textos de Tomás Sánchez Santiago
fotografías de Luis Marigómez (serie Escudos)
Seguir el curso de cada día sin forzar nada, con la matemática suave de los astros y el mismo respeto con que miramos a los animales intocables. Y ya.
En la oficina de Correos, la señora mayor (pulcramente vestida y de un hablar muy moderado) no acaba de hallarse. La joven empleada empieza por explicarle lo que debe hacer para recoger su envío: tomar un ticket de la máquina y esperar a que salga su número en las pantallas. «Como en la lotería», dice ella. «Algo así». Pero no se aclara —sin duda nunca ha hecho semejante operación— y la empleada opta por atenderla sin más. «Vengo con esto», dice, y enseña el aviso que habrá encontrado sin duda en su buzón. Cuando le muestran un sobre, alargado como un reptil, de aspecto oficial, ella sigue sin saber cuál es su cometido. Es entonces cuando la joven empleada asume las funciones de mentora, abre el sobre, lee para sí el contenido y le dice que se trata de un impuesto. «Tiene usted que pagar 38 euros», le anuncia. «¿Yo? ¿Por qué?», responde la mujer que ya da muestras de un desvalimiento general. «Pues no lo sé, mujer, seguramente un recargo, pero tiene usted que pagarlo», insiste la joven. «Bueno, bueno, pues cóbremelo», replica la mujer. «No, no, aquí no se paga, debe usted ir a un banco y…». Dulcemente, la muchacha le da últimas instrucciones que ella no parece comprender muy bien; y se aleja empuñando la carta, andando muy despacio, con la mirada confusa hasta que por fin acierta a salir de la oficina como quien sabe que ahí afuera le espera un extravío aún mayor, imposible de sortear.
Como un detergente que se anuncia a sí mismo, el escritor da cuenta de su próximo libro en un aviso digital presidido por una ubicuidad ineludible de su imagen, una especie de saltamontes epiléptico que quiere hacer ver cuánto espacio ocupa urbi et orbi. Y así, ese ametrallamiento va asediando con descargas casi mortales a quien asiste a esa inflamación del ser que se hincha y se estira sin contención. ¡Ay, la egomanía!
Aún puede ocurrir cuando menos se espera: al pie de un ascensor sentirse uno vivo como la leche hirviendo.
En poesía, la precipitación es una de las peores versiones de la obscenidad.
Prosigue en este piso la callada venganza del agua, que lo anegó todo. Hincha y revienta las tablas del parqué, encabritadas como serpientes vivas que en la noche crecen. Debajo del suelo ahora ha asomado la aridez que sostuvo en todo este tiempo el peso ensordecido de nuestros pasos. Es el idioma oculto de las meras apariencias. ¿Y qué revelaciones no quedarán al descubierto, aunque no las sepamos nosotros, en el ímpetu ingobernable de la materia?
RONDA TEMPRANA
Desde el amanecer, aún tan desdibujado el cielo, las dos adolescentes van trotando despacio y en silencio, dando vueltas y vueltas al cordón del barrio como si quisieran comprobar que todos los seres ya están en su sitio, listos para dejarse untar por la vida, y entonces puede comenzar la jornada.
Esta costumbre de aprovechar el envés de las hojas de los calendarios para escribir, ¿no será una inútil pretensión de querer vivir en el revés del tiempo para suponer que me he zafado de él y que las mortalidades no me alcanzan?
En la playa, las gaviotas esperan aprensivas, sin moverse apenas. Solo cuando el último bañista ha recogido lo suyo y empieza a alejarse, ellas van tomando posesión de ese espacio ya vacío. Saben rebuscar lo suyo sin hacer ruido. Tampoco les molesta la bravura del mar. Se respetan el paso unas a otras. Esmerada clientela de la arena.
Siluetas afiladas a lo largo de la costa. Cañas quietas como pértigas cargadas de paciencia. Es el mundo silencioso de los pescadores, que saben escuchar el lenguaje sin prisa del agua.
Campeonato mundial de fútbol. Países Bajos (de soltera, Holanda) juega contra Suecia. Suenan los himnos y observo que en ninguno de los dos equipos hay profusión de jugadores rubios y de ojos claros, algo que era lo habitual en estas selecciones durante décadas pasadas. Ahora predomina en ambas una diversidad racial: jugadores negros, mulatos, mestizos… representando al equipo nacional. Es la saludable disolución de eso que se da aún en llamar lo distintivo nacional. Ni la raza ni las creencias cuentan ya en los asuntos deportivos porque lo único importante es imponerse, como sea y con quien sea, al contrario. Aún está viva la vergüenza de los cánticos recientes de la multitud en un estadio español al grito indecente de «¡Al bote, al bote, musulmán el que no bote!» (como si no hubiese también musulmanes en la selección española). Cuándo se aceptará lo distinto como parte de lo propio. La porosidad, digan lo que digan los desdichados forenses de lo prioritario y lo neto, es inevitable y hasta aconsejable. Y ha sido siempre así.
Nadie puede encontrarse del todo consigo mismo. Y menos aún en los espejos. Allí también se asoma esa criatura de interior que a todos nos habita por su cuenta. Nos desdibuja con sus regateos, nos acuchilla los límites del cuerpo y del alma. Nos demuestra que somos movedizos, que debemos más a las ondulaciones del tiempo que a la exactitud y en nada nos podemos apresar del todo. Ni siquiera en nuestra imagen.
Son dos tabernas. Una se llama «A de Sabas» y está en un rincón perdido, un callejón ciego entre tapias donde ya solo crece lo espontáneo (me recuerda otra taberna griega con sotechado de parras que una vez conocí). Oí en ella nombres propios de parroquianos sencillos y aguardé sin prisa a que me trajeran algo de lo que ofrecían (patatas, sopa, salchichón, morro con pimentón). La otra se llama A Taberna do Azafrán, al lado de una fuente del siglo XIX que se mantiene en pie y tiene todavía avisos terminantes que hoy nos hacen sonreír («Se prohíbe el uso de lavar y fregar»). En ambos lugares me sentí en paz. En Baiona.
Tomás Sánchez Santiago (Zamora, 1957). En 2019 apareció su poesía reunida bajo el título Este otro orden. Posteriormente ha publicado La belleza de lo pequeño, El que menos sabe y en 2025 la antología El esmero. Es autor de dos narraciones: Calle Feria y Años de mayor cuantía. Sus diarios se compilaron en el volumen El murmullo del mundo (2019).
Luis Marigómez (Nava de la Asunción, Segovia, 1957) ha publicado algunos volúmenes, entre otros, la novela Sinfín (2016);su último poemario es Vislumbres (2023) y su último libro de relatos, Vaivén (2024). Ha escrito en las páginas culturales de varios medios, sobre todo en El Norte de Castilla. Tradujo el poemario de Margaret Atwood Luna nueva y cofundó la revista El signo del gorrión. También hace fotos, que ha expuesto a veces con sus poemas.

