Excluida del cantar de los cantares
Acomódate en el umbral a predecir la muerte desde el púlpito.
No saldrá nunca, se llevó consigo los suelos antes del cielo, los sueños antes del mar, el llanto antes de rescatar el silencio.
Sobre el pavimento enciende el cirio, acompañaré tus últimas tres horas, sentada en medio de la habitación remendando incienso.
Sus tejidos visibles abandonarán el oratorio, despertarás conmigo en el último episodio compulsivo y cuando acabe, diré la palabra impronunciable como presagio para que no salgan saetas de tu boca por si la luz no llega…
Del antiguo manuscrito, terroríficos monstruos alimentados por veneno virtual, algo más quedará inexorable, detonante momento irresuelto, sucedáneo de mandrágoras cuando viertes las plegarias sin lograr la contractura que deseas del cosmos etéreo.
Caronte encarcela el alba, cerca de la puerta un viento eclesiástico petrifica, el olor rezagado de la muerte se aproxima…
Y el reflejo de tu cuerpo en taciturna combustión: Dimorfismo materno.
No muero, simplemente expiro excomulgada del apócrifo nocturno…
Excluida del cantar de los cantares.
Huellas dúctiles
Flamingos invisibles abren el océano con su vuelo nocturno, como en mis cuentos de hadas se marchan, me dejan con grandes ojeras, trasnochando en el desconsuelo.
Te contaré del endulzado selenio por cada encuentro furtivo, bien podrían juzgarse como desequilibrios extremos postergados a media tarde.
¿Quién me enseñó a distinguir el olor punzante del miedo, la vertiginosa huida sin saber a dónde?
Recuerdo la brecha incolora más profunda y un hermético alarido entreteje la luz del faro.
Mientras caen, caen indeseadas notas de selenio dulce sobre mis muslos, la esencia inmaculada del ungüento e ilícitos manjares hundidos en saliva.
Inventa una moral con huellas dúctiles, fui elegida por la sacra diversidad.
Te contaré al oído cuán profana, adyacente, soy ante tu suelo inverosímil y cómo los claveles salpicaron mi piel con castigos inútiles para encerrarla.
Escógeme, quiero narrar cada mínimo detalle:
Algo superfluo desgarra del externo hacia adentro.
Lo percibo.
El cielo está alterado, no es para mí.
Permanece explícitamente lejano,
como en mis cuentos de hadas.
Fusión Fahrenheit
En penumbras
desabotona la blusa
apoya sobre su rostro
la máscara de encaje y piel
habla con un desconocido
que pasa junto a la mesa
olfatea su nombre
donde suena.
Recuerdo
el local en flamas
ambiente que exhala
fascinantes prácticas,
recorren un cuerpo y otro
en lugares pérfidos.
Su voz favorita:
— Cierra la puerta
nadie debe mirar
nadie debe saber
la vorágine del acto
y repetirlo…
encuentros casuales
undersex.
Deseo culminado
por tu lengua insaciable,
apenas empapa
de humo blanco
la gruta en femenino
perversa y sutil
sus pulsiones se adhieren
a seducir más fuerte
sexo concebido
con el propio aliento
empaña el espesor angular
de la pared
recoge el delgado hilo
que escurre de sus muslos
para abrirlos extendidos
con aturdible ansia
de algún modo
urgencia esencial
cambiante a otra piel
profana
aturde el nombre
yace en otro cuerpo
otra cara.
Férvida confesión
obsoleta.
Empieza el aire líquido
a intervalos
fusión alquímica
Fahrenheit.
Lariza Fentanes —cuyo pseudónimo es Vanessa Fens— nació en Veracruz (México), y tiene nacionalidad ítalo-mexicana. Licenciada en Derecho por la Universidad Veracruzana, se formó también como bailarina, una doble vocación que atraviesa toda su obra. En 1998 emigró a Milán, donde formó parte del performance poético Infusiones y participó en eventos escénicos por Europa. Ha colaborado con publicaciones como La Jornada, Círculo de Poesía y Taller Ígitur, y su obra, traducida al italiano, fue reconocida en el V Festival Internacional de la Mujer en las Letras de la UNAM. En 2025 publicó su primer libro, El paraíso de las luciérnagas (Editorial MalPasoycia). Reparte su vida entre Londres y Milán.

