Icono del sitio El Cuaderno

Extrasístoles

/ Laberinto con vistas / Antonio Monterrubio /

Increíblemente, el Cantar de los cantares recibió en su día el pasaporte teológico para figurar en el canon de las escrituras sagradas de judaísmo y cristianismo. Sin duda, tal hecho está ligado a sus interpretaciones alegóricas como expresión de la alianza entre Yavé e Israel, según los unos, o entre Dios y la Iglesia, según los otros. Cuando, al filo del final del siglo I, los sabios compilaron en Yabneh el catálogo de textos sacros, la opinión del rabbi Akiva fue decisiva. «Si todas las Escrituras son Sagradas, el Cantar de los cantares es más sagrada que las otras», dijo.

Estoy de acuerdo con esa afirmación, aunque no creo que sea por las mismas razones. Cómo no tener un superlativo aprecio a estos versos:

El amor es fuerte como la muerte
la pasión es violenta como el infierno
sus destellos son destellos de fuego
una llama divina.

El enamorado se constituye como tal a medida que le habla al otro y se expone para él. Pero el amor no basta con escribirlo: hay que manifestarlo. Si todas las palabras ya han sido pronunciadas miles de veces, es en la voz, su tono, acento y temblor donde se transmiten los contenidos latentes, donde la potencia del sentimiento se hace acto y adquiere sentido. El diálogo crea y anuda los vínculos más sólidos. Poco a poco diluye las fronteras entre dos seres sin que esto suponga (con)fusión de identidades. Se van levantando las barreras y derribando los muros, se tiende el puente levadizo que conduce al interior de la ciudadela. Esto no significa disolverse en el otro, sino llegar a él, a una comprensión más profunda de su ser y estar.

La primera vez que te vi estabas de espaldas. Te volviste para que nos presentaran, y me dio un vuelco el corazón. Me pareciste la criatura más hermosa que había visto en mi vida. Unas horas más tarde, sentados en una terraza veraniega, empezamos a charlar sin parar, iniciando una conversación que jamás se ha interrumpido.

El enamoramiento despierta el anhelo de estar para el otro. La evolución de este deseo hasta fusionarse con el de estar con el otro no depende de ti, sino de la aceptación de un ser libre que puede otorgarte o no su compañía. Solo cuando la conciencia de esa libertad persiste podemos hablar de amor. La rutina y la resignación, la idea de que todo sucedió de una vez para siempre, es la muerte de una relación.

El discurso amoroso es fragmentario. La expresión de un sentimiento por y para otro está hecha de detalles, no es teoría o materia de disertación. No puede desprenderse de su parte no sometida a la lógica. En él lo racional y lo irracional bailan juntos, y de tanto en tanto se funden, llevando al sujeto a un estado místico o poético difícil de transcribir. El conocimiento realmente importante es el que da el amor. En una mirada se leen verdades que jamás podrán encontrarse en un libro.

La unión no es identidad ni fusión. Es el trabajo de instrumentos musicales que, tocando a dúo, forman un todo armónico. El amor es un concierto para piano a cuatro manos que trasciende la destreza técnica de los intérpretes, elevándose hasta la cima de lo sublime. Nada más lejos de un sueño de lujo, calma y voluptuosidad permanente, cual spot publicitario de larga duración. Lo que le da vida es la fortaleza del vínculo que une a los amantes, y no las circunstancias en que se mueven. El amor es estructura y no coyuntura. No alimenta el espíritu con espejismos extravagantes ni fabulaciones. No busca amoldar la persona a un arquetipo, un modelo imaginario o simbólico. Tiene siempre en consideración al ser de carne y hueso, con opiniones, esperanzas, emociones y necesidades propias. La vida se convierte en una sucesión de pequeñas felicidades que son síntomas y signos de una dicha que no puede ser contada. Todo eso es regalo y ha de celebrarse. Si es el intelecto el que busca, el corazón es el que encuentra.

Cuando te miro hoy siento la misma conmoción, el mismo terremoto de epicentro profundo que hace casi medio siglo. Tu presencia da calor y vida a los parajes más neutros, anónimos y anodinos. El instante cotidiano se torna aventura trascendente y exploración del sentido de la existencia y de los hechos, de las palabras y las cosas. «Una ciudad es un mundo cuando se ama a uno de sus habitantes» (Durrell: El cuarteto de Alejandría). Me envuelve una luz meridiana que, lejos de cegar, me devuelve a lo cierto, al pálpito que no cesa. El universo se pone de pie y las campanas tocan a gloria, todo es misterio y extrañeza.

¡Dulce Helena, dame en un beso la inmortalidad!
Mi alma se apega a tus labios y escapa de mí.
Ven, Helena, ven; devuélvemela.
Aquí he de quedarme, que el cielo son tus labios
y todo es polvo si no es Helena

(Marlowe: Fausto).

El amor es una fiesta abierta para la vista, el oído, el gusto, el olfato y el tacto. Plástico y musical, es la auténtica obra de arte total. Nos saca de la monotonía y la normalidad, de la indiferencia y la redundancia, y nos traslada al punto donde se cruzan la realidad y el deseo. Es contracíclico: calienta en invierno y refresca en verano. No tiene el don de devolver la salud y la juventud —la segunda ley de la termodinámica es implacable—, pero hace que cualquier momento merezca pasar al archivo de recuerdos imborrables. Su memoria es el acervo más hermoso que nos es dado atesorar.

Todo esto son palabras sobre el amor porque las palabras de amor solo pueden ser dichas para los oídos de quien debe oírlas. Las confesiones y confidencias no por ya escuchadas pierden actualidad. Pues cada día es nuevo y nuevo es el amor. «Soy feliz cuando la veo e infeliz cuando ha partido. Si tarda en llegar, inquieto, se hiela en mi sangre el ritmo» (Charlotte Brontë: Jane Eyre). En un vínculo tan poderoso no hay sitio para nadie más. La felicidad es eso, tan simple y tan complejo, efímero e inmortal.

El amor enseña a percatarte de la importancia de los pequeños detalles para apreciar la grandeza de la vida. «Siempre has formado parte de todas las esperanzas que he tenido desde que te vi… en el río, en las velas de los barcos, en los pantanos, en las nubes, en la luz, en la oscuridad, en el viento, en los bosques, en el mar, en las calles», le dice Pip a Estella en Great expectations de Dickens. Ser acompañado en espíritu por la persona amada en cuantas singladuras llenan una vida le da sentido. Que esté presente en cuerpo y alma en ellas rebasa los límites de lo que puede expresarse con el lenguaje.

Filósofos, literatos y psicoanalistas aseguran que quien se enamora no es yo sino otro, un usurpador que toma nuestro lugar. Pero es bien posible que el yo del galán, exaltado, lírico y vidente, sea una forma más cumplida que su versión cartesiana. Quizás el amor loco sea cordura lúcida que permite ver el mundo con otra perspectiva, desde más arriba, desde el otro lado del espejo. Que resulte difícil de verbalizar no quiere decir que sea incomunicable. Hay gestos secretos y signos herméticos de los que se sirven los amantes y que permanecen indescifrables para el resto de los mortales.

El enamorado cumplido no habla de la amada sino a ella, aunque lo haga con otros, en público o por escrito. No son discursos amorosos los que tienen por meta halagar un narcisismo irresuelto. Así, quien pregona la excelencia de sus sentimientos hacia alguien que en el fondo no es más que un señuelo, una flecha indicadora que apunta a su grandeza de espíritu.

Kar li alquant gettent suspir,
dolent, pleinent cum al morir,
vunt sovent a munt e a val,
e il al quer n’unt point de mal,
kar il nen aiment fors a gas.
1

[«Pues algunos suspiran,/ sufren, se quejan como si fuesen a morir,/ pasan por altibajos,/ pero en su corazón no sienten ningún dolor,/ pues su amor es una comedia.]

(Le Donnei des Amants).

Menos aún lo son las bravatas del conquistador de secano que exhibe a otra persona como pieza de caza de la que presumir ante su audiencia. Se trata de ser juntos, no estar juntos e ir tirando hasta que la muerte nos separe, y de disfrutar cada tramo del camino que nos ha unido. Es el amor el que te encuentra; no da sino que es sentido y, de paso, vida.

Ha llegado el momento de terminar esta misiva apasionada. Tras las cortinas el crepúsculo incendia el horizonte. Es tiempo de preparar la cena, de intimidad y confidencias, mientras la noche va cayendo sobre la meseta. Aprovechémoslo hasta que los ojos empiecen a pesarnos y la fase REM prolongue, con su ilimitado repertorio, los sueños vividos en las horas diurnas. El mundo es hermoso, palpitante y resplandeciente porque tú lo habitas.


Antonio Monterrubio Prada nació en una aldea de las montañas de Sanabria y ha residido casi siempre en Zamora. Formado en la Universidad de Salamanca, ha dedicado varias décadas a la enseñanza. Es autor de la trilogía de La verdad del cuentista (La verdad del cuentista, Almacén de ambigüedades y Laberinto con vistas), Al revés te lo digo, El serano y La primavera y el titán. Publica textos en El Cuaderno desde 2020, escribe artículos en el diario Nueva Tribuna y colabora con El Viejo Topo desde 2023.

Salir de la versión móvil