/ una reseña de Dionisio López /
Hay en Pony, del poeta Jorge Sosa (Ciudad de México, 1981), una poética de la miniatura que no aspira a lo pequeño, sino a lo esencial. El libro parece construirse desde una intuición casi física: que la realidad, observada con la precisión adecuada, estalla. De ahí ese poema inicial, programático, donde «una pequeña supernova explota / a diario» en la rutina de un escritorio. Esa imagen —doméstica y cósmica a la vez— contiene la clave de todo el volumen: la convivencia entre lo ínfimo y lo devastador, entre la vida administrada y la violencia secreta de existir.
En este sentido, Sosa se inscribe en una tradición que podríamos trazar desde Nicanor Parra hasta Charles Simic: una escritura que desconfía de la solemnidad, que trabaja con materiales cotidianos, pero que no renuncia a la revelación. Sin embargo, Pony no es exactamente antipoesía; hay en él una suerte de lirismo desplazado, una emoción que no se declara, sino que se filtra por las grietas del lenguaje.
Uno de los rasgos más notables del libro es su capacidad para tensar lo banal hasta hacerlo inquietante. Pensemos en uno de los poemas donde retrata a unos viejos en el casino: la escena podría ser meramente costumbrista, pero Sosa introduce una torsión decisiva al afirmar que ese espacio «se parece mucho a una biblioteca». La comparación no es irónica en un sentido superficial, sino profundamente perturbadora: ambos son lugares «oscuros / donde nadie nos ve / ser lo que realmente somos». Aquí el poeta opera como un anatomista moral, revelando la estructura de deseo y ocultamiento que subyace tanto al juego como a la lectura.
Este procedimiento —la analogía inesperada— recorre todo el libro. En otro poema, el mar resuena en las latas vacías; en otro, las ciudades vistas desde satélite «parecen chicles enredados / en el cabello de una adolescente». Estas imágenes, lejos de ser caprichosas, responden en realidad a una lógica muy precisa: desmontar la jerarquía entre lo elevado y lo trivial, mostrar que la experiencia contemporánea está hecha de residuos, de superficies, de simulacros. En este punto, la poesía de Sosa dialoga, aunque desde un registro más íntimo, con cierta sensibilidad posmoderna.
Pero si algo distingue a Pony es su relación con el cuerpo y el dolor. «No hay dolores imprecisos», afirma el poeta, y esa frase funciona como un manifiesto contra la vaguedad emocional. El dolor, en Sosa, es siempre localizable, casi quirúrgico: ocurre «en una mano, / entre dos discos de la columna». Frente a él, la felicidad aparece como algo difuso, inaprensible: «una temperatura / a punto de escapar». Esta inversión —la precisión del sufrimiento frente a la evanescencia de la dicha— sitúa al libro en una tradición existencial que nos recuerda a Cioran, aunque sin su nihilismo absoluto: en Sosa hay todavía una forma de ternura, incluso de asombro.
Esa ternura se manifiesta de manera especialmente intensa en los poemas donde aparece la figura de la hija. Lejos de cualquier sentimentalismo, estos textos construyen una ética de la mirada: el padre observa, reconoce, se reconoce. «Estoy enamorado de todos», dice en un parque, en una declaración que desborda lo individual y se convierte en una suerte de comunión precaria con el mundo. Sin embargo, esa apertura está siempre amenazada por la conciencia del daño: «Jesús va a romper el corazón de mi hija / tal y como rompió el mío». La infancia no es un refugio, sino un territorio en tránsito hacia la herida.
Hay también en Pony una dimensión crítica, aunque nunca panfletaria. El poema «María se manifiesta a los infieles» convierte la Coca-Cola en una aparición mariana, evidenciando la sacralización del consumo; «No es un safari espiritual» desmonta las retóricas contemporáneas del bienestar; «Tipos de tristeza» enumera una serie de malestares que el poema califica de «falsos», pero cuya acumulación produce un efecto inquietante, como si la falsedad misma fuera una forma de verdad. En todos estos casos, Sosa evita la denuncia explícita y opta por la exposición: muestra el mecanismo y deja que el lector experimente su extrañeza.
Formalmente, el libro apuesta por una escritura limpia, de versos breves, con un ritmo cercano a la prosa pero cuidadosamente medido. No hay ornamento innecesario; cada imagen parece haber sido depurada hasta su núcleo. Esta economía recuerda, en cierto modo, a la poesía de Raymond Carver, aunque en Sosa la imagen tiende a lo surreal antes que a lo estrictamente realista. Pensemos en ese «pájaro negro / comiendo mis tripas» cada mañana: una imagen que condensa la experiencia de la depresión con una eficacia casi brutal.
En última instancia, Pony es un libro sobre la percepción: sobre cómo miramos, qué vemos, qué decidimos no ver. Su mundo está habitado por fantasmas —niños que son eco de otros niños, muertos que regresan para reincorporarse a la burocracia del cuerpo—, pero esos fantasmas no pertenecen al más allá, sino a la propia realidad, a su dimensión latente. Como en la mejor poesía contemporánea, lo extraño no irrumpe: siempre ha estado ahí.
Quizá por eso uno de los versos más reveladores del libro sea aquel que dice: «Pierdo personas / como si fueran palabras». En esa equivalencia entre lenguaje y pérdida se cifra la apuesta de Sosa: escribir no para fijar el mundo, sino para asumir su fragilidad, su condición de tránsito. Pony no ofrece consuelo, pero sí una forma de lucidez que, en su precisión, resulta profundamente conmovedora.
Pony
Jorge Sosa
Liliputienses, 2020
132 páginas
13,20 €
Dionisio López (Cáceres, 1978). Licenciado en Filología Hispánica tras cursar la carrera entre las universidades de Extremadura y Salamanca; en la actualidad ejerce como profesor de literatura. Ha publicado relatos, poemas y crítica literaria en revistas como Turia, Paraíso, Suroeste o Nayagua. En 2022 publicó el poemario Los nombres de la nieve y, un año después, el libro de relatos Cuando vuelvan los elefantes, ambos en RIL Editores. En 2025 fue editor de la antología Los últimos del Oeste: poetas extremeños del Siglo XXI. Dirige el blog de reseñas literarias Aves de paso. Su web es La vida en el aire.

