Una doble constatación, la de sendos fenómenos simultáneos, fue la semilla de La virtud en la montaña, de Pablo Batalla Cueto. Por un lado, la decadencia generalizada del asociacionismo montañero; de clubes populares otrora muy activos pero que ahora —en Asturias como en Euskadi, en Madrid como en Cataluña, en Suiza y en Chile— ven reducirse progresivamente el número de sus miembros e incrementarse la media de edad de los que quedan. Por otro lado, el auge paralelo de un mundo de carreras y maratones de montaña; formas competitivas de aproximarse a las cordilleras, desbordadas de solicitudes para participar enviadas por skyrunners de todas las edades, y que se ven obligadas a acabar organizando sorteos para asignar sus plazas. Carreras denunciadas con frecuencia por los ecologistas por el perjuicio que representan para la florifauna de los parajes en los que se celebran, y con frecuencia patrocinadas por grandes empresas que las aprovechan para publicitarse.
La virtud en la montaña es un ensayo sobre montañismo y, más aún y en realidad, sobre el capitalismo neoliberal, su voracidad y su antropología; los valores que trata de instilar en los sujetos que habitan bajo su égida, también desde la montaña apropiada, sea para organizar carreras o las inenarrables masificaciones del Everest o el Cervino: el individualismo, la competición, la velocidad y el consumo. Es, también, una declaración de amor a la montaña concebida, no como telón de fondo de apoteosis ególatras, sino como espacio para la mejor transformación humanista, siguiendo el ejemplo de algunos y algunas alpinistas profesionales u ocasionales cuyas semblanzas se trazan en la segunda parte del libro, de Annie Smith-Peck a Parvaneh Kazemi, pasando por el padre Alberto María de Agostini, John Ruskin o el Che Guevara.
Publicado en 2019, se convirtió rápidamente en una referencia y ha animado un debate, por momentos ardoroso, sobre el presente y el futuro del montañismo y el del mundo en su conjunto. Tal éxito motiva ahora una segunda edición que incluye un nuevo capítulo —protagonizado por Petrarca, san Agustín, Joe Simpson y Simon Yates— y un hermosísimo prólogo de Eduardo Martínez de Pisón, maestro de geógrafos y de montañeros, que reproducimos a continuación.
La amistad con la montaña
/ por Eduardo Martínez de Pisón /
¿Qué significa la montaña para mí? Andar, escribir, estudiar, comunicar, comprender, admirar. Sobre todo, vivir. Y convivir.
Hay un libro de título tentador escrito por el ensayista francés Pascal Bruckner que se ha traducido como De la amistad con una montaña, tomado de una expresión literaria de Jean Giono, pero también evocador de aquel «Guadarrama, viejo amigo» de Machado. No trata de montañas físicas, sino del montañismo entendido por su autor, de alegrías íntimas, de dudas interiores, de remedios personales, de experiencias y de pasiones vitales en comunión con los paisajes. No del «culto al palmarés», sino de amor a las cimas y de un arte de vivir. De una especie de goce en lo grandioso y de desafío a lo prohibido que fatalmente desaparecen con la domesticación de la naturaleza.
Acabé el libro mientras recorría la montaña zarandeada por unas formidables borrascas otoñales. De esas que, en buena lógica, te repliegan en busca de refugio. Sin embargo, había salido hacia ellas como si fueran un imán y me habían regalado un escenario formidable. Ayudado por lo leído, concluí que el tesoro está oculto en el corazón de la tormenta. Si lo quieres, debes entrar en ella para encontrarlo y, entonces, él te buscará a ti. Esto es aplicable a toda mi relación con las montañas. Como escribe Bruckner, porque la montaña experimentada es más que la solo contemplada y porque la pasión es más que la mera curiosidad. Pero todo esto requiere cierta orientación y exige un aprendizaje de diálogo con el mundo.
Entonces recordé la lectura, hace ya unos años, de La virtud en la montaña, de Pablo Batalla, que arrancaba con una cita de Julius Kugy, autor a quien también leí con admiración, describiendo sus paisajes alpinos sin profanar, en el sosiego de su ritmo natural… y el momento en que el impositivo apresuramiento de nuestros tiempos desbarató su diálogo en paz con la Tierra, coloquio espiritual más fértil y sereno que la exigencia de la prisa, impuesta no por necesidad montañera, sino por imperativo del gusto en la misma prisa.
Me comunica Batalla a los pocos días de este recuerdo que se reedita su libro, agotado, porque su advertencia y su demostración de principios han tenido audiencia y siguen pidiendo necesidad de difusión. Porque nuevamente no hay que aconsejar en exclusiva, pienso yo, la práctica única del montañismo de la prisa, sin que este, a la vez viejo y creciente, deje de tener su mérito estrictamente deportivo, a veces hasta lo asombroso en capacidad física, pero sin ocupar más espacio que el de dicho deporte, entre otras cosas porque a esa velocidad no puede detenerse en detalles del escenario que no sirvan a su fin. He repasado, entonces, las páginas en rebeldía del libro de Batalla y hemos decidido entre ambos que escriba, a modo de prólogo, mis impresiones sobre esa experiencia de la montaña que intenta ser acorde con su ritmo espontáneo y que se añade sustantivamente a la contemplación. Advierto que, a mi edad (nací en 1937), el caminar por la montaña se vuelve obligadamente lento, pero, claro está, con sentido del humor advierto que no es este el motivo de una reivindicación general de mi ritmo, ni trato de pedir un retorno a lo que pertenece a un tiempo que fue el mío. La llamada montaña lenta es obviamente otra cosa, como bien expresa esta obra. Y por mi parte solo deseo comunicar con brevedad cómo aprendí, a lo largo de muchos años, a oír la voz de la montaña.
Voy, pues, a contarles en las siguientes líneas, sucintamente, lo recibido en mi dilatado aprendizaje.
Elogio de la montaña
He tenido la experiencia, al descender hacia el valle después de una temporada en alta montaña, de pertenecer a ese mundo colgado. He conocido el deseo inmediato de retornar a él. No sé si se trata de una vocación o de una entrega, una pertenencia o un privilegio conquistado. Creo que he sido transformado por el paisaje de las cumbres, como quien tiene escondida una patria diferente. De ello deriva sentirme identificado con ese lugar y con quienes lo comparto. Esa experiencia, que es solo la de haber transitado por la especial belleza de su paisaje, podría considerarla irrepetible, pero, a la vez, crea un constante afán por repetirla. O hasta impaciencia por volver allí, estar entre sus elementos, cuadros, fuerzas y modos de vivir; de acomodarse a la dureza de sus escenarios, de sus formas y luces, de sus misterios, sorpresas y estilo de tiempo. En el contacto exigente y aislado con las fuerzas y los mundos estrictos de la naturaleza.
Recorrer montañas requiere entrega total a sus condiciones. Así que soy el de aquí, el de la vida común rural y urbana, el del valle, del río, del llano, lo cual es apacible y grato, pero también, y de modo especialmente importante para mí, el que estuvo allí. El que tuvo el gran regalo del silencio, la luz, el aire tenue, la ventisca que corren libres por las galerías de las rudas catedrales levantadas en las soledades del mundo. En este sentido, repaso mis estancias en el alto Pirineo y revivo con memoria de especial nitidez todas mis montañas, la primera vez que vi un ibón y dormí en su orilla, las pendientes heladas de junio, los collados rocosos y el bosque de picos inundados de luz. Recuerdo mis primeros abetos, las primeras gencianas, aquella cascada de agua tan transparente, los prados llenos de flores que un mulero llamaba galanas y un grado desconocido hasta entonces de paz interior. De alegría, por fin, nacida de la extrañeza de que la Tierra fuera tan bella. Y te admitiera. Incluso, más allá: en la cornisa de nieve o en la pared de piedra o por la arista en el viento o en aquella cumbre que recibía el último rayo del sol poniente, emergida como un islote dorado entre un océano de sombra.
Sí, fue allí cuando, en la revuelta del sendero de los Alpes, apareció súbitamente el hielo cegador del glaciar, con el especial azul que solo tienen sus grietas. O fue en la inacabable ladera del Himalaya, entre la niebla, donde se cerró a mi alrededor un bosque sin límite de árboles gigantes. O tuve la revelación en el lago que murmura oraciones incomprensibles moviendo suavemente el reflejo de las nieves suspendidas en los picos como si entrasen por el espejo del agua hacia el interior de la Tierra. Allí, entre estas cosas, en tal escuela sencilla y solemne, aprendí a sentir los paisajes y a acomodarme en su admisión benévola.
Por eso quiero dar las gracias a lo que la montaña me ha dado. Gracias a las piedras que arman las catedrales naturales de la Tierra, a los viejos volcanes y las rocas del color de la sangre y a los glaciares que los cubrieron de hielo. Gracias a las hierbas y los bosques que tapizan las laderas, a las aves que nos miran desde el cielo, gracias a los sarrios y las marmotas. Gracias al silencio que se creó para cubrir de paz las montañas. Gracias al ruido del torrente, a la vida espontánea que corre libre por cumbres y canales, gracias a los matorrales, las arboledas y la nieve sin mancillar, a la noche solemne de las cimas y las altas palas de roca. Gracias a quienes aman las montañas y quieren protegerlas. A aquellos que saben que, cuando miras un paisaje, también el paisaje te está mirando. Gracias a los que escriben libros sobre las sierras, los montes y las cordilleras, a quienes las pintan o las estudian y comunican a los demás lo que su espíritu aprendió en la naturaleza y en las aldeas apacibles.
Paso temporadas en un pueblo de las montañas, porque he elegido vivir lo que pueda en aquellos escenarios, en lo que significan para mí. En el centro del retablo de la iglesia está la estatua de San Martín. Sobre un caballo blanco, el santo corta con la espada su capa roja para compartirla con un pobre. Siento admiración por quienes parten sus capas con la espada. Al salir de esa iglesia, construida según los cánones medievales pirenaicos, los fieles ven desde su puerta directamente la montaña inmediata rodeando el entorno del pueblo, como si el paisaje les condujera a otro templo mayor. Tras ella hay un risco de nombre antiguo, con rocas puntiagudas y con matorrales que parecen cicatrizar sus hendiduras. Junto a la iglesia y bajo la peña está el pequeño cementerio local, mirando el mismo panorama: la sierra con sus manchas de nieve y sus nubes, móviles y trepadoras, el valle silencioso, los bosques dorados otoñales. Parece invitarte a que también mueras allí, de cara al templo mayor, como si pudieras contemplar para siempre desde tu sepultura la serenidad infinita de la cordillera. Gracias también a quienes hicieron estas aldeas, estas iglesias, estos camposantos en el espíritu profundo de lo que fueron y aún son mis montañas.
Los relieves y los bosques, los ríos y lagos, las nieves y nubes, los animales que las sobrevuelan o recorren por las noches, los silencios y el viento, las estrellas de cielos tan limpios, los viejos pobladores que modelaron las piedras, hicieron caminos y puentes, dieron nombre a los lugares, todo ello reunido tiene un alma. Mis montañas tienen alma. No busco en ellas otra cosa, sino lo que así se ofrece.
Defensa de las montañas
Mis sentimientos de la naturaleza se extienden a todos los territorios. Admiro los valles con alamedas, los llanos esteparios, los bosques sombríos, las costas donde rompe el mar con fragor, las playas apacibles, el océano negro y ondulante que brilla como un metal, la plataforma del hielo polar donde se verifica la belleza cristalina de la materia, el horizonte interminable de dunas cegadoras, pero también los mosaicos de los prados de verde profundo o las tierras de labor ocres por las mieses, o la huerta más humilde, incluso el bancal que mantiene un olivo gris en la ladera pedregosa. Me conmuevo en las ciudades viejas, las encerradas entre murallas o entre ríos, las villas con puertas, recogidas en el interior de sus tapias, las ciudades ancianas, puro pasado que se niega a irse. Saboreo y respeto las ciudades monumentales y me asombro incluso ante las audacias de los rascacielos.
Estoy abierto a todo mientras nuevamente muestre un alma; mientras los lugares tengan y manifiesten su espíritu. No me niego al futuro de la faz del mundo, al paisaje aún por nacer, claro está, pero le reclamo la necesidad de albergar un alma, como la que, a su modo, aprendí que tienen mis montañas. Pero qué difícil va resultando que no se apaguen uno a uno tantos fuegos de las calidades de esos lugares por el dominio sin contemplaciones del interés práctico, del mar a la colina con aerogeneradores, del odio al árbol y el desprecio a la fauna, incrustados en el tuétano de nuestra sociedad con nuevas modalidades, de la incapacidad definitiva de aprecio al paisaje, solo concebido una y otra vez como solar. Cuando llega esta mala y torpe corriente desfiguradora a los espacios que más he amado, me invade una tristeza sin límite. Porque, tras ella, nadie podrá recobrar ni el sentimiento ni la experiencia a los que antes me refería. Pero también nosotros tenemos que hacernos oír. Alzar la voz en defensa de la belleza de las montañas es buscar y tal vez lograr que perduren aquellos significados de los lugares que dan sentido, en una parte sustancial, a tantas vidas.
He recorrido largos senderos por bosques de abetos, he sentido emoción ante las flores de un prado, he contemplado cascadas formidables, he pasado por glaciares sin tiempo hacia lugares desconocidos, he abierto huella en la nieve de altitud, he oído el aullido del hielo en los ibones congelados, he descendido desde collados ásperos y perdidos hasta valles con arboledas y caminos. He estado en cumbres solitarias, cuyos nombres son ya como mis apellidos, he dormido al aire libre en picos de formas agrestes y en sierras amables, mirando la inmensidad de la profundidad del cielo.
Me hice geógrafo para llevar las cuentas de un mundo hermoso, para compartir y explicar su belleza, para tratar directamente sus hoces de piedra, sus riberas con sauces, el agua que corre y salta por los barrancos, los recuencos nevados, las cresterías, los hielos agrietados de color de añil, el volcán que canta su ritmo salvaje en una erupción, el hayedo que solo es silencio, el horizonte con mil cumbres, los muros, repisas, fisuras, aristas, espolones de cada una de ellas, cima a cima, pared a pared, roca a roca, frío a frío.
Soy geógrafo para comunicar la experiencia, paso a paso, paisaje a paisaje, de lo conocido en una vida por las montañas. Si llega a ellas un viento negro, también lo cuento. Para eso estamos: para seguir diciendo lo que en ellas pasa. Y, como partidario de su belleza, del sentido de su belleza, del alma de la montaña para quienes la comparten, me pongo del lado de mis paisajes y hablo en su defensa. Con razones y con razón y, si es preciso, con la fuerza necesaria. Porque es más importante nuestro argumento de fondo, que es de paz con el mundo, que el de su falsa utilidad, cuando esta acarrea tal daño local que deriva en la privación de sus superiores calidades.
Y tal vez sea esta la voluntad definitiva que dicta la experiencia de las montañas: la de ser, finalmente, un portavoz más de los bienes que las hacen sublimes y cooperar en su defensa con quienes las aman tal como son, es decir, con conocimiento, con prudencia, con emoción y sin agotamiento. Hace no mucho oí decir a un científico asturiano: «No basta con ser felices en las montañas, también hay que hacer felices a las montañas».
Ha escrito Irene Vallejo: «Salvemos a los libros para que los libros nos salven a nosotros». Hagámoslo nuestro, por supuesto con los libros, pero también aplicado a las montañas. Añadamos estas a la frase. Ahora las tienes, lector, aquí mismo, reunidas con los textos en esta obra de Pablo Batalla. Con ello se te presenta una oportunidad adecuada para ejercitar esa doble salvación: sálvate con la virtud de sus palabras y, de paso, ampara en la medida de tus fuerzas a esa montaña que está apareciendo ahora en tu espíritu o en tu horizonte.
Pablo Batalla Cueto
Trea, 2024 (2.ª ed.)
372 páginas
24 €
Eduardo Martínez de Pisón Stampa (Valladolid, 1937) es catedrático emérito de Geografía de la Universidad Autónoma de Madrid, escritor y alpinista, así como uno de los grandes nombres del ecologismo en España. Sus trabajos tratan sobre lugares naturales, geomorfología de cordilleras, pensamiento geográfico y geografía medioambiental. En relación con este último campo recibió en 1991 el Premio Nacional de Medio Ambiente. Ha escrito también libros literarios y de divulgación de viajes y geografía, y ha participado como asesor geográfico de documentales de televisión en el Polo Norte, Alaska, Siberia, desierto de Gobi, desierto de Taklamakán, montañas de Asia Central, ruta de la Seda, Karakorum, Himalaya y Transhimalaya, Tíbet, o el desierto Líbico.

