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Un guiso

Bowls of lentils, chickpeas, mixed beans, fresh tomatoes, and herbs on a wooden table

A rustic wooden table displays fresh tomatoes, assorted beans, and herbs in natural light

/ por Antonio Aledo /

HABICHUELAS:

Empecemos por las habichuelas. Es notorio, si uno piensa en ello, que la palabra habichuela es un poco el diminutivo y un mucho el peyorativo de haba; quizá por eso era necesario buscarle otro un nombre.

Cuando estuve esta Semana Santa en Úbeda, visité su sinagoga. La señora guía que nos enseñaba esa catacumba oscura, donde, al contrario que en las iglesias cristianas, había cocina y era un lugar importante. Nos contó que el Sabbath empezaba a la puesta del sol del viernes y concluía a la puesta del sol del sábado, cuando al menos se vieran tres estrellas en el cielo. Yo estuve a punto de preguntarle qué pasaba las noches nubladas, pero me contuve porque sé que a nadie le gustan los listillos. Como el descanso total del Sabbath prohibía cocinar y encender fuego, se dejaba en los rescoldos del hogar un guiso que invariablemente contenía habichuelas. Tal es así que la gente empezó a llamar a esa legumbre el haba judía. Al final se quedó solamente en judía, y así es como la conocemos ahora.

LENTEJAS:

Si las habichuelas le deben su nuevo nombre a los judíos, estos le deben su existencia a las lentejas. Cuando Esaú vendió a Jacob su primogenitura por un plato de lentejas, no se benefició tanto en lo material como se puede creer, pues los judíos, al contrario que la nobleza en la Edad Media europea, no legaban todos sus bienes al primogénito sino solamente el doble que a los otros hijos. Lo principal fue la transmisión de la promesa de Dios a Abraham de hacer su descendencia tan numerosa como las arenas del mar y las estrellas del cielo. Teniendo en cuenta que Esaú tuvo solo cinco hijos y que Jacob tuvo trece (doce varones de los que brotaron las doce tribus, más una hembra llamada Dina que la machista historia silencia), no sería de extrañar que el mismo Yavé hubiera orquestado la venta para asegurar su propia profecía.

Yo siempre me he preguntado qué excelencias de olor y sabor contendrían aquellas lentejas para obtener un precio tan elevado, porque nunca me han gustado especialmente. Las que hacía mi madre, en salsa, con ajo duro, no las recuerdo demasiado mal; pero cuando me hice cargo de la cocina de mi casa y fui poco a poco alcanzando las merecidas (y nunca otorgadas) estrellas Michelin que luzco en el delantal, fueron precisamente las lentejas el plato que se me resistía. En salsa, y más cuando tengo que cocinar con poca sal debido a la hipertensión, me salían sosas. Probé sin éxito todas las recetas conocidas y otras muchas desconocidas. Lentejas con pepino, alfóncigos, berzas y carne de avestruz, por poner un ejemplo extremo. Nada funcionaba. Al final tiré la toalla y volví a la sencillez de las lentejas en salsa. Entonces descubrí en el supermercado una variedad nueva de tomate, el tomate daniela. Lo probé y ¡alejop! Allí estaban las mejores lentejas que he comido nunca. Lentejas preferibles al arroz con costra, al cocido con pelotas… Ese tomate… Pero reservemos el tomate para más tarde y pasemos a hablar de Gabriel Miró.

NUESTRO PADRE SAN DANIEL:

Después de terminar La ciudad de la niebla, de Pío Baroja, empecé a leer Meridiano de sangre, de Corman Mc Carthy. Allí estaba yo, rodeado de una banda de malhechores, en la frontera de México, y me pregunté: ¿qué se me ha perdido aquí? Además, ¿a quién estoy leyendo? A Corman Mc Carthy no, desde luego. Cuando leo a Pío Baroja, leo a Pío Baroja. Cuando leo un libro traducido, ¿a quién leo? Me propuse, de esto hace solo una semana, leer en adelante únicamente en español. Una vez vuelta la mirada hacia el terruño, ¿por qué no seguir hasta la propia ciudad? Mi novela se desarrolla en Orihuela. Nuestro padre san Daniel y su continuación El obispo leproso, también. Así que abandoné Texas y recalé en Oleza.

La palabra Orihuela, igual que habichuela, es algo cacofónica. Yo no la  escribo nunca en el Jugador de damas. Cuando es preciso digo «la ciudad». Gabriel Miró le cambia el nombre por Oleza. En un poema, jugando con la coincidencia de que Orihuela contiene, al igual que murciélago, las cinco vocales, escribí hace tiempo: «Mi dormida ciudad / no tiene un nombre hermoso / como Praga o  Varsovia. / Se llama rata voladora / animal ciego / mundo cabeza abajo».

Además de cambiar el nombre de Orihuela, Gabriel Miró se inventa un santo patrón extravagante: san Daniel. «De 1580 a 1600 un escultor desconocido labra en una olivera de los Egea la imagen de San Daniel, que por antonomasia se le dice el “Profeta del Olivo”. El tocón del árbol cortado retoña prodigiosamente en laurel. Fue el primer milagro».

EL TOMATE:

Le pregunto a mi Carmen si ha leído Nuestro padre san Daniel y me dice que hace mucho tiempo, cuando era cría. Aun se acuerda del padre Magín. Hace un par de días (ese día había hecho lentejas para comer, nuestra comida preferida), paseando por el polideportivo a la caída de la tarde, le pregunté:

—¿Qué relación encuentras entre las lentejas que hemos comido hoy y la novela de Gabriel Miró que estoy leyendo?

—No sé, ¿que en la novela se comen lentejas?

—Vaya, ya me has fastidiado el final. Pero no voy por ahí. Piénsalo. La novela se titula Nuestro padre san Daniel y los maravillosos tomates que utilizo para hacer las lentejas son de la variedad daniela.

—Un poco cogido por los pelos ¿no?

—No tanto. El tomate daniela es el primer tomate LSL que se cultivó.

Son las siglas en inglés de long shelf life.

—¿Cómo?

Long shelf life.

—¿Qué?

Long es larga, shelf estantería y life vida.

—¡Ah! Long shelf life.

—Eso. Es que, por Dios, los idiomas que se escriben de una manera y se pronuncian de otra deberían estar prohibidos. Si yo tuviera el poder absoluto, otro gallo cantaría. En fin, shelf seguido de life (o como se diga) quiere decir la vida útil de un producto. Los tomates de larga vida útil se mantienen frescos mucho más tiempo que los otros. La variedad daniela se creó en Israel en 1986. Desde entonces ha habido muchos más, pero ese fue el primero. ¿Por qué le pusieron daniela? No lo sé, la verdad, pero mi conjetura es razonable. El nombre Daniel, el del profeta, el de los leones, está compuesto por dos palabras hebreas que significan «justicia» y «Dios» (Él, porque los judíos no pronuncian el nombre de Dios). Se puede traducir por «la justicia de Él» o «Él es justo». El concepto de «justicia» lleva aparejado el de «equilibrio». Acuérdate de la representación de la justicia con una  venda en los ojos y una balanza. Ese tomate se describe como de un  equilibrio perfecto entre la acidez y la dulzura. Y demás dura y dura como el pueblo judío.

Mi Carmen reconoció que la relación entre los dos nombres es más  que casual.

EL LIBRO DE DANIEL:

Con todos los ingredientes preparados para hacer el guiso y antes de empezar a cocinar, se me ocurrió echarle un vistazo al libro de Daniel. Leo el capitulo primero. Nabucodonsor vence a los israelitas y los lleva cautivos a Babilonia. Encarga al jefe de los eunucos que escoja entre los prisioneros de alta cuna jóvenes bien formados y bien parecidos y los eduque durante tres años para que, al cabo de ese tiempo, pasen a su servicio. ¿Como eunucos? Corramos un tupido velo. Daniel está entre ellos. Entre sus privilegios está comer la comida del rey. Deben mantenerse sanos y fuertes. Daniel tiene escrúpulos con la comida del rey porque le parece impura y le ruega al jefe de los eunucos que lo alimente solo con legumbres. Este, en principio, se niega porque si el rey los ve flacos y ojerosos se juega la cabeza. Daniel le propone entonces (Daniel 1,12-16): 

«Por favor, pon a prueba a tus siervos durante diez días: que nos den de comer legumbres y de beber agua;  13 después puedes comparar nuestro aspecto con el de los jóvenes que comen los manjares del rey, y hacer con tus siervos con arreglo a lo que hayas visto.» 14 Aceptó él la propuesta y les puso a prueba durante diez días. 15 Al cabo de los diez días se vio que tenían mejor aspecto y estaban más rollizos que todos los jóvenes que comían los manjares del rey. 16 Desde entonces el guarda retiró sus manjares y el vino que tenían que beber, y les dio legumbres».

Comprenderéis que no me esperaba de ninguna de las maneras que el Libro de Daniel empezara haciendo un elogio de las lentejas y las habichuelas.


Antonio Aledo Sarabia (Orihuela, 1956) estudió filosofia en la Facultad de Filosofía y Letras de Murcia y es funcionario del Servicio Valenciano de Salud. Ha publicado relatos en revistas nacionales como Ánfora Nova, Calandrajas, Empireuma o La Lucerna. En 1991 fue primer premio del Concurso Internacional de Poesía Miguel Hernández con el poemario Recuerdos del jardín de las Hespérides (1992). Tiene varios poemarios inéditos (El infiernillo, Sobre fantasmas y Sobre los altos hombros), participa activamente en la obra coral El murmullo, editada en formato digital por M. Susarte y es autor de la novela El jugador de damas.

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