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Los cuadernos pálidos (56)

texto de Tomás Sánchez Santiago
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fotografías de Luis Marigómez (serie Plata celeste)

Antes era muy fácil: nada como pasar ante una frutería para conocer el dominio de cada estación. Brillaba en los banastos la naranja en invierno, el fresón en mayo, la fruta de hueso (cerezas, ciruelas, albaricoques) madurando deprisa entre avispas bajo el sol del verano, el alma agridulce de las acerolas de octubre y las castañas con su pesadumbre de otoño… Nada de esto es así ya porque aquel concepto difuso de la temporada se ha perdido. Y ayer, en el mercadillo al aire de los sábados, como alegres intrusas las fresas se abrían paso entre el frío de enero. Vienen de los invernaderos del sur. Es el descaro del progreso, su poder de normalizar lo impropio; la presunción de poder adelantarse al futuro. Signos ilusorios que pretenden forzar el tiempo y sus ciclos naturales. Se gana así en satisfacción inmediata; pero se pierde en deseo.


Río abajo, la luz cansada se va deshaciendo contra el agua del oscurecer hasta dar en una cristalería abaratada, como de hebras de plata usada. Lentamente, rebaña el Duero las esquinas del sur de esta ciudad entresoñada y dulce, tan maltratada por la desatención. Es Zamora.



RECADO PRIVADO

Félix, Publio, aún no lo sabéis del todo: la ausencia no es la falta. No son lo mismo. La ausencia es un apagón reciente; hace salir al aire el desacomodo y una extrañeza parcial ante lo inmediato. La falta, en cambio, pone una dentellada incesante y mortal, definitiva. En la ausencia cabe una palabra menor: todavía; en la falta, la palabra es nunca. He ahí la diferencia. Pero aun así, seguiréis agarrados a las asas de la vida.


En su pequeño puesto del mercado, la joven pareja de pescaderos no deja de sonreír mientras se afana en despachar. Él y ella se saben los nombres de muchas clientas (la mayoría son mujeres) a las que gastan bromas que el resto de quienes esperan a ser atendidos celebran con facilidad. En tiempos así de sombríos, dan ganas de ponerse cada día a la cola de este puesto sin nada que comprar, solo por el hecho de escuchar esas conversaciones disueltas en la humedad de unas cuantas palabras llenas de luminoso alcance cordial.


Hoy cualquiera pregunta por una distancia («¿Cuánto habrá de aquí a Madrid?») y no se le responde en kilómetros sino en horas. Es la soberanía del tiempo sobre el espacio en una sociedad donde priman la velocidad y el rendimiento inmediato. Frente a esta imposición, hay creadores que precisamente eligen la permanencia como un desafío, sustituyendo la acción por la quietud. Es la manifestación inaudita de la materia sin más, la de ciertas piezas escultóricas donde gravedad y vacío se intercambian sus papeles (Valente se refería, hablando de Chillida, a ese «don de ligereza» que comportan sus esculturas por pesados que sean los materiales empleados) o la de esos bodegones de la pintura donde todo cuanto sucede es la mera estancia de las cosas. Esa misma sensación producen las películas recientes de Erice o Kaurismäki, que dejan durando ante nosotros escenarios inertes cuando desaparece todo lo que en ellos ha ocurrido. Puede ser una pared desconchada o una fachada azotada por la lepra de la intemperie, que persisten ahí como para incitar —a ver si lo resistimos— a la pura contemplación. Todo un desquite de esas otras imágenes habituales, heredadas del videoclip, en catarata compulsiva con que se nos avasalla en películas y reportajes que juegan a magnetizar a quien ve pero no mira. Esa es la cuestión: se ha perdido el pulso de la mirada, que marca el latido del pensamiento. Se ha perdido el ahí en favor de un ahora que surge y se volatiliza de inmediato en hebras brillantes, estridentes, sin sustancia ninguna a la que agarrarse.



En la frutería miro con curiosidad unas bolsas de pimentón extremeño de la marca «Carlos I». Hay tres versiones a elegir: «Carlos I agridulce», «Carlos I dulce» y «Carlos I picante» [sic], como si esos fuesen sobrenombres del emperador. Y un poco más allá hay un cesto con polvorones «Felipe II». Caray, los monarcas más prestigiosos de su dinastía reducidos a productos así. Me recuerda la escena en que Hamlet advierte aquello de que Alejandro Magno podría haber servido para taponar con sus cenizas un barril de cerveza. Pues eso: Sus Augustas Majestades han acabado en polvo (pimentón, polvorones), utilizado para condimentar unas sopas de ajo o para llenarse la boca hasta hacerse bola. Y todo en esta frutería que, por cierto, se llama «El Cid». El nomenclátor comercial siempre dio mucho juego.


Sube vapor del recipiente donde se está cociendo un caldo. Y enseguida, de la entraña del extractor de humos sale un churrete sigiloso de aceite que procede de grasa fría, encasquillada en alguna parte y ahora vuelta a licuarse. Por las junturas de los baldosines de la pared empieza a deslizarse un reguero de oro líquido que baja haciendo culebrinas. Un fenómeno natural que viene a recordarnos que lo dado por muerto puede volver a visitarnos cuando menos lo esperamos y convertirse en huésped imprevisto —quién sabe si valioso o importuno— en los itinerarios de la vida diaria.



Tráfico desasosegado. Arriba y abajo, un vaivén de coches bajo la luz tumorosa de los últimos momentos de la tarde dicta el ritmo del final de la jornada. Partidas y regresos. Es la fiesta invernal y la ciudad enseña sus colmillos.


El olvido: última solución biológica cuando no hay voluntad de perdón por nuestra parte.


Me avisan de que, después de tantos meses sin indicios de germinación, han salido un par de brotes a la orquídea del año pasado. Ya no me lo esperaba. Miro el pequeño deslumbramiento de esas yemas de un verde brillante y osado, y eso me basta hoy para alegrarme de estar en el mismo mundo de mi flor resucitada en su fértil sigilo.


La barrendera municipal se mueve en silencio entre el gentío del sábado, como una artista del ballet de los desperdicios. Mientras los demás alzan la vista hacia precios y mercancías expuestas, ella no levanta nunca los ojos del suelo. Barre inmiscuyéndose entre las pisadas sucias de los otros, apura como puede para meter en el recogedor (un artefacto metálico y voraz que abre la boca continuamente) lo que cae desde cualquier bolsillo, limpia de brozas y residuos los estratos más bajos de la vida como aquel gorrión del poema, afanado en meter en su pechuga «todo el polvo del mundo».



Leer el anuncio de una oficina funeraria: «Acércate. Te estamos esperando». Cambiar de acera.


En casa ha entrado una nueva pieza de madera. Es una tajada de tronco de encina con todo su mundo de indicios vitales: cicatrices, melladuras de la intemperie, oquedades donde la vida se hizo negrura inerte. Nos habla aún el árbol. Conoció vientos, hocicos, hongos, lluvias. Podemos suponerlo. Ahora ya está con nosotros para siempre así, sobre ese pedestal de pino viejo que Benja ha dispuesto como un diálogo vegetal entre ambas piezas. Por un momento, el latido del mundo natural inflama el comedor y logra fervor callado, acogimiento y algo así como una muda interpelación.


De espaldas a la ciudad los pájaros del amanecer ya están posados, como músicos expectantes, en las perchas vacías de los chopos del río. Pentagrama de invierno.


Cuidan las palabras de sí mismas. Su alcance es tan nebuloso como su origen. Eso basta. Nadie ha de esperar nada de ellas. Y menos aún quien las dispuso así, entre la ciencia del nombrar y la osadía. Poesía: lenguaje sin para qué.



Tomás Sánchez Santiago nació en Zamora en 1957. Sus últimos libros de poesía son El que desordena (2006) y Pérdida del ahí (2016). En prosa es autor de las novelas Calle Feria (2006) y Años de mayor cuantía (2018). En 2019 ha aparecido su escritura de diarios y anotaciones reunida en El murmullo del mundo. Es coautor, junto a la fotógrafa Encarna Mozas, de Interior Acuario (2016), y miembro del Seminario Permanente Claudio Rodríguez, con sede en Zamora.

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