Retorno a Montauban

Aquí también se cantó ‘La marsellesa’

Para que unos símbolos nacionales tengan éxito, deben poder ser invocados no sólo para el consenso, sino también para el disenso, explica Manuel Artime en este artículo sobre la nueva estrategia de Podemos de adoptar la bandera rojigualda, que presta atención también al espíritu patriótico de los 'chalecos amarillos' franceses.

Retorno a Montauban

Aquí también se cantó ‘La Marsellesa’

/por Manuel Artime/

Hubo un tiempo en que quienes nos dedicábamos a estudiar el nacionalismo estábamos obligados a justificar dicho interés. Daba igual si el ambiente era académico, familiar o de amistades: la cuestión siempre generaba cierta perplejidad en el interlocutor. Quizá por eso se hizo referencial para muchos la obra de Michael Billig Nacionalismo banal, pues permitía explicar que no hacen falta reivindicaciones enfáticas para que la nación esté presente en nuestras vidas y las condicione de manera decisiva. Billig recurre a la metonimia de una bandera que ondea en el edificio público frente a la que uno pasa todos los días sin concederle importancia, pero que en determinado momento puede llegar a ser descolgada y agitada con vehemencia, a través de invocar ciertas referencias semánticas y sentimentales que conforman nuestro inconsciente colectivo. El ejemplo que inspira el libro de Billig es la ola de patriotismo generada por la guerra del Golfo entre los estadounidenses y de la que resulta, para sorpresa del autor, un apoyo absolutamente masivo a aquella causa a priori lejana. Colocando las barras y estrellas delante de sus casas, los norteamericanos se muestran dispuestos a aceptar el sacrificio de vidas humanas en nombre de un bien mayor. La nación como valor capaz de, todavía, supeditar todos los demás no parece un fenómeno político digno de ser despreciado.

En nuestros días se ha vuelto a poner en evidencia la potencia de la nación. La crisis global ha generado la ocasión para que vuelva a ser invocada con toda su fuerza. En realidad, nunca ha dejado de estar presente: como explica Billig, nos ha acompañado todo este tiempo, pero las nuevas circunstancias han permitido remover toda esa maraña de símbolos, sentimientos y pertenencias, siempre compleja de desentrañar pero no del todo caprichosa. En nuestro contexto, los conservadores muestran una notable ventaja en dicha habilidad, aunque no ha sido siempre así ni lo es necesariamente en nuestro entorno. Un ejemplo inmediato nos lo proporcionan los chalecos amarillos en Francia, que acompañan sus protestas con banderas republicanas y con el canto de La Marsellesa. La reacción natural de buena parte de la izquierda española ante la oleada nacionalista ha sido renegar de las identidades, no sólo de las patrióticas, y reclamar un retorno a la agenda de clase. Otros, como Errejón, más conscientes de la fuerza del imaginario nacional, adoptan una posición adaptativa hacia la batalla política del momento y reclaman no ceder las banderas a la derecha: «Lo veo en Francia y me da envidia, yo quiero eso», decía hace poco el líder podemista.

En el caso español, la construcción de esa identidad nacional supone un reto singularmente complicado, algunos dirán que imposible: hacer compatibles identidades que hoy se presentan como excluyentes, buscar una salida al choque entre dos soberanismos. La propuesta de Errejón conecta, pues, con las esperanzas de quienes todavía aspiran a solucionar el conflicto; de quien conserva una voluntad integradora. Sin embargo, si queremos dotar de un nuevo sentido a esa identidad nacional y conseguir que las banderas signifiquen una cosa distinta, hace falta algo más que la mejor voluntad. No se trata en este caso de significantes vacíos, sino más bien saturados, ocupados ya por un determinado relato. Corremos el peligro de replicar una retórica reaccionaria; de reforzar aquella narrativa que impide precisamente reconstruir un reconocimiento mutuo. No podemos concebir una reapropiación de los símbolos, patrimonializados hasta ahora por la derecha, sin entrar a disputar sus significados; sin proporcionarles una interpretación alternativa.

La principal dificultad que presentan los símbolos nacionales entre nosotros no es que estén demasiado asociados al franquismo, como se recuerda a menudo, sino que no lo están suficientemente a la democracia. Me explico: La marsellesa puede ser entonada en las protestas como un símbolo popular, disidente, no sólo en las ceremonias institucionales. En España no es posible enarbolar banderas o himnos en dichos contextos porque la Nación ha sido concebida como una construcción del Estado (y no a la inversa). El nacionalismo estatalista concibe la nación como una forma de adhesión incondicional; un vínculo sentimental hacia un orden sobrevenido, no participado por el ciudadano. Es éste el tipo de legitimidad que suelen fomentar los regímenes conservadores: nación como una forma de reafirmar los consensos establecidos y una narrativa histórica desmovilizadora. El nacionalismo popular, por el contrario —el propiamente democrático—, deposita la identificación en la participabilidad; asocia la nación a una sucesión de demandas históricas de autogobierno. Lo que da legitimidad a una identidad política, lo que genera reconocimiento, es aquí su reputación como instancia de disenso; su capacidad para movilizar energías emancipatorias.

La democracia española (insisto, no sólo el franquismo, que actúa aquí como una rémora) es culpable de haber descuidado su propia narrativa resistencial; de no haber conectado simbólicamente con las demandas populares que la legitiman. La cultura liberal que ha sido forjada entre nosotros, y que poco tiene que ver por cierto con la tradición liberal anterior a la dictadura, ha preferido concebir la democracia como pacto entre élites o una especie de consenso pasivo en el que fueron deviniendo los españoles. Se ha optado por renunciar a una narrativa resistencial como la que cultivan países de nuestro entorno; por desconectar nuestra democracia de la serie de luchas históricas por conquistarla; desde los Comuneros hasta Cádiz; desde Torrijos hasta el exilio republicano. La transición española ha sacrificado la épica en favor del orden. No podemos esperar que esto no deje efectos. También en nuestros sentimientos e identificaciones nacionales.

Fusilamiento de Torrijos en la playa de San Andrés (Málaga), pintado por Antonio Gisbert Pérez (1888).

Hace estos días precisamente un siglo, en el cambio entre 1918 y 1919, una querella similar a la que hoy estamos asistiendo surgía en Barcelona. Se trató de una guerra de banderas e himnos, en plena decadencia del régimen monárquico. Por un lado, sonaba Els segadors y se blandían las senyeres entre quienes defendían la separación de la España de Alfonso XIII. Por el otro, se entonaba la Marcha real y se agitaba la rojigualda, como forma de defender la unidad y la vigencia del régimen restaurado. Se produjeron, entonces sí, choques violentos que generaron incluso algún muerto. La manera de resolverlos fue prohibir la exhibición de símbolos políticos no oficiales, una anticipación de la deriva autoritaria a la que se acabó abocando la monarquía española en los años veinte. Entre aquellos tumultos barceloneses hubo muchos que entonarían una melodía alternativa para representar al catalanismo republicano. No fue el Himno de Riego, como cabía pensarse, como tampoco lo fue en las primeras fechas de la proclamación republicana en 1931. Sería por entonces La Marsellesa el cántico entonado por muchos republicanos catalanes, como lo será de nuevo el célebre 14 de abril en la Puerta de Sol para quienes celebraban la llegada de la democracia. Son tan sólo símbolos, puede pensarse, pero son formas de reconocimiento en último término, cuya aceptación está ligada a determinado significado histórico y a las energías emancipatorias que consigan movilizar en el presente. Por eso no habrá reconciliación posible si antes no forjamos otro relato (más) democrático.


Manuel Artime Omil (Pontevedra, 1977) es doctor en filosofía por la UNED y licenciado en filosofía por la misma universidad. Su trabajo de investigación remite al ámbito de la filosofía política y la filosofía de la historia. Se ha interesado por el estudio de los usos políticos de la historia y, de manera particular, por el debate intelectual e historiográfico en torno al relato nacional español. Ha colaborado en diversas obras colectivas y es autor de la tesis Sobre los usos políticos de la memoria: la actualidad del problema de España’, dirigida por Antonio García-Santesmases. Es autor asimismo del libro España: en busca de un relato.

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