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De Berlín a Pekín

/ Mirar al retrovisor / Joan Santacana /

Cuando el 15 de noviembre de 1884, hace ahora 140 años, el canciller alemán Bismarck reunió en Berlín a los jefes de Estado de las potencias europeas para solucionar el grave conflicto entre Francia y Gran Bretaña para el reparto colonial de África, dejó muy claro que Alemania no quería nada: solo asegurar la paz. El canciller dejó que ambas potencias coloniales se repartieran el continente. Además, quiso asegurar que el comercio fluvial a través del rio Congo no estuviera en manos de ninguna de las dos potencias. Para ello, sugirió que todo el centro de África se otorgara al rey Leopoldo de los Belgas, con la misión de ser neutral y permitir el tráfico comercial de todos los países. Así fue: el Congo Belga fue como una granja de propiedad personal del monarca belga, cargo que ejerció de forma despótica y cruel, pero esto no importaba a nadie, siempre que garantizara la libertad de tránsito por las vías fluviales.

¿Por qué razón Bismark favoreció en las conferencias de Berlín este reparto sin pedir nada a cambio? La razón era que el canciller germano era tan racista que no creía que se pudiera obtener nada de los africanos. Probablemente pensara que, mientras los franceses y los ingleses se esforzaran en la conquista del continente negro, él y el imperio del Kaiser tendrían las manos libres para lo que realmente les importaba: Europa.

Hoy, trascurridos un siglo y medio de aquellos acuerdos, el mundo ha cambiado y los protagonistas ya no son alemanes, franceses o británicos, ni por supuesto italianos, españoles o portugueses. Ni tan siquiera los norteamericanos, que siempre han demostrado un cierto desinterés por lo que ocurriera en África. Hoy la partida la juega China.

El mes de septiembre el presidente Xi Jinping presidió una cumbre africana. Medio centenar de jefes de Estado y de Gobierno africanos se reunieron con él en el Gran Salón del Pueblo, en la pekinesa plaza de Tiananmén. Es dudoso que se hubiera podido reunir una conferencia internacional de esta envergadura en Bruselas o en Washington. Probablemente muchos de los que acudieron a la capital china no habrían acudido, o habrían enviado una delegación de rango inferior. China sí ha podido. La prensa española se ha sorprendido y atribuye el éxito a la necesidad que tiene la industria china de vender sus productos para producir energías renovables. Y ciertamente la República Popular China encabeza hoy la producción y exportación de vehículos eléctricos, baterías de litio y placas solares. Seguramente sea cierto que se trata de la respuesta china a los crecientes aranceles que Europa y Estados Unidos quieren imponer a los productos chinos.

Pero los lideres africanos no han ido solo por eso. Huelen el cambio que se está produciendo en el mundo. China no tiene casi ninguna base militar en África; la lucha del gigante asiático no es con las armas: es con el comercio, y ellos no tienen un pasado colonial en el continente negro; tampoco lo tienen neocolonial. Además, las empresas chinas son los grandes socios comerciales de África, sus prestamistas, los que financian proyectos, y ahora tienen la oportunidad de dotar a los países africanos de una fuente de energía barata, fácil, que no requiere grandes infraestructuras, como es la energía solar, en un continente atravesado por el Ecuador y por los trópicos. La industria china de consumo, de bajos costes, es ideal para los países africanos, y junto a la penetración comercial, hay la penetración cultural: medio centenar de Institutos Confucio se reparten África. Ninguna institución cultural europea o americana lo tiene tan claro como el Gobierno de Pekín.

De esta forma, mientras nosotros vemos cómo los coches eléctricos, manufacturados en Europa, a unos precios fuera del alcance de las clases medias, están en franco retroceso, los industriales chinos lideran el mercado mundial del futuro. Mientras los gobiernos europeos favorecen a las grandes corporaciones y compañías energéticas, casi monopolistas, China lidera la energía solar.  Mientras nosotros vemos en África un continente miserable, en el que no merece la pena invertir, ellos ven en África el futuro. Pero para quien examine lahHistoria del Celeste Imperio, no es ningún secreto que ellos nunca han iniciado ninguna guerra. Dotados de un territorio inmenso, no son invadibles, por lo que sus objetivos se alcanzan siempre con técnicas comerciales. Entretanto, nosotros nos arrogamos el derecho de dar lecciones de democracia y derechos humanos, pero ellos se han convertido ya en la fábrica del mundo.

Mientras, parece como si en Europa todavía resonaran los ecos de la Conferencia de Berlín. Descuidamos África porque no nos parece un gran mercado; orgullosamente creemos que el gran mercado somos nosotros. El espíritu de Bismarck todavía persiste, pero Xi Jinping se ha comprometido en esta magna asamblea a poner en marcha en tres años treinta proyectos de energía limpia para África, con ayudas financieras de cuarenta y cinco millones de euros. China afirma querer crear un millón de empleos allí; puede que esta sea la única forma de impedir el éxodo de africanos hacia Canarias y hacia el Estrecho. Miren por dónde, China quizás será la clave para desarrollar África y, de paso, solucione nuestros problemas domésticos de la emigración subsahariana. ¡Vivir para ver…!


Joan Santacana Mestre (Calafell, 1948) es arqueólogo, especialista en museografía y patrimonio y una referencia fundamental en el campo de la museografía didáctica e interactiva. Fue miembro fundador del grupo Historia 13-16 de investigación sobre didáctica de la historia, y su obra científica y divulgativa comprende más de seiscientas publicaciones. Entre sus trabajos como arqueólogo destacan los llevados a cabo en el yacimiento fenicio de Aldovesta y la ciudadela ibérica y el castillo de la Santa Cruz de Calafell. En el campo de la museología, es responsable de numerosos proyectos de intervención a museos, centros de interpretación, conjuntos patrimoniales y yacimientos arqueológicos. Entre ellos destaca el proyecto museológico del Museo de Historia de Cataluña, que fue considerado un ejemplo paradigmático de museología didáctica.

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