Retorno a Montauban
Aquí también se cantó ‘La Marsellesa’
/por Manuel Artime/
En nuestros días se ha vuelto a poner en evidencia la potencia de la nación. La crisis global ha generado la ocasión para que vuelva a ser invocada con toda su fuerza. En realidad, nunca ha dejado de estar presente: como explica Billig, nos ha acompañado todo este tiempo, pero las nuevas circunstancias han permitido remover toda esa maraña de símbolos, sentimientos y pertenencias, siempre compleja de desentrañar pero no del todo caprichosa. En nuestro contexto, los conservadores muestran una notable ventaja en dicha habilidad, aunque no ha sido siempre así ni lo es necesariamente en nuestro entorno. Un ejemplo inmediato nos lo proporcionan los chalecos amarillos en Francia, que acompañan sus protestas con banderas republicanas y con el canto de La Marsellesa. La reacción natural de buena parte de la izquierda española ante la oleada nacionalista ha sido renegar de las identidades, no sólo de las patrióticas, y reclamar un retorno a la agenda de clase. Otros, como Errejón, más conscientes de la fuerza del imaginario nacional, adoptan una posición adaptativa hacia la batalla política del momento y reclaman no ceder las banderas a la derecha: «Lo veo en Francia y me da envidia, yo quiero eso», decía hace poco el líder podemista.
En el caso español, la construcción de esa identidad nacional supone un reto singularmente complicado, algunos dirán que imposible: hacer compatibles identidades que hoy se presentan como excluyentes, buscar una salida al choque entre dos soberanismos. La propuesta de Errejón conecta, pues, con las esperanzas de quienes todavía aspiran a solucionar el conflicto; de quien conserva una voluntad integradora. Sin embargo, si queremos dotar de un nuevo sentido a esa identidad nacional y conseguir que las banderas signifiquen una cosa distinta, hace falta algo más que la mejor voluntad. No se trata en este caso de significantes vacíos, sino más bien saturados, ocupados ya por un determinado relato. Corremos el peligro de replicar una retórica reaccionaria; de reforzar aquella narrativa que impide precisamente reconstruir un reconocimiento mutuo. No podemos concebir una reapropiación de los símbolos, patrimonializados hasta ahora por la derecha, sin entrar a disputar sus significados; sin proporcionarles una interpretación alternativa.
La principal dificultad que presentan los símbolos nacionales entre nosotros no es que estén demasiado asociados al franquismo, como se recuerda a menudo, sino que no lo están suficientemente a la democracia. Me explico: La marsellesa puede ser entonada en las protestas como un símbolo popular, disidente, no sólo en las ceremonias institucionales. En España no es posible enarbolar banderas o himnos en dichos contextos porque la Nación ha sido concebida como una construcción del Estado (y no a la inversa). El nacionalismo estatalista concibe la nación como una forma de adhesión incondicional; un vínculo sentimental hacia un orden sobrevenido, no participado por el ciudadano. Es éste el tipo de legitimidad que suelen fomentar los regímenes conservadores: nación como una forma de reafirmar los consensos establecidos y una narrativa histórica desmovilizadora. El nacionalismo popular, por el contrario —el propiamente democrático—, deposita la identificación en la participabilidad; asocia la nación a una sucesión de demandas históricas de autogobierno. Lo que da legitimidad a una identidad política, lo que genera reconocimiento, es aquí su reputación como instancia de disenso; su capacidad para movilizar energías emancipatorias.
La democracia española (insisto, no sólo el franquismo, que actúa aquí como una rémora) es culpable de haber descuidado su propia narrativa resistencial; de no haber conectado simbólicamente con las demandas populares que la legitiman. La cultura liberal que ha sido forjada entre nosotros, y que poco tiene que ver por cierto con la tradición liberal anterior a la dictadura, ha preferido concebir la democracia como pacto entre élites o una especie de consenso pasivo en el que fueron deviniendo los españoles. Se ha optado por renunciar a una narrativa resistencial como la que cultivan países de nuestro entorno; por desconectar nuestra democracia de la serie de luchas históricas por conquistarla; desde los Comuneros hasta Cádiz; desde Torrijos hasta el exilio republicano. La transición española ha sacrificado la épica en favor del orden. No podemos esperar que esto no deje efectos. También en nuestros sentimientos e identificaciones nacionales.
Hace estos días precisamente un siglo, en el cambio entre 1918 y 1919, una querella similar a la que hoy estamos asistiendo surgía en Barcelona. Se trató de una guerra de banderas e himnos, en plena decadencia del régimen monárquico. Por un lado, sonaba Els segadors y se blandían las senyeres entre quienes defendían la separación de la España de Alfonso XIII. Por el otro, se entonaba la Marcha real y se agitaba la rojigualda, como forma de defender la unidad y la vigencia del régimen restaurado. Se produjeron, entonces sí, choques violentos que generaron incluso algún muerto. La manera de resolverlos fue prohibir la exhibición de símbolos políticos no oficiales, una anticipación de la deriva autoritaria a la que se acabó abocando la monarquía española en los años veinte. Entre aquellos tumultos barceloneses hubo muchos que entonarían una melodía alternativa para representar al catalanismo republicano. No fue el Himno de Riego, como cabía pensarse, como tampoco lo fue en las primeras fechas de la proclamación republicana en 1931. Sería por entonces La Marsellesa el cántico entonado por muchos republicanos catalanes, como lo será de nuevo el célebre 14 de abril en la Puerta de Sol para quienes celebraban la llegada de la democracia. Son tan sólo símbolos, puede pensarse, pero son formas de reconocimiento en último término, cuya aceptación está ligada a determinado significado histórico y a las energías emancipatorias que consigan movilizar en el presente. Por eso no habrá reconciliación posible si antes no forjamos otro relato (más) democrático.

