/ por Mariano Martín Isabel /
En 1985 surgió en Segovia, en torno a Congregamini Psalite, un grupo de clérigos interesados por el canto gregoriano: desapareció; en 2024 nació de sus cenizas, en el mundo secular, un taller de cantores iniciados y no iniciados, algunos sin conocimientos musicales, unos con experiencia coral y todos movidos por la emoción, espiritual y estética, y el común interés por el canto gregoriano. La enseñanza fue siempre una vertiente natural en el desarrollo de este taller; trabajó el lenguaje musical, la técnica vocal, el repertorio, y siempre contó con el apoyo de dos profesores del conservatorio. Su existencia se debe al impulso personal de Juan Gómez de Caso, director del coro y animador, desde hace muchos años, del coro segoviano Audite de música antigua. Los talleres de verano se realizan todos los años en la cueva de Santo Domingo.
Un taller de canto gregoriano
El taller está integrado por cantores de diversa procedencia, de la provincia de Segovia y de la de Madrid. Los ensayos y actuaciones terminan siempre en tono ameno en torno a unas cañas; allí la conversación desenfadada se hermana con la historia, la literatura, el arte y toda la cultura en general que tenga que ver con el gregoriano, también con el chiste: como la ocurrencia de uno de sus miembros de que el grupo debería llamarse Los Gregorios, y más jocosamente aún, los Goyos. La visita al monasterio de Silos ha sido referencia ineludible; asistir a una misa cantada y a unas vísperas, antes y después de visitar Covarrubias, y al mismo tiempo tomar contacto epistolar con la abadía de Solesmes, el centro gregoriano más documentado del mundo. La vocación universal del canto gregoriano va de la mano de hitos de carácter local, como la celebración de San Frutos en la catedral de Segovia o la misa del gallo en el monasterio del Parral. Las misas en el convento de las dominicas son ya habituales en el taller de la ciudad.
Todos los trimestres se clausuran con un concierto. Se han llevado a cabo conciertos en iglesias (Nueva Segovia, la Lastrilla, San Justo, Fresno de Cantespino) y en centros culturales (Espacio Los Castaños, Cercedilla). Aparte del repertorio habitual, recogido en el Graduale Romanun y en el Cantus Selecti, se han trabajado piezas del Cancionero de la catedral de Segovia, el fondo musical del convento Nuestra Señora de los Ángeles en las Hoces del Duratón y el Códice Calixtino: el canto gregoriano se hermana aquí con otras expresiones de música religiosa, desde una óptica de fidelidad a los orígenes.
Técnica musical
Hay, como es lógico, un interés por trabajar la técnica vocal: la afinación, la vocalización, el fraseo, la acentuación, el cuidado constante por cantar hacia adentro; en el canto gregoriano no hay gritos, sino exclamaciones siempre contenidas; y hasta las expresiones más extremas de alegría o dolor están sopesadas, evitando en la expresión lo excesos del sentir; en el gregoriano la voz siempre se está moderando y es, como si dijéramos, un canto callado.
Un canto modal que procede por grados conjuntos. Entre los siglos VII y X fue el apogeo del gregoriano, y en el siglo XI ya se cantó ya por cuartas o quintas: hasta que en el siglo XIII el canto se disocia en melodía y acompañamiento; en el siglo XIV surgen, con el canto tonal, los modos mayor y menor para volver a la atonalidad en el XX y dar paso nuevamente a los modos; un poco a la manera como el cubismo recupera los esquematismos y abstracciones que ya encontrábamos en Altamira y la Valltorta.
Un poco de historia
El canto gregoriano, dentro de la música religiosa, se constituye como canto litúrgico. Habría que remontarse a los cuatro primeros siglos de nuestra era para rastrear sus orígenes. Tras la muerte de Cristo la nueva religión se expande desde Palestina por la zona oriental del imperio romano. Al tratarse de una religión prohibida, los fieles se ven obligados a reunirse en catacumbas y casas particulares. Los textos son musicalizados entre cantilaciones (como las retahílas o el canturreo de las tablas de multiplicar y los pregoneros) y melismas (pronunciación de una sílaba sobre un número indeterminado de notas); los fragmentos esencialmente melismáticos de la misa son el aleluya y el kyrie.
Con la libertad de culto después de Constantino, en el siglo IV el cristianismo se extiende a Occidente. Desde las formas orientales del canto van surgiendo formas nuevas como la romana, el estilo ambrosiano o el mozárabe. En el siglo VI la orden benedictina estructura el oficio divino y la música que lo acompaña, estableciendo ocho horas canónicas y recogiendo la música en un libro llamado Antifonario; la misa, cuya música se recoge en otro libro llamado gradual, distingue dos tipos de textos, cantados siempre en latín (a diferencia de los cultos orientales, que se cantaban en griego): el propio, que contiene los textos que van variando a lo largo del período litúrgico, y el ordinario, que reúne los textos invariables; en la historia posterior de la música las misas de los compositores se referirán al ordinario (kyrie, gloria, credo, sanctus-benedictus y agnus dei), excepto las misas de réquiem, que suprimirán el credo y el gloria y añadirán el dies irae.
Con la coronación de Carlomagno, en el año 800, se afirma la alianza entre Roma y el nuevo imperio; el papa Gregorio impulsará la schola cantorum e impondrá un culto único, haciendo desaparecer las músicas autóctonas; este canto, que en adelante se llamará gregoriano, cristaliza en el siglo X; con el cisma de 1054 y la separación entre las Iglesias de Oriente y Occidente desaparecerá la influencia del canto oriental. Si bien es verdad que la uniformización gregoriana elimina la diversidad (y con ella la liturgia mozárabe), es preciso advertir que el canto gregoriano tampoco es el canto romano puro, sino que está mediatizado por la manera de cantar que tenían los carolingios; el canto uniforme que suprime la variedad está hecho de una variedad de estilos, diríamos hoy que es una música de fusión.
Hay en él tres niveles melódicos: la cantilación, la salmodia y los cantos más ornamentados. En cuanto al ritmo, la melodía se divide en frases, y las pausas musicales corresponden a las pausas habladas; el texto se adorna en las sílabas importantes que sirven para impulsar la meditación.
La notación gregoriana
En un principio la música no se escribía; la mano del maestro de canto dibujaba en el aire el movimiento de la voz.
Poco a poco surgió la notación queironímica (keirós en griego significa «mano»), que trata de reflejar en el papel, con ayuda de la puntuación gramatical, el movimiento de la mano; estos signos, al adquirir valor musical, reciben el nombre de neumas: es lo que se conoce como notación adiastemática («in campo aperto»). Surge en el siglo IX y sirve para recordar, no para aprender lo que ya se sabe; no tiene líneas para la música y prolonga, por lo tanto, la tradición oral; con ella termina la prehistoria de la música (esto es, el tiempo en que la música carecía de escritura).
En el siglo X surge la escritura diastemática: ya hay una línea roja que representa una nota y los neumas se distribuyen entorno a ella; deja de ser una escritura in campo aperto, se convierte en una notación de altura, como si hubiera una plantilla detrás de la hoja; aunque sólo tenga una línea, las otras líneas están implícitas en ella.
Después aparecen más líneas hasta llegar a cuatro (tetragrama). La notación cuadrada surge en el siglo XIII, cuando aparece también la notación rítmica que se asocia a la polifonía: pausas, episemas, delicuescencias… El prestigio del canto gregoriano era tal, que los compositores no se sintieron dignos de inventar nada; se limitaron a enriquecer la tradición recibida, impulsando polifónicamente la armonía y ampliando la melodía mediante tropos y secuencias.
Filosofía
Quizá la característica más importante del canto gregoriano sea su carácter interior, íntimo. Los ojos miran sin ver porque no están dirigidos hacia fuera, y es una contemplación intelectual, un recogimiento espiritual, y la voz, lejos de proyectarse en el grito, se recoge en sí misma sonando, más que en el aire, en el paladar. Puede ser música luminosa como el Sanctus, el Gloria, el Agnus dei o Lux eterna; o música oscura como el Spiritus domini, el Factus, el Kyrie o el Miserere; incluso cuando se trata de un clamor, la música es proyectada hacia adentro: es una música contenida. Se parecería al movimiento del Discóbolo y no al del Laoconte; hasta la máxima fuerza es retratada con delicadeza. En un coro donde cada voz se siente arrastrada por las demás hay como una especie de estado de flujo, así dicen los psicólogos: Nietzsche estaría de acuerdo; una embriaguez en la que todos, siendo muchos, acaban siendo uno.
También en los textos se transmite esta visión del mundo; un mundo sin movimiento que, cuando se mueve, lo hace a pasos lentos. El mandamiento de hacer lo que quiere Dios y no lo que queremos nosotros (Fiat voluntas tua). La entrega a Dios en la seguridad de que desarrollará nuestras potencias (Veni Sancte Espiritu); y de que, en momentos de desgracia, siempre nos va a ayudar (Panem Nostrum cotidianum da nobis hodie). La convicción de que el mal está ahí fuera (Libera nos a malo), pero también dentro de nosotros (ne nos inducas in tentationem), asociando frágilmente el mal con el placer: porque sin la ayuda de Dios nada puede ser bueno. Si nos ha perseguido la desgracia, apiádate (Kyrie eleison); lo mismo que si hemos pecado, ten piedad de nosotros (Miserere). Existe el recuerdo de una tradición que nos cuenta historias que podrían pasarle a cualquiera (Homo quidam). El culto al sacrifico, que, más allá del esfuerzo, va hasta le entrega de la propia vida encarnada en el hijo de Dios (Victimae paschalis (…) Agnus redemit oves). Y la convicción de que no se puede ensalzar a Dios (Gloria in excelsis Deo) sin salvar a sus criaturas, primero haciendo que sean buenas, después haciendo que sean felices (… et in terra pax hominibus bonae voluntatis).Historias que fueron vertidas en griego cuando vinieron de la tradición oriental (Agios Athanatos), y en latín cuando finalmente llegaron a Occidente.
Éstos son los elementos doctrinarios, las manifestaciones de una ideología. En la música gregoriana se vierte una manera de vivir el espíritu, y en sus textos, a la vez que revivimos las expresiones y contenidos de un mundo pasado, se vierte un dogma, una historia y una moral: un contenido que puede ser asumido por quienes, al escuchar el canto gregoriano, se identifican con el culto. Pero el cantor también puede ser ateo y para él esas esencias serán, en el barniz de un mundo antiguo, las manifestaciones vivas de una historia, un arte, una forma de sentir y de cantar, en una palabra: las manifestaciones vivas de una cultura. Se ha llegado a decir que las mejores misas de réquiem se las debemos a compositores ateos.
Historia, cultura y culto
El canto gregoriano es monódico, pero en el taller de Segovia se aspira a cultivar el espíritu, más que la letra, del canto gregoriano. Hace pequeñas incursiones en la polifonía, desde un simple bordón (Dum pater, Popule meus) hasta pequeñas canciones a cuatro voces (Miserere, Adoramus te); ocasionalmente se introduce alguna canción medieval (como la cantiga 100 de Alfonso X), alguna canción de navidad (Puer natus), incluso alguna canción del Renacimiento (Fortuna disperata); desde una heterodoxia de fusión, siempre respetuosa con el original, a veces se ha oído en este coro un diálogo de la voz con la guitarra, con el órgano, o con el eco impresionante de los cuencos tibetanos (Veni Sancte). El primer objetivo de este taller es dar vida al canto gregoriano; adosado a él, como objetivo secundario, está el intento de sumirse, de manera sencilla, en la música antigua y en el diálogo con otras culturas. Alguna canción como el Pange lingua ha servido para recordar, fragmentaria y lejanamente, cómo pudo sonar la liturgia en el antiguo rito mozárabe, hoy perdido; siempre más ligado al sonido de Oriente que al de Occidente.
El taller de canto gregoriano se abre a la luz como cultura y como culto. Como culto acompaña a la misa en las iglesias y conventos, e interviene en algunos oficios divinos (Pentcostés, la misa de difuntos, el día de San Frutos, la misa del gallo o la Semana Santa: ya sea desde un balcón asomado a la calle, junto a las murallas, o en la iglesia octogonal de la Vera Cruz acompañando a la orden de Malta, o el monasterio de los Jerónimos o la catedral de Segovia). Como cultura, el taller se vierte en conciertos muchas veces cantados en iglesias. La vocación del taller es mantener viva una tradición litúrgica, de cultura asociada al culto, con gente llana más que gente del clero; en este sentido podríamos hablar, más que de clerecía, de juglaría, muy a pesar de ser ésta la música de los clérigos.
El gregoriano en el conjunto de la música inspirada
Pater es una canción estremecedora. El grito de Cristo implorando a su padre que lo libere del calvario, al que percibe como insoportable (¿cómo no acordarse, en torno a la guerra de España, de César Vallejo?). La anticipación del dolor se une a la certeza de que no es posible escapar de él, y de que, a pesar de que el alma se desgarra entre la aceptación del destino y su terrible realidad, ese sacrificio es inevitable; nadie, ni siquiera su propio padre, puede evitarlo. El patetismo de esas notas en una composición sencilla, a una sola voz y sin artificios extraños, nos recuerda el grito desgarrado de la ópera de Leoncavallo: el aria Vesti la Giubba, de Ridi Pagliaccio.
Kyrie eleison significa, en griego, «señor, ten piedad». Es un lamento tranquilo, contenido en los innumerables melismas que se retuercen, recorriéndolo con un temblor sinuoso sin estridencias, pero con estremecimiento; donde la aceptación de la pena va de la mano de un clamor sin gritos; y la voz lánguida sabe que, en el fondo, el espíritu no la abandonará. Es el lamento del pueblo hebreo que, en el coro de Verdi, se eleva al cielo resignado a partir; uno no puede dejar de pensar en el clamor de aquella masa de desheredados que, en la novela de José Antonio Abella (Yuda), se reúne junto al Eresma emprendiendo el exilio ordenado por la reina católica; el Kyrie es una petición de ayuda acompañada de arrepentimiento; para un no creyente este canto puede ser la entrega a un destino inexorable en tiempo de desgracia; la petición, no se sabe a quién, tampoco se sabe dónde, probablemente a un ser superior en quien no se acaba de creer, de que suprima el dolor cuando uno necesita creer a pesar de todo.
Miserere mei tiene, en latín, el mismo significado que Kyrie en griego, pero con una variación: porque el monje pide piedad (la piedad es una palabra más piadosa que el perdón) y se dirige a un ser sublime, pero tremendo, desde el patetismo trágico del yo que sufre. Es una voz que no se desliza por el aire como grito, sino lamento; a veces parece rebelarse contra su destino: y es que la aceptación de lo irremediable esconde una rebeldía imposible; también en el coro de Verdi, en el lamento del destierro frente al poder sin límites de Nabucodonosor, supieron ver los italianos la resistencia larvada al poder austriaco. La piedad aquí no es un arrepentimiento del pecado, sino un llanto de misericordia, vertido en la adversidad y desde la condición trágica del ser humano. Uno no puede dejar de pensar en la procesión del Socorro, bajo el arco de San Andrés, en Segovia; con el Cristo entregado a la muerte y las voces del coro dejándose caer sobre la cruz desde un balcón, derramándose sobre todos y cubriéndolo todo con los copos suaves de un maná: el miserere.
Spiritus domini es el himno del Espíritu Santo. Ya desde los momentos primigenios de la creación el espíritu de Dios aleteaba sobre las aguas. Llenaba todo el mundo porque no sólo está contenido en todas las cosas que hay en el mundo, sino en todas las lenguas que se hablan en el mundo: esto no puede sino llenarnos de alegría, una alegría irrefrenable, unos deseos de exclamar: aleluia. El espíritu que está en todo («replevit orbem terrarum») se parece mucho a esa sustancia indefinible que llenaba el mundo de los incas, especialmente presente en los montes, las cuevas y los lagos: el camaquén. También en la saga de Star wars el mundo está impregnado de una fuerza, especialmente intensa en algunos seres, la fuerza de los jedis. En el Nuevo Testamento hay un momento en que Dios necesita reforzar a algunas personas haciendo descender el espíritu sobre ellas: Pentecostés; la fuerza larvada que ya tenían aumenta de repente en intensidad; la ignorancia de unos pobres pescadores desaparece súbitamente y los apóstoles conocen la doctrina, sienten la fuerza mística, saben hablar en las lenguas en las que predican cuando se desparraman por el Asia Menor, Éfeso, el país de los gálatas, y llegan a Grecia e incluso a Roma. El himno del espíritu (Spiritus domini) contiene el sentimiento sobrecogido del monje que, al cantarle sus aleluyas, experimenta un estremecimiento que muy bien podría parecerse al éxtasis de los místicos. Si la fuerza de los jedis tiene un lado oscuro, el lado oscuro ahora no está en la otra cara del espíritu, sino fuera de él: en el mundo de los intereses, materiales y prosaicos, que se preocupa por el poder y el dinero y desampara al corazón que ya no es capaz de llevar una vida plena. Si la letra mata, el espíritu pude darle sentido, sólo él puede hacer que viva.
Dum pater es el himno de los peregrinos. El camino de Santiago no lleva a matar a nadie, sino a amar al prójimo en la búsqueda de la realización personal; Santiago es la representación del espíritu en Compostela, el espíritu de Dios flotando sobre la tierra. En
Santiago queda superada la confusión de Babel puesto que en el camino se juntan peregrinos que hablan muchas lenguas, desde el galaico («Jacobi Gallecia») hasta el alemán: «herru Sanctiagu», «Grot Sanctiagu», «E ultreia»); lejos del tópico de Santiago Matamoros, el camino es un espacio de convivencia, un lugar donde se juntan los pueblos de la tierra. El camino que une a los peregrinos en la paz, más que Carlomagno los unió en la guerra, quizá tenga títulos suficientes para representar cabalmente el espíritu de Europa. Si el Antiguo Testamento iba dirigido al pueblo judío, el Nuevo Testamento se dirige a todos los pueblos de la tierra; el nacionalismo judío tendría sentido bíblico si no violara los dos primeros mandamientos, pero el nacionalismo cristiano es una contradicción en los términos: porque decir cristiano es lo mismo que decir cosmopolita y un nacionalismo universal es un contrasentido; su espíritu se encuentra encarnado en Santiago, camino más que meta, donde se encuentran en el espíritu todos los pueblos de la tierra.
Desde una interpretación bienintencionada del Evangelio, podríamos decir que el espíritu es amor (Dios es espíritu); los textos dejan bien claro que amarse a sí mismo es lo mismo que amar al prójimo, en especial amar a los enemigos. En ese amor al género humano está contenida la ética kantiana; no olvidemos que Kant, que reconoce que no puede demostrar que Dios existe, lo introduce finalmente como postulado. Si admitimos esto debemos admitir también, sin ningún lugar a dudas, que decir Dios es lo mismo que decir sentimiento ético; amar a Dios es comportarse de manera éticamente correcta, puesto que, al ser todos hijos de Dios, y por lo tanto hermanos en Cristo, todos somos iguales y tenemos los mismos derechos.
Conclusión
Los antropólogos se han derramado por la geografía en pos de las ultimas huellas del saber popular; retahílas, romances, refranes, cualquier manifestación de las costumbres antiguas ha sido objeto de su afán: en Segovia estas cosas le han interesado a Ignacio Sanz, por ejemplo. Los musicólogos han buscado las últimas canciones, que pervivían en los pueblos antes de que murieran sus portadores, que eran los últimos viejos: García Matos, Agapito Marazuela, el Nuevo Mester de Juglaría… El canto gregoriano es el vivo testimonio de un mundo antiguo no enteramente desaparecido. Su huella permanece en los monasterios, en los libros, en los cancioneros. Uno no puede sino agradecer la labor que hacen grupos que, como el taller de canto gregoriano de Segovia, se esfuerzan por dar voz a la música escrita; desde el respeto a las fuentes, fieles a sus orígenes, pero también desde el encuentro con otros instrumentos de transmisión y otras músicas del mundo: el respeto es el arma que tiene la fusión para no desnaturalizar las esencias sin caer en el purismo (no olvidemos que el propio canto gregoriano surge de la fusión del canto romano con el carolingio). El resultado es la preservación de una cultura que no ha caído en el olvido. Si en el camino alguien encuentra las esencias de una religión y se solaza viviendo, junto a la riqueza de la cultura, los impulsos del culto, eso se dará por añadidura.
Mariano Martín Isabel es doctor en filosofía y profesor del instituto Andrés Laguna de Segovia. Vivió catorce años en Francia. Ha escrito artículos de filosofía en Francia, España, Italia, Finlandia, Ecuador y Méjico, y ha hecho algunas incursiones en la novela, como Las caras del mar. Su teoría de la razón viva concibe la novela como expresión viva de la razón. Es coautor del libro Andrés Laguna, humanista y médico, y ha escrito sobre Ortega y Gasset, Miró Quesada, Miguel Hernández y María Zambrano, entre otros. Desde hace algo más de un año anima un blog en el que intenta ahondar en el concepto de filosofía literaria; de periodicidad semanal, publica textos agrupados en cuatro secciones: filosofía, literatura, educación y el rincón de «el mirador» (atalaya desde la que desmenuza la realidad con objetividad apasionada).

