/ por David Barquín /
Walter Benjamin concede una atención preferente a la dimensión mística del lenguaje, en detrimento de su vertiente pragmática. En este sentido, la palabra no está llamada a reiterar, clasificar, reformular, ejemplificar, citar, explicar —rasgos propios de su uso como herramienta comunicativa—, sino que se erige en un vehículo místico que remite a las raíces del sentido, es decir, aquello de lo que emana toda una historia. Ejemplo de ello es el poema épico Beowulf, con un patrón poético heredado de la tradición germánica, basado en la repetición de sonidos. De autoría anónima, el poema fue escrito entre mediados del siglo VII y finales del siglo X, transitando del vestigio pagano al cristianismo incipiente.
A pesar de haber dejado de creer en las palabras, Hugo von Hofmannsthal escribe Carta de Lord Chandos (1902), un texto programático acerca de la dificultad para seguir escribiendo; esto es, da cuenta al lector de la incapacidad del lenguaje a través de la palabra. Walter Benjamin, en cambio, no concede al ser humano una posición privilegiada —como hace von Hofmannsthal—, pues el resto de seres vivos y objetos no requieren de nuestras palabras: son en sí mismos, sin nuestro nombrar. Es posible, entonces, acercarse al lenguaje de manera no utilitaria para reconocer así lo que se expresa en la palabra nombrada, pues todo aquello que es nombrado refleja su dependencia con respecto al dicente.
Esta concepción de la palabra es el sustrato de su ensayo El narrador (1936), donde Benjamin analiza al escritor Nikolái Léskov para advertir que el propio acto de narrar ha sufrido un proceso de empobrecimiento. El valor de Léskov reside, a juicio de Benjamin, en su capacidad para reconocer las fuentes auténticas de la narración, frente a una modernidad cuya técnica ha propiciado la automatización de la existencia.
Si en el siglo XX la narración tradicional ya competía con la radio, el cine y la televisión, en el siglo XXI estos medios compiten, a su vez, con los creadores de contenido digital — caracterizados por la ausencia de silencios y pausas en su discurso—, las plataformas de streaming y, más recientemente, las inteligencias artificiales. En esta contemporaneidad, la figura central ya no es el narrador, sino el guionista; del mismo modo que el libro ha dejado de ocupar el lugar protagonista en favor de la pantalla. Este desplazamiento es especialmente sintomático en Internet, donde Bartleby, el escribiente (1853), y su preferencia por el silencio, no tiene cabida. En su lugar, proliferan sujetos que de todo opinan, que aspiran a la singularidad mientras, paradójicamente, reproducen patrones colectivos; individuos que exhiben una identidad mediada por múltiples dispositivos de estimulación constante, donde el reconocimiento ajeno se convierte en criterio de sentido de la propia existencia.
Cabe señalar, finalmente, un factor que quizá explique la crisis de expresión literaria —el arte de la negativa, en palabras de Enrique Vila-Matas— y acaso también el recelo hacia formas de narración más sólidas: la palabra misma se ha convertido en vehículo de la técnica. Este fenómeno se inscribe en un desarrollo asimétrico de la Ilustración, que ha alcanzado un progreso notable en el ámbito científico-técnico, pero no así en otras esferas. Semejante asimetría no se corrige mediante la renuncia al proyecto ilustrado ni mediante el rechazo de las formas narrativas que lo vehiculan, sino mediante su profundización en aquellos ámbitos que han quedado rezagados, de modo que el ser humano pueda, desde una parada reflexiva, recuperar el protagonismo y enriquecerse — en el sentido benjaminiano— tanto en el plano intelectual como en el ético.
David Barquín Gómez (Madrid, 1971) es licenciado en derecho (UCM), graduado en estudios ingleses (UNED) y máster en filosofía de la historia (UAM). Actualmente, cursa estudios de doctorado.

