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Biografía imperfecta

Six flamingos wading through flooded streets in a deserted city

Six flamingos wade through a flooded, deserted city street beneath a gray sky.

/ una reseña de Carlos Alcorta /

Cuarenta años de poesía reunidos en un solo volumen: Benítez Ariza no recoge «lo que he escrito», sino «lo que escribía» mientras alrededor sucedían otras cosas. ¿Puede una vida caber entera en un libro, o toda biografía es forzosamente imperfecta?

Muchos de los integrantes de la generación de los ochenta, poetas que rondan los sesenta y sesenta y pico años —«Nosotros, los de entonces, / andamos ya rondando los sesenta, / lo que, para un poeta, es una edad: / los poetas, mejor que sean siempre jóvenes / iba a decir, toco madera: / mejor que mueran jóvenes— / ¿Y cuándo empieza uno a no serlo?», escribe en el poema «Quinta del 83»—, están recopilando su obra reunida en un solo volumen, entre los más recientes —no olvidamos que algunos, como Carlos Marzal, Felipe Benítez Reyes, Vicente Gallego o Luis García Montero, lo han hecho mucho antes, algunos incluso en repetidas ocasiones—, podemos citar a Álvaro Valverde, a José Mateos, Luis Cremades, Benjamín Prado, Aurora Luque o Tomás Sánchez Santiago, por citar solo a algunos. Ahora le ha tocado el turno a José Manuel Benítez Ariza (Cádiz, 1963), autor de quince libros de poesía, recogidos en Biografía imperfecta. Poesía 1986–2025 (Renacimiento, 2026), que incluye, además del libro inédito C. V., el titulado Retablillo de poemas enviados por Navidad. El extenso volumen se abre con su primer libro, Expreso y otros poemas, junto con Cuento de invierno, aunque haya cuatro años de diferencia entre ellos, el autor los considera libros primerizos; de hecho, son, según consta en el índice, los únicos que ha revisado. Por lo demás, el volumen se presenta desnudo, sin ningún prólogo o estudio previo, lo que nos invita a pensar que el poeta deja en manos del lector la posibilidad de sacar conclusiones, sin interferencias.

De lo que no cabe duda es que el mero hecho de enfrentarse a lo que uno ha escrito hace treinta o cuarenta años exige al autor cierta disciplina crítica y una no menor capacidad para evaluar la conveniencia de ser fiel a quien uno fue, no alterando los poemas, o, por el contrario, lo cual no resta un ápice de legitimidad al ejercicio, decidir modificarlos siguiendo las convicciones estéticas que ha ido adquiriendo con los años. En nuestra tradición más reciente, a la que antes aludía, tenemos ejemplos de una y otra actitud. Raro es el poeta que no ha experimentado cambios y transformaciones a lo largo de un abanico temporal tan amplio, incluso quien no ha sentido la tentación de ensayar timbres diferentes de los que habitualmente toca. (No es que el tema del poema determine el estilo, pero, junto a la mayor experiencia vital del poeta, con el paso del tiempo, cierto pragmatismo incide en la búsqueda de una paleta expresiva más amplia). Tampoco es infrecuente, y basta para certificarlo comprobar cómo las estéticas predominantes en la época más beligerante de dicha generación, la poesía de la experiencia y la poesía del silencio (hubo otras, menos determinantes, y hubo también poetas que no se adscribieron a ninguna de ellas), han acabado por acercar en gran medida sus principios.

A la poesía de Benítez Ariza nadie dudaría en encuadrarla dentro de lo que se ha llamado, somos conscientes de que no con la suficiente precisión, poesía de la experiencia, porque cumple a rajatabla algunas de las características más acusadas de la tendencia, como son la claridad expositiva, la transparencia del mensaje, lo anecdótico como punto de partida para la reflexión existencial, el componente autobiográfico y la composición armónica del poema, sujeto en su mayor parte a estrofas y metros clásicos, que respeta también en los poemas en prosa. Son características estas que se hallan presentes en todos sus libros, aunque el motivo anecdótico se haya atemperado con el paso del tiempo y lo fugaz de la existencia haya adquirido mayor relevancia, como podemos comprobar en los poemas de C. V., el libro inédito con el que cierra esta Biografía imperfecta, un título, por otra parte, que comporta cierta ambigüedad. No sabemos muy bien si el poeta intenta decirnos que no se fía demasiado de que los poemas sean capaces de trasladar la exactitud de la vivencia o, por el contrario, esa imperfección tiene más que ver con el carácter eventual de la propia escritura del poema, capaz únicamente de sostener con las palabras un hecho concreto, una instantánea de ese continuum existencial que es toda vida humana.

Estas especulaciones se despejan en gran medida al leer la respuesta a una pregunta que Juan Gilabert le ha formulado en una entrevista para Culturamas: «Aquí —responde Benítez Ariza— la palabra imperfecta tiene, evidentemente, esa connotación de llamada a la modestia y reconocimiento de que ni siquiera un empeño poético sostenido a lo largo de cuarenta años puede aspirar a explicar toda una existencia y mucho menos a solemnizarla; ni siquiera por esa vía, que tanto les gusta a los poetas de inspiración religiosa, de celebrar los presuntos pequeños milagros que trascienden lo cotidiano. Pero mi uso de la palabra imperfecta es otro: el que ese adjetivo tiene en gramática cuando se aplica a un tiempo verbal como, por ejemplo, el pretérito imperfecto, que se refiere a una acción en curso, a un proceso abierto que, a su vez, sirve de marco a otras acciones puntuales. No lo que “he escrito”, sino lo que “escribía” mientras sucedían otras cosas que de alguna manera dialogaban con la escritura».

La estructura de cada uno de sus libros está cuidadosamente planificada, porque Benítez Ariza es consciente de la importancia que tiene el conjunto, más allá del impacto individual que puedan representar algunos poemas «fuertes», en los que el significado literal no lo es todo; de hecho, importa menos que el capital simbólico que subyace, porque la poesía es una forma de pensamiento en la que el poeta busca un punto de apoyo para comprender lo que no se ha atrevido a pensar hasta que lo escribe. La poesía es también lenguaje, un lenguaje pulido con el que se intenta dar testimonio, narrar los hechos y convertirlos en ley de vida. Quizá estos versos del poema «Cómo explicarlo» expliquen con mayor precisión lo que trato de decir: «En esos intervalos de vacío / se espera siempre que suceda algo. // En la hora equidistante del hambre y de la lenta digestión / en que el cuerpo es ligero y casi no se siente; // o en esas otras más clementes, que son las de inconsistencia / y olvido antes que llegue el despertar; // o cuando el pensamiento cede / a las palabras y a los sueños de otros…».

La voz de nuestro poeta se reconoce por un cierto prosaísmo (no olvidemos que Benítez Ariza ha escrito varias novelas, relatos y ensayos), sobre todo en la cadencia cotidiana del discurso, en las digresiones, en las minuciosas descripciones, como vemos, por ejemplo, en el poema «La cabra»: «Se alza sobre sus cuartos traseros y se apoya / en el tronco tortuoso de una encina, / estira el cuello negro para mordisquear / los brotes tiernos a su alcance, / y al deglutir las hojas emite un sonsonete / de sonidos difusos que remedan el habla de un ahogado», fruto de una exigente labor de observación de lo que sucede a su alrededor, desde los cambios atmosféricos a las transformaciones íntimas, desde un paisaje urbano a una escena morbosa en la playa, desde lo más nimio a lo más relevante. La vida doméstica, el mundo natural, las relaciones familiares, todo ello se explora con naturalidad y una inteligencia serena.

No escasean tampoco los poemas que confrontan la memoria, su falibilidad, con la capacidad del recuerdo para revivir momentos del pasado, como ocurre en el poema titulado «A un desmemoriado», acaso porque la experiencia del poeta alcanza su verdadero significado una vez que procede, mediante la escritura, a dar cuenta de lo que ha sucedido, sin olvidar, por supuesto, que algunos detalles se escapan al gobierno de lo que entendemos por verdadero. Nuestra particular forma de ser no puede evitar que tendamos a embellecer o a denigrar acontecimientos según tengan estos repercusión en nuestra propia vida, pero lo más importante de la poesía de Benítez Ariza es cómo las características señaladas más arriba invitan al lector a degustar ese mundo tan personal que describe en cada página, hasta el punto de que dicho lector se convierte en participante activo porque los poemas no expresan afirmaciones categóricas sino que dejan indicios, huellas, pistas para interpretarlos: «También la página que lees / se ha vuelto transparente. // También tras ella un horizonte limpio / y algún que otro destello que deslumbra», escribe en el poema «Lector en la playa».

Esta coherencia personal ininterrumpida, sin embargo, como podemos comprobar al leer los poemas del libro inédito aquí incluido, C. V., genera ciertas reservas, porque, a pesar de que un verso declare «verdaderos todos los datos que anteceden», surge la duda sobre el lugar desde el que escribe el poeta, si lo hace desde una posición de narrador omnisciente o, por el contrario, es solo un personaje testigo de los acontecimientos. No es que importe demasiado a la hora de enfrentarnos a la lectura del poema, pero, a veces, el lector puede caer en la tentación de pensar que el lenguaje representa la realidad misma, más que ser, como es, un mediador entre la realidad y la visión de la realidad que posee el poeta.

Comenzamos esta reseña haciendo alusión al poema «Quinta del 83» —un claro homenaje al José Hierro de Quinta del 42— de C. V. y vamos a acabarlo con unos versos del poema del mismo libro titulado «Posibilidad»: «Llegar a ese momento siendo nosotros mismos, / al cabo una biografía / cumplida; y rendir cuentas o no, según cada uno / se represente el cruce de esa frontera: un simple / paso en la niebla y nada más / o un trámite formal ante un fielato / donde se tasa toda mercancía».


Selección de poemas

Abecedario(s)

A la manera de Edward Gorey
Azucena, de frío.

Bernardo, por la química insurgente
de sus enloquecidas células.

Carmen, por los efectos a largo plazo de una
infección contraída en Centroamérica.

Delia, de inapetencia.

Ernesto, por la mala combustión de una estufa.

Felipe, por fumarse tres cajetillas diarias.

Gracia, de «muerte natural» –y nadie
quedó muy convencido de que su muerte fuera
precisamente «natural».

Hernán, «tras una larga enfermedad», según se dijo.

Ignacio, de un ataque al corazón,
que quizá fuera de ira o de impotencia.

Javier, en la impostada serenidad de quien ya había
ensayado su muerte muchas veces
(esta vez salió bien).

Kepa, de indiferencia.

Luisa, como Azucena, junto a ella.

Miguel, de neumonía, en cierto modo confortado
por lo preciso del diagnóstico: siempre confió en la medicina.

Néstor, arrebatado por la corriente, mientras se bañaba.

Óscar, de rabia –lo mordió un murciélago.

Patricio, apaleado por los guardias.

Quiteria, apuñalada por su novio,
que luego se entregó en comisaría.

Ramón, manipulando gelignita.

Santiago, diluyéndose en el agua roja de su bañera.

Tomás, como Azucena y Luisa, en ese coche que se quedó atascado
en una carretera de montaña durante un temporal de nieve.

Ubaldo, como consecuencia de las melancolías
en las que se sumió tras la muerte de Carmen.

Vanesa, de una «larga enfermedad» también.

Xan, de aprensión, al enterarse de lo de Hernán, Vanesa, Carmen.

Yeray, de sida –fue de los primeros.

Zacarías, de risa –dicen que fue la risa lo que le provocó el ataque.

Alberto –aquí empezamos otra vez– por intentar salvar a Néstor.

Bernabé, Celia, Dorotea, Enrique…


Poética

Es posible que estemos confundidos;
que acaso por haberles
hecho excesivo caso a los dictados
de una noche confidencial,
o a los razonamientos
precisos del insomnio, muchas cosas
que parecían claras
permanezcan oscuras. Y que hayamos
olvidado otro modo de pensar
anterior, más abstracto, parecido
a ese juego de niños que consiste
en encajar figuras en un hueco
con forma de manzana, de triángulo,
de estrella (más bien pienso
en un niño obstinado, que se empeña
en poner el triángulo en el hueco
de la estrella)… O, tal vez,
en el fondo se trate de otro juego
más simple, consistente en juntar cosas
desiguales, que evocan otras cosas:
un caracol, un ábaco, un sombrero
que son el tiempo, el miedo, la cercana
presencia de la muerte (de la muerte,
que es un niño que encaja una figura
de pájaro en el hueco de una luna);
para acabar sacando del sombrero
–y aquí es inevitable hacer de mago,
son gajes del oficio–
un paraguas que se abre y del que salen
palomas silenciosas que nos dejan
un nudo en la garganta. Y uno, en ese
momento, balbucea como un niño
(otra vez ese niño de antes, ya
cansado y aburrido)
y se escucha a sí mismo y se consuela
buscando en el dibujo de la alfombra
la pieza que le falta, la silueta
cambiante de la nube
que se le escurre siempre entre los dedos.


John’s river

A un río le llamaban Carlos…
Dámaso Alonso

Al río lo llamaban John. Corría
como una calle estrecha entre filas de casas
y a veces ofrecía al paseante
pequeños, melancólicos puentes donde pararse
a contemplar las aguas casi siempre tranquilas,
opacas, densas, del color del plomo,
tan sólo removidas por el lento
reflujo mareal que hinchaba el cauce
y cubría las negras rebabas verdinosas
al pie de los muretes entre los que fluía.

También fluía lentamente el tiempo
en esos días míos de rezagado en Waterford.

Y yo pasaba el tiempo recorriendo su curso
desde las calles céntricas a las inmediaciones
de People’s Park, donde me distraían
los gritos de los escolares
que jugaban al rugby en los alrededores del templete;
y luego hasta la desembocadura,
donde los cormoranes, a resguardo
del tráfago de la ciudad, extienden
sus alas a secar en el silencio
pautado de crujidos de los embarcaderos,
frente al perfil borroso de los bosques
en la orilla contraria.

Era como acudir a una cita fijada:
siempre allí mi reflejo, tembloroso.

Los cuatro elementos
A ti reintegraré mi cuerpo, tierra.
Agua, a tu ciclo volverá la parte
de mí que es agua. A ti devolveré,
aire, cuanto de mí al aire pertenece.

Como un niño que acaba de construir
un castillo en la arena y lo abandona
(aire, agua, tierra) al viento y la marea.

Y si vida y espíritu no son
sino particulares formas
de la conflagración de cuanto existe,
a ella devolveré la llama que arde en mí,
y así la deuda quedará saldada.


Leyendo a Montaigne

El libro está amarillecido
y tiene muchos párrafos marcados.

Y hay algo que resulta incluso cómico
en esos viejos subrayados tuyos:

la evidencia, pongamos, de que cuando
hacías tuyas esas pocas frases
de Montaigne, de algún modo formulabas
una precipitada petición de principio:

la idea de que la sabiduría
aparejada a esas confidencias
se proyectaba a un futuro
en el que ya la vida
la habría puesto a prueba y confirmado,
haciendo innecesario,
incluso, que vinieras otra vez
a buscarla en un libro de hace quinientos años.

Tus lecturas de entonces
tenían ese alcance prospectivo,
por encima de muchas otras cosas
en cierto modo más urgentes:

las disyuntivas aún por resolver,
las decisiones laborales
que habían de extender su alcance a toda una existencia,
los amores confusos,
dónde vivir y cómo y para qué y con quién o quiénes.

Y quizá te saltaste, al leer a Montaigne, lo principal:
su modo de acusar, también él, esa misma incertidumbre.

Eso, y no las certezas, te toca percibirlo ahora:

ya eres su igual, si no en sabiduría,
sí en circunstancia, al menos, y en edad.


Carmen Roca

¿Os acordáis de Carmen Roca? Año noventa y uno,
manchas de líquido de revelado
en las batas, alegre promiscuidad de gente apretujada
en aquel cuarto oscuro en el que apenas
se cabía, el milagro
de las primeras fotos positivadas, y ese
entusiasmo tan suyo, esa luz en los ojos
que ya no era el reflejo del temblor
insomne de los fluorescentes encendidos de nuevo,
sino algo que irradiaba de ella solo en esos momentos:

no, desde luego, cuando se entregaba
a sus otros quehaceres –luchas entre despachos,
calculadas insidias laborales
entre gente que acaso sabía muy bien cómo hacerse daño–
y afloraba en sus ojos un cansancio anterior
a las razones mismas de todo ese desgaste:
un desprecio por todos que empezaba
en el disgusto ante sí misma.

Ahora me parece que aquello era ya un síntoma
del mal del que murió.

La luz del tanatorio, si acaso, era también
un aleteo insuficiente
manchándonos de nuevo las pupilas,
dejando en ellas, como sobre papel sensible,
unas sombras que fueron
vida también alguna vez.


La primera

Pero aquí, en este prado de Aguas Nuevas,
han dejado caer la angarilla de alambre
con la que cierran el cercado
y una primera oveja
ha señalado con el gesto,
un cabeceo apenas,
seguido de unos pasos titubeantes,
la embocadura del camino.
La siguen las demás,
prietas y protegiéndose entre sí,
envueltas en la polvareda
y en el olor cordial que las trasciende
en el silencio denso, pautado de cencerros.
Nosotros, desde el coche detenido
al paso del rebaño,
más que verlo pasar, lo entresoñamos.
Y nos sacan del trance los ladridos de un perro.


Otro paisaje con flamencos

Raros, desconcertantes días de 2020.

Calles desiertas, acalladas,
en las que solo resonaba entonces
el canto de los pájaros;
y también aquí, junto a las marismas,
más allá del murete del paseo,
un silencio anterior a la propia ciudad.

Y allí mismo, dispersos, punteando de destellos rosados
y blancos esa calma, los flamencos,
ahora duplicados
—nunca habían estado así de cerca—
en los espejeantes charcos que la marea
iba dejando al retirarse.

Al fondo,

como regurgitados del propio fango, los cangrejos
arriesgaban un paso o dos
fuera de sus guaridas, hasta
que un repentino gesto afirmativo
de una de aquellas casi inmóviles siluetas
ponía fin a la carrera.

Y entonces el flamenco, satisfecho,
se alzaba y estiraba la curva en ese de su cuello,
no sé si para deglutir la presa
o para componer de nuevo,
sin prisa y sin temor,
su reflejo en el agua.


La dama

Este sería un buen lugar para morir,
en un claro entre encinas, entre calizas afloradas
que semejan mujeres recostadas al sol;

y muy especialmente al lado de esta que, vista de frente,
es una vieja diosa primordial, derramada
en toda la abundancia de sus carnes
sobre la curvatura del terreno.

La llamamos «La Dama» y muchas veces
hemos venido aquí solo para sentir,
en ella, ese calor de cosa viva
que tiene a veces la caliza
expuesta al sol.

Tendidos sobre ella,

como dispuestos para el sacrificio,
morir parecería un mero acto de entrega,
un volatilizarse bajo el sol,
una devolución no dolorosa
de la materia en usufructo
a la Dueña y Señora de todo lo que vive.
Si pudiera elegir,
cuando llegue el momento aquí vendría,
me echaría a dormir entre sus brazos,
me volvería piedra caliza yo también.


Biografía imperfecta
José Manuel Benítez Ariza
Renacimiento, 2026
516 páginas
24,90 €

Carlos Alcorta (Torrelavega [Cantabria], 1959) es poeta y crítico. Ha publicado, entre otros, los libros Condiciones de vida (1992), Cuestiones personales (1997), Compás de espera (2001), Trama (2003), Corriente subterránea (2003), Sutura (2007), Sol de resurrección (2009), Vistas y panoramas (2013) y la antología Ejes cardinales: poemas escogidos, 1997-2012 (2014). Ha sido galardonado con premios como el Ángel González o Hermanos Argensola, así como el accésit del premio Fray Luis de León o el del premio Ciudad de Salamanca. Ejerce la crítica literaria y artística en diferentes revistas, como ClarínArte y ParteTuriaParaíso o Vallejo&Co. Ha colaborado con textos para catálogos de artistas como Juan Manuel PuenteMarcelo FuentesRafael Cidoncha o Chema Madoz. Actualmente es corresponsable de las actividades del Aula Poética José Luis Hidalgo y de las Veladas Poéticas de la Universidad Internacional Menéndez Pelayo de Santander. Mantiene un blog de traducción y crítica: carlosalcorta.wordpress.com.

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