin una posibilidad de parar, un trabajo, un espacio en el que anidar de nuevo; también, de pronto, un hombre, ordinario y ni siquiera guapo pero decente y dispuesto a respetar sus silencios, a no preguntar si ella no quiere hablar. Y finalmente, otra vez, el revés, porque así son los dioses, el azar, la nada. La ilusión truncada, el imperativo de irse, de volver. De volver a perder. Esa mirada, la de quien solo ha venido a este mundo para perder y volver a perder y seguir perdiendo siempre.

La experiencia del horror —que para la mayoría de los españoles de hoy es, como mucho, una experiencia leída, vista en la tele, oída en el testimonio de otros— y, ligada a ella, la del exilio, esos hombres y mujeres que tienen que dejar atrás su casa, su familia, su dinero y todo lo que hasta ese momento ha sido su vida, debería hacernos mucho más cautos y serenos, muy fríos y objetivos en la mirada con la que contemplamos nuestro país, en el modo en que lo valoramos y nos vinculamos a él. Sería bueno, cuando menos, que pudiéramos dejar a un lado, por un momento, la banderita, para mirar nuestro pueblo o ciudad, nuestra provincia, nuestra comunidad y nuestro país terrible, y decirnos tranquilamente, dando todo su espacio a cada palabra, que este es «un lugar como cualquier otro». Un lugar en el que se han cometido las mismas injusticias, las mismas atrocidades que en cualquier otro, o quizá un poco más, un lugar en el que unos mienten y explotan a otros, en el que se mata, se roba, se golpea, se viola, se corrompe y se destruye «como en cualquier otro». ¿Puede uno sentirse orgulloso de España, de ser español? Venga ya… Si apenas hace falta echar la vista atrás para contemplar una galería de espantos. ¿Qué es lo que lleva a un individuo a exaltar el nombre de su país, qué le hace creer que vive en un gran país, estar dispuesto a empuñar un arma para defenderlo, creer que tiene que defenderlo incluso de sus propios habitantes…? Un gran país, una gran ciudad, nunca fue otra cosa que un gran matadero de gentes, un gran fraude organizado de forma minuciosa y sádica, un gran pretexto para que unos, muy pocos generalmente, abusen de otros, la mayoría casi siempre. Una gran batería de símbolos, discursos e instituciones que hacen posible conducir y utilizar a los pueblos de manera contraria a sus intereses y favorable a los de quienes se mantienen a los mandos del aparato. Make America Great Again significa trabaja, compra, enferma, consume, mata y haz que te maten por mí y para mí. Y donde pone America podemos poner España, León, lo que quieran. ¿No es evidente? ¿No es claro que cuando dicen «Defiende lo tuyo» están diciendo en realidad «Defiende lo mío, idiota»? Debería ser evidente, pero no lo es. En período electoral, instituciones, símbolos y discursos cargan con más fuerza para conducirnos, lo hacen con obsceno descaro, pero ni por esas. Preferimos seguir pensando que vivimos en un gran país, en una gran comunidad autónoma… Grandísima, sí. A la vista está.


Alberto Rodríguez Torices (Guernica [Vizcaya], 1972) ha publicado los libros de cuentos Yo, el monstruo (2002), Los sueños apócrifos (2009), Trata de olvidarlas (2017) y El trabajo está hecho (2021), y las novelas Piel todavía muy blanca (Premio Tierras de León, 2004), Sacrificio (Premio Fundación MonteLeón, 2015), Como un perro en la tumba de un cruzado (2019) y Desposesión (2024). Ha recibido asimismo el Premio de Narración Breve UNED (2009) y el Premio de Relatos La Puerta de Tannhäuser (2017), entre otros. Fue miembro del equipo editor de las revistas Otras Voces y The Children’s Book of American Birds. Reside en Valdefresno (León) y se dedica a tareas de preimpresión y diseño editorial.

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